En su segundo poemario, aparece su poema “Llave de niebla.”
“Nunca sabremos nada sobre el tiempo./
Ya cobija la cuna en suave sombra,/
ya con su sombra oscura cubre al hombre/
Quizás acerca de esto las palabras/
poco puedan decir. ¿Dónde la llave/
de niebla que entreabría la mañana?/
Era entonces eterno ese mañana/
y ni siquiera preocupaba el tiempo/
a quien creía poseer la llave/
para abrirnos las puertas de la sombra./
-Nada nos preocupaban las palabras/
propias de la miseria de los hombres-./
¿Mas por qué esa miseria que la los hombres/
disuade de esperar en el mañana?/
¿Y esa desconfianza en las palabras/
mayor aún cuanto menor el tiempo/
de gozar de las luces y las sombras/
antes que nos encierren bajo llave?/
He intentado saber cuál es la llave/
que nos descubra que por qué los hombres/
se resignan al reino de la sombra/
antes de que se extinga su mañana./
Años hace pensé: cuestión de tiempo;/
cuestión de libros, años y palabras./
Algo sé ya de cierto. Con palabras/
nadie nunca logró forjar la llave/
que permitiera traspasar el tiempo./
Así, de nada sirve para el hombre/
ni la promesa de un feliz mañana/
ni la amenaza de la eterna sombra./
Mas todos fuimos dioses. Suaves sombras/
nos cobijaron. Cálidas palabras/
iluminando siempre la mañana./
En nuestra mano siempre aquella llave/
que detenía el paso de los hombres/
y penetraba el corazón del tiempo./
Ya sé que el tiempo huye como sombra,/
que poco importa el hombre y su palabra/
y que perdí la llave y el mañana.” (Ortiz: 60)
Destaca inmediatamente lo inusual de su forma; se trata de una sextina, composición inusual en la poesía española y que por su complejidad no había tenido buena acogida, excepto en el Siglo de Oro (15). ¿Por qué, entonces, querría Ortiz utilizarla? ¿Es su uso un mero ejercicio de facultades retóricas? Indiscutiblemente se necesitan grandes facultades y conocimiento de la técnica para escribir una buena sextina, mas eso no puede justificar la impresión que la de Ortiz produce. La importancia que tiene la elección de la composición se deriva de la historia de la misma. Sextinas se escribieron pocas, y basta hacer un recorrido por la historia de la poesía española para caer en la cuenta de que quien con más frecuencia y fortuna estética la practicó fue el poeta sevillano Fernando de Herrera, que compuso cuatro de ellas. El autor expresa al final del libro haber querido rendir un homenaje a la tradición poética andaluza. Comenzamos a comprender ahora el porqué de la sextina. No obstante, detrás de esa elección hay otras razones que confluyen con la mencionada para hacer del poema una pieza de verdadero valor. La sextina solía utilizarse para transmitir temas amorosos; ése es el tema de las que escribió Herrera. Sin embargo, la sextina de Ortiz no trata de ningún tema amoroso; como se dijo es una extensa reflexión sobre el tiempo. Valiéndose de ella y dándole nueva vida -no se había utilizado en la poesía española desde el siglo XVII (16)-, Ortiz aprovecha todas sus complejidades formales para expresar el enigma que para el ser humano supone el sometimiento al tiempo y su transcurso. Por medio de la elección de la composición se evoca directamente a Herrera, poeta por el que Ortiz -como se habrá sospechado ya- profesa gran admiración, y se le trae al presente, es decir, se le hace cobrar vida de nuevo. Sirviéndose de la utilización del inusual tema del tiempo con respecto al tema amoroso, Ortiz deja sentir su propia voz a través de las voces de la tradición. Así, la composición está justificada en relación con el tema que se trata, con el propósito expreso del autor al final del libro y en relación con la tradición en la que se inserta, que resulta vigorizada y enriquecida. Tenemos, por tanto, un poema que constituye una coherente unidad de forma y sentido. Parece difícil, pues, poder decir que Ortiz es un simple epígono o un mero retórico (17).
El procedimiento se torna algo más aparente en el poema “Años.” En este poema en seguida nos damos cuenta del tipo de composición: se trata de la estrofa manriqueña. Indudablemente, si su identificación no presenta mucha dificultad es porque nos vienen inmediatamente a la memoria las Coplas de Jorge Manrique. Se consigue con ello el primer propósito que indicábamos anteriormente: la elección de la estrofa, también prácticamente en desuso desde al menos el Modernismo, nos remite a toda la carga histórica que ha acumulado, aunque sólo sea por un poema. Después, en el tratamiento del tema del tiempo Ortiz muestra su propia voz, ya que lo leemos teniendo el poema de Manrique en un segundo plano. La conciencia de nuestro destino temporal se incrementa por la elección de la estrofa y por el uso -breve- que, a diferencia de Manrique, Ortiz hace de ella.
Los ejemplos podrían multiplicarse. En el mismo libro Moneditas encontramos algunos de ellos, desde liras en el poema amoroso “Los fantasmas, el amor” hasta las terminaciones en aguda de su poema “Valiente soldado del arte”, homenaje a Gil de Biedma. Esto mismo lo vemos en todos sus libros. Recordamos ahora los pareados en alejandrinos y la ironía a lo Manuel Machado de su poema “Autorretrato”, o los ecos de Javier Salvago en “En la perfecta edad”, de su libro Vieja amiga. Podríamos seguir con una larga enumeración; terminaremos con un poema que, a pesar de su brevedad (o tal vez precisamente por ella), nos parece que ejemplifica soberbiamente el uso dual de la tradición como elemento temporal. Nos estamos refiriendo a “El mapa y el calendario”, que copiamos aquí:
“Atrás van quedando rostros,/
nombres, calles y ciudades./
Atrás quedó el que yo era/
y que ahora ya no es nadie./
El que yo soy y el que fui/
y el que seré algo más tarde/
están juntos y se miran/
como si me preguntasen:/
¿Quién sabe lo que es atrás/
y quién sabe qué es delante?/
Así tiemblan y se extinguen/
tres llamitas con el aire.” (Ortiz: 78)
En el poema, se comienza desde el tiempo cuantitativo, el tiempo homogéneo que pasa, resaltado por la repetición anafórica de “atrás” en los versos primero y tercero. Igualmente la perífrasis de gerundio del primer verso acentúa el carácter de acción en transcurso del paso del tiempo. A señalar la fugacidad y el carácter inaprensible de ese proceso contribuye también el contraste entre el aspecto perfectivo del pretérito en el verso 3 con el presente negativo, más el énfasis del adverbio ahora, del verso siguiente. Comienza a apuntarse el paso de un tiempo a otro a partir del quinto verso; si bien con ese “yo soy... fui...seré” estamos todavía en el tiempo homogéneo lineal, el juego con los tiempos del verbo ser -inmediatamente nos viene al recuerdo el célebre verso de Quevedo “soy un fui, un seré y un es cansado”- que provoca la paradoja empieza a llevarnos al tiempo cualitativo. Este paso se confirma en el verso 7 en que se dan simultáneamente pasado, presente y futuro, y se reafirma con la pregunta de los versos 9 y 10 en que ya no existe noción de transcurso lineal y se ha perdido el sentido de la flecha que tradicionalmente se ha asociado con la representación del tiempo. Con el pareado final se resume magistralmente la esencia temporal de nuestra existencia.