En el plano de la estructura narrativa, Jairo está catalogado por la mayoría de los investigadores como el personajes principal o protagonista; es cierto que Jairo aparece en toda la obra, pero aún así es difícil afirmar que la trama gire totalmente en torno a él; pero no se puede negar que es él quien domina el panorama del relato y es uno de los protagonistas centrales. A través de él, Gardel aparece en la obra ya convertido en mito; y puede decirse que sucede lo contrario con Jairo: a través de Gardel el protagonista se va mitificando; eso aunado con su fama de “guapo”, su pasión por el tango y por los cuchillos. Jairo quería ser como Gardel, pero siempre sobresalió con su propia personalidad y así era reconocido y respetado; sin embargo nunca rompió ese lazo tan íntimo con su ídolo:
Les conté ya, como Jairo quería parecérsele, volvía misterio su nacimiento y su infancia, aunque de verdá eran un misterio y sus salidas sin aviso, ni Juana Perucha La Hermana las supo. ¿O ella lo sabría todo? (Mejía V: 1979, 155)
En una entrevista concedida a Augusto Escobar Mesa y contenida en el artículo de Jorgelina Corbatta, Mejía Vallejo habla sobre su personaje y considera la posible homosexualidad de Jairo, que apenas se deja entrever en la obra y no es tan evidente como su idolatría por Gardel: “En el caso de Jairo, yo conocí a un personaje que se le parecía, tenía ciertas características de Jairo: su delicadeza, su capacidad de ternura, su galantería, su mirada enamorada. Físicamente se parecía a Jairo y también dudaba de su origen. Pero era un guapo de verdad” (Corbatta, 2000, 374). En realidad Mejía Vallejo ni lo afirma ni lo niega y puede resultar un poco difícil notarlo en una primera lectura, puede ser que sea visto más como un “guapo” que como un homosexual; pero tampoco se descarta la posibilidad, pues era tan minucioso en el vestir, tan vanidoso que siempre cargaba su espejito, su lima para las uñas. Su atuendo era impecable, su lenguaje, su casa, sus silencios, su “amor” a Carlos Gardel. Usaba palabras suaves, sin estridencias; su manera de caminar y de mirar; siempre suave en su actitud, merecían cualquier calificativo de amigos y enemigos: “Ese andar marica…” (1979, 08) Decía Torres, el guapo en Aire de tango.
Después se cuadraba en el espejo pa revisar la estampa: crespo el pelo y las pestañas, arrepechao él, los ojos verdes, sombrero alicaído, zapatos combinaos y medias y camisas de seda […] de ahí se anudaba la bufanda, estiraba las solapas… (08)
Ernesto Arango, el mejor amigo de Jairo y narrador de la novela, también habla sobre la posible homosexualidad de Jairo; dice que una vez se disfrazó de mujer y “fue la más bonita, calculen” (Mejía V: 1979, 32). Cuenta también que cuando niño, un supuesto tío lo hacía sacar un billete de su bolsillo sin fondo:
- Mirá este billete, lo pongo en el bolsillo, es tuyo si lo sacás.
Jairo metía la mano en el bolsillo izquierdo, el bolsillo no tenía fondo. Ganaba el billete, después salía asustao o se hacía el asustao porque nunca lo contó a las tías -¿sí serían tías?- ni dejó de esperar desde la ventana que llegara el fulano ¡cosas! (1979, 11).
Según Otto Morales Benítez es difícil definir al “guapo”, porque nadie sabe dónde comienza a desaparecer el miedo, para alcanzar su clima el valor. Él propone entonces el guapo como oficio, y éste se parece a Jairo (1982, 15). Es cuando el hombre ha tomado la determinación de no evadir ningún reto. El guapo arrastra su fama, tiene que cargar con ella, lo persigue, lo consagra y lo somete. “Le aburría tener fama de guapo, porque esta ya no es libre de hacer lo que quiere, tiene que vivir pa no perderla” (Mejía V: 1979, 68). Y para ser un guapo de buena fama se necesita un arma, la de Jairo es un cuchillo, otra de sus pasiones. Cada cuchillo tenía un nombre y cada nombre su víctima: lunes, martes, jueves, el cachirrojo, el cachinegro, Judas, Lucifer, etc. El único cuchillo sin destino sabido era “El desconocido”; se lo encontró un día entre escombros sin una sola inicial grabada, nadie sabe sus antecedentes y quién será su víctima. Los cuchillos eran su pasión porque también mantenían cierta relación con Gardel, por eso no podría usar cualquier otra arma: “El hecho de que al morir Gardel, cerca de su cadáver hubiera un puñal de oro, lo alentaba para pensar que esa coincidencia justificaba su razón para amar, hasta el delirio, su arma preferida” (Morales B: 1982, 25). Cualquier gusto o pasión en Jairo tenía su origen en Gardel: cómo sería, cómo hablaría, lo imaginaba y lo imitaba.
Jairo reía mirando los retratos, la risa lo vengaba, volvía a sonreírle.
- Cada día lo quiero más. Abrazarlo, sentirlo respirar. ¿Cómo respiraría Carlitos? Olería a lavanda… (Mejía V: 1979, 152).