



La fenomenología, más que un sistema de doctrinas filosóficas, es un método de reflexión basado en la lógica. Dicho procedimiento fue descrito originalmente por Edmund Husserl en Investigaciones lógicas (de 1901) e Investigaciones lógicas e ideas (editado en 1913). El método se caracteriza por observar, al mismo tiempo, tanto al sujeto como al objeto de un acto cognitivo. Por lo tanto, en el contexto del presente estudio, esta actitud de carácter epistémico se aplicará al evento de abstraerse de una realidad espacio temporal para dejarse absorber por un discurso cinematográfico (fenómeno que también ocurre con la lectura de un texto narrativo).
Lester Embree (1997), identifica cuatro etapas en la configuración del cuerpo de estudio fenoménico: 1. fenomenología realista, en búsqueda de las esencias de elementos; 2. constitutiva, caracterizada por la reflexión de la epochê hursseliana; 3. existencial (de Levitas, Beauvoir, Merleau-Ponty, Sartre y Waldenfels) y 4. fenomenología hermenéutica de Gadamer y Ricoeur. Esta propuesta se identifica, en cierta medida, con la hermenéutica literaria aunque en la práctica no se desea reflexionar exclusivamente sobre el mensaje comunicado, las diferencias en la naturaleza del objeto percibido, ni tampoco plantear por qué ocurre el fenómeno. Más bien, se desea destacar el hecho de tanto la literatura como el cine -en cuanto sistemas narrativos- demandan una tal atención que permiten al destinatario abstraerse de la realidad espacio-temporal que éste experimenta en el momento de la contemplación.
En síntesis, se parte de la premisa que plantea que una conciencia y un objeto son dos entidades separadas en la naturaleza que en un determinado momento se ponen en relación por el conocimiento. Por eso, esta perspectiva intenta hacer una descripción directa de nuestra experiencia tal cual es y sin ninguna consideración de su génesis psicológica ni de las explicaciones causales del especialista, el historiador o el sociólogo (Merlau-Ponty 7). Es decir, la actitud fenoménica es una toma de distancia respecto de un acto contemplativo, como un “ponerse fuera de juego” (13) [2].
Tanto el cine como la literatura han sido estudiados desde perspectivas formalistas hasta de la recepción. Esto último incluye psicología de la percepción, cognitiva, emotiva, de la memoria o de la imaginación (con dicotomías entre lo real y lo imaginario; la alucinación y el espectáculo; el sueño nocturno o diurno; la “impresión de realidad”). En esencia, la propuesta husserliana inicial examina las estructuras de la experiencia como tal, evitando una explicación originada en las ciencias naturales; por lo tanto, la fenomenología no se identifica con metodologías puramente estructuralistas, ni menos con la psicología [3].
Tampoco parece útil reflexionar aquí si acaso el cine ha de ser definido en términos de “as a language system” (Metz Language and Cinema 17) o por el contrario, como constituido por ciertas propiedades psicomecánicas que conforman un “système des images et des signes prélinguistiques” (Deleuze L’image-temps 262), porque esto significaría hacer un estudio sintagmático o inmanentista del cine dejando de lado su relación con la literatura. Sería polarizar el estudio sobre aquella acción que, en este caso, se desea reunir entre la palabra escrita y la imagen, la experiencia estética que reanuda el sentido aristotélico de aisthesis (Waldenfels De Husserl a Derrida 121), y que consiste en dejarse fascinar por el signo poético.
En tercer lugar, y merece reiterarse, se desea descartar una perspectiva fenoménica orientada a la hermenéutica -como interpretación y actualización del discurso como texto escrito (Ricoeur 17)- porque aquí se busca nivelar el carácter representativo de un discurso verbal y otro audiovisual. Por lo tanto, cuando un espectador percibe la plaza de un pueblo del sur de España (la primera toma del film Éxtasis), normalmente éste se deja llevar por la diégesis de la historia -y de acuerdo a los presupuestos comunicativos- se confía en que no diga, “esta toma corresponde a la primera escena de la película que estoy mirando”.
En consecuencia, lo mismo ha de ocurrir cuando lee la célebre expresión: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme ...”, ya que si los lectores-espectadores no se dejaran llevar por el acto performativo, quizá los cines estarían vacíos, pocos asistirían al teatro y/o, tal vez, se dejaría de leer Don Quijote de la Mancha (a pesar de ser una novela tan traducida a 400 años de la edición original de su primera parte). A lo mejor, dichas expresiones culturales estarían restringidas al espacio de la crítica y poco más.
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