“Callar nunca fue bueno”
Sala de espera
En el laberinto equinoccial del nuevo siglo, parece que el ‘papel’ del intelectual en la sociedad va a ser definitivamente decorativo, dado el incremento de intervención e influencia de la soldadesca en el nuevo orden internacional. Max Aub siempre luchó por dar el paso desde el esteticismo asocial y deshumanizado de buena parte de la literatura española de los años veinte, hacia una literatura testimonial de raigambre crítica. Al hilo de la efeméride aubiana del centenario del nacimiento, parece que caminemos hacia la triste restauración de un pasado gris contra el que luchó toda una generación de artistas, intelectuales, escritores... todo un pueblo que defendió con las armas la legitimidad y los principios de una cultura democrática.
Seguro que Max Aub estaría militando activamente en contra del resurgimiento de nuevas formas de fascismo. Aub nos legó la herencia del trabajo por un modelo de intelectual comprometido y de escritor humanista que convierte su obra en testimonio crítico y revelador frente a una realidad hostil e injusta.
La humildad no es un buen compañero de viaje para un escritor español que pretenda conseguir un público contemporáneo, triunfar entre los grupos literarios de su generación y perpetuarse en la breve eternidad libresca. La balbuceante crítica suele adolecer de esa querencia tan española de no reconocer en otros el talento; y, en el agitado presente de la actualidad editorial, el reconocimiento de la propia obra siempre es gravoso e incierto. Max Aub es un escritor humilde y sencillo, terreno y material, para quien los pequeños detalles son trascendentes en la medida en que nos revelan la sagrada humanidad de nuestros semejantes. La obra aubiana nos depara siempre la posibilidad de nuevas sorpresas y lecturas, propiciadas por su voluntad renovadora y su energía creativa, que se iba transformando y actualizando a través de sus textos y sus infinitas reediciones. Con el progresivo conocimiento de esos textos, en los últimos años, ha ido adquiriendo valor un Max aparentemente olvidado y menor, hábil tipógrafo y ocasional frecuentador de los lugares inhóspitos de la vanguardia, poco apreciado en esos momentos por los defensores del realismo. Había una parte de su obra inédita desconocida para el gran público, y otra parte de su obra editada, que venía siendo incomprensiblemente ignorada por la historiografía y la crítica literarias.
Tanto la vida como la obra de Aub se caracterizan por su alto grado de conciencia histórica. Aub fue recorriendo los principales acontecimientos del siglo XX desde la atalaya de un intelectual socialista comprometido, primero en el contexto sociocultural de la República española y después en el largo exilio de los republicanos españoles. En efecto, como otros autores e intelectuales de su generación vivió un período clave de la historia contemporánea que desembocó en una irreversible concepción del hombre y su ‘estar en el mundo’. A través de sus escritos encontramos una y otra vez esa conciencia de pertenecer a un pasado próximo que es susceptible de iluminar y dar lecciones al presente. Frente a otras obras con carácter fundacional, en la obra aubiana predomina el gesto testimonial y crítico sobre una realidad y una historia que él supo convertir en obra estética a través del juego de la ficción narrativa, lírica y dramática.
En 2003 se cumplen cien años de su nacimiento. Sin duda, la experiencia de la guerra civil española y el exilio contribuyeron a fundamentar su convicción de pertenencia a una generación y una época clave; y fomentaron su responsabilidad y su decisión de constituirse en ‘ejemplar’ testigo de la misma.
Desde las obras de Max Aub pertenecientes a las vanguardias artísticas y literarias de principios de siglo, hasta aquellas obras en las que aborda los problemas y la dinámica del arte moderno, tales como la figura del artista y del creador, la simulación del arte y sus relaciones con la ficción, las relaciones entre la literatura y las artes plásticas, la relación del artista y su compromiso con la sociedad, el realismo, etc., José-Carlos Mainer ha incidido en esa “ética del testigo” que constituye a Max Aub en autor y analista privilegiado de nuestra historia reciente, Max es el hombre que muere por no saber callar, pero al mismo tiempo es el escritor que se salva escribiendo, convirtiendo el ejercicio de la literatura no sólo en una personal lucha contra el olvido de la barbarie contemplada, sino en una forma de supervivencia. Max Aub es uno de nuestros supervivientes y, como tal, se convierte en símbolo y síntoma del intelectual no sólo español sino europeo que recorre la barbarie de la historia de Europa y del mundo en buena parte del siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial hasta esa particular “sala de espera” de la violencia que constituye la Guerra Fría. Max es un pensador incómodo y nada acomodaticio, que gusta de opinar jugándose el tipo: “Este país no tiene remedio. Lo buscaron muchos y se rompieron la crisma. O se la rompieron” (Las vueltas); es un socialista exiliado que habitualmente disiente de los socialistas y de los exiliados españoles en México, donde definitivamente fijó su residencia desde su llegada a mediados de los años cuarenta hasta su muerte: “La Segunda República fue una mezcla de buena fe, equívocos y equivocaciones, justificables las últimas por las ilusiones que, de buenas a primeras, envolvieron a los mejores” (Hablo como hombre).
Nos encontramos ante un escritor que recorre los laberínticos caminos del siglo XX intentando estar a la altura de los tiempos, con una mirada crítica sobre la realidad y con un compromiso ético y cívico, que lo convierten en testigo privilegiado de la historia y la cultura contemporáneas. Aub es un escritor de ironías y de matices, de sutiles juegos de conceptos y de palabras: “La palabra ‘independencia’ ha hecho mucho daño al mundo: nadie es independiente. No lo es el hombre; menos las naciones. Todos somos solidarios” (Hablo como hombre).
En la literatura que va del modernismo a las vanguardias, y desde la experimentación y el esteticismo al compromiso, Max nos muestra su taller de trabajo ejemplar a través de su variada aproximación a los distintos géneros y a la tradición de las formas literarias: Max poeta, cuentista, tipógrafo, autor y director de teatro, guionista de cine, ensayista, traductor, ensayista, novelista... Es el Max múltiple y proteico, comprometido desde la crítica y desde la ironía, en un continuo proceso de desinstalación con respecto a los subterfugios del pensamiento conservador y los tópicos de la izquierda tradicional. Es el Max ‘amigo incómodo’ de muchos con su dolorosa verdad a cuestas. Es el Max siempre sorprendente e inesperado para quien la cultura no es un lujo, sino una de las necesidades primordiales, como la educación, la sanidad y los alimentos básicos. Es el Max que lucha por hacerse oír y por expresarse durante todo un exilio con los ojos abiertos, esperando desesperanzadamente en el absurdo ciego de esa “Sala de Espera” común a Ionesco, a Beckett, a los grandes autores literarios e intelectuales del siglo XX que nos devuelven las preguntas eternas con una mirada nueva y un lenguaje renovado, sabiendo que una de las misiones del intelectual es precisamente esa, la de formular preguntas, cuyas respuestas son tantas veces incómodas, pero con una energía y una fe en el hombre por encima de todo quebranto, a pesar de la experiencia de dos guerras mundiales y una guerra civil: “Sólo el que se declara vencido, perece” (Sala de espera).
Max fue un intelectual incómodo, caracterizado por una verbalidad poco diplomática tal y como demuestra con la publicación de La gallina ciega (1969), que hacía temblar a su editora, Carmen Balcells, por las posibles repercusiones de los allí aludidos. Como él mismo nos dejó escrito, hay tres clases de hombres: “Tres clases de hombres: los que cuentan su historia, los que no la cuentan, los que no la tienen” (Paremiología particular).