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Tres preguntas sobre Rusia - LA REFORMA DE MERCADO Y SU SENTIDO

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CopyLeft Artículo de Rafael Poch de Feliu - 13 de Septiembre de 2005
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1. LA REFORMA DE MERCADO Y SU SENTIDO
A partir de enero de 1992, la reforma económica rusa liberalizó los precios, retiró subsidios a la industria y a la agricultura, y privatizó. Era el guión, que venía en los manuales occidentales, para la estabilización y la reforma estructural en los países pobres durante los años setenta y ochenta.

Pero esas recetas habían surgido en y desde el capitalismo occidental. Independientemente de si era apropiado o no, el método de una terapia de choque y de la estabilización financiera había sido elaborado para curar economías de mercado enfermas. La existencia de un mercado se daba por supuesta.

El problema era que en Rusia ese mercado no existía. No había que curarlo o mejorarlo: había que crearlo.

Eso significaba que el objeto de la reforma económica rusa no tenía precedentes en Occidente porque en Rusia había «otra cosa», completamente ajena a la experiencia histórica occidental: una economía, llamémosla, postestalinista. Es decir, un cuadro: sin mercado, sin relaciones de mercado, sin mentalidad ni tradición jurídica de mercado. Una economía: dominada por monopolios, sin cauces ni motivos para la competencia y presidida por el partido de estado y una lógica militar, cuyos desajustes y desórdenes venían parcialmente compensados por todo tipo de comercios y relaciones informales o «subterráneas».

Pero es que, además, la reforma se aplicó en solitario en Rusia. No se implicó ni coordinó con las otras repúblicas de la ex URSS que formaban parte del mismo tejido económico. Un mismo cuerpo, unido por una compleja y estrecha red de interdependencias e intercambios, quedó, de repente, sujeto a diferentes políticas de reforma. Aun más, una misma moneda común a todas las repúblicas, el rublo, quedó sujeta a diversos centros nacionales emisores de papel moneda.

Así pues, dentro de esa «otra cosa», emprender lo que se emprendió tenía grandes posibilidades de desembocar en algo verdaderamente exótico, en un gran desbarajuste.

Hace 15 años, Lech Walesa, me dijo: «usted puede hacer una sopa de pescado a partir de un acuario con peces de colores, pero no un acuario a partir de una sopa de pescado». La reforma rusa tomó la sopa de pescado e intentó algo semejante. El desbarajuste fue considerable. En lugar de la «estabilización en otoño» prometida por Gaidar y Yeltsin en enero de 1992, el año se cerró con una inflación no del 30% previsto, sino del 2500%.

Para realizar la terapia de choque, el Presidente Yeltsin había obtenido del parlamento poderes de dictador para gobernar por decreto la reforma económica radical durante un año. Transcurrido ese año, a la vista de los resultados, el parlamento se negó a renovar aquellos poderes por lo que Yeltsin rompió con él.

Estamos hablando de un parlamento que había sido elegido (en 1990) en las elecciones más libres y más limpias de la historia rusa, que había hecho de Yeltsin su líder. De un parlamento de 1040 diputados de los que sólo 60 se declaraban comunistas. Cuando este parlamento, que por la constitución era el «máximo órgano de poder», exigió una política económica consensuada, los reformistas rusos aún complicaron más las cosas: iniciaron un enfrentamiento con el legislativo que acabó con su violenta disolución militar en octubre de 1993. Cuando hacía falta un «Pacto de la Moncloa», un acuerdo nacional-elitario para la reforma, los reformistas rusos organizaron un pequeño Tiananmen en el centro de Moscú con 150 muertos.

Así, los errores de fondo del inicio de la reforma se intentaron solucionar institucionalizando la reforma por decreto. Con la nueva Constitución, elaborada sin consenso y aprobada en un referéndum dudoso cuyos resultados nunca fueron publicados, la República rusa se convirtió en una autocracia presidencial.

Las transiciones son siempre complicadas, pero si de ellas se excluye el consenso se convierten en temerarias.

En cualquier caso, nueve años después del inicio de la reforma de Yeltsin y Gaidar, la economía rusa continúa en pleno desbarajuste. Tras ocho años consecutivos de caída del PIB y de la producción industrial, sigue sin haber crecimiento significativo.

El campo vive refugiado en una economía natural en la que los productores han matado -se han comido- 19 millones de cabezas de ganado (Stalin, con su colectivización agraria forzada en los años treinta, y la II Guerra Mundial en los años cuarenta provocaron fenómenos parecidos, pero entonces las reses sacrificadas fueron menos: 16 y 10 millones respectivamente).

El fenomenal desorden monetario creó a partir de 1992 una crisis de impagos con una estructura de círculo vicioso, que ha ido aumentando conforme pasan los años. Un ejemplo sobre en qué consiste la enfermedad de los impagos: una central eléctrica compra carbón para producir la electricidad que ilumina una universidad; el gobierno paga a la universidad el dinero para los salarios, pero no para la cuenta de la luz; la universidad no paga a la central eléctrica y ésta no paga a la mina de carbón, que no paga a los mineros.

El resultado de esta crisis no es sólo que millones de trabajadores se hayan quedado sin salario o que sufran enormes retrasos en su cobro (lo que eso ha significado en una situación de inflación es evidente), sino que todo el mundo debe a todo el mundo. En 1999, el monto de esta deuda interna de «todos con todos» ascendía a 1,2 billones de rublos nuevos, casi cien mil millones de dólares.

Una enorme deuda exterior de 160 mil millones de dólares actúa como una pesada hipoteca para el futuro. Hasta el año 2010, Rusia deberá pagar como mínimo 10.000 millones de dólares anuales en concepto de servicio de deuda, cantidad equivalente a una tercera parte de los presupuestos del estado del año 2000.

Hasta el verano de 1998 se decía que todo esto era el precio que debía pagarse por la lucha contra la inflación y por el mantenimiento de una cotización artificial del rublo de 6 por dólar. Pero cuando el 17 de agosto de aquel año se hundió el rublo, el desastre se quedó sin argumentos.

El crack de agosto de 1998 en Rusia se vio sin duda favorecido por la caída de los precios del petróleo y el gas natural, principal exportación rusa. También por la crisis financiera en Asia. Pero todo eso ni fue el motivo de fondo, ni siquiera la gota que colmó el vaso. El motivo de fondo provenía de los errores de bulto de 1992 , agravados por el régimen político instaurado en octubre de 1993, y sobre todo, de la concepción que se había dado a la reforma, que confundía a Rusia, si no con América, sí por lo menos con Polonia.

Gaidar y su equipo se inspiraron mucho en el trabajo de Balzerovich en Polonia, sin tener en cuenta las enormes diferencias existentes entre esos dos países. En Polonia se partía de una realidad de agricultura privada, de una experiencia de veinte años de dolarización e intensa actividad comercial de la población. En Polonia no había nada comparable al VPK, el complejo industrial-militar soviético. El régimen post-estalinista polaco había sido mucho mas suave. Y, si entramos en historia y cultura, en Polonia había una fuerte tradición feudal y aristocrática de poder disgregado, una tradición burguesa, una viva identidad nacional, un catolicismo y una sociedad civil entrenada en su autonomía respecto del estado. En definitiva, otro mundo.

La gota que colmó el vaso fue la quiebra del mercado de bonos del tesoro y obligaciones a corto plazo (GKO) emitidas por el gobierno ruso desde 1993. La operación había sido concebida por los llamados «jóvenes reformadores» para financiar el déficit presupuestario, y operaciones políticas como la reelección de Yeltsin en 1996. Ese recurso adoptó en seguida la dinámica de una pirámide financiera que solucionaba los agujeros del déficit, incrementándolos, emitiendo más y más bonos. Se captaron inversores especulativos a base de altos intereses que en 1996 llegaron al 200%. anual. El 20% del activo de la banca rusa estaba colocado en esos bonos. Ya en 1997, cuando en la prensa internacional se hablaba de «estabilización económica en Rusia», la quiebra era una realidad ineludible, porque los gastos para el servicio de la deuda equivalían a la mitad del presupuesto.

Los bonos del estado eran, además, un medio para enriquecer a sus propios padres. Los mismos funcionarios del ministerio de finanzas, del banco central y del gobierno que lanzaron la emisión, jugaban ellos mismos con los bonos, utilizando información privilegiada para obtener altísimos beneficios. Un total de 780 altos funcionarios, incluido el jefe de la administración presidencial, Chubais, el viceprimer ministro, Serov, el ministro de finanzas, Babilov, el ex ministro de exteriores, Kózyriev, y el viceministro de defensa, Mijailov, se beneficiaron con aquella fraudulenta pirámide oficial.

Después de la quiebra se oyeron , en el FMI, en la prensa anglosajona más influyente, e incluso entre los fallidos reformadores rusos, opiniones como que «el programa y la estrategia de Rusia eran acertados, lo que ocurría es que no se aplicaron correctamente» -lo dijo el entonces Director del FMI, Camdessus-, o que «los adversarios de la reforma torcieron los intentos de una política consecuente» (Gaidar) o que «en Rusia se roba mucho» (The Economist). Las dos últimas afirmaciones están cargadas de razones, aunque recuerdan un poco a quien se fue al Polo Norte en manga corta y al regresar se quejó por haber pillado una pulmonía, porque todos esos datos que ahora se citan como causantes del fracaso estaban contenidos en la realidad de Rusia.

Respecto del programa y de la estrategia sería más realista reconocer que la receta occidental clásica, que se aplaudía desde Occidente mientras el país se iba desmoronando, no era la apropiada para Rusia porque, en general, sólo era apropiada para la elite empresarial y los intereses oligárquicos del centro de la economía mundial. Es perfectamente conocido y verificable que el aumento de la desigualdad, tanto entre los países del Norte y del Sur, como en el seno de las sociedades del Norte, ha sido el principal resultado de esa receta, el llamado «consenso de Washington». Los recortes de programas sociales y del gasto público (la llamada «disciplina fiscal»), las reducciones de impuestos (sobre todo para el sector de mayores ingresos), la mayor «libertad» (para inversores extranjeros y para evadir el capital de los autóctonos, en las economías dependientes), y la privatización (la transferencia del producto del trabajo de multitud de personas durante décadas, a una minoría de inversores), han tenido como resultado más claro que la diferencia entre los ingresos globales del 20% mas rico de la población mundial y el 20% mas pobre, haya aumentado de forma preocupante en las últimas décadas.

Otra gran tendencia de los últimos treinta años, estrechamente vinculada a la anterior, ha sido el enorme crecimiento de los capitales especulativos. En 1970 cerca del 90% del capital internacional se utilizaba en inversiones a largo término, para operaciones más o menos productivas, y el 10% en especulación. En este período de cambio de siglo, esas cifras se han invertido.

En un análisis regional, África ha conocido en las últimas dos décadas caídas en los ingresos per cápita. América Latina registra un crecimiento cero en el mismo parámetro entre 1980 y 1997. Rusia, con su enorme extensión y recursos, no ha hecho más que confirmar a lo grande todas esas tendencias. Su sociedad, que era tan nivelada como las de los países occidentales menos desiguales antes de aplicar la receta, ha alcanzado los niveles de los países mas desiguales de América Latina. La estimación que el Banco Mundial baraja en materia de evasión de capitales rusos desde 1992 -es decir inversiones en la economía occidental-, ronda los 190.000 millones de dólares, casi 3,5 veces más que todos los créditos occidentales concedidos a Rusia en el mismo período.

La excepción en ese contexto han sido algunos países asiáticos, con China a la cabeza, que conjugaron su integración en la economía mundial con una decidida regulación estatal. En la bibliografía sobre transiciones económicas se encuentran infinidad de títulos sobre Europa del Este, pero casi nada sobre la experiencia de mercado regulado por el estado de un grupo de pequeños países comunistas asiáticos (Vietnam, Birmania, Laos) cuyas economías van a ser, a medio plazo, más potentes que las de los países ex comunistas de Europa y cuya población sumada (120 millones) supera a la correspondiente a la del este de Europa,sin Yugoslavia.

Elementos originales y genuinos para aportar una receta alternativa a la transición del postestalinismo al mercado se encontraban también en los trabajos de toda una serie de economistas checos, húngaros y polacos a partir de los años sesenta (como Ota Sik, Janos Kornai o Oskar Lange), así como en las obras y concepciones de algunos rusos menos conocidos como el profesor de Jarkov Yevsei Libermann, o, más recientemente, el académico Yuri Yaremenko. Una de mis sorpresas al llegar a Moscú en 1988 fue que los economistas y publicistas soviéticos más activos prescindían por completo de esta cantera de la que podría haber extraído -si hubiera habido interés en ello- unas fórmulas mucho más adecuadas a la realidad ru-sa. La experiencia china, luego tan admirada en Moscú, era rechazada con una vehemencia que rezumaba algo parecido al racismo.

En cualquier caso, estemos o no de acuerdo con estas consideraciones, podemos formular con toda contundencia la tesis de que la actual reforma ha fracasado como modernización. Éstos son los datos:

La industria produce un 40% menos que en 1991.


La agricultura produce un 60% menos.


En el contexto de caída de la producción y descapitalización, el sector de las altas tecnologías y la investigación científica -la locomotora de la innovación- ha sufrido el principal golpe.


La exportación de materias primas representa el grueso del comercio exterior y por lo menos el 70% de los ingresos de los presupuestos.


Por el peso de su PIB en el producto mundial, Rusia ocupa el puesto 16, detrás de países como India, Brasil, Indonesia, México y Corea del Sur.


Por una combinación (sin precedentes en una sociedad industrial en tiempo de paz) de aumento de la mortalidad y caída de la natalidad, Rusia pierde desde hace varios años casi un millón de habitantes al año. La esperanza media de vida de los rusos (57 años para los hombres en 1994, 60 años en 1999) descendió cinco años en los últimos ocho años. Rusia ocupa el puesto mundial 135 en esperanza media de vida, por detrás de Togo.

  • A estos parámetros de antimodernización se suman los efectos de los cambios políticos sobre la posición del país en el mundo tras la disolución de la URSS:
  • La Rusia tradicional de hace un siglo ha perdido casi el 50% de su población, más del 20% de su territorio y las principales salidas al mar por el oeste y el sur.
  • Ya no ocupa la tercera posición mundial en población, sino la sexta.
     
  • Ya no ocupa la tercera posición mundial en volumen de producción industrial, sino la decimotercera.
     
  • Ha perdido casi todos sus aliados en cuatro continentes, sus mercados exteriores (la ex URSS en primer lugar y toda una serie de clientes en el Tercer Mundo) y la mayor parte de su mercado interno.

Veamos la proyección de futuro para el año 2015, según la estimación del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú, Imemo Ran:

  • EE UU y los países del NAFTA (Méjico y Canadá) representarán el 19% del PIB mundial.
  • La Unión Europea: el 16%.
  • La «gran China» (con Hong Kong y Taiwan) y Corea del Sur: el 15%
  • Los países del ASEAN: el 7%.
  • Japón: otro 7%.
  • Rusia: 2%.

Así pues: fracaso de la modernización, y una posición disminuida en el escenario de la globalización.
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Rafael Poch de Feliu Extraído de: http://www.lainsignia.org CopyLeft
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