Combustión humana espontánea - Otros datos
Curso gratis creado por Javier Garrido. Extraido de: http://elbuscador.tresuvesdobles.com/?q=
28 de Febrero de 2006
Astrología y ciencias ocultas
5 - Otros datos
Antes de seguir adelante, quizás sea conveniente dejar en claro algunos puntos que suelen prestarse a confusión cuando se habla de este tema.
El cuerpo humano posee, por supuesto, sus propios mecanismos metabólicos para generar calor, utilizando como substratos lípidos y carbohidratos básicamente. Esta es una auténtica combustión, en la que dichos substratos son oxidados, quedando como residuos anhídrido carbónico y agua. ¿Es factible que estos procesos metabólicos lleguen a generar calor suficiente como para producir que un cuerpo estalle en llamas espontáneamente? Aquí cabe una sola respuesta: un no absoluto y tajante. Los procesos metabólicos de transformación de energía dependen de sistemas enzimáticos muy complejos, ubicados en las mitocondrias. Una enzima es esencialmente una proteína que actúa como catalizador de una reacción química. Sin la presencia de estos catalizadores, muchas de las reacciones químicas del organismo simplemente no se producen, o se producen a un ritmo muy bajo. Pero las enzimas solo funcionan dentro de unas condiciones muy definidas, que no pueden variar más allá de ciertos límites. En estas condiciones se incluyen rangos relativamente estrechos de pH y de temperatura.
¿Qué temperatura puede alcanzar el organismo humano en condiciones "normales" y sobre la base de sus propios mecanismos metabólicos? La temperatura corporal normal oscila aproximadamente entre 35,8 y 37,2°C. Por encima de los 42,2°C se produce daño cerebral irreversible y 45,6° se considera incompatible con la vida. Se han llegado a registrar temperaturas de 44 a 45°C en casos de golpe de calor, pero estas no son causadas por mecanismos metabólicos y fisiológicos intrínsecos, sino que dependen principalmente de factores ambientales exógenos, como la temperatura del medio y el nivel de humedad del aire.
Existen estados patológicos que pueden cursar con importantes incrementos endógenos de la temperatura corporal. Entre estos encontramos la hipertermia maligna. Se trata de un grupo de trastornos hereditarios que se caracterizan por un rápido incremento de la temperatura hasta cifras entre 39 y 42°C, después de la inhalación de ciertos anestésicos, y que puede ser muy difícil de tratar. Esta enfermedad ha dado pie a cierto folklore hospitalario que habla de pacientes que se han "carbonizado" sobre la mesa de operaciones, cosa que de hecho no ha ocurrido nunca, ni puede ocurrir a esas temperaturas. No; la hipertermia maligna no es, de ninguna forma, una "Combustión Humana Espontánea".
Es importante recordar que la homeostasis orgánica se mantiene dentro de unos límites relativamente estrechos. Por encima de cierto nivel de temperatura, alrededor de 42°C, los sistemas enzimáticos dejan de funcionar. Y la producción de calor depende de esos sistemas enzimáticos, por lo que no es de esperarse mayores aumentos de temperatura, salvo circunstancias realmente excepcionales (como el ya mencionado golpe de calor). Ninguna fiebre, por intensa o prolongada que sea, es capaz de incendiar a un paciente. Cuando la temperatura sube lo suficiente, los sistemas que originan el incremento simplemente ya no son operativos.
El mito rebatido Garth Haslam señala que la existencia de la Combustión Humana Espontánea se basa en tres supuestos principales: que las llamas atrapan a la víctima y la destruyen con gran rapidez, la ausencia de una fuente de ignición externa, y que el cuerpo es muy resistente a la combustión, por lo que el fuego debe, forzosamente, alcanzar temperaturas extremadamente altas para consumirlo; dichas temperaturas son claramente inalcanzables en condiciones habituales.
Cuando se revisan los hechos, queda claro que los dos primeros supuestos son claramente erróneos. Como ya se señaló, en todos los casos bien documentados - subrayo lo de bien documentados - siempre existe una fuente externa obvia de ignición, aunque los divulgadores de lo paranormal olvidan decírnoslo con pasmosa frecuencia. En muchos ocasiones las víctimas son fumadoras, en otras es encontrada cerca del hogar de la chimenea o de un hornillo; también ocurre que la víctima haya colocado entre las sabanas de su cama un ladrillo calentado. En aquellos casos procedentes de los siglos XVII y XVIII, la única fuente de luz disponible para la época era el fuego, ya fuera en forma de la llama de una vela o de una lámpara de aceite, como la que se encontró junto a los restos de la condesa Cornelia di Bandi.
La suposición de que el fuego se presenta de un modo tal que la víctima cae fulminada en el acto se basa en el hecho de que esta no tiene la menor oportunidad de solicitar ayuda o de efectuar alguna maniobra salvadora efectiva. Bien, esto resulta bastante misterioso, que duda cabe, pero solo hasta que se examinan los casos y se observa una curiosa constante: de un modo u otro, la víctima siempre presenta algún factor que la coloca en severa minusvalía o las incapacita frente a cualquier situación de emergencia; en muchas oportunidades, la víctima pudo haber inconsciente o incluso ya muerta, antes de iniciarse el fuego. En ocasiones ese factor es la edad (la mayoría son ancianos; el famoso John Bentley tenía nada menos que 92 años; John O'Connor, 76); en otras, el hábito alcohólico. Muchas de las víctimas había, efectivamente, estando bebiendo antes de que ocurriera el evento. También pueden coexistir otras circunstancias: Mary Reeser acababa de ingerir dos cápsulas de secobarbital la última vez que fue vista con vida; George Mott tenía una enfermedad pulmonar tan severa que lo obligaba a tener un equipo de oxígeno en su habitación. Es curioso que el fenómeno nunca se presente en adultos sanos; semejante selectividad nunca ha sido explicada satisfactoriamente por los creyentes en la SHC. También resulta extraño que jamás ocurra el fenómeno cuando hay alguien más presente en la habitación: nunca nadie ha sido testigo de una Combustión Humana Espontánea bien verificada. En todos los casos, la víctima se encontraba sola y no fue vista durante muchas horas antes de ser encontrada incinerada. Y el fuego pudo actuar durante todas esas horas.
Nos queda el tercer supuesto: como el cuerpo humano es extremadamente resistente a la combustión, algún factor paranormal debe intervenir para que esta se produzca. Aquí es donde los creyentes levantan la enseña de la Combustibilidad Preternatural.
Cierto, un cuerpo humano suele ser muy difícil de quemar, hecho del que pueden dar fe los expertos de los crematorios. Estos son constantemente citados por los defensores de la SHC, con declaraciones tales como que ellos "no pueden duplicar la completa destrucción de los huesos en un corto período de tiempo". Pero aquí hay que notar que se asume a priori que la combustión fue muy rápida, cosa de la cual no existe evidencia. Como ya vimos, el cuerpo puede haber estado ardiendo nada menos que durante horas antes de ser descubierto. Y si bien es cierto que para lograr una destrucción completa en un corto lapso se requieren temperaturas muy elevadas, esto es falso cuando se habla de combustiones prolongadas: mientras más larga es la combustión, menores son las temperaturas requeridas para obtener resultados similares.
Veamos como esto es posible.
La teoría de la mecha La lenta combustión del cuerpo por llamas a baja temperatura usando las ropas como mecha fue denominada "efecto vela" por D.J.Gee en 1965, y ha venido ganando adherentes progresivamente. En la literatura figura indistintamente como "candle effect" o "wick effect". La fuente de ignición original inicia el fuego en las ropas de la víctima; se quema la piel, y la grasa subcutánea comienza a derretirse. Esta grasa derretida se embebe en las ropas, las cuales actúan como una mecha; de esta manera, el mismo cuerpo proporciona el combustible necesario para mantener un fuego constante durante horas. La grasa humana fundida arde a una temperatura de 215°C, pero si se coloca una mecha puede arder a apenas 24°C.
Pero aún hay más.
Joe Nickell y John Fisher, el primero detective privado y el segundo analista forense, estudiaron los trece casos más significativos de SHC, encontrando que en aquellos casos en los cuales la destrucción del cuerpo fue relativamente menor, la única fuente significativa de combustible fueron las ropas del individuo, pero cuando la destrucción fue masiva, siempre existían fuentes externas adicionales de combustible, como la cubierta de una silla, el piso de madera, o la cobertura de éste (por ejemplo, el linóleo). Estos materiales debajo del cuerpo también contribuyen a retener la grasa que fluye del cuerpo, que a continuación es volatilizada y quemada, ocasionando mayor destrucción, que a su vez libera mas grasa, lo que permite que la combustión prosiga. La fuente de combustible adicional también permite que se alcancen temperaturas mucho más elevadas que las que serían de esperarse en condiciones "normales".
En 1998, el Dr. John de Haan, del Instituto Criminalístico de California, realizó un experimento utilizando un cerdo muerto para demostrar como un fuego relativamente pequeño puede consumir un cuerpo completamente, con la ayuda de la grasa corporal. Se eligió como "víctima" al cerdo, pues este tiene un contenido de grasa que se aproxima a la del cuerpo humano.
El cerdo fue envuelto en una frazada en la que se vertió una pequeña cantidad de gasolina y luego se le aplicó fuego. Luego de cinco horas de quemarse continuamente, el cuerpo del animal quedo completamente destruido, incluyendo los huesos. El tipo de daño fue exactamente igual al que ocasiona la supuesta "Combustión Humana Espontánea".
Dos fases del experimento del Dr. de Haan; el cuerpo del cerdo continúa ardiendo 5 horas
El efecto vela explica satisfactoriamente muchas de las peculiaridades asociadas a la nunca demostrada SHC. En una habitación cerrada, con pobre ventilación, el suministro de oxígeno es escaso, se consume rápidamente y mantiene una combustión lenta y humeante. Este humo grasiento asciende y se deposita en el techo y la parte superior de las paredes, lo que ocasiona los conocidos depósitos de material graso. La grasa fundida que cae al suelo pero que no llega a quemarse forma los conocidos depósitos de sustancia amarillenta y maloliente. El daño suele limitarse al área de la fuente de material combustible porque la cantidad de oxígeno en la habitación es insuficiente para iniciar otras combustiones; por otra parte, el fuego se extiende con más facilidad hacia arriba que lateralmente: la base de una llama es la parte de esta que tiene la temperatura más baja. La presencia de daños por calor en objetos por encima de cierto nivel es debida a que el aire caliente y el humo siempre ascienden.
Significativamente, casi siempre existen muebles, camas o alfombras involucradas. Estos materiales no solo proveen de una fuente continua de combustible, sino que promueven una combustión lenta y una capa aislante alrededor del fuego una vez iniciado.
Las mujeres y los obesos se caracterizan por poseer una gran cantidad de grasa subcutánea; por ende, le proporcionan al fuego una mayor cantidad de combustible, lo que garantiza una destrucción mayor. Además, una gran proporción de la grasa corporal se acumula de preferencia en el torso y los muslos, que son aquellas en las que justamente se concentran los mayores daños (y las que, paradójicamente, parecerían ser las más difíciles de quemar). Las áreas del cuerpo que no están cubiertas por ropas no se destruyen por completo o resultan menos dañadas pues en ellas el efecto vela no funciona (ya que no existe la "mecha"). Esa es la razón por la cual muchas veces quedan restos identificables de la cabeza, o una pierna fantasmagórica pero más o menos indemne.
Si en cualquiera de los casos citados el fuego se hubiera extendido por la habitación o al resto del edificio, nadie se hubiera asombrado por ello; simplemente se hubiera pensado, con toda lógica, que el cigarrillo de la víctima había incendiado la ropa de cama (por ejemplo), y que esta, por su edad o por haber ingerido alcohol o somníferos, no había podido escapar a tiempo o pedir ayuda. Por otra parte, un fuego de grandes proporciones llamaría muy rápidamente la atención y haría posible una pronta intervención de los bomberos, con lo que muy probablemente se encontraría un cuerpo extremadamente quemado, pero no destruido. Y eventos así ocurren con mucha frecuencia. De todas las muertes que ocurren cada año por incendios, en unas pocas (muy pocas), se dan las circunstancias adecuadas para que se presenta el extraño patrón característico que erróneamente se ha identificado como SHC. Pero ese patrón es explicable por los hallazgos encontrados dentro de los mismos casos. Lo demás es pura mitología.
El cuerpo humano posee, por supuesto, sus propios mecanismos metabólicos para generar calor, utilizando como substratos lípidos y carbohidratos básicamente. Esta es una auténtica combustión, en la que dichos substratos son oxidados, quedando como residuos anhídrido carbónico y agua. ¿Es factible que estos procesos metabólicos lleguen a generar calor suficiente como para producir que un cuerpo estalle en llamas espontáneamente? Aquí cabe una sola respuesta: un no absoluto y tajante. Los procesos metabólicos de transformación de energía dependen de sistemas enzimáticos muy complejos, ubicados en las mitocondrias. Una enzima es esencialmente una proteína que actúa como catalizador de una reacción química. Sin la presencia de estos catalizadores, muchas de las reacciones químicas del organismo simplemente no se producen, o se producen a un ritmo muy bajo. Pero las enzimas solo funcionan dentro de unas condiciones muy definidas, que no pueden variar más allá de ciertos límites. En estas condiciones se incluyen rangos relativamente estrechos de pH y de temperatura.
¿Qué temperatura puede alcanzar el organismo humano en condiciones "normales" y sobre la base de sus propios mecanismos metabólicos? La temperatura corporal normal oscila aproximadamente entre 35,8 y 37,2°C. Por encima de los 42,2°C se produce daño cerebral irreversible y 45,6° se considera incompatible con la vida. Se han llegado a registrar temperaturas de 44 a 45°C en casos de golpe de calor, pero estas no son causadas por mecanismos metabólicos y fisiológicos intrínsecos, sino que dependen principalmente de factores ambientales exógenos, como la temperatura del medio y el nivel de humedad del aire.
Existen estados patológicos que pueden cursar con importantes incrementos endógenos de la temperatura corporal. Entre estos encontramos la hipertermia maligna. Se trata de un grupo de trastornos hereditarios que se caracterizan por un rápido incremento de la temperatura hasta cifras entre 39 y 42°C, después de la inhalación de ciertos anestésicos, y que puede ser muy difícil de tratar. Esta enfermedad ha dado pie a cierto folklore hospitalario que habla de pacientes que se han "carbonizado" sobre la mesa de operaciones, cosa que de hecho no ha ocurrido nunca, ni puede ocurrir a esas temperaturas. No; la hipertermia maligna no es, de ninguna forma, una "Combustión Humana Espontánea".
Es importante recordar que la homeostasis orgánica se mantiene dentro de unos límites relativamente estrechos. Por encima de cierto nivel de temperatura, alrededor de 42°C, los sistemas enzimáticos dejan de funcionar. Y la producción de calor depende de esos sistemas enzimáticos, por lo que no es de esperarse mayores aumentos de temperatura, salvo circunstancias realmente excepcionales (como el ya mencionado golpe de calor). Ninguna fiebre, por intensa o prolongada que sea, es capaz de incendiar a un paciente. Cuando la temperatura sube lo suficiente, los sistemas que originan el incremento simplemente ya no son operativos.
El mito rebatido Garth Haslam señala que la existencia de la Combustión Humana Espontánea se basa en tres supuestos principales: que las llamas atrapan a la víctima y la destruyen con gran rapidez, la ausencia de una fuente de ignición externa, y que el cuerpo es muy resistente a la combustión, por lo que el fuego debe, forzosamente, alcanzar temperaturas extremadamente altas para consumirlo; dichas temperaturas son claramente inalcanzables en condiciones habituales.
Cuando se revisan los hechos, queda claro que los dos primeros supuestos son claramente erróneos. Como ya se señaló, en todos los casos bien documentados - subrayo lo de bien documentados - siempre existe una fuente externa obvia de ignición, aunque los divulgadores de lo paranormal olvidan decírnoslo con pasmosa frecuencia. En muchos ocasiones las víctimas son fumadoras, en otras es encontrada cerca del hogar de la chimenea o de un hornillo; también ocurre que la víctima haya colocado entre las sabanas de su cama un ladrillo calentado. En aquellos casos procedentes de los siglos XVII y XVIII, la única fuente de luz disponible para la época era el fuego, ya fuera en forma de la llama de una vela o de una lámpara de aceite, como la que se encontró junto a los restos de la condesa Cornelia di Bandi.
La suposición de que el fuego se presenta de un modo tal que la víctima cae fulminada en el acto se basa en el hecho de que esta no tiene la menor oportunidad de solicitar ayuda o de efectuar alguna maniobra salvadora efectiva. Bien, esto resulta bastante misterioso, que duda cabe, pero solo hasta que se examinan los casos y se observa una curiosa constante: de un modo u otro, la víctima siempre presenta algún factor que la coloca en severa minusvalía o las incapacita frente a cualquier situación de emergencia; en muchas oportunidades, la víctima pudo haber inconsciente o incluso ya muerta, antes de iniciarse el fuego. En ocasiones ese factor es la edad (la mayoría son ancianos; el famoso John Bentley tenía nada menos que 92 años; John O'Connor, 76); en otras, el hábito alcohólico. Muchas de las víctimas había, efectivamente, estando bebiendo antes de que ocurriera el evento. También pueden coexistir otras circunstancias: Mary Reeser acababa de ingerir dos cápsulas de secobarbital la última vez que fue vista con vida; George Mott tenía una enfermedad pulmonar tan severa que lo obligaba a tener un equipo de oxígeno en su habitación. Es curioso que el fenómeno nunca se presente en adultos sanos; semejante selectividad nunca ha sido explicada satisfactoriamente por los creyentes en la SHC. También resulta extraño que jamás ocurra el fenómeno cuando hay alguien más presente en la habitación: nunca nadie ha sido testigo de una Combustión Humana Espontánea bien verificada. En todos los casos, la víctima se encontraba sola y no fue vista durante muchas horas antes de ser encontrada incinerada. Y el fuego pudo actuar durante todas esas horas.
Nos queda el tercer supuesto: como el cuerpo humano es extremadamente resistente a la combustión, algún factor paranormal debe intervenir para que esta se produzca. Aquí es donde los creyentes levantan la enseña de la Combustibilidad Preternatural.
Cierto, un cuerpo humano suele ser muy difícil de quemar, hecho del que pueden dar fe los expertos de los crematorios. Estos son constantemente citados por los defensores de la SHC, con declaraciones tales como que ellos "no pueden duplicar la completa destrucción de los huesos en un corto período de tiempo". Pero aquí hay que notar que se asume a priori que la combustión fue muy rápida, cosa de la cual no existe evidencia. Como ya vimos, el cuerpo puede haber estado ardiendo nada menos que durante horas antes de ser descubierto. Y si bien es cierto que para lograr una destrucción completa en un corto lapso se requieren temperaturas muy elevadas, esto es falso cuando se habla de combustiones prolongadas: mientras más larga es la combustión, menores son las temperaturas requeridas para obtener resultados similares.
Veamos como esto es posible.
La teoría de la mecha La lenta combustión del cuerpo por llamas a baja temperatura usando las ropas como mecha fue denominada "efecto vela" por D.J.Gee en 1965, y ha venido ganando adherentes progresivamente. En la literatura figura indistintamente como "candle effect" o "wick effect". La fuente de ignición original inicia el fuego en las ropas de la víctima; se quema la piel, y la grasa subcutánea comienza a derretirse. Esta grasa derretida se embebe en las ropas, las cuales actúan como una mecha; de esta manera, el mismo cuerpo proporciona el combustible necesario para mantener un fuego constante durante horas. La grasa humana fundida arde a una temperatura de 215°C, pero si se coloca una mecha puede arder a apenas 24°C.
Pero aún hay más.
Joe Nickell y John Fisher, el primero detective privado y el segundo analista forense, estudiaron los trece casos más significativos de SHC, encontrando que en aquellos casos en los cuales la destrucción del cuerpo fue relativamente menor, la única fuente significativa de combustible fueron las ropas del individuo, pero cuando la destrucción fue masiva, siempre existían fuentes externas adicionales de combustible, como la cubierta de una silla, el piso de madera, o la cobertura de éste (por ejemplo, el linóleo). Estos materiales debajo del cuerpo también contribuyen a retener la grasa que fluye del cuerpo, que a continuación es volatilizada y quemada, ocasionando mayor destrucción, que a su vez libera mas grasa, lo que permite que la combustión prosiga. La fuente de combustible adicional también permite que se alcancen temperaturas mucho más elevadas que las que serían de esperarse en condiciones "normales".
En 1998, el Dr. John de Haan, del Instituto Criminalístico de California, realizó un experimento utilizando un cerdo muerto para demostrar como un fuego relativamente pequeño puede consumir un cuerpo completamente, con la ayuda de la grasa corporal. Se eligió como "víctima" al cerdo, pues este tiene un contenido de grasa que se aproxima a la del cuerpo humano.
El cerdo fue envuelto en una frazada en la que se vertió una pequeña cantidad de gasolina y luego se le aplicó fuego. Luego de cinco horas de quemarse continuamente, el cuerpo del animal quedo completamente destruido, incluyendo los huesos. El tipo de daño fue exactamente igual al que ocasiona la supuesta "Combustión Humana Espontánea".
Dos fases del experimento del Dr. de Haan; el cuerpo del cerdo continúa ardiendo 5 horas
El efecto vela explica satisfactoriamente muchas de las peculiaridades asociadas a la nunca demostrada SHC. En una habitación cerrada, con pobre ventilación, el suministro de oxígeno es escaso, se consume rápidamente y mantiene una combustión lenta y humeante. Este humo grasiento asciende y se deposita en el techo y la parte superior de las paredes, lo que ocasiona los conocidos depósitos de material graso. La grasa fundida que cae al suelo pero que no llega a quemarse forma los conocidos depósitos de sustancia amarillenta y maloliente. El daño suele limitarse al área de la fuente de material combustible porque la cantidad de oxígeno en la habitación es insuficiente para iniciar otras combustiones; por otra parte, el fuego se extiende con más facilidad hacia arriba que lateralmente: la base de una llama es la parte de esta que tiene la temperatura más baja. La presencia de daños por calor en objetos por encima de cierto nivel es debida a que el aire caliente y el humo siempre ascienden.
Significativamente, casi siempre existen muebles, camas o alfombras involucradas. Estos materiales no solo proveen de una fuente continua de combustible, sino que promueven una combustión lenta y una capa aislante alrededor del fuego una vez iniciado.
Las mujeres y los obesos se caracterizan por poseer una gran cantidad de grasa subcutánea; por ende, le proporcionan al fuego una mayor cantidad de combustible, lo que garantiza una destrucción mayor. Además, una gran proporción de la grasa corporal se acumula de preferencia en el torso y los muslos, que son aquellas en las que justamente se concentran los mayores daños (y las que, paradójicamente, parecerían ser las más difíciles de quemar). Las áreas del cuerpo que no están cubiertas por ropas no se destruyen por completo o resultan menos dañadas pues en ellas el efecto vela no funciona (ya que no existe la "mecha"). Esa es la razón por la cual muchas veces quedan restos identificables de la cabeza, o una pierna fantasmagórica pero más o menos indemne.
Si en cualquiera de los casos citados el fuego se hubiera extendido por la habitación o al resto del edificio, nadie se hubiera asombrado por ello; simplemente se hubiera pensado, con toda lógica, que el cigarrillo de la víctima había incendiado la ropa de cama (por ejemplo), y que esta, por su edad o por haber ingerido alcohol o somníferos, no había podido escapar a tiempo o pedir ayuda. Por otra parte, un fuego de grandes proporciones llamaría muy rápidamente la atención y haría posible una pronta intervención de los bomberos, con lo que muy probablemente se encontraría un cuerpo extremadamente quemado, pero no destruido. Y eventos así ocurren con mucha frecuencia. De todas las muertes que ocurren cada año por incendios, en unas pocas (muy pocas), se dan las circunstancias adecuadas para que se presenta el extraño patrón característico que erróneamente se ha identificado como SHC. Pero ese patrón es explicable por los hallazgos encontrados dentro de los mismos casos. Lo demás es pura mitología.
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