



“-Te haremos un homenaje, el día que cumplas cien años.
-Es posible y hasta si quieres que diga la verdad: no dudo.
¿Y qué? Lo más triste es que no tiene nada de nuevo.”
La gallina ciega
La guerra española empezó en el llamado Desastre del 98 y acabó en tragedia en julio de 1936. Max fue consciente de que no supimos aprender el ejemplo de la Primera Guerra Mundial, de que nuestro sistema político fue incapaz de afrontar las reformas necesarias para modernizar un país abocado a la violencia y a la sinrazón de las armas. Contradictoriamente, fue una España de gran esplendor cultural, la ya conocida como Edad de Plata. Vuelven a coincidir extrañamente momentos históricos críticos y floración cultural. Y Aub se inicia en la experimentación vanguardista para evolucionar hacia una poética y una actitud cada vez más comprometida, primero con la cultura republicana, después con la lucha antifascista. Después vendrán años de exilio, campos de concentración y olvido. Su biografía es una biografía de sufrimiento y entrega, como la de tantos otros españoles en los duros años de la postguerra. Su voluntad de supervivencia le ayudó a escapar de los campos de concentración franceses en el norte de África, adonde fue enviado mediante falsas denuncias. La dureza de aquellos años nos da el tono de un autor europeo a la altura de las circunstancias, como testimonia su poemario Diario de Djelfa, auténtico relato de las condiciones extremas sufridas en aquellos días, prueba de nuevo de que la sinrazón humana no tiene límites. Su compromiso es un compromiso universal, por encima de razas, lenguas y naciones: “Inútil decir que ufanarse de la historia patria es gratuito. El nacionalismo -ese racismo- está en plena floración” (Enero en Cuba).
Y Max nos ha contemplado todos estos años desde el espejo sabio e irisado de sus libros. Fue consciente de que la misión del intelectual y del escritor del siglo XX fue mantenerse alerta desde una actitud autocrítica, sin concesiones, sabiendo que su misión consistía, precisamente, en ser testigo de la sinrazón y la barbarie de las armas y del exterminio para que nunca más vuelvan a repetirse. Su legado nos recuerda que en todo hombre existe ese fondo de violencia y egoísmo al que las circunstancias pueden convertir en partido y sistema político, pero que existe la confianza y la esperanza por encima de todo el mal sufrido: “Creo una vez más, en el progreso, en el arte y en la amistad” (Hablo como hombre). Su riquísimo fresco novelístico y cuentístico de El laberinto mágico, constituye la obra narrativa más relevante y cuantiosa en torno a la guerra civil española. Su copioso y relevante epistolario (que empieza a editarse poco a poco) le relaciona con la más señalada intelectualidad europea y americana de la segunda mitad del siglo XX. No podemos olvidar que Max, amigo de las bromas literarias y siempre gustoso de los juegos de identidad, había inventado algunas de las bromas más significativas de la literatura española del siglo XX: su novela vanguardista Luis Álvarez Petreña, su apócrifo ingreso en la Academia Española (datado el 12 de diciembre de 1956 y consignado en un librito que imitaba la tipografía habitualmente usada en los escritos de dicha institución), en una Academia en la que reemplazaba en un imaginario sillón a Valle-Inclán (quien nunca ingresó en la Academia) y donde aparecían como académicos aquellos escritores que hubieran sobrevivido a la muerte o al exilio: García Lorca, Cernuda, Bergamín, Guillén, Salinas, Domenchina, Moreno Villa, Altolaguirre, Sender, Corpus Barga, Miguel Hernández, Prados, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez... ¡qué gran Academia española sin guerra civil tal vez! Su desmitificación del mundo de la literatura y del arte se amplía también a su invención de Jusep Torres Campalans (1958), un pintor y su obra; y uno de sus últimos esfuerzos autoriales: Buñuel. Novela (1984). Una y otra vez aflora en sus escritos el tema de la responsabilidad del escritor, de su diálogo con el pasado, el presente y el futuro, con la tradición y con la sociedad en la que vive, sabiendo que lo que un literato escribe es cualquier cosa menos literatura.
Aub representa y ejemplifica como síntoma las condiciones de un escritor en el exilio, con una obra aislada y marcada por el fracaso literario. En cuanto a las editoriales, plantea la situación de imposibilidad de que los libros lleguen con normalidad hasta el público para el que estaban destinados, especialmente durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Por otra parte, los libros se agotan y no hay reediciones, tal y como se queja Max continuamente en sus Diarios y en La gallina ciega. Aub conseguirá editar en España un volumen censurado, Mis páginas mejores en 1966; junto a textos y fragmentos en la revista de Camilo José Cela, Papeles de Son Armadans desde 1958, aunque la edición y recuperación de su obra es un lento proceso que se inicia después de su muerte en 1972. Las dificultades editoriales implican la ausencia de lectores reales, y de un contacto con ellos; al tiempo que la distancia espacial contribuye a la ausencia de recepción y a la adecuada resonancia de las obras de un escritor de su generación y de su talla artística. La falta de éxito le obliga a asumir el convertirse en un autor de minorías, al mismo tiempo que va creciendo la desconfianza hacia la calidad de la propia obra, junto a la certidumbre de que él y toda la generación de exiliados republicanos, han sido borrados del mapa literario por la España oficial.
Por esto mismo, para la cultura española Aub forma parte de un imprescindible patrimonio cultural, perteneciente al exilio español (a los largos exilios culturales españoles desde los tiempos del liberalismo decimonónico), que ya se ha venido reivindicando, recuperando, editando y estudiando. Trabajando en la adecuada recepción de ese patrimonio del exilio cultural español, hace poco editábamos en Valencia el primer número de la revista Laberintos (anuario de los exilios culturales españoles), dedicado monográficamente a Max Aub con motivo del centenario de su nacimiento. La Biblioteca Valenciana ha venido desarrollando una política de recuperación de archivos y bibliotecas particulares de exiliados republicanos valencianos (Guillermina Medrano, Rafael Supervía, Vicente Llorens...) que se ha completado con la donación realizada por Jesús Martínez Guerricabeitia de su archivo, biblioteca y hemeroteca privados, que incluye buena parte de los fondos documentales de la editorial Ruedo Ibérico, dirigida en París por su hermano José.
Precisamente, esa aguda conciencia del fracaso constituye uno de los fundamentos de la excepcional obra creativa de Aub en todos los ámbitos del humanismo, tal y como sugiere Sebastiaan Faber2. Si el fracaso de un escritor es no ser leído, Aub ha ido ganando progresivamente esa batalla a sus principales enemigos: el tiempo y el olvido, padres del desaliento. La dictadura franquista no logró borrar del mapa ni su obra ni la figura de otros tantos exiliados españoles, la mayoría de los cuales murió sin ver restaurado en nuestro país un régimen democrático de libertades. La conmemoración del centenario de Max Aub debe centrarse en la recuperación y potenciación de su figura y de su obra, de su actitud ejemplar ante el exilio inclemente que llevó a tantos compañeros a una vida llena de injusticias y a una muerte amarga. Atravesados los umbrales del siglo XXI, más de sesenta años después de la proclamación de la Segunda República, la sociedad democrática española está obligada moralmente a conmemorar no sólo aquel acontecimiento histórico, sino a recuperar el gesto ético, civil y personal de aquellos hombres que demostraron una entereza de ánimo y pensamiento, y un corazón fuera de lo común, más allá de la cultura del simulacro y del espectáculo de autopublicitación de las instituciones.
Desde hace unos años, la personalidad de Max Aub ha quedado íntimamente ligada a la identidad valenciana al constituirse la Fundación Max Aub, con su correspondiente Archivo y Biblioteca, en la ciudad de Segorbe, de cuyo Patronato forma parte la Excelentísima Diputación Provincial de Castellón, junto a la de Valencia y la Generalitat Valenciana. Su exilio en México nos ha legado una obra literaria e intelectual copiosa, cuya significación se revisará en el próximo Congreso Internacional “MAX AUB: TESTIGO DEL SIGLO XX”, que se celebrará en la Biblioteca Valenciana del 7 al 12 de abril, y que se complementará con una exposición plástica y bibliográfica, entre otras muchas actividades que coordina el Patronato de la Fundación. La celebración de su centenario tiene especial significación desde el sentido de la recuperación de una parte fundamental de nuestro exilio cultural que, a través de la Fundación Max Aub, con sede en Segorbe, es ya patrimonio de todos los españoles. Esta conmemoración quiere ayudar a reconstruir, sin duda, pensando en el futuro de nuestra sociedad democrática, la historia de nuestra tradición política, artística, intelectual y literaria republicana, sin cuyo conocimiento una parte del patrimonio de nuestro presente y de nuestra identidad no estará del todo completo.
Recordemos que una de las grandes aspiraciones de los artistas y escritores exiliados españoles no fue sólo volver físicamente, sino que su obra fuese conocida: “La mayoría de mis libros no han llegado a España. Hoy, agotados en su mayoría tampoco pueden, naturalmente, hacerlo si las condiciones fuesen otras, que no lo son” (Diarios). La Generalitat Valenciana, a través de la Institució “Alfons el Magnànim” y de la Biblioteca Valenciana, con la colaboración de la Fundación Max Aub, está editando el conjunto de la obra completa de Max Aub, de la que se llevan editados seis tomos, que abarcan la obra poética, el ciclo novelístico de El laberinto mágico (con todas las novelas en torno a la guerra civil española) y buena parte de su teatro. La obra aubiana nos ilumina y nos denuncia: nos devuelve nuestra historia reciente desde el compromiso crítico para ayudarnos a ser mejor nosotros mismos y a ser mejores, con la experiencia del pasado que ilumina las sombras de nuestro presente. Aub construye su obra desde la validez universal del símbolo que es todo texto literario “Usted es español... Es otra cosa. Usted me entiende. En España la comprendieron enseguida y le pusieron el único remedio: ¡expulsarlos! ¡expulsarlos! ¡Echarlos al mar! ¡Que no quede ninguno! Yo no digo que los maten, pero que los echen a la basura.” (“Pequeña historia marroquí”, Ciertos cuentos).
Una de las obligaciones de una adecuada política cultural es conservar y promover la figura y la obra de aquellos autores que se convierten en arquetipos, sea por la especial riqueza de su obra, sea por la significación de su vida en el contexto histórico valenciano y español. Ambas circunstancias se dan en nuestro caso. Aub pertenece a un grupo de intelectuales y escritores, junto a Apollinaire, Machado, Cocteau, Dos Passos, Faulkner, Gide, Malraux, Unamuno, Pirandello, Kafka...que se constituyen en síntomas y símbolos emblemáticos de su tiempo. Pero para el autor literario, siempre es necesaria la conquista de un público. Max lo tuvo siempre difícil, dadas las circunstancias en que se desarrollaron su vida y su obra. Él buscó siempre ese equilibrio entre la libertad creativa y de conciencia, junto con la necesidad de encontrar lectores en el futuro inmediato, dada la imposibilidad de encontrarlos en el presente siempre incierto de un escritor trasterrado y exiliado. Por cronología pertenece a la Generación de la República, ese grupo de escritores crecido a la sombra de la Institución Libre de Enseñanza, recriados en la Residencia de Estudiantes y en la lectura de España y Revista de Occidente, que asumió la responsabilidad de la política cultural de la Segunda República española, y luchó en la guerra civil por mantener la legalidad vigente hasta ofrecer su último esfuerzo por lo que estimaban una utopía posible: “¿Te representas, padre, lo que será España? Todo será de todos. Y todos trabajaremos para los demás, y los demás para uno. Todos sabrán leer y no habrá injusticias” (Campo abierto). Aub vivió, como otros tantos exiliados españoles durante años, toda la vida y toda su muerte, con la esperanza de que el sueño era posible, como testimonian una y otra vez sus escritos: “Pero un día vendrá la libertad” (De algún tiempo a esta parte), con la conviccion de que tanta sangre, tanto dolor, tantos esfuerzos de hombres anónimos y notables no habían sido inútiles. La actual democracia española es deudora de ese esfuerzo, conseguido con dolor y con constancia, asumiendo un destino difícil lejos de la patria y la familia, condenado a una tierra de nadie que acabó asumiendo como carne propia.
Max Aub encarna el ejemplo del escritor que vive con la pluma en la mano, humano y demasiado humano hasta el compromiso final. Es un hombre y un intelectual paradigmático en la historia cultural española del siglo XX, cuyo nacimiento conmemoraremos este año recuperando su memoria para el patrimonio cultural valenciano y español, que ya es decir universal, y del que vale recordar como último gesto aquellas palabras de amor de sus diarios que nos dan la clave de su “interesado” esfuerzo como escritor y como hombre: “Acepte estas páginas: están hechas de amor hacia usted y hacia España” (La gallina ciega). Su obra ubicada en el difícil exilio de un escritor apenas conocido hasta el año 1939, y después situado en el no-lugar de los tachados por la historia oficial española, participa de ese dilema básico, la imposibilidad de la recuperación y ordenamiento del pasado desde ese lugar inexistente que es el exilio3. Max es múltiple y proteico porque esa realidad y esa historia se le escapan de las manos, carece de una perspectiva global que le permita ordenar su memoria, de modo que poco a poco va convirtiéndose en prisionero de sus recuerdos convertidos en ficciones. Su discutido “realismo” va más allá del tradicional realismo histórico y supera las posiciones del conocido realismo crítico, porque su autobiografía es un camino constante de ida y vuelta entre la realidad y la ficción, desde los presupuestos de la autenticidad y de la verdad histórica, sin renunciar a la rica subjetividad personal que se incorpora permanentemente en todos sus escritos. Sus textos son siempre problemáticos e inclasificables, desmienten provocativamente cualquier versión y cualquier retórica oficial, hasta el punto de dar cuenta de la más dura de las verdades históricas de aquellos españoles, el fracaso político del exilio. Precisamente esta constatación del fracaso no fue bien vista ni recibida por los compañeros exiliados ni por los líderes políticos españoles de aquellos años, S. Faber nos recuerda cómo en 1954 describe en su diario una celebración en honor del poeta León Felipe, donde admite que el mundo ya ha olvidado a los exiliados de la República:
“Fracaso. Los comunistas, con su hostilidad de siempre; los mexicanos, sorprendidos de mi brutalidad al decir lo que creí conveniente sacar a luz, a los quince años de destierro, acerca del olvido en que han caído, en sí mismos, los exiliados. Ni de revulsivo sirvió. Nadie -casi nadie- me felicitó, ni siquiera los de rigor. La emigración, como tal, está liquidada”.4
Aub supo asumir ese destino de todo intelectual que no puede faltar a la verdad, excéntrico y anacrónico, separado filosóficamente de los hechos históricos por la evidencia del exilio, incapacitado para la acción en un país que no acababa de ser el suyo, participante de esa vida irreal del exilio cuya verdad está siempre en otra parte, tal vez en el pasado que no fue, en la esperanza de un futuro imposible que no llega nunca (Calles 2003b). Como sabemos, al final de su vida Aub vino a España -1969- pero “no volvió” (“he venido pero no he vuelto”). Aub sigue creyendo en los ideales republicanos de libertad, democracia y justicia social, herederos -sin duda- de la Ilustración, al tiempo que cree en el poder emancipatorio de la cultura y de la educación, y en la necesidad de una adecuada política económica que saque a las bases del país de la miseria. Pero España es también su espejo, nuevo Callejón del Gato en donde la propia imagen también adquiere dimensiones trágicas. El acercamiento del sistema político mexicano y el español a principios de los setenta eran evidentes, y no era fácil de reconocer para un exiliado español que había sufrido treinta años de exilio. Aub se da cuenta de que Gabriel García Márquez vive en España lo que él vive en México. Como apunta S. Faber, ambos han de buscar la libertad en el extranjero para poder criticar al gobierno de su patria. Ambos ilustran una paradoja común a muchos intelectuales del siglo XX, para los que la libertad del exilio tiene un precio. Aub es consciente de las contradicciones del exiliado español durante los años sesenta, mientras contempla dolorosamente cómo un lento goteo de compañeros empieza a volver hasta una España todavía en manos del dictador, pero cada vez más abierta al exterior, y en cuyo seno empieza a vislumbrar la posibilidad de un final democrático.
Aub no pudo alcanzar a ver la España de hoy, construida sobre los fundamentos democráticos de un estado de derecho. Pero el presente del que disfrutamos los españoles nos convierte en deudores de su sacrificio y su ejemplo.
Es hora de que Aub deje de pagar ese precio y disfrute, a través de su obra y sus deseados lectores, de una eternidad libre y democrática para su patria y para los suyos, a los que amó intensamente como puede leerse en cada una de las líneas de sus escritos. Desde la perpleja atalaya del siglo XXI Max Aub nos contempla sabiendo que ahora se le lee tanto como se le cita, se le quiere tanto como se le respeta, se le recuerda tanto como se le añora, se le critica tanto como él hubiera querido, desde una nueva generación de escritores, artistas e intelectuales, de ciudadanos libres que empiezan poco a poco a conocerlo.
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