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Consagración y servicio - APACENTANDO EL REBAÑO

 ***** (12 opiniones)
Creative Commons Curso gratis de Eliseo Apablaza Fuentealba - 30 de Marzo de 2005
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30. APACENTANDO EL REBAÑO
1
¿LAS OVEJAS TRAS EL PASTOR, O EL PASTOR TRAS LAS OVEJAS?
(Jn. 10:1-5; Mt. 18:11-14; Sal. 23.)
Hay dos principios que pueden regir el trabajo de los pastores: uno toma como base las palabras del Señor en Juan 10, según el cual el pastor va delante de las ovejas y las ovejas le siguen. El otro se basa en la parábola de la oveja perdida, según la cual el pastor va por los montes tras la oveja descarriada.
Según el primer principio, el pastor habla y las ovejas le siguen. La responsabilidad aquí recae enteramente en las ovejas. El que no oigan, o se alejen, depende de ellas. Su alejamiento puede motivar, incluso, la reprensión, porque es deber de las ovejas estar atentas a la voz del pastor, y seguirle.
Según el segundo principio, el pastor va tras las ovejas. Aquí el pastor no habla, sino actúa. Va tras la que se descarría, la halla y se regocija por ella. Es misericordioso con la débil y aun con la rebelde. La responsabilidad recae aquí, en gran parte, en el pastor, que debe estar atento a su rebaño, para recoger la que se extravía.
¿Diremos que uno de estos principios es correcto y el otro incorrecto? ¿Tomaremos uno y dejaremos el otro? Ciertamente que no. No son contradictorios, sino complementarios.
El primer principio marca la normalidad. El segundo muestra el cauce de acción en la anormalidad. El primero muestra las cosas como deben ser (notemos que aquí el pastor es el Señor Jesús); en cambio, el segundo muestra las cosas como suelen ser (aquí el pastor es “un hombre”). El primero funciona con el ministerio de la palabra (“conocen su voz”); el segundo, con la acción (“va por los montes”). La palabra y la acción tienen que hermanarse en un pastor.
En Juan 10, las ovejas parecen sanas y vigorosas, porque siguen al pastor sin necesidad de ayuda. Todas parecen tener un grado de madurez, lo que les permite seguir al pastor sin manifestar distracción ni rebeldía. El pastor va delante, guiando al rebaño por los mejores pastos y las más saludables aguas. Las ovejas le siguen. Esto es lo perfecto, es lo deseable.
Pero está el segundo caso, donde hay ovejas pequeñas que se descarrían. Ellas reclaman la atención del pastor. Por una sola de estas ovejas, el pastor es capaz de dejar las noventa y nueve en el redil, aunque esto implique, eventualmente, un retroceso en el avance del rebaño, o, a veces, una pérdida. Sin embargo, el pastor aquí está dispuesto a sufrir esa pérdida.
Miremos al Pastor de los pastores caminando por los caminos de Galilea. Muchos le siguen admirados. Algunos quieren hacerle rey. Su marcha parece imperturbable; sin embargo, alguien alza su voz hacia Él. Es un ciego junto al camino. Las gentes tratan de acallarlo. ¿Para qué molesta al Maestro? Sin embargo, Él escucha, se detiene y, lleno de compasión, le sana. El Señor detuvo su marcha cada vez que alguien le requirió. Así ha de hacer todo pastor.
Aún hay otra razón para detenerse. El lobo amenaza al rebaño, y el pastor lo defiende, aun a riesgo de su propia vida. En esto se diferencia el pastor del asalariado. En el momento de dificultad, se reafirma lo verdadero y queda en evidencia lo falso.
De manera que lo normal y deseable en la vida del rebaño es que el pastor vaya delante y que las ovejas lo sigan. Lo normal es que el pastor tenga una palabra que atraiga a las ovejas. El pastor ha de tener la Palabra de Dios.
Pero lo no deseable forma parte también de la vida del rebaño. Aquí están las ovejas que se descarrían, y el lobo que amenaza. Ojalá no hubiera nunca ovejas que se descarrían y un lobo que amenaza. Pero lo indeseable es también parte de la vida del rebaño, y de ello tiene que hacerse cargo el pastor. Estas cosas detienen aparentemente el avance del rebaño, porque implica su descuido momentáneo. Pero más importante que el avance del rebaño son ahora aquellas ovejas que están en serio peligro. Es importante avanzar, pero también lo es que ninguna oveja se pierda. El Señor nos libre de seguir un caminar imperturbable, esperando que las ovejas nos sigan, cuando hay tantos motivos para detenernos un poco y atender a las necesidades de ellas.
2
LAS NECESIDADES DE LOS PEQUEÑOS
(Mateo 25:31-46)
En el pasaje de Mateo 25:31-46 se mencionan seis necesidades de los hermanos más pequeños, que deben ser atendidas, como si fuera un servicio al Señor mismo*. Estas necesidades pueden ser materiales y también espirituales. Sin descuidar el hecho de que muchas veces pueden ser materiales – en cuyo caso hay que procurar diligentemente atenderlas –, en este lugar haremos una exposición atendiendo a lo que espiritualmente significan estas seis necesidades.
1. Del que tiene hambre. La primera y más grande necesidad de los hijos de Dios es de la Palabra –el Verbo– es decir, Cristo mismo, quien viene a saciar el hambre. El raquitismo espiritual y el desvarío se originan en el hambre no saciada.
En Mateo 24:45-51 se habla de dos siervos: uno fiel y prudente; el otro, malo. El primero se caracteriza por dar el alimento a tiempo a los de la casa de Dios; el otro, por apalear a sus consiervos, en vista de la tardanza del Señor. Los pastores son llamados a proveer de alimento a los hijos de Dios. Ellos deben imponerse como un deber delante de Dios el acopiar alimento para que haya abundancia en la casa de Dios. Esto es así, porque los pequeños no saben todavía procurarse alimento por sí mismos.
El hecho de que la recolección del maná en el desierto era la primera tarea que realizaba el pueblo de Dios cada mañana, nos indica su importancia. Lo primero era asegurar el alimento. Por eso los pastores han de atender, en primer lugar, a la necesidad de alimento en la casa de Dios. De esa manera, cuando los pastores tomen la palabra de Dios, podrán alimentar al rebaño, y no caerán en la tentación del siervo malo, que apalea a las ovejas. Cuando hay una motivación de amor, cuando se es un siervo fiel y prudente, entonces hay alimento abundante en la casa de Dios.
2. Del que tiene sed. La sed es saciada con el Espíritu Santo: “El que tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él.” (Jn. 7:37-38; ver también Jn. 4:13-14).
La sed de los hermanos es saciada, por lo menos, de dos maneras específicas:
· recibiendo la palabra “rhema” de parte de Dios, que es espíritu y vida.
siendo guiados por los hermanos mayores para recibir la llenura del Espíritu Santo. Hay que propiciar instancias de oración en que se dé libertad al Espíritu de Dios para así ser llenos de Él.
3. Del que es forastero. ¿Cuántos hermanos entre nosotros están como forasteros, a los cuales no hemos recogido? Hermanos a los que no hemos dado carta de ciudadanía. Ellos miran desde lejos, esperan ser acogidos, pero no hemos ido a buscarles para decirles: “Esta es tu ciudad, tú eres hijo de Dios; yo también lo soy, así que somos conciudadanos”. O bien para decirles: “Tú has nacido de Dios, entonces perteneces a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Tú perteneces a esta ciudad, no porque hayas comprado tu ciudadanía, sino por nacimiento.”
Tal vez haya hermanos que esperan que les recojamos, que no sólo les digamos que tienen en Jerusalén una ciudad permanente, sino que se lo hagamos sentir con nuestros hechos. Si no lo hacemos, tal vez varios de ellos terminarán buscando otra ciudad, donde sí sean recibidos.
4. Del que está desnudo. En Génesis 9:18-27 se nos muestra a Noé en su debilidad. Él se embriaga y yace desnudo en medio de su tienda. Frente a este bochornoso cuadro, sus hijos reaccionan de manera distinta. Mientras Cam se burla y ventila el hecho ante sus hermanos, Sem y Jafet cubren a su padre, cuidando de no ver su desnudez. Aquí tenemos la diferencia entre un espíritu vil y un espíritu noble. Cam no vio la dignidad de su padre. Sem y Jafet tuvieron la suficiente sensibilidad como para percibir lo grave de la situación y cubrieron su desnudez. Sem y Jafet no pretendían ni podían haber ocultado el pecado de su padre (era demasiado evidente), pero lo que sí podían hacer era cubrir su desnudez y resguardar su dignidad.
Nuestros hermanos tienen debilidades, así como también nosotros. Las de ellos pueden ser mayores que las nuestras y tal vez más vergonzosas. Pero aún así hemos de guardar su dignidad. El Espíritu noble que nos habita nos llevará a ser delicados incluso en los más pequeños asuntos. Deshonrar al hermano, burlarnos de sus debilidades, usar de malicia ante él, buscar intenciones y malos propósitos donde no los hay, es rebajar la dignidad de un miembro de nuestra propia familia: la familia de Dios. También significa rebajar nuestra propia dignidad, porque es nuestro hermano. Debemos cubrir la desnudez del hermano y no publicarla.
Luego, estando solos con él, le aconsejaremos que compre del Señor vestiduras blancas para que se vista, y así no se descubra otra vez la vergüenza de su desnudez (Ap. 3:18). Le diremos que mientras él no compre vestiduras blancas, se expondrá de nuevo a la desnudez o a vivir tomando siempre vestiduras prestadas.
5. Del que está enfermo. Los signos más notorios del enfermo son su debilidad y su aflicción. La visita al enfermo tiene en sí misma una cualidad curativa. En tal momento, una palabra delicada será para él cura, ungüento y venda. No como los amigos de Job, que iban a censurarle. El hermano va al hermano enfermo a fortalecerlo en su debilidad, y a aliviarlo en su aflicción. Apegará su corazón al de él, y el amor que fluya hacia su corazón suavizará la herida más profunda.
Recordemos la enseñanza del Maestro. “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.” Él iba a los enfermos y perdonaba sus pecados, para que fueran libres de sus enfermedades. Ante un médico amoroso, el enfermo confesará espontáneamente su enfermedad, e incluso las causas de ella. Entonces confesará su pecado y será perdonado.
El Señor dijo que Él había sido enviado a sanar a los quebrantados de corazón. Tal vez la enfermedad más común hoy en el pueblo de Dios sea ésta. ¡Cuánta tristeza suele haber en el corazón de los creyentes! ¡Cuántas heridas causadas a veces por los hermanos mayores! Muchas de las modernas depresiones son, simplemente, el fruto de un corazón herido. ¡Permítanos el Señor tener lengua de sabios para saber hablar palabras al debilitado, al afligido, al enfermo!
6. Del que está en la cárcel. El que está en la cárcel no puede venir a nosotros, por eso dice “y vinisteis a mí”. Él está encerrado en prisiones, en fortalezas de muy difícil acceso. Ni la sicología ni la psiquiatría lo pueden salvar. Sólo lo salvará Aquél que dijo: “El Espíritu del Señor me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos … a poner en libertad a los oprimidos…” (Lc. 4:18); y “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36). ¡Somos pregoneros de libertad! Es verdad que no somos libertadores (como si tuviésemos nosotros poder para libertar), pero sí somos pregoneros de libertad. Nosotros anunciamos libertad en Cristo, y así podemos, por el poder de su Nombre, poner en libertad a los oprimidos.
Finalmente, notemos que en este pasaje, los hermanos más pequeños, por causa de su necesidad, no realizan acciones, sino que las reciben. Toda esta multiplicidad de acciones las realizan los hermanos mayores en favor de ellos.
En el salmo 23, lo mismo que en Juan 10, el Pastor es el Señor. De la misma manera que nosotros estamos llamados a imitar al Pastor de Juan 10, lo estamos para imitar al Pastor del salmo 23. Aquí el Pastor guía a las ovejas a delicados pastos, a aguas de reposo, conduce al rebaño por sendas de justicia, les infunde aliento en las dificultades. Las ovejas se sienten atendidas, ungidas, plenas, y con la mejor esperanza para lo futuro. Esa es también nuestra misión. Hemos de esforzarnos para que esto se cumpla en nuestros amados hermanos, como consecuencia de nuestro pastoreo. Normalmente leemos este salmo desde la perspectiva de las ovejas, pero nos hace bien leerlo también desde el punto de vista del pastor, porque – como pastores – es nuestro modelo de conducta.
3
SIENDO EJEMPLOS
“… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.” (1ª Ped. 5:3)
“Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido su conducta, e imitad su fe.” (Heb. 13:7).
Ser ejemplos de la grey implica la más alta demanda para los pastores. Esto los constriñe a ser irreprensibles, porque de ellos tomarán ejemplo los hermanos, sea para bien o sea para mal. Cada pastor deja una huella en el rebaño. Los hermanos copiarán, consciente y a veces inconscientemente las virtudes y defectos de sus pastores.
Los pastores son ejemplos, no señores de la grey.
“Considerar” (Heb. 13:7) significa “meditar con atención y cuidado”, y también significa “juzgar”. Aquí el Espíritu Santo invita a los hermanos a meditar acerca de la conducta de sus pastores. En una palabra, los invita a juzgarlos. Las ovejas pueden hacerlo, y de hecho lo hacen, aunque no sean estimuladas a ello. ¿Qué juzgan? Los efectos, el fin y los frutos de su conducta. Porque la conducta es lo que se ve. Las intenciones no se ven.
Rubén era una tribu de Israel. En Jueces 5:15-16 se dice que Rubén tenía grandes resoluciones del corazón y muy altos propósitos, pero que esos propósitos no se traducían en acciones. Ellos no salían a la guerra con las demás tribus. Ellos se quedaban en el plano de las buenas intenciones, y por ello son reprendidos.
Los hermanos consideran primero la conducta, y luego imitan la fe. La conducta es puesta en la balanza, entonces la fe es imitada. Conforme sea la conducta, así ocurrirá con lo demás. La conducta es juzgada, en tanto la fe es imitada. Los pastores están siempre expuestos a este juicio de su conducta y no han de resistirse a ello. Más bien, han de procurar tener tal conducta que sea digna de ser imitada.
Pablo, Silvano y Timoteo en Tesalónica dejaron mucho ejemplo de conducta santa, justa e irreprensible para ser imitada (1ª Tes. 2:10). E, incluso, instan a los hermanos para que les imiten (4:1).
El buen ejemplo despierta el deseo de imitarlo. El mal ejemplo sirve de tropiezo. El mal ejemplo surge muchas veces en asuntos de esta vida, especialmente en el ámbito del trabajo, en los negocios, o en la vida familiar. Los pastores han de cuidar de ser irreprensibles en el trato con los hermanos en cuanto a los asuntos de esta vida. Y han de cuidar igualmente su trato con los de afuera en los asuntos de esta vida. Estas cosas hablan más fuerte que las más hermosas palabras, y pueden ser tropiezo para los más pequeños y acarrear mucho vituperio al Nombre del Señor.
¡Qué dolor tienen los hermanos cuando un pastor lleva un defecto que ellos no pueden corregir y que él no ve o no está dispuesto a enmendar! Porque los hermanos nunca se atreverán a tocar un asunto así, por respeto a los siervos de Dios. Tal cosa es motivo de pérdida en cuanto a la autoridad y en cuanto al servicio de los pastores. Por eso, ellos han de pedir permanentemente al Señor el ser alumbrados respecto de sí, sea que el Señor mismo, o bien sus consiervos en el ministerio, les iluminen. En tal caso, una actitud humilde, una disposición a aprender y a ser perfeccionado, son de invaluable estima delante de Dios y de los hermanos.
4
PROCURANDO QUE TODOS SIRVAN
Hasta aquí hemos hablado acerca del pastoreo a las ovejas – en especial de las ovejas más pequeñas – y también acerca de la conducta de los pastores.
Ahora tocaremos el asunto del servicio. Porque, aunque los hermanos sean pequeños en cuanto a la fe y a su desarrollo en el Señor, ellos también deben servir. Si ellos están siendo pastoreados, si están sanos, si han sido recibidos, abrevados, alimentados y consolados, entonces ellos han de prestar un servicio en el cuerpo, conforme a la gracia que han recibido, y de acuerdo a la capacidad de cada cual. Si ellos están en condiciones saludables, nada les exime de servir al Señor.
Entre los hermanos que tienen un solo pastor, hay muchos hoy en día que piensan que él es el único que está obligado a servir, porque es su trabajo, y porque recibe salario. Otros – que tienen presbiterio – piensan que los varios pastores y los diáconos deben servir, porque ellos fueron ungidos para servir.
Sin embargo, si miramos en 1ª Corintios 12, Efesios 4 y Romanos 12, vemos que todos están llamados a servir. Tanto los del servicio espiritual como los del servicio práctico; tanto los sacerdotes como los levitas, todos sirven.
En la iglesia todos sirven, cada uno en el lugar que Dios le ha señalado y de acuerdo a la gracia que ha recibido. Si alguien no está sirviendo, se sentirá inútil, y su corazón se inclinará al desánimo, a la frustración y aún a la crítica.
Según Mateo 25:14-30, en la iglesia están los hermanos de cinco talentos, los de dos talentos y los de un talento. El mayor problema lo presentan los de un talento. No porque tengan poco, sino porque entierran su talento y no lo trabajan. Al mirar las iglesias parece evidente que son muy escasos los de cinco talentos, que son pocos los de dos, pero que son muchos, en cambio, los de un talento. Normalmente, los de cinco y los de dos talentos ya tienen un servicio en la iglesia. Pero no pasa lo mismo con los de uno. Estos son los pequeños, los débiles, y también están entre ellos los llamados “carnales”. Pero ¡cuidado! no los menospreciemos. Dos de un talento equivalen a uno de dos, y cinco de un talento, equivalen a uno de cinco. Si sumamos todos los hermanos de un talento, veremos que constituyen un capital mucho mayor que el de los cinco, y que el de los dos, juntos. De modo que la verdadera riqueza de la iglesia está en los hermanos de un talento, aunque aparentemente sean de menor estima y figuración en el cuerpo.
Aunque estos son, ciertamente, más difíciles de enseñar y de guiar, con todo, ellos deben ser ayudados y estimulados para que sirvan. Si se equivocan tres veces, hay que intentar con ellos una cuarta vez. Si se desalientan, hay que ir tras ellos, y alentarlos de nuevo. Y así será todas las veces que sea necesario hasta que hagan trabajar su talento.
Como ellos no siempre atinan a servir espontáneamente, los pastores han de asignarles tareas y estimularlos a que las cumplan. Va a haber un gran desarrollo de las iglesias cuanto estos hermanos sirvan. Por eso los pastores tendrán que sentarse a buscar, en oración delante del Señor, las tareas adecuadas para cada hermano de un talento, y luego encomendárselas.
Hay una gran variedad de servicios que los hermanos de un talento pueden desarrollar. Los ancianos de cada iglesia han de ver quiénes y qué servicios pueden desarrollar los hermanos. Esto traerá mucha bendición a cada uno en particular y también a toda la iglesia.
¡Que el Señor nos socorra en esta y en todas las cosas, para llevar con dignidad el título de pastores, título tan alto, cuanto que nuestro amado Señor es el Príncipe de los pastores!
Autor y licencia de 'Consagración y servicio - APACENTANDO EL REBAÑO'
Eliseo Apablaza Fuentealba Extraído de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3

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