4 - Lectura, escritura y literatura

Artículo creado por Elsy Rosas Crespo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/colomlit.html
01 de Octubre de 2006

Uno de los intereses más claros expresados por Héctor Abad Faciolince como intelectual y como artista consiste en concederle a las ciencias humanas y al arte el lugar que les corresponde como fuentes de conocimiento y de placer en general, como el que generaría en el físico o en el matemático la comprensión de su objeto de estudio o el descubrimiento de un nuevo fenómeno; se propone despojar la escritura y la lectura de literatura de su poder alucinógeno y espiritual y asumir su oficio como uno entre otros, sin estatus pontificial. En relación con los libros como objetos sagrados también tiene sus reservas:

Yo no siento (por los libros) ningún temor reverencial ni los trato como objetos sacros. Los libros son unas cosas ahí. A veces maravillosas, a veces asquerosas, a veces hermosas, pero la mayoría de las veces pura mercancía... Hay que despojarse del fetichismo del objeto libro. Aún reconociendo su belleza, no soy de los que añora la época en que los libros tenían las tapas de pergamino, o el papel hecho a mano, o los tipos de plomo dispuestos uno a uno por un tipógrafo con síntomas de saturnismo... lo que interesa es la lectura (devorador. html).

Héctor Abad Faciolince considera -en actitud similar a la de Fernando Vallejo- que la literatura es un arte menor y "para cerebros no particularmente agudos... un juguete al que se le subieron los humos"; los escritores son "bobos con prestigio... que se dan muchos aires, miran por encima del hombro y conceden entrevistas en las que opinan sobre todo lo divino y los humano"; los profesores de literatura y los expertos son "un gremio que custodia celosamente un secreto: que la literatura es un actividad menor y sin mucha importancia... Por cada escritor muerto de hambre... hay por los menos cien profesores... que reciben un sueldo, van a congresos, escriben ponencias... y todo por hablar y hablar de un escritor que se murió de hambre" (fe.html).

La lectura y la escritura de obras literarias, la vida intelectual, son actividades a las que Fernando Vallejo no remite de manera directa ni con actitud presuntuosa, al contrario, cuando en sus textos se refiere a algunas obras o a autores consagrados asume actitudes desacralizadoras, no es respetuoso ni con la tradición literaria ni con técnicas narrativas que parecen inquebrantables. Se niega a someterse no sólo a los aparatos represivos e ideológicos del Estado (según la terminología de Althusser) sino que además se niega a considerar la literatura como "arte mayor": "Lo que yo hubiera querido ser en la vida es músico, compositor. Pero como no tenía música en el alma, no me quedó más remedio que dedicarme a estas artes menores del cine y la literatura" (Vallejo-Villoro. 2002: 4); se complace cuando desacredita a los más consagrados novelistas europeos: "Flaubert y Balzac eran comadres. Todo lo que escribieron me suena a chisme. A chisme en prosa cocinera" (Vallejo-Villoro. 2002: 2) y, además, deprecia la novela como forma artística, considera que como género ya está agotada:

Durante los últimos doscientos años, la novela (entendiéndose por novela la ficción en tercera persona) ha sido un gran género de la literatura. Ya no puede serlo más, ése es un camino recorrido, trillado, y no lleva a ninguna parte. ¿Qué originalidad hay en tomar, por ejemplo, una persona de la vida (o varias armando un híbrido) y cambiarle el nombre dizque para crear un personaje? (Vallejo-Villoro. 2002: 2).

El nuevo género que propone practicar es la autohagiografía: "Me inventé un nuevo género literario, la autohagiografía, o vida de santo mamada en sus fuentes últimas" (Citado por Luis H. Aristizábal. 1990: 101).

Sobre la poesía como género -y sobre la de Silva y Barba Jacob, dos de los poetas colombianos más consagrados- también tiene sus reservas:

El verso no tiene razón de ser desde que se inventó la escritura, o sea un poquito después de Homero. Yo escribí las biografías de esos dos poetas colombianos que dices por desocupación. Y respetando la convención literaria que pide que el biógrafo crea en su biografiado, sostuve que eran dos de los más grandes poetas del idioma. Pero no. Los versos son sonsonete. Quiero decir los de antes, los que tenían ritmo y rima; en cuanto a los de hoy, son pedacería de frases (Vallejo-Villoro. 2002: 4).

En Asuntos de un hidalgo disoluto Gaspar Medina recuerda la lectura como uno de los mayores pecados-placeres de la infancia, se trata de lecturas orientadas por su padre y es evidente que disfrutaba más de éstas que de las impuestas por los profesores en el colegio:

Cometía y reincidía en un pecado que nunca me pareció tal. Y era leer cualquiera de los libros que encontraba en la biblioteca de mi casa. Allí hallaba el gusto que jamás me dieron las lecturas obligatorias del colegio, que ni siquiera se limitaban a ediciones censuradas del Lazarillo...

En esto de las lecturas recuerdo que tenía el apoyo de mi padre, quien a veces me llamaba a su presencia y me decía con un solemne gesto pontificial de origen iluminista que intentaba abarcar con el brazo toda su biblioteca: "Lee lo que quieras pues los libros que no sean apropiados para tu edad, simplemente no los vas a entender, te vas a aburrir con ellos y vas a pasar a otros hasta encontrar los tuyos" (Abad. 2000: 37-38).

Es un recuerdo bastante similar al de Héctor Abad Faciolince cuando piensa en la casa de Medellín, en su padre y, con mayor énfasis, en su vida como lector.

Gaspar Medina prefiere que otros escriban para él a escribir para otros, se siente mejor cuando asume el papel de lector: "mejor que escribir es que otros escriban. Lo que me importa todavía son los libros que leo, en los que sí me encuentro" (Abad. 2000: 76). Lo que más lamenta cuando dicta sus memorias a Cunegunda Bonaventura es que en vez de narrarlas se entretenga en reflexiones sobre la escritura: "Pero quizá te comprendo. Me he puesto a hablar como un libro, he perdido la dicha de contar historias y me he sumergido cada vez más en áridas reflexiones" (Abad. 2000: 82).

Tanto a Héctor Abad Faciolince como a Gaspar Medina les interesa y apasiona más ejercitar sus dotes como lectores que como escritores; ambos se sienten desolados ante el esfuerzo que implica el hecho de escribir y los resultados tan desastrozos, el estado de impotencia ante las palabras: "Tanto escribirse encima para nada. Tanto buscarse en la escritura para saber que cuanto digo de mí no acaba a parecerse nunca a lo que hago" (Abad. 2000: 82); se trata de "una crisis de fe" del modo en que la explicó Héctor Abad Faciolince cuando recibió el premio, precisamente por su novela Basura:

25 años de lectura permanente, 15 años de escritura pertinaz, una carrera, una tesis, talleres, babas, discusiones, mesas redondas, congresos, todas las misas celebradas y las pedanterías que giran alrededor de la literatura. Todo eso y de repente me doy cuenta de que semejante montaje es más o menos una farsa, y sobre todo que alrededor de los sumos sacerdotes de la literatura -vivos y muertos- se ha montado una gran mentira, se han erigido unos pedestales ridículos, una enorme operación de marketing como lo que se haría con cualquier queso o con cualquier mermelada (fe.html).

Héctor Abad Faciolince parece hallarse muy a gusto con su vida, como él mismo lo ha afirmado y se confirma a través de su escritura, no es ni apocalíptico ni integrado, tal vez es las dos cosas a la vez dependiendo de las circunstancias: "¿Cabe la posibilidad de ser apocalíptico e integrado a la vez? Así me siento yo; con sensaciones pendulares de bienestar y malestar en el mundo contemporáneo... Soy a la vez optimista y pesimista" (devorador.html). Cuando recibió el premio por la novela Basura se mostró desencantado por la escritura de obras literarias, hizo manifiesta su "crisis de fe" y, sin embargo, en el mismo discurso se mostró muy complacido con la suma de dinero recibida, por el hecho de poder disponer de tiempo para escribir sin pensar en publicar; detrás de sus quejas y desilusiones se deja traslucir un gran placer por el triunfo y una especie de postura ante la supuesta frustración y dolor al estilo de Davanzati, el protagonista de Basura.

Si se observa con malicia la actitud de Héctor Abad Faciolince en relación con su triunfo como escritor a costa de su frustración, valdría la pena recordar esta extensa cita de Witold Gombrowicz cuando se refiere a la actitud de algunos escritores que han obtenido gran reconocimiento gracias a sus lamentos, desilusiones y frustraciones o en defensa explícita de algunos valores morales:

Por lo que respecta al marxismo, no veo la utilidad de esa violación practicada sobre sí mismos por burgueses de nacimiento y de educación que se esfuerzan en identificarse con el proletariado invocando su doctrina. ¡Todo eso no son sino palabras al viento!

Y un lujo. además. Esos análisis interminables, esos estados anímicos archisutiles, esos escrúpulos demasiados dramáticos, ese hilar tan fino, todo eso huele a lujo; y el olor del lujo no es olor de santidad... resulta casi imposible separar cierta moral demasiado moral de las comodidades, del refinamiento, de un nivel de vida más elevado. Esa moral aristocrática, o simplemente bien provista, esa moral en carroza, esa "gran dama" me fastidia, yo la preferiría corriente, sencilla, vestida con modestia, oprimida entre el gentío, un tanto perdida en la marea de los acontecimientos, más inmediata, anónima.

Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en un sentido concreto. ¿A dónde llevó la moral a un Mauriac? A la gloria, a la Academia Francesa, al Premio Nobel, y a unos ingresos bastante interesantes, supongo. ¿Acaso no es gracias a la moral por la que Sartre goza de tanta influencia entre las jóvenes generaciones? Supone también un éxito personal. ¿No es cierto que los representantes de la moral comunista, Aragón y Neruda, por ejemplo, han conseguido en el inmoral sistema capitalista posiciones muy envidiables, hermosas casas, honores, chóferes, admiradores, cuartos de baño, amor y muebles de estilo? Y la angustias morales de Camus ¿No le proporcionaron el Premio Nobel apenas cumplidos los cuarenta?

No les estoy condenando, les comprendo, también a mí me gustaría poseer hermosas casas, y colecciones como las de Neruda. Pero no hay nada que hacer; para el artista, la moral constituye una especie de sex-appeal, por ella seduce y se embellece, a sí mismo y a sus obras. En consecuencia, sería mejor que el arte no abordara tan delicado tema sin la discreción necesaria. Un arte explícitamente moralizador, o realmente, demasiado "noble", es para mí un fenómeno bastante irritante. De acuerdo, que el escritor sea moral; pero que hable de otras cosas. Que la moral nazca de sí misma, al margen de la obra. (Gombrowicz. 1991: 86)

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