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Unamuno y su otro - UNAMUNO Y SU OTRO

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Creative Commons Artículo de Arturo del Villar - 28 de Febrero de 2006
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1. UNAMUNO Y SU OTRO
La palabra griega daimon equivale a la castellana dios o espíritu, pero también al auxilio divino, lo que en el caso de un escritor puede significar inspiración.
Había algo de Sócrates en don Miguel de Unamuno, lo mismo cuando mantenía las interminables conversaciones con los amigos, que solían ser monólogos porque él mismo se preguntaba y se respondía, que cuando publicaba sus numerosísimos artículos periodísticos, igualmente monólogos ante unos oyentes muy atentos, además de muy fieles. Como Sócrates, utilizaba la mayéutica para dar a luz las ideas, y empleaba el método de enhebrar ironías y paradojas para conseguirlo.
Igual que Sócrates, escuchaba a un daimon interior, que le aconsejaba lo que debía hacer, o que incluso le dictaba lo que debía escribir; en este aspecto, el daimon unamuniano era superior al socrático, puesto que no escribió nunca nada el filósofo ateniense y, en cambio, escribió muchísimo el vasco, tanto que sus Obras Completas editadas por Escelicer en Madrid entre 1966 y 1971 ocupan nueve gruesos volúmenes, y eso que no llegó a imprimirse el dedicado a recoger su copiosísima correspondencia. (Se cita siempre esta edición, indicando entre paréntesis el volumen y la página.)
Una clara declaración de ese estado anímico propicio a oír a su daimon figura en un artículo que publicó en 1906, con forma de carta a un amigo, «El sepulcro de Don Quijote», donde delimitó su propia responsabilidad sobre los escritos aparecidos firmados por él: «¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío, ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara, y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él» (III, 54).
Alude con esas palabras a la creencia expuesta reiteradamente en el Antiguo Testamento bíblico respecto a que si alguien ve la cara divina muere de inmediato, según el mismo Dios le advirtió a Moisés en el monte Sinaí (Éx 33:20), así como a la idea de que conocer el nombre de una persona significa tener autoridad sobre ella (Gn 32:29). Seguramente no hubo otro español de su época que leyese tanto la Biblia como Unamuno, de modo que estas consideraciones son muy pertinentes.
Y lo más significativo es que declare tener a alguien dentro de él, porque eso es mucho más comprometedor que escuchar voces. Ahí se anuncia la presencia del Otro, alguien o algo difícil de definir. La palabra griega daimon equivale a la castellana dios o espíritu, pero también al auxilio divino, lo que en el caso de un escritor puede significar inspiración para expresarse adecuadamente, para acertar con las ideas y las palabras oportunas.
Al publicar La sima del secreto, el 6 de octubre de 1910, explicó que al despertarle a medianoche una tormenta, un mes antes, «se encontró» con un relato completo en su cerebro: «Y me encontré con él sin precedentes, sin explicación, sin símbolo, con todas sus íntimas contradicciones. Y todo él, entero, con sus detalles todos. Encendí la luz y me puse a escribirlo, a escribirlo al dictado. Al dictado ¿de quién? No lo sé, ¿de dónde me ha venido este relato? No lo sé tampoco» (III, 434).
Véase lo que decía el 22 de junio de 1917 en su artículo titulado precisamente Artículos y discursos, con referencia a los suyos: «Yo sé de mí decir que improviso casi todos mis artículos y que los escribo como si los dictara –y con tanto calor como un discurso–, si es que no me los dicta, lo que a menudo sucede, un demonio interior como aquel que a Sócrates asistía» (VII, 1325).
Todavía el año anterior a su muerte, exactamente el 26 de abril de 1935, confiaba a sus lectores en Cantar es sembrar, la permanencia de su daimon, nuevamente denominado demonio: «Esto es más seguro –me decía mi demonio familiar– Que le tengo, como le tenía Sócrates» (V, 1208). Así que la paternidad de sus escritos ha de achacarse a Unamuno y su daimon conjuntamente. Quizá se deba a esta circunstancia el que presenten contradicciones.
La esencia del daimon consiste en ser interior a la persona con la que mantiene una relación psíquica, incluso cuando se escuchan sus voces en el exterior, como psicofonías salidas de una dimensión espacial desconocida; lo usual es que sus palabras se sientan en el interior del cuerpo, generalmente en el cerebro.
Sin embargo, por lo menos en una ocasión se enfrentó Unamuno al Otro, al que entonces llamó Él, para diferenciarle de su Yo, y los dos mantuvieron un diálogo, que fue publicado el 11 de diciembre de 1920 con el título La telaraña.
Según el relato de Unamuno, se hallaba meditando en su despacho cuando apareció Él: «De pronto sentí sobre los hombros el peso como de dos cuñas de una poderosa prensa hidráulica. La terrible presión me quitaba casi el respiro. Luego me percaté de que eran dos manos, pero dos manos invisibles. Sentí diez dedos, y sobre todo los pulgares (...) Era su voz, su voz como de otro mundo, su voz que brotaba de aquel silencio prenatal que arraiga en la cordura de las entrañas de mi espíritu» (V, 1145).
No fue una materialización ectoplasmática, sino que más bien parece una fantasmogénesis. No vio a Él, pero sintió su presencia, su fuerza y su voz. Demostró entonces Unamuno poseer una hiperafia, una hiperalgesia y una hiperacusia muy desarrolladas, que le convertían en un agente ideal para los aportes metapsíquicos. No sólo se hallaba en estado vigil, sino que estaba meditando, lo que dejaba su mente en plena actividad lógica, y en consecuencia poco propicia para las alucinaciones.
Resultaría así que Unamuno era un paragnomo bien dotado para las percepciones extrasensoriales, como lo fue Swedenborg, por citar a un escritor afín, aunque es posible que algún psiquiatra considerase esa confidencia como una declaración de esquizofrenia paranoide, causante de la disociación del yo y del cuerpo, comprobable en la escisión de su personalidad en dos sujetos, a los que denominaba Yo y Él. Queda planteada la duda, que en un ser tan complejo como Unamuno resulta difícil de resolver.
Por otra confidencia suya, conocemos que sintió la escisión del yo como algo real, lo que presupone que podía haber ido a visitar el consultorio de un psicopatólogo, para obtener un diagnóstico de su caso. Pero no lo hizo, que sepamos, a pesar de haber escrito estas palabras contundentes: «La sensación, sensación que puede llegar a ser pavorosa, que yo he experimentado alguna vez, es la de quedarme un rato a solas mirándome a un espejo y acabar por verme como otro, como un extraño y decirme: «¡conque eres tú!», y hasta llamarme a mí mismo en voz baja, la sensación terrible del desdoblamiento de la personalidad, de convertirme en espectador de mi propia persona» (VIII, 298).
Los comentaristas de Unamuno se duelen de que no fuera capaz de elaborar un sistema lógico de su pensamiento. Quizá el motivo se encuentra estrictamente en esa escisión estructural. Quizá lo que Unamuno percibía era diferente de la percepción de su Él o su Otro, y a consecuencia de ello los dos se mostraban antagónicos: serían las dos almas de que hablaba Fausto en opinión de Goethe. Lo apuntamos con todas las precauciones posibles.
Después volcó sus experiencias personales en la escritura. Así, en su primera obra dramática, La esfinge, escrita en 1898, al protagonista, llamado Ángel, se asusta el verse en el espejo y se habla a sí mismo (V, 235), tal como la situación contada por Unamuno sobre él mismo, trasladada del gran teatro del mundo a un escenario reducido para el espacio escénico. Esto sí es literatura, pero vivida y padecida antes por el autor.
Introducir la vida en la escritura consigue que la obra resultante sea realista. Esto es así incluso cuando el tema sale de una psicopatología profunda. La vida cotidiana de Unamuno fue monótona y aburrida, excepto en el período de su destierro y posterior exilio. En cambio, su vida espiritual resultó tremendamente agitada, convulsa y caótica; es la que se refleja en su obra literaria, por lo que sus confesiones son espirituales.
Una obra dramática que compuso durante su exilio en Hendaya en 1926, El Otro, aborda el tema del yo escindido, aquí expuesto en dos mellizos, Cosme y Damián. Uno de ellos mata a su hermano, no se sabe quién a quién, porque el vivo dice ser el Otro, y exige que se le llame así, hasta que finalmente se suicida. Los esquizofrénicos sienten tendencias a la autodestrucción, que en el caso de Unamuno se concretaron en la escritura.
En una autocrítica previa al estreno de El Otro declaró el autor la génesis del drama: El Otro me ha brotado de la obsesión, mejor que preocupación, del misterio –no problema– de la personalidad, del sentimiento congojoso de nuestra identidad individual y personal (V, 653). Ese «sentimiento congojoso» equivale al «sentimiento trágico de la vida» que dio título a su mejor libro. De donde se infiere que el único problema verdadero del ser humano, el que afecta a su esencia, es el de la personalidad. Si la personalidad está sometida a una patología cualquiera, la escritura la reproduce; por citar un solo ejemplo, se ha analizado la influencia del asma sobre el estilo de Proust.
Dos personalidades se enfrentan en la de Unamuno, la suya y la del Otro. Es lógico que resulte un estilo combativo, a veces agresivo, como escrito por dos personalidades a menudo enfrentadas. Quizá sea el estilo que mejor define al siglo XX, el período más sanguinario en la historia de la humanidad.
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Autor y licencia de 'Unamuno y su otro - UNAMUNO Y SU OTRO'
Arturo del Villar Extraído de: http://www.editorial-na.com/articulos/articulo.asp?art=80

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