



Un repaso a la poesía de Fernando Ortiz nos hará ver que una de las características primordiales que el poeta asigna a la infancia es la idea de plenitud. Plenitud que se manifiesta de diversas maneras: en la atmósfera de potencia pura que se crea con referencias al alba, a la pureza, a la idea de comienzo y de claridad y, en repetidas ocasiones, la posición elevada sobre el terreno del niño que contempla el paisaje. Un buen ejemplo de estas características lo encontramos en su poema “La azotea”; veamos cómo ve el niño el paisaje de la ciudad ante él desde su atalaya:
“Qué alto yo de muchacho/
en mi azotea tan alta/
entre las enhiestas torres/
y gráciles espadañas,/
los esbeltos campaniles,/
el azul de la mañana/
y el vuelo de las cigüeñas/
surcando la tersa calma.” (Ortiz: 77)
La correspondencia entre la descripción de la ciudad que observa el niño y la del tiempo de la infancia en la obra de Ortiz es casi idéntica. Tenemos que reparar en la abundancia de adjetivos, todos pertenecientes al campo semántico de la plenitud, de la potencia, o de la luz y de la limpidez. Esta abundancia de adjetivos es la que contribuye a crear en la contemplación de la ciudad una atmósfera muy semejante a la de la recreación de la infancia en los poemas que tratan de ella. Ello puede verse utilizando su poema “Primera despedida” para una mejor inteligencia:
“Ahora imagino una mañana clara/
en la que soy un niño y los ojos/
están despiertos. Ando por el campo/
del Aljarafe. Aún la hora es temprana/
y aún el fresco del alba va conmigo./
El canto de los pájaros retorna/
a mi memoria. Suenan las campanas/
de la primera misa, alegres tañen./
Mojada está la hoja de rocío/
y mojada la hierba que mi mano/
hacia los dientes lleva. Lentamente/
voy caminando. Un gallo lejos se oye./
Y aquí, desde lo alto de una higuera,/
blancas las casas, los olivos verdes.” (Ortiz: 19) (22)
Es evidente la existencia en el poema de una evidente presencia de términos pertenecientes al campo semántico de la pureza, de lo prístino tal y como veíamos en el poema “La azotea”: alba, temprana, fresco, primera misa, rocío, mañana clara. También, es posible detectar un tono, mezclado con la idea de pureza, de la vida como plenitud, como potencia pura, incluso, diríamos, de fertilidad: “mañana clara”, “ojos despiertos”, “el alba va conmigo”, “lo alto de la higuera” (la posición, de nuevo elevada sobre el terreno, es harto simbólica), “blancas las casas, los olivos verdes”. Nótese a este respecto, cómo contribuye a la idea de plenitud la estructura bimembre en quiasmo del último verso que da idea de armonía, de control respecto al resto del poema en que la distribución de acentos pareciera imitar el ritmo del niño que camina por el campo hasta que sube a la higuera (esto se refleja muy claramente en los encabalgamientos; desde el inicio todos los versos están encabalgados excepto los dos últimos) y divisa el paisaje. En definitiva, lo que interesa resaltar aquí son las connotaciones de vigor y pureza que transmiten los adjetivos en los dos poemas y que se traspasan a su vez al paisaje.
Otras veces es un espacio concreto el que representa a la ciudad y éste tiene las características propias del “locus amoenus.” Así, la adjetivación resulta de nuevo fundamental. Veámoslo en el poema “El parque”:
“Qué cerca y lejos el tiempo/
en el que, niño, escapaba/
del húmedo y gris colegio/
en busca del sol y del agua./
Iba huyendo al Parque. Allí/
la penumbra verde y grata/
de los árboles copudos/
bajo el sol y sobre el agua./
El Parque, El Parque... Uniformes/
de tímidas colegialas/
rientes, inaprensibles/
como el sol y como el agua./
Qué asombro ante el abanico/
que el pavorreal desgrana./
Cómo el sol a los mosaicos/
espejaba en las aguas./
Graznaban roncos los gansos/
y el cisne se interrogaba/
con su blanca silueta,/
solemne signo del agua./
Y en el final del paseo/
había unas verdes barcas/
que me llevaban despacio/
hacia el sol sobre las aguas.” (Ortiz: 76)
En seguida llama la atención el marcado contraste que por medio de los adjetivos se establece entre dos lugares del universo del niño. Por una parte, en los versos iniciales, el colegio tiene connotaciones peyorativas que adquiere de los adjetivos que lo acompañan: gris y húmedo. Por otra parte, el parque es el lugar placentero para el niño que encuentra allí “la penumbra verde y grata/ de los árboles copudos.” A diferencia del colegio, que era gris, en el parque encontramos claridad y color que deslumbran al niño: las colegialas rientes, el abanico del pavorreal, muy significativo, por sus connotaciones de lo fantástico y lo exótico, de lo que serán las preferencias del niño. Encontramos asimismo la idea de plenitud expresada en los versos finales por medio de la imagen del niño dirigiéndose “hacia el sol sobre las aguas.”(23) Así, el tiempo de plenitud, de claridad y de armonía que es la infancia se asocia con el parque como recinto representativo, por contener las mismas cualidades, de la visión y de la experiencia que de la ciudad tiene el niño.
Igualmente, en clara línea machadiana, existe en la poesía de Ortiz una ciudad donde se escucha el rumor del agua en las fuentes, una ciudad de calles estrechas y plazuelas, de naranjos cargados de azahar. Es frecuente que en estos poemas encontremos al poeta vagando por la ciudad sin rumbo, en una trayectoria que se hace equivalente a la de su existencia. Su poema “Voyeur” nos muestra todo eso:
I
“Muy sórdida es la vida para el hombre/
que ahora pasea sin rumbo. Cree que nada/
tiene sentido ya, y que el placer/
pertenece al pasado. Anda lento/
y con desgana. Enciende un cigarrillo/
y mira con hastío en torno suyo./
II
Invaden la plazuela vaharadas/
de azahar. Está la tarde tibia/
y finaliza marzo. Ya oscurece./
En un rincón dos jóvenes se saben/
tras la penumbra y tras su amor ocultos./
La mirada del hombre los descubre/
y se sorprende. Hay angustia en su pecho/
y la piel se estremece de deseo./
III
Se adentra por callejas que conducen/
al fondo de la noche. Le persiguen/
el olor, la visión de la plazuela./
Ahora le sabe el gris de sus cabellos/
como ceniza dentro de su boca./
Cuando la luna le ilumina lleva/
la cabeza inclinada sobre el pecho.” (Ortiz: 62)
La ciudad del poema es aquí la ciudad de la rememoración nostálgica, elegíaca, porque el poeta ya casi la ha perdido. Ha entrado en la edad adulta y el perfume del azahar y el amor que los jóvenes se dan en la penumbra se van haciendo cada vez más intermitentes y se sienten por rachas que coinciden con los momentos en que el recuerdo se hace más fuerte y la nostalgia menos soportable. De igual modo que la existencia del poeta comienza a tornarse gris, aunque queda el regusto de los años finales de la infancia y adolescencia como etapa de plenitud, así la ciudad se muestra en el poema bajo esa doble luz; por una parte, esa “tarde tibia”, las “vaharadas de azahar”; por otra, la luz que se va (“ya oscurece”), y las “callejas que conducen/ al fondo de la noche” que representan el inicio del declive, de la pérdida de los colores que va a caracterizar la existencia desde este momento. El poeta, vagando por las callejas y plazas de la ciudad, perseguido por “el olor, la visión de la plazuela”, se torna, podría decirse, en un flâneur, mas no al estilo baudelaireano, sino un flâneur temporal del recuerdo que lo persigue, de la memoria viva del tiempo cualitativo que se hace inesperada e intensamente presente causada por la escena de la plaza. Recorrer la ciudad es, pues, recorrer nuestra vivencia, y la ciudad que vemos se corresponde con aquello que somos.
En ese proceso por el que atraviesa el poeta desde la infancia plena de ilusión, de sueños, de esperanzas, hasta la edad adulta cuando toma conciencia de la pérdida del mundo de la infancia, es significativo el poema “Imágenes” ya que supone la expresión, sin ninguna concesión -como ocurre en el poema que se acaba de citar- a la pervivencia de los rasgos del periodo anterior, del proceso de declive que el vivir conlleva. Basándose en una situación real -el paso del cortejo de la procesión del Cachorro que utilizaba el antiguo puente de tablas, que no se conserva, y que salvaba el Guadalquivir para unir Sevilla con Triana- que se convierte en el correlato objetivo de nuestra existencia, el poeta traza el declive que se ha apoderado de la ciudad y que es el nuestro también. Vemos, pues, que el antiguo esplendor no era sino artificio, “arquitectura efímera”, “fuego fatuo”:
“El puente roto de la vida./
Puente de tablas carcomidas/
que unías Sevilla con Triana/
y hoy nuestros sueños y el pasado./
En su sensualidad y su misterio/
qué tristes los jardines, sus viejos paraísos/
que van a dar a un río ya cegado,/
a una ciudad muy ancha y campesina./
..........................................................
¿Qué se hicieron?/
..........................................................
Aquí, en gris y sepia,/
pasa una lenta angustia que nos llama.” (Ortiz: 151-2)
Esta sensación de deterioro, de acabamiento (“un río ya cegado”) con que termina el poema la podemos encontrar expresada también en algunos poemas de Ortiz. Así, en su poema “En esta esquina de la tierra”, la ciudad llega a ser casi un recinto que extingue los sueños del poeta, que estrangula el periodo final de su juventud que queda, pues, separado de la época adulta. La ciudad se describe de modo radicalmente distinto a lo que habíamos visto hasta ahora y se vuelve a utilizar la imagen del río, que se trocó en dársena al ser desviado el curso del Guadalquivir durante muchos años:
“En una amante muerta ceñida por el río/
abandonas miradas, furtivas sedas, tiempo/
que no ha de volver nunca aunque en tu pecho tiemble.” (Ortiz: 33)
El cambio que va sufriendo la visión que el poeta tiene de su ciudad es análogo al cambio que se observa en su obra respecto a la percepción del tiempo. El poeta pasa de la exaltación de la infancia al desencanto por su pérdida; de ese desencanto llega a salir al final una actitud de resignación escéptica y serena de nuestro destino finito, y la pervivencia del tiempo en que éramos dioses en la memoria, en el recuerdo. Con la visión de la ciudad ocurre igualmente; ya hemos visto la ciudad de la infancia, también la visión de la ciudad del desencanto, del declive.
En su poema “De provincias”, damos con la ciudad que se acepta serenamente -casi estoicamente, nos atreveríamos a decir-, resignándonos a ella y guardando en el recuerdo la de nuestra infancia. El poema describe la vida rutinaria de una ciudad provinciana con sus pequeños placeres -el café, la charla, el tañer de las campanas que hacen brotar la nostalgia...- en espera de que se cumpla nuestro destino:
“Ver cómo pasa el tiempo./
¿Qué otra cosa hará uno?/
Ya sé yo dónde vivo,/
lo que aquí da el futuro.” (Ortiz: 169)
Pero a este punto podemos llegar porque, como ocurre de forma paralela con el desarrollo de su concepto del tiempo, conseguimos aprender a sobrellevar el deterioro que el tiempo nos causa y somos conscientes de lo pasajero de nuestra existencia. De modo similar, nos resignamos ante el declive del esplendor de la ciudad para llegar a hacer del recuerdo de ese esplendor la razón de seguir en ella como la conciencia de nuestro final inevitable nos alienta para seguir viviendo. Este proceso es el trasfondo del poema “Ciudad”, con seguridad uno de los mejores poemas de Ortiz respecto a la visión de la ciudad en conjunto. El poema está compuesto siguiendo una técnica parecida a la que usa Pablo García Baena en su poema “Córdoba.” (24) Se hace un recorrido por las zonas más representativas de la ciudad a la vez que se traen al presente voces cordobesas de la tradición para mostrar el expolio y el estado de ruina en que el paso del tiempo y la desidia han dejado a la ciudad. Ortiz se vale de un procedimiento parecido por el que se va recorriendo la ciudad, que queda personificada y con la que se mantiene un diálogo durante el poema, según las etapas de la vida; se hace uso también de la tradición en el periodo que corresponde a la juventud y, finalmente, una vez que la ciudad se ha abandonado, se siente la nostalgia de ella en ciudades extrañas que nos enseñan a valorar aquélla que nos vio nacer con sus ruinas y con su deterioro incluidos. El poema termina del siguiente modo:
“Muchos años después, Ciudad, en la memoria,/
pisé en verdad tus calles en ciudades ajenas/
.....................................................................
Y volví, en mi deseo, por lugares dormidos/
..................................................................
al recinto primero que dio forma a mi fondo./
Qué importaban las ruinas, la miseria del hombre/
-igual en todas partes-/
para quien no ignoraba que volvía/
a su comienzo y a su fin a un tiempo.” (Ortiz: 126-27)
De ello puede deducirse que, como la infancia, la ciudad es a su modo una arcadia para el poeta; pero no en el sentido físico, geográfico. Constituye una arcadia en tanto que paisaje de la memoria que perdura en nosotros y nos conforma del mismo modo que lo hacen las experiencias de nuestra niñez. (25) No es tanto un espacio cuanto un conjunto de olores, de sensaciones, de imágenes, de arquitectura, una determinada luz..., que al venir asociados con el tiempo mítico de la infancia se contemplan de una determinada manera que permanece inalterable en la memoria. No es éste un paisaje arcádico ideal de por sí; lo es porque se percibe así con el filtro de la niñez que le presta las características que se han asociado con ella, y así será siempre recordado.
En definitiva, una arcadia dentro de la arcadia temporal mayor que supone el tiempo mítico de la niñez y la juventud.
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