China está luchando desde 1949 por salir de su penuria y ha sufrido unos cambios que han oscilado entre la ortodoxia ideológica y el pragmatismo. Sin embargo, su pobreza se ve corregida con un extraordinario nivel de servicios disfrutados por toda la población.
Las enormes inversiones demográficas llevaron a los dirigentes a un estricto y eficaz control de la natalidad, aunque su caída hasta el 1'2% anual no ha garantizado el desarrollo.
La política económica postmaoísta tuvo como objetivos la modernización de la agricultura, la industria, la ciencia, la tecnología y la defensa. Pero la sociedad china necesitaba un revulsivo, proporcionado por Deng Xiao-Ping y los nuevos dirigentes con el proceso reformista en la década de los 80.
La consecuencia fue la explosión productiva de la agricultura y de la industria ligera, aunque acompañadas de un avance de la inflación y un aumento de los desequilibrios sociales. La vida china ha necesitado de estímulos individuales, aunque no sean muy ortodoxos.
El freno aperturista de los políticos conservadores tras los incidentes de 1989 ha provocado la retención de las inversiones extranjeras y ha paralizado el fuerte desarrollo económico de los 80.
China, uno de los focos humanos más densos de Asia, continúa siendo un país rural, con bajísimos niveles de productividad por persona, aunque los rendimientos por unidad de superficie sean altos. Las áreas rurales tienen un enorme potencial, pero deberá trasvasarse hacia otros sectores económicos.
Cuando disponga de las suficientes inversiones, China se orientará hacia una dinamización económica que le permita eliminar las diferencias entre campo y ciudad por una industrialización y urbanización clásicas, con el éxodo rural consecuente, si bien matizado por un fuerte desarrollo periurbano.
Pero el pueblo chino cuenta con suficiente vigor y estímulos como para ir más allá de las transformaciones socioespaciales.