Este documento presenta algunos elementos básicos para una posterior reflexión en torno a la universidad y su relación con los procesos de acreditación que se generaron en nuestro país a partir de la ley 30 de 1992 y que están incidiendo notablemente en nuestras instituciones de educación superior. Esta situación suscita inquietudes que fundamentan un interés investigativo orientado a detectar la incidencia de éstos procesos en la construcción de modelos de universidad -deber ser- en el momento actual. Se parte de una mirada retrospectiva de la historia de nuestras universidades en los últimos años, caracterizándolas de acuerdo al momento histórico que incidió en sus rasgos sustantivos para detenerme en la universidad acreditada del presente siglo y establecer, a partir de este tipo de universidad, una serie de reflexiones que motivan la iniciativa de investigación.
El siglo XXI, caracterizado por la sociedad del conocimiento, postula la educación como una condición para el desarrollo social, económico y cultural, y a la vez la clave para lograr el pleno ejercicio de la democracia y la equidad social; es así, como se fortalece la idea de su responsabilidad en la construcción, en términos de equidad, de una sociedad ordenada basada en ideales de equidad y solidaridad. Su labor formativa no se agota en el desarrollo de competencias para la investigación científica y sus aplicaciones prácticas, abarca los espacios de aprendizaje, socialización e interacción permanente.
Parsons señala, en lo referente a los componentes de la educación moderna, que la educación “sintetiza los temas de la revolución industrial y democrática: igualdad de oportunidades e igualdad de ciudadanía”1. Lo que se traduce en dos momentos complementarios de la modernidad: el desarrollo material de la sociedad con base en la ciencia y la tecnología, y el autentico progreso moral y cultural de la sociedad.
Sin embargo, se está viviendo un periodo histórico de grandes y dolorosas paradojas: La modernización económica, junto a formas premodernas de producción; el crecimiento de los niveles de confort social, frente al empobrecimiento paulatino de grandes grupos poblacionales; el fortalecimiento de los grupos políticos, frente a la orfandad de representación del ciudadano común; el desarrollo de la ciencia y la tecnología y las numerosas muertes por desnutrición e insalubridad; además, los cambios radicales de paradigmas filosóficos y epistemológicos que conviven con el analfabetismo y el renacimiento de todo tipo de ortodoxias; la conformación de grandes bloques económicos mundiales, con la simultánea desmembración de las economías nacionales2 y la proliferación de universidades y programas de educación superior frente a cada vez más preocupantes índices de corrupción e inmoralidad.
Se presenta en este cambio de siglo, una situación de descomposición y de violencia a la cual se contrapone una bonanza del discurso ético del discurso moral, lo que obliga a reflexionar en torno a la misión asignada a la educación y particularmente a la educación superior; sobre el papel que están desempeñando las universidades en la conformación de un modelo histórico de hombre y mujer que articule su formación intelectual con su sensibilidad estética, su dimensión psicoafectiva y su conciencia ética. Formación, en el sentido planteado por Gadamer,3 en cuanto aborda al individuo en su totalidad y articula elementos inherentes a la verdad, la rectitud y la sinceridad. Pero, qué papel ha desempeñado la universidad en nuestro país desde el siglo pasado?