Fernando Vallejo se inscribe en una toma de posición estética e ideológica opuesta a la eminentemente libresca, dispone del capital cultural como un beneficio que se invierte en la comprensión de sí mismo y de las situaciones y reflexiones que plasma a través de la literatura; no lo emplea como una "especie de saber gratuito, para todos los fines... sino como una caja de herramientas más o menos inagotables" (Bourdieu. 2000: 40). A través de su forma particular de expresarse, de los intereses sociales e intelectuales que le son predilectos, de la manera en que dispone del capital cultural, tanto como del modo y la actitud con que lo emplea como hombre público y como artista, se opone de manera radical a la toma de posición asumida por Ricardo Cano Gaviria, quien se perfila por sobre todas las cosas, en actitud de falsa modestia, como un "empecinado aprendiz de escritor" (Jaramillo. 1992: 134).
Héctor Abad Faciolince se esfuerza por presentarse como un hombre cuyos gustos han sido consolidados por su condición de artista y de lector de literatura pero, en mayor medida, por el hecho de pertenecer a una clase social para la cual la subsistencia no se constituye en una preocupación esencial. El cultivo del "buen" gusto, el ocio creativo y el interés por el arte son algunos valores a partir de los cuales se ha ido configurando su habitus desde la infancia. Los recuerdos relacionados con la biblioteca familiar, la relación que el padre establecía con los libros y la manera en que él mismo se acercó a ellos son aspectos que rondan buena parte de sus páginas literarias y críticas, es evidente que considera que el "amor al arte" no es un don natural sino que forma parte de la herencia cultural recibida de la familia:
El mejor cuarto de la casa, según el recuerdo que tengo de mi niñez, era la biblioteca. Todavía me parece verla; había un escritorio con cajones... El resto del mobiliario consistía en dos sillas, un gran sillón reclinable con una lámpara detrás, y tres paredes forradas de libros apilados en estanterías de madera que subían desde el piso hasta el techo. El sillón era el sitio donde mi papá se estiraba a leer, y mi primera foto, a los ocho días de nacido, es acostado precisamente en ese sillón, en el sillón de lectura... En un costado de la biblioteca estaban las enciclopedias y los diccionarios; esos fueron los primeros libros que miré, con la ayuda de mi papá (devorador. html).
Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince poseen una sólida y variada formación académica, proceden de familias con una amplia trayectoria y volumen en cuanto a capital cultural y social se refiere; Ricardo Cano Gaviria, en cambio, cuenta con una herencia cultural y académica poco enaltecedora, ha tenido que irse reafirmando a lo largo de una ardua carrera de autodidacta con todas las implicaciones que -en algunas ocasiones- este tipo de formación conlleva: sobreestimar en grado sumo algunas categorías estéticas o propuestas metodológicas que no lo ameritan y restarle importancia a otras sin comprenderlas; su "amor al arte" es parcelado, excesivo y desproporcionado.
Héctor Abad Faciolince asume una posición más similar a la de Fernando Vallejo que a la de Ricardo Cano Gaviria cuando es entrevistado, no pretende despojarse de las nubes oscuras, de los momentos difíciles o los trabajos triviales omitiéndolos o dándoles un giro estético, sino que parece querer hacer explícito el deseo de apropiarse de sus experiencias de la manera en que lo haría una persona común que asume la vida con actitud valerosa: sin desprecio o vergüenza cuando las vivencias son poco enaltecedoras y sin pasión excesiva cuando se supone que han de ser reveladoras sobre su naturaleza de artista; considera, por ejemplo, que su posición como periodista de la revista Cambio no es esencialmente diferente a la que asumía cuando trabajaba para Cromos y que cuando traduce a Eco o a Lampedusa no experimenta emociones diferentes a las que le proporcionan los manuales de instrucción para Fiat o Ferrari (Abad-Güemes. 2001).