Por J. C. Janse
La doctrina de la fe islámica se ha desarrollado en torno al prototipo de la confesión islámica, la sjahadat, que dice: “La ilƒha illƒ' 'Allah, wa Muhammad ras–l–'llah”. No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta.
Dicen los musulmanes que el ángel Gabriel fue dando a Mahoma, trocito a trocito, la revelación del libro que se halla en el cielo en “una Tabla bien guardada” (Sura 85: 21-22).
En El Corán hay trozos del Antiguo Testamento y También versículos de los evangelios. Asimismo en El Corán te encuentras dicho claramente, como en la Biblia, que sólo hay un Dios, un único Dios que creó el mundo.
En esto es muy rotundo El Corán: Alá es grande, es el Creador, el Señor de la vida y de la muerte, el Protector el Dominador y Destructor, el Dispensador de bendición y el Autor de males, el Misericordioso, el Bondadoso, etc. En el Catecismo Musulmán se le reconocen a Alá normalmente 20 atributos y 90 “nombres hermosos”. En esta doctrina de El Corán se nota claramente la influencia de enseñanzas judeo-talmúdicas, nestorianas. maniqueas y viejo-arábigas.
Pero el Señor, el Dios que estableció Su pacto con nosotros, tal como le conocemos por las Sagradas Escrituras: el Dios Uno y Trino, es decir el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, no es conocido por ellos y es mucho más que Alá.
El nombre Alá se deriva del árabe ila = Dios, y guarda relación con el hebreo Elohim.
El nombre Señor, Jahweh, el Fiel, el Viviente, Quien ya estableció Su pacto con Abraham, es el nombre con el que Él se ha revelado, mucho antes de las comunicaciones de Mahoma en El Corán.
El Señor, Dios el Padre, es nuestro Padre
Al leer por ejemplo, los capítulos 44 y 45 de Isaías enseguida observas que allí hace uso de la palabra el Dios Uno y Trino, que la Trinidad te habla.
Alrededor de siete siglos antes de Cristo, y aún bastante antes del destierro babilónico, el Señor dio promesas gozosas de salvación por medio de Isaías.
Habló de Ciro, “mi pastor”, que dejaría ir al pueblo de Israel desde el destierro a su país.
Hermosas suenan, pues, estas palabras: “Así dice el Señor, tu Redentor, que te formó desde el vientre. Yo el Señor, que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la tierra por mi mismo...” (Is. 44: 24). Y luego, en relación con la vuelta de Israel desde el destierro, leemos: “Yo,..., el que dice de Ciro:------Es mi pastor, y cumplir todo lo que Yo quiero...” (Is.44:28).
Jerusalén volvería a ser habitada y las ciudades reedificadas, y el rey de los Medos y Persas les protegería para volver a casa.
Pues bien, Israel volvió al país de los antepasados y allí nació nuestro Señor Jesucristo. El Señor cumplió Su palabra. Allí fue operada nuestra reconciliación, tal como fue profetizada por Isaías concretamente en el capítulo 53.
Aquí te encuentras enseguida la infinitamente grande diferencia con la doctrina del Islam.
Alá es grande -dicen los musulmanes. Pero, con respecto a su salvación, todo lo han de hacer ellos mismos.
Mientras que el Señor, Dios nuestro Padre, Creador de cielos y tierra, ha obrado de tal manera en la historia que, para que nuestro Salvador viniera a la tierra, Ciro hubo de colaborar Israel debió volver a casa y así Jesús pudiera nacer en Belén.
En esto se ve la obra de Dios el Padre, Quien realmente es el Todopoderoso y el Creador, el cual hace más que ser solo Creador y Conservador. Él es, en el pleno sentido de las palabras, “Padre nuestro”, Quien nos ha dado Su Hijo para nuestra salvación.
Si un ismaelita leyera el capitulo 44 de Isaías, sería muy lógico que exclamara: “¡Gloria a Alá!” Pero no alcanzará a ver la obra de Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Para ver estas cosas nos ha abierto los ojos nuestro Salvador. ¡Cuán impresionante y respetuosamente nos ha hablado de Su Padre! He aquí un ejemplo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños”
(Mt. 11:25).
También nos hizo observar los pájaros y las flores, y dijo: “Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimentan (Lc. 12: 24). A lo cual añadió, que nosotros valemos mucho más que las aves, y que Dios no dejar a Su pueblo “de poca fe” sin comer beber y vestir, porque “vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (v. 30). “Vuestro Padre”, dice nuestro Señor Jesucristo. Añadiendo también para reconfortar a sus discípulos: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (v. 32).
Estas eran palabras regias sobre la benevolencia soberana de Dios el Padre, es decir, que el Reino nos es dado “gratuitamente”.
Los musulmanes no saben nada de esto. Es algo desconocido por ellos. En cambio, si saben del castigo por el pecado y del juicio final y de los platillos de la balanza en los que las almas son pesadas. Pero, que a Dios el Padre le ha placido darnos el Reino gratuitamente, de balde y por gracia, por medio de Su Hijo, -eso es propia y exclusivamente el misterio de la Iglesia de Jesucristo.
Esto pertenece a la doctrina de las Sagradas Escrituras acerca del Dios Uno y Trino, Quien a lo largo de la historia y ya mucho antes de surgir el Islam no dejó de manifestarse en obras que exceden toda imaginación tanto en la creación como en la salvación.
Esto También es obra de Dios el Hijo
Lo dicho anteriormente no ocurre sin conocimiento y voluntad del Hijo.
Cuando hablamos de Dios el Padre, no podemos dejar de hablar También de Su Hijo.
En Lucas 10:22, dijo Jesucristo: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre”.
Todo cuanto poder y conocimiento divinos existen, También los posee nuestro Señor Jesucristo. Por eso continúa diciendo: “(y nadie conoce) quién es el Padre, sino el Hijo”.
Aquí chocamos con algo con lo que los musulmanes no están de acuerdo. Jesús es profeta y enviado de Dios, dice El Corán. Jesús, el hijo de María, es el siervo de Dios (Sura 19:30).
Dios dice de él: “El no es sino un siervo a quien hemos agraciado y a quien hemos puesto como ejemplo a los Hijos de Israel” (Sura 43: 59).
Los musulmanes le llaman Isa, y este su nombre aparece frecuentemente en El Corán, en el cual llega a tener un lugar único, pues incluso se le considera el más grande entre los hombres. Pero no es el Hijo de Dios, porque Alá no procrea o engendra, dice el Islam.
Aquí se halla la más profunda sima entre el Islam y el Cristianismo.
Alá no engendra, Esto es algo extraño para los musulmanes y se oponen contra ello. Dios no está reducido en nadie, ni necesita un hijo (Véase Sura 112: 3).
Es posible que el origen de esto haya que encontrarlo en el hecho de que Mahoma hallara en Arabia un Cristianismo en muchos sentidos apóstata y diluido y con una extrema devoción a María, tanta que incluso existiera una determinada concepción de trinidad-de-tres-dioses: el Padre, María y Cristo. María seria, como entre los paganos, la diosa madre.
Con razón, pues, Mahoma rechazó aquellos extraños pensamientos de unidad-de-tres.
Pero al mismo tiempo es preciso decir que Mahoma en este asunto no ha escuchado a las Sagradas Escrituras. Porque, viviendo en el siglo séptimo después de Cristo, También podía haber fijado su atención en cuanto dicen los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y sus cartas acerca de Jesucristo.
Entonces También podía haber oído, que Jesús habló de si mismo como del Hijo, al afirmar:
“Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11: 27). Y, en otro lugar, añadió: “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10: 30).
Él es tan poderoso como el Padre, y es el Hijo propio de Dios. El apóstol Juan ha escrito expresamente de Él: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido,..., y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Hijo de Dios, y la vida eterna” (1 Jn. 5: 20).
Allí confiesa el apóstol muy claramente la Deidad de nuestro Señor Jesucristo, y de Él, la Palabra de vida y vida eterna que era en el Padre, escribe al principio de su carta: “Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto y así lo testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó...”, para luego añadir: “Y la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1: 1-3 y 7).
Los musulmanes niegan que Jesús murió y resucitó. Él, dicen, fue llevado hasta Dios.
También rechazan la Deidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Pero con ello También es negada Su obra fiadora en la cual le ayudó su Deidad para sobrellevar el peso de la ira de Dios y salvarnos a nosotros de esa justa ira. La perfecta obra de la salvación es hecha por el Hijo de Dios.
Así lo dice el apóstol Juan: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo”, y añade: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5: 11-12).
Y el apóstol Pedro, refiriéndose a Jesús, afirma solemnemente: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4: 12).
Esta doctrina del Dios Uno y Trino es de vital importancia. Jesucristo es el Hijo del Dios viviente.
Dios el Espíritu Santo es Uno con el Padre y el Hijo
Cuando queremos hablar del Espíritu Santo como Dios, nos llama la atención que el Señor Jesucristo al encargar a los apóstoles el anuncio del Evangelio y el bautismo de los pueblos, ha colocado en una misma línea con el Padre y con El mismo al Espíritu Santo. Consúltese Mateo 28: 19, y entonces comprenderemos por qué somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Cuando el musulmán trata de un Espíritu de Dios, lo escribe con la ‘e’ minúscula.
Además, para el musulmán, También Jesús es igual al primer hombre, Adán. Pues igual que a Adán le fue insuflado el Espíritu por Dios, así ocurrió también con Jesús (véase Sura 21:91).
Así es como el musulmán vive en el monoteísmo.
Sin embargo, es precisamente la acción del Espíritu Divino quien hace abrirse a la Palabra de Dios a nuestro corazón que está cerrado por naturaleza, y lo renueva.
Con una operación sobrenatural, milagrosa, escondida, muy poderosa e inexpresable transforma el Espíritu Santo el corazón humano, la cual no es menor ni inferior en su poder que la creación o la resurrección de los muertos.
(Véanse “Los Cánones de Dordt”, ed. FELIRE, III-IV, 12).
Dios creó cielo y tierra por Su palabra, por Su mandato. Esto También lo cree el musulmán (Véanse Sura 46: 3 y 29: 44). Pero las Sagradas Escrituras dicen: Por la Palabra, que en el principio estaba en Dios y que es Dios. Todas las cosas han sido hechas por la Palabra, esto es: Por Su Hijo (Véase Jn. 1:1 y ss.)
Pero, además, las Sagradas Escrituras dicen -y en esto dan honor Divino al Espíritu Santo-, que Dios creó toda vida por Su Espíritu. Pues leemos: “El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1: 2); y en otro lugar: “Envías Tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra”
(Sal. 104: 30).
Es el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de los muertos, y el mismo que vivificar También nuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en todos los Suyos (Véase Ro. 8:11).
El Corán, en el tema de la resurrección de los muertos, habla exclusivamente de la omnipotencia de Alá (véase Sura 22: 5-6). Y en otro lugar, dice: “Quien ha hecho bajar agua del cielo con mesura para resucitar un país muerto, del mismo modo se os sacar (de la sepultura)” (Sura 43: 11; y véase También Sura 30: 19,50).
El Islam tampoco sabe nada acerca de la certeza del testimonio del Espíritu Santo, el cual nos da seguridad en Cristo respecto a todo esto; mientras que para el musulmán el futuro depende de las buenas obras. Pero, ¿quién estará seguro de que la balanza divina se inclinará lo suficiente por sus buenas obras? (Véase Sura 101: 6-9).
Por consiguiente, es preciso que dirijamos nuestra esperanza de futuro y nuestra fe al Dios Uno y Trino: al Padre que creó cielo y tierra, que entre otros llamó a Ciro y que de Israel ha dado al mundo el Mesías; al Hijo que por nosotros venció a la muerte, y al Espíritu Santo que da la renovación perfecta y eterna.
En una palabra, que pongamos nuestra confianza en la Divina Trinidad. Nosotros experimentamos Su cuidado: La gracia de nuestro Señor Jesucristo es más que la bondad de un hombre corriente; y el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo son algo que sobrepasan lo humano (véase 2 Co. 13:13). Son cosas Divinas.
Esta es la buena y cristiana confesión de fe en la Trinidad.