Dada la fuerte migración del campo a la ciudad que debido a problemas políticos empezó a extenderse y a dejar a su paso casos de extrema pobreza y marginalidad. La nostalgia por el pasado y por el lugar de origen era una constante en los recién llegados a la urbe. Para muchos fue el tango el ritmo que llenó ese eterno vacío interior ampliado por la situación de una ciudad por hacerse, que era a la vez una ciudad entre marginada, vislumbrada, que bien podría parecer otra lejana, inalcanzable, mitificada. Para muchos el tango llena ese vacío de amor demandado por ciertas necesidades de expresión de deseos de venganza contra aquellos que los hicieron cambiar su modo de vida. Fue en esta época cuando comienza el más profundo cambio demográfico en Colombia, y quienes llegan a la ciudad recogen esos cantos nacidos en otra ciudad lejana que ya había pasado por ese proceso: Buenos Aires, y ya llevara sus efectos en las almas de las canciones. El campo ya no existía y la ciudad no se daba aún; en ese intervalo todo era construcción, la casa primero, las calles resultaban luego, el resto estaba por inventarse. Como siempre, nada es original, todo es reconstrucción, apropiación de otros para el nuevo hacer. La canción de la marginalidad bonaerense se avino como a su molde, a la necesidad de expresión de la marginalidad en el nuevo Medellín (Carriego: 1985, 15).
Así decimos desde que volvieron anchas las calles estrechas, nos llevó el ensanche. ¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, / dónde la guarida, refugio de ayer? / Borró el asfalto de una manotada / la vieja barriada que me vio nacer… (Mejía V: 1979, 38).
Es precisamente el tango el que le da a la narración un gran dinamismo. Es parte de la historia y de la realidad reflejada en la novela, es el estilo original del autor. En algunos momentos la lectura se vuelve difícil por tantas letras de tangos; pero en realidad las letras son ese factor dinámico y si prescindiéramos de ellas, la historia quedaría inconclusa y casi incomprensible. El tango también está entrelazado en la obra con la ideología, el habla, los hábitos y los valores de la cultura antioqueña. Pero el tango en general y sobre todo en Antioquia, fuera de la novela, “es todavía, más un objeto de pasión y de sentimiento, de adhesión irracional (como sucede, por otra parte, con casi toda la cultura de masas), que un objeto de análisis reflexivo” (Corbatta, 2000, 548). El tango es la expresión del ser marginal, nostálgico por un pasado idealizado, la experiencia de pérdida en la que el barrio, la madre, la mujer querida, todo se va, y finalmente el hombre queda solo ante sí mismo:
El tango es un arte del hombre que llega de regreso, de que vuelve y ya no puede ser el mismo de antes... (1979, 90).
¡Y el tango, mi escondedero! Claro, Jairo era joven y lo entendió, pero el tango es cosa de hombres maduros o que se maduraron a golpes. El tango es cosa de hombres golpiaos, como yo (225).
Y para poder crear el mito, el tango tenía que estar presente en la muerte; en la de Gardel, en la de Jairo. En el último concierto de Gardel en Medellín, y el último en su vida, el 23 de junio de 1935; el último tango que cantó fue Tomo y obligo. Y dice en su discurso de despedida: “No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone. Pero es tal el encanto de esta tierra que me recibió y me despide como si fuera hijo propio, que no puedo decir adiós, sino hasta siempre” (Mejía V: 1979, 157).
En el momento de la muerte de Jairo, Gardel seguía sonando en la radiola, “sus tangos fue lo último que oyó” (1979, 249). Ernesto Arango, su asesino, reflexiona: “Entiendo ahora que es la música de la soledá, pero nadie está solo si aprendió a oír tangos” (247). Y mete en el piano la última moneda “que Gardel cante mi última canción, Sentir que es un soplo la vida...” (250).