La luz mediterránea del puerto de Génova deslumbró a Nikolai aquella calurosa mañana del 5 de mayo de 1953. Pocos días antes, al subirse al tren, había dejado atrás un Moscú todavía frío y lluvioso. Si todavía en la primera mitad de los años ochenta salir al extranjero era una experiencia casi mística para los soviéticos, dos meses después de la muerte de Stalin era, para aquel joven de 25 años en ruta hacia su primer destino como funcionario del Ministerio de Exteriores de la URSS, una aventura cargada de demonios y peligros. La URSS era un país en guardia, aislado y condenado internacionalmente. En su maleta, Nikolai llevaba un solo traje, negro de rayas, un pasaporte diplomático que no debía ser entregado a nadie «bajo ningún concepto» y un fondo de mil dólares que sólo podía ser utilizado en caso de «extrema necesidad». En su cabeza muchas sospechas, recelos ante los enemigos de la URSS que, según sus superiores, aparecerían ineludiblemente en su camino, y también perplejidades y curiosidades, por el contraste entre el colorido de la vida meridional y los estereotipos de su imaginación provinciana sobre la vida en el desconocido y hostil «mundo capitalista».
El joven diplomático tenía que tomar, aquel barco, el «Andrea Gritti», un paquebote destartalado que para llegar a su destino, Veracruz, debía recoger un montón de emigrantes italianos en Nápoles e iniciar una larga travesía de cinco semanas con escalas en Cádiz, Lisboa, Santa Cruz de Tenerife, Madeira, Curasao, La Guaira y La Habana. Nikolai debía incorporarse a su destino en Ciudad de México, como antepenúltimo ayudante de embajada. Era un muchacho rubio de ojos azules, con entradas, de mediana estatura, hijo de campesinos de la región de Riazán, en Rusia central, cuyas buenas notas en el bachillerato le habían brindado una medalla de oro, que en aquellos tiempos era de oro de verdad, y una beca para estudiar en el Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú. Su destino mexicano confirmaba el éxito en sus estudios y que sus conocimientos de español no eran malos.
Tres jóvenes latinoamericanos subieron en aquel mismo barco por accidente. Venían de hacer una gira por Europa, que había incluido una visita al Festival Internacional de la Juventud de Bucarest y una furtiva escapada a Odesa. La huelga de los estibadores de Marsella les había hecho cambiar de puerto de embarque. Nikolai se hizo enseguida amigo de ellos, porque hablaban español entre todo aquel griterío italiano, y porque la espontaneidad e informalidad de los jóvenes le cayó bien. Se llamaban Bernardo, José y Raúl y tenían entre 23 y 22 años, les gustaba leer y hablar de política. Llevaban muchos libros.
Nikolai enseñó a Raúl a jugar a ajedrez, Bernardo enseñó a Nikolai a jugar a ping pong. Enseguida se formó una liguilla. El ruso y los latinoamericanos formaron un equipo «de izquierdas» en liza con el conjunto «burgués» de a bordo. El contacto humano con aquellos nuevos amigos tropicales, dos guatemaltecos y un cubano, descongeló enseguida rígidos reflejos funcionariales en el ruso. Nikolai prestó dinero de su «fondo reservado», «sólo para casos de urgencia», a sus compañeros, con los que compartía todo. Como la URSS estaba mal vista en casi todo el mundo y su pasaporte no se lo permitía, Nikolai no podía bajar a tierra en las tentadoras escalas de la travesía. Enfundado en su traje negro de rayas, el ruso parecía un empleado de banca inglés en el trópico. En Cádiz ya se moría de calor, y en el «Andrea Gritti» había una pequeña piscina. Los latinoamericanos se bañaban, pero Nikolai no tenía bañador.
En la URSS de entonces no existían los bañadores, la gente se bañaba en calzoncillos, así que durante la escala en Santa Cruz de Tenerife, mientras Nikolai armaba un gran escándalo con el capitán del barco que pretendía retener su pasaporte, como el de todo el pasaje, hasta el final de la travesía, los latinoamericanos volvieron de un paseo por la ciudad con un bañador y unos plátanos para Nikolai, ya más calmado al saber que lo del pasaporte no se trataba de una conspiración de aquellos anunciados enemigos al acecho. Nunca había visto un plátano. Ellos preguntaban sobre la URSS y él sobre América Latina. Nikolai les explicó que en su instituto se estudiaba inglés, español, alemán, francés y chino, y que él había sido uno de los tres de la rama española seleccionados para trabajar tres años en el extranjero, combinando la embajada con el perfeccionamiento del español. El alegre y extrovertido Raúl, con quien Nikolai entabló una amistad particularmente intensa, le habló de su hermano «el abogado». Bernardo le explicó que en su país de volcanes había un gobierno, el de Jacobo Arbenz, que promovía la reforma agraria. Arbenz sería derrocado un año mas tarde, en junio de 1954, en un golpe de estado/invasión derechista financiado por la CIA y la United Fruit Company. Ninguno de aquellos cuatro jóvenes sabía aquel día lo que el destino les deparaba, aunque sus vidas estaban ya escritas en sus convicciones y carreras. Raúl, cuyo apellido era Castro, no sabía que pronto se vería envuelto en una de las revoluciones más extraordinarias de América Latina cuyo líder sería su hermano, el abogado. Bernardo Lemus, no sabía que su actividad como abogado defensor de los sindicatos le conduciría a ser asesinado en la Guatemala de los setenta por la «Mano Blanca», una de las versiones locales de los escuadrones de la muerte. Nikolai Leonov tampoco sabía que algún día llegaría a ser Teniente General del KGB, jefe de su» Directorio Analítico» o cerebro de la inteligencia soviética, y que su intervención sería decisiva en asuntos tan dispares como el apoyo de Moscú a la ofensiva final contra Saigón en Vietnam, el suministro de armas a la guerrilla de El Salvador, o el máximo gol marcado a la CIA por el espionaje soviético en toda su historia, el reclutamiento de Aldrich Ames como topo de la Lubianka.
Cuando los jóvenes se despidieron en el puerto de La Habana, Nikolai observó impresionado desde cubierta como la policía de aduanas golpeaba brutalmente a sus amigos. Les habían incautado los libros «subversivos» comprados en Bucarest y Odesa. Ninguno de ellos podía sospechar tampoco que su travesía a bordo del Andrea Gritti abría un capítulo completamente nuevo de las relaciones de Moscú con Latinoamérica. La amistad de Raúl Castro y Nikolai Leonov quedaba para toda la vida. Sobreviviría a la propia URSS y a los avatares de la revolución cubana.