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Ángeles Custodios y otros Protectores Invisibles - Parte III

 ***** (15 opiniones)
Creative Commons Curso gratis de Charles W. Leadbeater - 30 de Marzo de 2005
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4. Parte III
Mucha gente piensa que la protección en este sentido puede ser perjudicial, temiendo una colisión con el actor de la gran ley de la Divina Justicia. Es en verdad una idea extraña suponer que el hombre contienda con la ley. Todos sabemos cuan a menudo sucede que nos empeñamos con todas nuestras fuerzas en auxiliar a un compañero, aun siendo incapaces realmente de hacer algo bueno por él. Este es un caso claro en el que no está en el destino del hombre que sea ayudado y así no podrá hacerse nada en beneficio suyo. Aun entonces nuestro esfuerzo no se perderá, aunque no se produzca el
efecto que hemos intentado. Esa tentativa siempre nos producirá un gran bien a nosotros mismos, y podemos asegurar también que producirá alguno en quien hemos tratado de auxiliar, aunque lo deseado no se haya cumplido justamente como hubiéramos querido. Es totalmente verdad que nadie puede obtener remisión de sus propias faltas, y que en toda desdicha recae en uno el resultado de un crimen cometido en otro tiempo. Pero esto no es una razón para aminorar nuestro esfuerzo en auxiliar a alguno.


Si sabemos que puede llegar al extremo del necesario sufrimiento, que ha de pagar justamente sus deudas y que necesita de una mano auxiliadora que le levante del lodazal, ¿por qué no hemos de ser nosotros la mano que haga esa buena obra? No hemos de temer jamás que nuestras débiles tentativas pugnen con las leyes de la Naturaleza, o que produzcan el menor embarazo a aquellos que las administran.


Veamos como un hombre es capaz de hacer tal obra y de dispensar la protección que hemos descrito; así comprenderemos cuales son los límites de su poder y veremos cómo nosotros mismos podemos, en alguna extensión, conseguirlos. Debemos primeramente pensar cómo el hombre deja su cuerpo en el sueño. Abandona el cuerpo físico de manera que queda en completo reposo; pero él mismo, su alma, no necesita descansar, porque no siente fatiga, y únicamente el cuerpo físico es siempre el que se cansa. Cuando hablamos, así, de la fatiga mental, no nos expresamos realmente bien, pues el cerebro, pero no la mente, es quien se cansa. En el sueño, pues, el hombre utiliza sólo su cuerpo astral en vez de su cuerpo físico, y es únicamente el cuerpo lo que duerme, y de ningún modo el hombre mismo. Si pudiéramos examinar, penetrando en él, un salvaje durmiendo, probablemente hallaríamos que estaba casi tan dormido como su cuerpo, porque tendría una escasísima conciencia en el vehículo astral de su pertenencia. Sería incapaz de separarse de las próximas inmediaciones donde durmiese su cuerpo físico, y si intentase hacerlo volvería sobre sí despertando con terror.


Si examinamos un hombre más civilizado, como por ejemplo uno de nosotros mismos, encontraremos una gran diferencia. En este caso el hombre, en su cuerpo astral. de ningún modo permanecerá inconsciente, sino pensando muy activamente. Sin embargo, podrá tener muy pocas más noticias de su vecindad que el salvaje, aunque no sea por la misma razón. El salvaje está incapacitado para ver, y el hombre civilizado está muy sobre su propio pensamiento por lo que no puede ver, aunque quiera. Tiene tras sí la inmemorial costumbre de una gran serie de existencias en las que no ha usado las facultades del astral, y así esas facultades, gradual y tardíamente, han desarrollado en él una costra, algo como un polluelo que vegeta en un huevo. Esa cáscara está compuesta de grandes masas de pensamientos egoístas, en los que de ordinario cae el hombre irremisiblemente. Todos aquellos que de un modo principal han llamado la atención de su mente durante la mayor parte de la vigilia, le continúan usualmente cuando cae dormido, y queda rodeado así de una valla hecha por él, por la que prácticamente nada conocerá de lo que pulula en lo exterior. De un modo ocasional, y muy raras veces, algún choque violento de lo externo, o algún fuerte deseo de su propio interior, puede desgarrar esa cortina de nieblas por un momento y permitirle recibir alguna impresión definida; pero aun entonces la cortina vuelve a unirse inmediatamente y el sueño seguirá como antes.
¿Podrá estar despierto?, se preguntará. Sí; lo que puede ocurrir en cuatro diferentes casos.


Primero: en el más remoto futuro, la lenta, pero segura, evolución del hombre disipará indudablemente de un modo gradual esa cortina de niebla. Segundo: el hombre mismo, conociendo las causas del hecho, puede por un firme y persistente esfuerzo despejar el camino de su íntima oscuridad y por grados vencer la inercia resultante de las edades inactivas. Puede resolverse antes de dormir a intentarlo cuando deje su cuerpo, despertar y ver algo. Esto es sencillamente una precipitación del proceso natural, y no habrá peligro si tal hombre ha desarrollado de un modo previo su razón y sus cualidades morales. Si éstos faltasen, podrá muy tristemente apenarse, pues corre el doble peligro de perder los poderes que ha adquirido y de morirse de pánico a la presencia de fuerzas que ni puede comprender ni detener. Tercero: en ocasiones, ha ocurrido por algún accidente o por el empleo de ilegítimas ceremonias mágicas, que el velo no ha podido cerrarse de nuevo. En tal caso el hombre ha quedado en esa terrible condición tan admirablemente descrita por M me. Blavatsky en su cuento Una vida encantada (3), o por lord Lytton en su magnífica novela Zanoni. Cuarto: algún amigo de los que conocen perfectamente al hombre y que le creen capaz de resistir los peligros del plano astral y de hacer desinteresada mente el bien, puede hacer caer aquella cáscara y gradualmente despertarle a tan altas posibilidades.


Pero no hará tal a menos de creerle absolutamente seguro, con ánimo, con devoción y en posesión de las cualidades necesarias para obrar bien. Si en todos esos particulares ha sido juzgado favorablemente. será invitado y ya podrá unirse a la hueste de protectores.
Por lo que se refiere a la obra que hacen semejantes protectores, he ofrecido muchísimos ejemplos de ella en la obrita que he escrito bajo el título de Protectores invisibles; no repetiré, pues aquellos casos ahora, pero sí indicaré principalmente las diversas suertes de obras que efectúan de un modo más principal. Es natural que haya una gran variedad de géneros y que muchísimas de ellas no se efectúan físicamente; sin embargo podemos referirlas a dos clases: actuaciones en los vivos y actuaciones en los muertos.


El proporcionar cohonorte y consuelo en la tristeza o en la enfermedad a un sujeto, es comparativamente una tarea facilísima para ellos, y uno puede estar así constantemente auxiliado sin saber por quien. Es lo que les pasa, con frecuencia, a las personas que experimentan una gran perplejidad y que a la noche se acuestan preocupadas con algún problema insoluble; en tal caso muchas veces pueden obtener una solución, o más bien ser ayudados por una decisión adecuada (4). Esto jamás se efectuará sugestionando o influyendo la mente de nadie; y no debemos pensar que el protector sea una especie de mesmerizador. Es muy fácil, también, que alguien imagine que el protector influye por un designio o un propósito deseado por él; pero eso sería violar uno de los más estrictos preceptos de su obra. Este caso puede presentársele al hombre que duda; pero aceptada esta opinión arguye a favor de lo contrario, pues aquél no deberá ejercer su poder aunque el hombre lo consienta hasta que se asegure que puede haber un desastre si su consejo no es aceptado.

Pero hay muchísimos indagadores ardorosos que ansían realmente la luz, y el proporcionársela, como el disponerlos para que la produzcan, es uno de los más grandes placeres del protector. Las sugestiones pueden hacerlas, y constantemente las hace a escritores, predicadores, poetas, artistas, así para los asuntos que escogen, como para la manera de tratarlos, y desde luego sin ningún conocimiento de parte del recipiente o recipiendario de la fuente de su inspiración. Además, piensa ser así un perfecto compañero dando tales nuevas y originales ideas, pero a lo que no da importancia, pues ningún protector desea acreditarse por lo que hace. Si poseyese tal sentimiento de autoglorificación, inmediatamente quedaría excluido del rango de protector. Muchos en muchas ocasiones tienen como un protector a su lado, a un predicador o a un escritor, y pueden tras su inclinación ampliar y más liberalmente ver un asunto que él previamente ha visto; y aunque a veces es imposible alcanzar este favor, con todo en muchos casos se logra algo de ello del plano físico.
Autor y licencia de 'Ángeles Custodios y otros Protectores Invisibles - Parte III'
Charles W. Leadbeater Extraído de: http://elbuscador.tresuvesdobles.com/?q=

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