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Traductología y edición de traducciones literarias - La edición de traducciones literarias en Cuba

Artículo creado por Emilio Hernández Valdés. Extraido de: http://bvs.sld.cu/revistas/aci/vol5_2_97/aci04297.htm
03 de Enero de 2006
Gestión documental

3 - La edición de traducciones literarias en Cuba

La industria editorial y la llamada «industria de las lenguas» son fenómenos relativamente recientes en nuestro país. Como es sabido, antes de 1959 la edición de obras literarias era una actividad en extremo limitada, principalmente por no existir un mercado -salvo el bastante jugoso de los libros de texto, destinados principalmente a la enseñanza privada- que permitiera a los editores suficientes beneficios como para arriesgarse en tal empresa. Por eso, como «la literatura no era "rentable" en la etapa capitalista neocolonial cubana»,5 la mayor parte de nuestros escritores debieron costear las reducidas ediciones de sus obras y muchas de éstas permanecieron inéditas o hasta fecha reciente no conocieron una segunda edición.

La creación, en marzo de 1959, de la Imprenta Nacional, transformada después en la Editorial Nacional y, fundamentalmente, del Instituto del Libro en 1967, así como de distintas casas editoriales bajo su rectoría o la de otros organismos estatales, no sólo favorecieron la divulgación de la literatura nacional, sino también de la cultura universal.

La difusión de la literatura escrita en otras lenguas exigió la traducción de obras que no habían sido vertidas al castellano y la revisión de traducciones efectuadas por traductores de otros países. Esta tarea, que sólo algunos intelectuales habían ejercido profesionalmente por excepción, en general para editoriales extranjeras o para publicaciones periódicas, fue absorbida en los primeros tiempos sobre todo por escritores que, si bien tenían amplios conocimientos de las lenguas de partida y de llegada, muy pocos de ellos tenían los conocimientos teóricos, en cuanto a la lingüística se refiere, para intentar al menos un abordaje del texto literario sobre bases sólidas, científicas, a la altura en que se encontraban entonces las técnicas de la traducción.

Eso sí, en su mayor parte contaban por lo menos con dos factores favorecedores de la actividad medial: el conocimiento más o menos profundo de las culturas de esas lenguas por haber vivido o visitado los países donde se hablaban, y, en un segundo plano, el legado que hubieran podido recibir de la tradición existente en el país en cuanto a la traducción literaria se refiere, iniciado en el pasado siglo en Cuba por los más destacados representantes de nuestra creación artística, desde Heredia a Martí, muchos de los participantes del círculo delmontino, pasando por la Avellaneda, Luz y Caballero, Mendive, Zenea, los hermanos Sellén, Diego Vicente Tejera y otros. (Arencibia L. Apuntes para una historia de la traducción en Cuba. La Habana, 1993. [inédito])

Por razones económicas muchas veces, afinidad espiritual o estética, o por motivaciones más o menos válidas otras, los intelectuales cubanos aportaron una buena cantidad de reconocidas traducciones. En el caso de Martí, una vez más, su sensibilidad y versatilidad intelectual le permitieron esbozar criterios acerca de la traducción que son hoy principios fundamentales de la ciencia de la traducción, principalmente en su artículo sobre la traducción de Mis hijos, de Víctor Hugo, publicado en la Revista Universal, en México,6 y en la conocida carta dirigida a María Mantilla desde Haití poco antes de su caída en combate.7

En nuestro siglo, los escritores cubanos se dieron también a la tarea de trasladar a nuestra lengua a diferentes autores contemporáneos. Publi-caciones como Orígenes y Ciclón, entre otras, dan buena cuenta de ello. Sobresale la labor como traductor de Lino Novás Calvo, quizás el escritor cubano que con más asiduidad y profesionalismo ejerció el oficio de traductor. Su traducción de la novela de Hemingway El viejo y el mar le otorgó prestigio profesional en este sentido, al ser publicada en la revista Life.

Con la Reforma Universitaria llevada a cabo en 1963, se elevó el nivel de la enseñanza de algunas lenguas extranjeras con un plan de estudios que, si bien no contemplaba aún la formación de traductores como objetivo específico, sí dotaba de mayores conocimientos lingüísticos y literarios a los egresados de esas especialidades. También un número considerable de jóvenes fueron enviados a formarse como traductores y a hacer estudios lingüísticos en los países del campo socialista. En esa misma década también se crearon institutos de idiomas en la enseñanza media y una red de escuelas de idiomas para la enseñanza masiva de personas adultas que contribuyeron significativamente a la difusión de las lenguas extranjeras.

Muchos escritores de las promociones anteriores y otros de la que entonces surgía, algunos con una buena preparación lingüística, acometieron profesionalmente o de forma esporádica la traducción literaria. En otro trabajo me he referido a la meritoria labor que tanto unos como otros han desarrollado en la traducción de escritores del llamado Tercer mundo, y muy especialmente, de la literatura de la región caribeña.8

En los años transcurridos desde la creación de la industria editorial cubana se han publicado numerosas obras literarias escritas en otras lenguas. Se han formado empíricamente o académicamente traductores profesionales o, como ya expresé, también traductores eventuales han acometido la tarea. Muchas de estas traducciones fueron las primeras versiones de esas obras a nuestra lengua. Numerosas dificultades -la mayor parte debidas a la imposibilidad de sufragar nuestras editoriales los derechos autorales- impidieron que el catálogo fuera más amplio, principalmente en cuanto a la producción contemporánea se refiere.

El brusco colapso sufrido por nuestra producción editorial a finales de la década pasada, en cuyas causas no es necesario profundizar ahora, han detenido prácticamente las ediciones de obras literarias, especialmente las traducciones de la literatura universal.

Muchos de los que se dedicaban a estos menesteres han marchado al exterior, se han jubilado o han pasado a desempeñar otras tareas. La formación de nuevos traductores se ha concentrado principalmente en la formación de intérpretes orientados a la actividad turística. Además, los planes de estudio insisten menos en la formación cultural y tienen una base lingüística teórica más débil.

Todos los inconvenientes señalados permiten suponer que en las actuales circunstancias tales factores repercutirán negativamente, hasta donde puedo suponer, en el futuro inmediato de estas ediciones. Paradójidamente, ha sido en este período cuando se ha introducido, aunque modestamente, el empleo de las modernas técnicas informáticas en nuestras editoriales.

Mientras que el proceso de la traducción científico-técnica, aunque ha sufrido también los rigores del momento, no parece amenazado en la misma medida que la traducción literaria, pues opino que a ésta, por sus características particulares, las exigencias que le son propias, y otras razones periprofesionales, no sólo le será difícil recuperarse por las circunstancias que vive el país, sino por otros motivos de más envergadura.

En primer lugar, salvo intereses muy particulares, la actividad traduccional, poco comprendida y peor estimulada económicamente, no resulta atractiva, aun para aquellos que reúnen los requisitos para ejercerla. En segundo término, la traducción documentaria, específicamente la científico-técnica, aunque también demanda especialización, experiencia e investigación, por la impersonalidad y concisión que le son propias, más el apoyo con que cuenta en cuanto al desarrollo de las bases terminológicas -incluso en este caso resulta posible apoyarse en la traducción por máquinas, que ya logran una relativa eficacia-, no alcanza la complejidad que adquiere la traducción literaria en el plano de la creatividad.
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Emilio Hernández Valdés Extraído de: http://bvs.sld.cu/revistas/aci/vol5_2_97/aci04297.htm

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