Dífícil habría sido para Lucio V. Mansilla decidir de qué lado de “la gran línea divisoria” entre cultura escrita y oralidad situar a los indios de la pampa argentina, que hablaban al mejor estilo preciosista y tenían un sistema numérico igual al teutónico. Tanto como lo fue habérselas con estos “orales primarios” en sus juntas, no muy diferentes de un parlamento de un pueblo libre, occidental y moderno: hacían lobby.
Dado que el homo sapiens empezó a escribir hace 6 mil años y que siguió hablando hasta por los codos en miles de lenguas de las cuales sólo unas 106 alcanzaron la escritura en grado literario, la lingüística de la segunda mitad del siglo XX estuvo en condiciones de informarnos que “el lenguaje es abrumadoramente oral” (Ong, 16). En consecuencia, el mundo académico especializado en comunicación se lanzó con frenesí a establecer las diferencias entre oralidad y escritura. Y una franja de él -la más exitosa- a marcar “la línea divisoria” entre ambas, bajo el supuesto de que cualquier tecnología que opere sobre el lenguaje cambia no sólo el modo de expresión sino también los procesos del pensamiento humano. ”Hemos tenido que corregir nuestra comprensión de la identidad humana.”- dice Ong (11)
¡Hmmm!, habría dubitado, en caso de poder alcanzar esta teoría, el argentino Lucio V. Mansilla, quien en 1870 describió minuciosamente las particularidades de la expresión oral de los aborígenes de la pampa Sur en Una excursión a los indios ranqueles. Y le habría parecido injusta la afirmación de que sólo en la era electrónica, “los contrastes entre los medios electrónicos de comunicación y la impresión nos han sensibilizado frente a la disparidad” entre oralidad y escritura.(12) Porque cuando Mansilla hizo su viaje a Leubucó, corazón de los toldos ranquelinos, no necesitó conocer los medios electrónicos, entonces inexistentes, para sensibilizarse frente a la disparidad entre la escritura que con tanta fluidez y elegancia practicaba él mismo y la oralidad peculiar de los “parlamentos” ranqueles.
Disparidad tan atrayente como toda la materia y el estilo de este libro singular en el que Mansilla, coronel de la guarnición de frontera de Río IV, relata su viaje al “desierto” o “tierra adentro”, donde, tras la línea defensiva de fortines, habitaban, aún en pie de guerra, los ranqueles. Caballos, provisiones, regalos para los indios, una escolta y un lenguaraz o intérprete, es todo lo que lleva para cumplir su propósito de firmar un tratado de paz con el cacique Mariano Rosas. Pero cuenta con algunas ventajas. Una, el prestigio que entre los indios se granjeó en el pasado su tío Juan Manuel de Rosas, del cual Mariano, por ser hijo del gran cacique Painé, fue en su primera juventud rehén y ahijado. Otra, su experiencia en la frecuentación de gentes de toda laya, adquirida en sus aventuras de viajero y ciudadano del mundo, que explica tanto la insólita modernidad de su visión como su condición de políglota, que transciende el aprendizaje del latín y del francés impuesto por la educación a los jóvenes de su clase. En efecto, Mansilla, periodista, político, diplomático, militar, escritor, dandy, capaz de moverse como pez en el agua tanto en los salones de la aristocracia europea como entre la bohemia literaria de París o entre los gauchos que le tocó comandar; tanto entre los enjuagues políticos de la oligarquía criolla a la que pertenecía, como sirviendo de publicista a semigauchos aprendices de estadistas; tanto entre las damas como entre los indios, fue un adelantado del hoy debatido “multuculturalismo”. Cuando todos en la Argentina, desde el Estado hasta la sociedad en general, tenían por axioma que exterminar al indio era un deber patriótico porque su perversa genética racial lo hacía irredimible y, por lo tanto, inasimilable al cuerpo de la Nación, Mansilla y Alvaro Barros fueron los únicos que, con firmes razones, sostuvieron lo contrario. Mansilla no encuentra entre los ranqueles ningún vicio ausente en las sociedades llamadas civilizadas, ni la falta de ninguna virtud humana aprovechable. Esta visión, carente de prejuicios raciales y culturales, integradora de lo diferente, expresada en su estilo de causeur inimitable, hacen de este libro el clásico más grato que ha producido la literatura argentina. Publicado originalmente por entregas en el diario La Tribuna, de Buenos Aires, en forma de cartas dirigidas a su amigo Santiago Arcos, fue premiado en 1875 por el Congreso Geográfico Internacional de París.