



Nuestra generación, aquella que se ha convenido en llamar la de los poetas de los años ochenta, ha despertado de un sospechoso, cómplice -o al menos particular- letargo, marcado por un desdén infinito por lo que ocurría en el otro país, el real, el de todos los días. De manera gratuita o cerebral, inocente o presumida, habíamos execrado de nuestro interés poético a la Venezuela postpetrolera que ocultaba, bajo un manto de primorosa y pulcra retórica, las excentricidades y torpezas de una clase dirigente que, a su vez, había decidido execrar de su campo de interés a gran parte de la gente común y corriente, incluyendo a sus escritores e intelectuales, condenándolos (desde los años del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, inc iba) a los bares, a las universidades, a las publicaciones periódicas o de libros, a los subsidios y a pequeñas y mediocres canonjías. En otros casos, los poetas se ofrecieron como cuadros medios o altos en la gerencia de todo tipo de asuntos burocráticos, incluyendo por supuesto los de carácter cultural, para mayor o menor ventura personal y colectiva, asumiendo -sin saberlo- los roles propios de lo que Ángel Rama ha llamado los oficios de la ciudad letrada. Mientras nos entreteníamos en este juego de arañas, los mismos personajes que presumíamos haber dejado en el siglo xix han venido desmantelando poco a poco al país, dejándonos sólo su recuerdo o, cuando más, un leve sabor en la boca.
Los indicios de este desdén lo encontramos cuando notamos -en los poemas escritos en el período- la poca presencia de toponímicos, nombres de plantas y animales, ritmos musicales, o referencias al gran libro de nuestra historia y de nuestra cultura. Cierto que hubo quienes nombraron al cristofué o a los lugares de la infancia, pero la excesiva presencia de alondras o de sitios como Venecia es preocupante. De entre los otros que se salvaron de tales omisiones, algunos lo hicieron con cierta desconfianza ante el temor de poner en el escenario del poema vocablos poco prestigiados por el uso literario. Algunos otros asumieron el riesgo de nombrar al país a conciencia, dando respuestas a sus propias necesidades expresivas y -de manera oblicua- continuidad a los grandes poemas de nuestra tradición: Silva a la agricultura de la zona tórrida, de don Andrés Bello; Vuelta a la patria, de Juan Antonio Pérez Bonalde; Silva criolla, de Francisco Lazo Martí; Mi padre, el inmigrante, de Vicente Gerbsi y Derrota, de Rafael Cadenas. Cabe señalar aquí que tales ausencias también son visibles en otras expresiones estéticas, como la música culta, la danza (moderna, clásica o contemporánea) y en gruesos sectores de las artes visuales.
Durante años, nuestra generación se mantuvo aferrada a la ilusión parasitaria de considerarse a sí misma como perteneciente a una clase media -como si tal cosa sirviera de algo en un país del Tercer Mundo- con los tristes beneficios y privilegios que de ello se derivan: ascenso social por la vía de los estudios universitarios dentro y fuera del país, acceso a bienes culturales más o menos refinados, acceso a los canales de formación y circulación del hecho escritural (talleres y grupos literarios, concursos, publicaciones periódicas y libros, asistencia a ferias y festivales nacionales e internacionales, ser objetos de estudio en el ámbito académico o ensayístico). Además, disfrutamos con absoluto placer y sin saberlo del desconocimiento o ausencia de una tradición literaria qué atender, respetar, seguir o superar. De alguna manera, fue positivo que estuviésemos más pendientes de las formas del haikú que de la décima popular, más pendientes de la poesía en lengua portuguesa que de nuestros poetas del siglo xix, más pendientes del olor de las ciudades extranjeras que del temblor oculto en las nuestras.
Las editoriales oficiales del momento (la ya moribunda Fundarte y sus compañeras de ruta, las colecciones Las formas del fuego y Altazor de Monte Ávila Editores) supieron estar a tono con las circunstancias personales y colectivas de una generación que, a pesar de su deslumbramiento por lo contemporáneo, abría nuevas rutas estéticas en la continuidad discursiva de nuestra poesía. Irreverente, una parte de ella se levantó contra las poéticas que tenían como base exclusiva y excluyente la sonoridad, eso que un manifiesto ya famoso (y poco estudiado en profundidad) calificó en su momento como el lanzamiento hasta la náusea del golpe de dados del lenguaje, experimentación ésta de clara procedencia francesa. Como respuesta -y desde el punto de vista estrictamente personal- intentaron arriesgarse en propuestas que estuviesen a tono con un temperamento -continuamos con el fraseo del mismo manifiesto- más solar. Esto ocurrió -es importante señalarlo- más allá de la ciudad de Caracas. La preocupación derivó más hacia el carácter comunicacional de la poesía que a su registro como forma de conocimiento. En busca del lector perdido, salieron al encuentro de poéticas donde el receptor estaba presente como estrategia discursiva, reformulando el hecho poético en un lenguaje que, si bien había dejado de ser novedoso en otras partes del continente, era un ponerse al día con esas formas latinoamericanas.
Quienes se negaron, por convicción o incapacidad, a asumir estos riesgos, se cobijaron a la sombra de poéticas ya consagradas por el prestigio o por el reconocimiento académico. Para nada les valía el viejo refrán. El árbol les ha caído encima, pues ante el posible y tramposo atractivo de los epígonos, siempre serán más interesantes los discursos de primera mano. Confundidos entre el reconocimiento inmediato y la labor de búsqueda y del logro a largo plazo, se rindieron ante la exigencia del segundo o tercer libro, aunque los hubo también quienes, en el transcurso de los siguientes doce o trece, repitieron la receta de lo telúrico, lo mágico, lo nocturno y lo que de infancia les quedaba en la memoria.
Claro que hubo poetas -esta lista es más amplia- que no bailaron ninguno de estos ritmos. Fieles a su oído y a sus propias lecturas literarias y del país, lograron conquistar espacios estéticos por cuenta propia, alejados de todo rumor modernizante y de toda intención epigonal.
En tales condiciones, el gran avance de la generación lo realizaron, sin lugar a dudas, las mujeres poetas. Dueñas del hogar desde su útero, escribieron una poesía para nada menesterosa, donde el cuerpo era el dramatis personae. Al final, como suele ocurrir en toda época de decadencia, muchos de estos libros convirtieron la condición doliente del yo poético en una retórica llena de sangre lunar, ángeles de Baudrillard y monólogos dramáticos de diosas y personajes griegos.
Mientras los hombres escribíamos mucha (demasiada) poesía en busca de la morada perdida, las mujeres poetas comprendieron desde el principio su condición de casa, lo que les permitió alejarse rápidamente de las formas comunes del desamparo que el tema supone. Cuando hablaron acerca de tales asuntos, lo hicieron para fundar poéticas personales o como un alto en el camino de sus búsquedas, mientras los hombres lo hacíamos más bien como una manera de retornar al Paraíso y dar un platónico testimonio de pertenencia. Esta idea de la casa se convirtió en el gran tema en muchos poetas, hombres y mujeres. No era para menos en un país de campamento como el nuestro, donde la modernización se ha expresado en ese talante de mudanza y derrumbe que caracteriza a la ciudad y al campo. Aquí es deber también tomar en cuenta el desplazamiento masivo hacia los centros urbanos o las constantes mudanzas en la misma ciudad. La casa, en fin, se torna materia prima de la poesía, ya sea por ausencia o por eliminación en el mundo real. Su condición de útero es, ha sido y será nuestro mejor argumento. En el momento en que se vaya a escribir la historia de nuestros espacios urbanos y rurales, serán la poesía y en las artes visuales los mejores lugares para ofrecer documentos capaces de brindar testimonio. Allí, en su imaginario, se han de encontrar los vestigios de una patria que, en el territorio de la realidad, se nos ha ido confiscando con paso más o menos apresurado pero efectivo.
Hay dos situaciones más que es necesario referir, pues tuvieron una influencia directa en las condiciones para poner en circulación los bienes literarios en esos años finales del siglo xx. La primera tiene que ver con la forma en que se expresó la antigua lucha -que ha venido desarrollándose desde nuestro nacimiento como nación- entre lo que ha convenido en llamarse el campo del Poder y el campo intelectual, es decir, la lucha por independizar los espacios culturales de lo que Octavio Paz ha denominado -con propiedad- el ogro filantrópico. En ese territorio, la formación de profesionales en los distintos ámbitos del mundo editorial ha sido por demás fructífero, implicando formas de profesionalización en el campo de las traducciones -por ejemplo-, y en las distintas facetas de la producción de materiales impresos, fortaleciendo -en el precario espacio de nuestra demanda de libros- un circuito que hace tiempo ha dejado de confundir impresores con editores. Por allí transitamos hasta que pudieron nuestras fuerzas, hasta que logramos la extraña y ansiada seguridad personal o hasta que nos encontramos con el muro. Esa profesionalización en tareas propias del hecho literario significó una ampliación con respecto al período anterior, caracterizado por la profesionalización por la vía académica, de la burocracia menor o en el ejercicio de carreras liberales como el periodismo, que también continuaron profundizándose en estos años. Lástima grande que ese mínimo empuje no estuviese acompañada por la profesionalización en el campo de la investigación académica. Unas escuelas de letras que son capaces de graduar a profesionales hasta con un poemario, un libro de cuentos o un ensayo, no constituye un estar al día con las necesidades del campo cultural. El divorcio entre el país y los intelectuales dedicados al estudio de la literatura es característico de estos años, marcados también por el inarticulado andamiaje que siempre ha existido entre los estudios de pregrado y las maestrías y doctorados en literatura. Era más fácil -por increíble que parezca- encontrar a estudiantes y jurados universitarios capaces de valorar en una tesis los logros formales y estilísticos de El proceso de Franz Kafka -aunque no dominásemos para nada el idioma alemán- antes que arriesgarse en un estudio acerca de El círculo de los tres soles de José Rafael Muñoz. Aquí ha hecho mucho daño una concepción de lo literario como forma de expresión del espíritu libre, en detrimento de lo literario como imaginario acerca de nuestra realidad. La generación de los años ochenta, ya fuera del espacio académico, ha venido asumiendo tímidamente esas preocupaciones y algunos de sus integrantes se han dedicado por cuenta propia a investigar las sinuosidades de nuestra historia literaria. Además, muchos de los escritores del período han comenzado a ser -como anotábamos anteriormente- objeto de preocupación en el territorio académico. Sin embargo, se trata de casos aislados y aún nos falta por articular vasos comunicantes suficientemente sólidos entre el campo académico y el campo de los creadores.
Una última circunstancia que nos ha caracterizado (y nada despreciable, si tomamos en cuenta lo que ocurre en otros países de nuestro continente) es nuestra capacidad de comunicación entre las distintas generaciones. Consecuencia misma de nuestra permeabilidad social, en un mismo acto pueden coincidir poetas respetados y bisoños. Autores consagrados han dado -en su momento- libros a pequeñas editoriales, dirigidas en su mayoría por jóvenes poetas. Sin mayores problemas, un poeta en ciernes puede aún tomar un teléfono y llamar a quien quiera, con la absoluta convicción de que sus inquietudes -expresadas en un montón de poemas convertidos en libros cerrados o en proyecto- serían leídos con la debida atención. Esto aún se conserva, a pesar de la difícil situación política que vive el país, asunto que será motivo de reflexión en las líneas que siguen. Es importante señalarlo porque en esa comunidad minoritaria y muda - ¿a cuál país le hemos hablado? - se conversa, se sugieren lecturas, se intercambian libros, se proponen escenarios para la difusión de la poesía. También se conciben las amargas espinas de las zancadillas y los más desprendidos actos de solidaridad.
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