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Un dandy en la corte del cacique Mariano - Bienvenida gongorina

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CopyLeft Artículo de Marta Spagnuolo - 08 de Octubre de 2006
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2. Bienvenida gongorina

Hacia el fin del Cap. 20, Mansilla y su comitiva avistan Leubucó. Los indios dan las primeras muestras del recibimiento aparatoso que Mariano les prepara. Un grupo de indios sale al encuentro de los soldados y se une a la comitiva. Otro grupo los enfrenta y los detiene para hacer el “parlamento” de bienvenida. Sale un indio de cada grupo. Dialogan por turno, cinco minutos cada uno. Mansilla, extrañado, recurre a su traductor, un paisano iletrado:

Le pregunté a Mora qué habían conversado. Me contestó que el uno me había saludado, y el otro contestaba por mí; que el uno representaba a Mariano Rosas y el otro me representaba a mí (…)

-Pero, hombre- le observé, ¿tanto han hablado sólo para saludarme?

-Sí, mi coronel, es que los dos son buenos lenguaraces (oradores, quería decir).

-Pero, hombre- insistí-, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han de haber hecho más que saludarme?

-Mi coronel, es que las razones que traía el parlamento de Mariano las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar mal.

-¿Y cuántas razones traía el de Mariano?

-¡Tres razones no más!

-¿Y qué decían?

-Que cómo está usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias.

-¿Y para decir eso han charlado tanto, hombre?

-Sí, mi coronel, ¿no ve que de cada razón han hecho diez razones? (195-196)

Ya instruido en los rudimentos de la lengua aborigen por el gaucho Mora (“me hizo un curso de retórica completa”) y apuntando sus propias observaciones, Mansilla cuenta:

Los indios ranqueles tienen tres formas de conversar:

La conversación familiar.

La conversación en parlamento.

La conversación en junta.

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico o las pasiones excitadas.

La conversación en parlamento está sujeta a ciertas reglas: es metódica, los interlocutores no pueden ni deben interrumpirse; es en forma de preguntas y respuestas.

Tienen un tono, un compás determinado; su estribillo y actitudes académicas, por decirlo así. (…)

Es algo cadencioso, uniforme, monótono (…) Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una frase. Pero (…) voy a estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos: Por ejemplo: Epú, bicú, mucú, tanqué, locó, painé, bucó, có, rotó, clá, aimé, purrá, cuerró, tucá, claó, tremen, leuquen, pichun, micun, bitooooooon.

Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya sido pronunciado tal cual está escrito, a manera de una interjección prolongada, hasta donde el aliento lo permite. (…) supongamos que esa interrogación sea una razón.

Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro o más razones, quiere decir dar vuelta la frase por activa y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, o al fin; en dos, palabras, dar vuelta a la frase de todos lados.

El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor número de veces que da vuelta a cada una de sus frases o razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, o de otros; sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas. (…) La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba de la palabra final. (…) Esta última sílaba alargada no es una mera “fioritura” oratoria. Hace en la oración los oficios de punto final; así es que en cuanto uno de los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar la cabeza y en clavar la vista en el suelo. (…) Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto o razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de cabeza.

Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las dotes de los que han sostenido el diálogo. (197-199)

Sería extenso transcribir cómo describe la conversación en junta. Pero es irresistible citar una parte donde muestra que la oralidad de los indios no les impide hacer lobby:

Hay juntas muy ruidosas, pero todas (…) tienen el mismo desenlace. Después de mucho hablar, triunfa la mayoría, aunque no tenga razón. Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo a los indios y capitanejos más influyentes en la tribu. (201-202)

En los fragmentos citados se reconocen varias de las características de las culturas orales que enumera Ong (Cap. III, 38-80): para conservar el foco de atención entre hablante y oyente, la mnemotecnia es formulaica, las frases intensamente rítmicas, el estilo redundante y copioso, hay movimientos o actitudes físicas especiales, etc. Sin embargo, la coincidencia se limita a las características determinadas por la necesidad de memorizar. Pero en otros casos, del desconocimiento de la escritura no resulta la misma diferenciación. Según Ong, otras de las características del pensamiento y la expresión orales es que están demasiado “cerca del mundo vital humano” y son “situacionales más que abstractas”. Verdad es que la escritura, al “fijar” un texto y distanciarlo así de sus interpretaciones, favorece la descontextualización y la abstracción. Pero no hay pruebas de que ellas sean realmente nuevas funciones del pensamiento sólo habilitadas por la escritura de modo de producir un auténtico cambio en la estructura de la cognición. Feldman, que irónicamente llama a esta teoría el planteo general, responde que “tanto en las culturas orales como en las que tienen escritura, existen géneros en los que importan las palabras mismas” y que, por lo tanto, invitan a esa clase especial de reflexión que es la interpretación. Los llama “géneros orales artificiosos”, en tanto “difieren del habla cotidiana empleada para relacionarse (…) requieren autoconciencia y pericia” y suelen usar como recursos juegos de palabras, ornamentos, etc.(72 y 76). Lo cual coincide con lo observado in situ por Mansilla en los parlamentos y juntas ranqueles. Los oradores tienen tanta conciencia de las categorías oracionales que, aunque no las hayan formulado en una gramática, pueden variar el orden sintáctico, es decir, usar algo tan artificioso como el hipérbaton, o “dar vuelta” mediante el verbo la estructura de la oración, de activa a pasiva y viceversa. Lo que a Mansilla le recuerda los cómicos y exhaustivos cambios ensayados por el maestro de gramática de El burgués gentilhombre de Moliére en el billete Madame, vos bels yeux, me font mourir d’amour, hasta que el interesado queda satisfecho.

En cuanto al modo como los demás ponderan los conceptos de los oradores, ya para refutarlos, ya para elogiarlos, demuestra que el texto está de algún modo “fijado” como para dar lugar a la interpretación. Para Feldman, “fijar un texto implica hacer que la locución misma sea prominente (…) por consiguiente, debe tener significados, implicaciones o explicaciones que puedan desarrollarse con las herramientas de la cultura a la que pertenece”, es decir, dentro de un “sistema de interpretación”. Buscar una expresión elegante y tratar de encontrarle significados, son “dos actitudes universales de la cultura humana”.En tal caso, “el factor desencadenante no es la escritura, sino el cometido social y cognitivo del ser humano”.(78-79)

Autor y licencia de 'Un dandy en la corte del cacique Mariano - Bienvenida gongorina'
Marta Spagnuolo Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/mansilla.html CopyLeft
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