¡En mi retrovisor, discretamente, observaba mis pasajeros afortunados... Y me formulaba preguntas esenciales... Preguntas cuya respuesta me abriría de nuevo –y más vastos- horizontes!
¿Cuál es en su opinión la primera pregunta que mis adentros me formulaban? Y que además me venía a la mente constantemente, como una obsesión...
Pues bien, esta pregunta era la siguiente:
¿Qué es lo que estas gentes tienen que yo no?
¿Y usted? ¿Usted se ha formulado ya, esta pregunta? ¿Qué es lo que las personas prósperas tienen que usted no tiene? ¿En qué son ellas diferentes de usted?
¿Y además, son ellas realmente tan diferentes de usted?
Estos pensamientos rondaban en mi, cada vez más irritada-mente a causa de mis desencuentros... (sin duda es verdad que los fracasos forman el carácter pero demasiados, sucesivamente, terminan a veces por agriar y desanimar).
Contemplaba los rostros de mis pasajeros. Uno estaba afligido por un apéndice nasal que hubiera hecho enrojecer de envidia a Cirano de Bergerac. Pero esta nariz no le había impedido, visiblemente, volverse rico si se juzgaba por su extrema elegancia en el vestido y por la de su compañera, absolutamente adorable, de paso sea dicho.
Otro era muy flaco, y sus rasgos eran todo salvo regulares. Mientras que de él se desprendía una energía poco común. Y poseía un carisma excepcional. Algunos se expresaban con fluidez, otros con menor facilidad.
¿Qué tenían ellos en común, bajo sus diversas apariencias?
He aquí la pregunta que me formulaba.
¿Debería haber un común denominador?