



Alberto Vacarezza nació en Buenos Aires en 1888 y falleció en la misma ciudad en 1959. Escribió las letras de más de un tango meritorio (¡Padre nuestro!, ¡Araca, corazón…!, El carrerito, Botines viejos, La copa del olvido, No le digas que la quiero, Otario que andás penando) y, como hombre de teatro, compuso dramas y comedias, de vena más popular que elitista. Pero, sobre todo, se destacó en el bien o mal llamado «género chico», para el que escribió una considerable cantidad de sainetes que, casi sin excepción, obtuvieron el éxito del público. Entre ellos, el más célebre es El conventillo de la Paloma, que la compañía de Pascual Carcavallo estrenó en el Teatro Nacional de Buenos Aires el 5 de abril de 1929.
Pues bien, don Alberto había encontrado la fórmula más eficaz para escribir sainetes y lo cierto es que, con las modificaciones del caso, cada uno de ellos no difiere demasiado de los demás. La escena suele ser el patio de un conventillo de Buenos Aires y, entre los personajes, son infaltables los compadritos porteños, la bella muchacha con más de un pretendiente, el italiano y el español (y, en ocasiones, también representantes de otras corrientes inmigratorias). Los argumentos son más bien endebles (y, a veces, encadenamientos de pretextos para el lucimiento de tal o cual actor o cantante) pero las situaciones —aceptados los convencionalismos e inverosimilitudes de rigor— suelen ser muy graciosas.
Lejos de toda solemnidad, Vacarezza se tomó el pelo a sí mismo al declarar cuál era su receta para componer sainetes. Tomando como punto de partida el primer verso del soneto de Lope, escribió (Cantos de la vida y de la tierra, 1944):
Un sainete en un soneto
Un soneto me manda hacer Castillo
y yo, para zafarme de tal brete,
en lugar de un soneto haré un sainete,
que para mí es trabajo más sencillo.
La escena representa un conventillo.
Personajes: un grébano amarrete,
un gallego que en todo se entromete,
dos guapos, una paica y un vivillo.
Se levanta el telón. Una disputa
se entabla entre el gallego y el goruta,
de la que saca el vivo su completo.
El guapo que pretende a la garaba
se arremanga al final, viene la biaba
y aquí acaba el sainete y el soneto.
El Castillo que menciona Vacarezza es su amigo el dramaturgo y compositor José González Castillo (1885-1937), autor del sainete Entre bueyes no hay cornadas y de tangos tan famosos como Organito de la tarde; Sobre el pucho, Silbando, Griseta, El aguacero.
Escrito el soneto en un moderadísimo, aunque arcaico, lunfardo, para el lector argentino más joven será suficiente con aclarar el significado de cuatro vocablos: grébano y goruta (= tarugo) son términos despectivos que señalan al italiano (sobre todo, al de pocas luces); paica y garaba constituyen formas afectuosas para ‘muchacha’ (se supone que agraciada).3
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