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Utopía - Utopía (III)

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CopyLeft Artículo de Francisco Fernández Buey - 13 de Diciembre de 2005
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3. Utopía (III)
Después de la revolución francesa algunos de los críticos del sistema industrial imaginaron mundos y sociedades alternativos muy estimulantes. La imaginación utópica se hizo entonces declaradamente socialista. Y de todos los utopistas de esa época el más imaginativo y fantasioso fue Charles Fourier.

Fourier se imaginaba un mundo en el que no sólo las relaciones sociales serían mejores, sino en el que, además, las relaciones entre varones y mujeres habrían de ser igualitarias; el entorno natural, reinventado a la medida del ser humano; y el ser humano mismo, anatómicamente transformado. En ese mundo, el Polo Norte tendría una corona, algo así como un segundo sol, que procurararía al Norte el calor del Mediterráneo. Aquella corona perfumaría, calentaría e iluminaría, y desde ella se desprendería un fluido que iba a desalar el mar y a transformarlo en limonada. Fourier mantenía que el eje de la Tierra está mal situado y que había que desplazarlo para que en los mares aumentaran hasta límites impensables los arenques, las merluzas y las ostras, al tiempo que se lograba la desaparición de los monstruos marinos que históricamente han atormentado a los pescadores. En lugar de estos monstruos el desplazamiento del eje de la Tierra generaría un anti-tiburón y una anti-ballena, seres amables y paradisíacos que habrían de remolcar a los barcos en loa días de calma chicha.

Y, ya en tierra firme, Fourier imaginaba la aparición de un portador elástico y polifacético, una especie de anti-león, a cuya grupa un jinete humano que saliera por la mañana de Calais, podría tomar su desayuno en París, pasar el mediodía en Lyon y la noche en Marsella. Y aún más: en ese mundo del futuro, sin clases y con comunidad de bienes, se habría producido una interesante mutación antropológica, gracias a la cual el ser humano desarrollaría un nuevo órgano (al final de un nuevo rabo sensible) con el que podría captar los fluidos etéricos y entrar en relación con los habitantes de otras estrellas mientras los planetas se emparejaban.

Como Fourier, además de tener una imaginación desbocada, era un utopista práctico y con sentido del humor, solía terminar sus invenciones con una consideración muy razonable: hay que convencer a las gentes de que todo esto (sociedad igualitaria y armonía pasional del nuevo mundo) es para mañana, y no para pasado mañana, porque si se predica que tales cosas son para un futuro demasiado lejano, entonces quienes tienen que moverse para conseguirlo no se moverán.

Un espíritu trágico verá en esta fantasía futurista locura y nada más. Pero un socialista que a pesar de las derrotas haya conservado el sentido del humor amará siempre a Fourier: por su imaginación; por haber sido el primero que quiso un socialismo con igualdad de géneros; y por sus excelentes bromas sobre la falta de sensibilidad de los filósofos para estas cosas. Todo eso contribuyó a revalorizar en su época el término utopía. Sólo que Fourier dijo siempre que lo suyo era científico y que él combatía abiertamente contra los engaños y las majaderías de las "ciencias inciertas" (por supuesto, las de los otros).

Por ahí le cogieron sus críticos. Estos valoraron su crítica social y su imaginación creadora, pero negaron que su anticipación de la sociedad socialista valiera algo más que una ensoñación bienintencionada. Por un tiempo, mientras se iban formando en Europa y en América falansterios fourieristas, la utopía social se demedió, como el vizconde de Italo Calvino: su lado bueno pasó a ser la crítica social de lo existente; su lado malo, soñar en lo que no se puede soñar cuando todavía no hay condiciones para que el sueño se haga realidad.

El término "utopía" adquirió un significado predominantemente negativo después de las revoluciones de 1848. Es entonces cuando una parte de los defensores de la idea de construir una sociedad libre y de iguales deja de considerar esta tarea como un mero sueño de los de abajo, es decir, de los trabajadores asalariados, y la entiende ya como algo realmente realizable. A partir de ese momento también los amigos intelectuales de los de abajo cambiaron de registro al hablar de utopía.

Al ser llamados habitualmente "utópicos" o utopistas por los empresarios y por los amos del mundo, los representantes de los trabajadores asalariados y los intelectuales próximos a ellos reaccionaron de dos maneras, muy comprensibles ambas.

Unos reaccionaron contestando a la acusación de "utópicos" que "a mucha honra" y recuperando, por tanto, la significación positivo-combativa-resistencial del término "utopía". Es el caso, por ejemplo, de nuestro Fernando Garrido. Quienes adoptaban este punto de vista se sentían seguidores de Fourier, de Cabet, de Owen, de gentes, en suma, que en la primera mitad del siglo XIX habían intentado poner en práctica el Ideal a través de falansterios, asociaciones industriales cooperativas o comunidades autónomas separadas. Así pues, una parte de los de abajo, insatisfechos con las relaciones sociales existentes, han seguido identificando sin problemas la Utopía con el Ideal, con la idea de una sociedad libre, desalienada, sin explotadores ni explotados.

Pero otros prefirieron negar que, en su aspiración a la sociedad de iguales, ellos fueran utópicos en el sentido literal de la palabra. En esta negación había dos propósitos. En primer lugar, oponerse a la idea de que el capitalismo existente fuera el modelo de sociedad científicamente realizable porque realizado, afirmación que se seguía inmediatamente de la identificación de la sociedad socialista con la utopía. El segundo propósito era diferenciarse también de los anteriores partidarios históricos del socialismo como Fourier, Cabet y Owen, cuyos idearios hacia 1848 habían fracasado ya o de cuya eficacia podía dudarse seriamente. Este otro punto de vista, que fue el de Marx y Engels, apreciaba el valor histórico de la utopía, el pensamiento utópico de sus antecesores, pero creía llegado el momento de fundamentar científicamente el ideario mostrando de manera racional, y en la práctica, que la sociedad alternativa, la sociedad libre y de iguales, no sólo era realizable sino necesaria y hasta inevitable.

De ahí surgió la idea de hacer del socialismo una ciencia, de elevar el socialismo desde la utopía a la ciencia. Esto quería decir: hacer de la pasión de los de abajo una pasión razonada, apta para que tome cuerpo en otra sociedad, en una sociedad sin clases, sin explotación, sin alienación.

Quienes así pensaban mantuvieron la perspectiva de una sociedad socialista (o comunista o anárquica). Pero, a diferencia de sus antecesores, precisaron que la sociedad libre y de iguales no tenía que derivarse de ensoñaciones más o menos imaginativas sobre el futuro, sino del análisis científico de las contradicciones de la sociedad existente, es decir, de la sociedad capitalista. En comparación con las anticipaciones anteriores, el ideal no cambió sustancialmente; lo que cambió fue la forma de considerar la realización del ideal y, en función de esto, se perfiló mejor el tipo de sociedad a la que había que aspirar.

¿Cómo sería ésta?

Una sociedad en la que regirían: la asociación entre iguales, en lugar de la competición entre desiguales; el usufructo colectivo de los medios de producción; la distribución de los productos de acuerdo con las necesidades de las poblaciones objetivamente calculadas por la administración pública; la comunidad de bienes en su acepción moderna, esto es, la colectivización de los principales medios de producción; la educación politécnica de los jóvenes y la combinación del trabajo manual y del trabajo intelectual (para así fomentar, por una parte, la capacidad de asimilación rápida de los sistemas de producción y potenciar, por otra, el cultivo de la sensibilidad literaria y artística, o sea, la posibilidad de que los individuos emplearan sus facultades desarrollándose universalmente).

En esa sociedad se habría reducido drásticamente la jornada de trabajo, con lo que se suponía que quedaría parcialmente superado el tipo de alienación que es característico del trabajo asalariado. En esa sociedad habría desaparecido la propiedad privada de los medios de producción y, consiguientemente, el tipo de competición entre los hombres y grupos sociales que es típico de la sociedad mercantil basada en la lógica del beneficio y del intercambio desigual. En esa sociedad se habrían acabado las crisis comerciales que periódicamente amenazaban (con sus hambrunas) a las gentes, y se habría terminado con esa plaga que es la especulación movida por los intermediarios y generadora del parasitismo social. En esa sociedad se habría simplificado drásticamente el aparato administrativo y judicial, se habrían disuelto los ejércitos permanentes y se habría abolido el estado (o por lo menos se habría puesto tal bozal al monstruo que éste se iría extinguiendo como las antiguas bestias antidiluvianas).

De acuerdo con los idearios socialistas de la segunda mitad del siglo XIX todo esto traería como consecuencia el fin de la división de la sociedad en clases, el fin de la división social fija del trabajo, la transformación drástica de la familia tradicional y la promoción de un cambio radical en las relaciones entre los sexos. En la ciudad libre, en la sociedad socialista racional y regulada, imperaría la igualdad sexual, y con ella acabaría la discriminación secular entre los géneros. Los seres humanos de esta sociedad iban a escribir, finalmente, en sus banderas: "A cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus posibilidades". El eje de la Tierra seguiría siendo el mismo, pero el mundo iba a cambiar de base (social).

En aquel tiempo, a todo esto algunos no lo llamaron ya Utopía o Ideal. Lo llamaron Socialismo Científico. Tal vez porque sospechaban que la Ciencia entre los hombres mueve montañas, de la misma manera que Fourier había sospechado que una Utopía, por hermosa que fuera, si había de ser para el Día de San Jamás, no suscitaría las ilusiones necesarias entre sus contemporáneos.

En todo utopista de verdad hay un fantasioso con un fondo razonable. En todo socialista científico, un utopista tocado en el ala por esa otra gracia que es la fe en la ciencia.
Autor y licencia de 'Utopía - Utopía (III)'
Francisco Fernández Buey Extraído de: http://www.lainsignia.org CopyLeft
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