Las obras muertas
¿Rechaza Dios todas las obras del hombre, o hay obras que Él acepta? Si es que acepta ciertas obras, ¿sólo las acepta o también las demanda?
Vamos a ver, si el Señor lo permite, estos asuntos, y también la diferencia que hay entre las obras muertas y las buenas obras.
Las obras muertas son aquellas que hicimos cuando nuestro corazón no tenía fe. Aunque estábamos muertos en delitos y pecados, nosotros teníamos una vana esperanza, una secreta ambición: pensábamos que nuestras obras nos podían justificar delante de Dios. Ahora bien: esas obras eran obras muertas, porque quienes las hacíamos, estábamos muertos (Ef. 2:1).
En Hebreos 9:14 dice: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”. Aquí tenemos la sangre más preciosa, la sangre de Cristo que se ofreció sin mancha a Dios para limpiar nuestra conciencia de obras muertas. No se hubiera derramado esa sangre si no hubiese sido necesario limpiarnos de esas obras. Mas son un estigma y un peso para el corazón que quiere servir a Dios. Esas obras que hicimos antes de ser salvos, hechas para justificarnos, son obras muertas. De éstas tenemos que ser limpiados para poder servir al Dios vivo. Porque, ¿qué producen esas obras? Producen una vana sensación de seguridad y una justicia propia.
El primero de los fundamentos de la fe mencionados en Hebreos 6:1-2 es el “arrepentimiento de obras muertas”. Esto nos sugiere que es la primera enseñanza que se debe impartir a un convertido. No sólo tenemos que ser limpiados de las obras muertas, sino que, previamente, tenemos que arrepentirnos de ellas.
De estas obras dice la Escritura: “No por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef.2:9).
“Bienaventurado el hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras” (Rom. 4:6). “No por obras, sino por el que llama.” (Rom. 9:11).
“El hombre no es justificado por las obras de la ley.” (Gál. 2:16).
“No conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo.” (2ª Tim.1:9).
Por contraposición a estas obras muertas, la Escritura pone la fe. Se reafirma el valor de la fe, de tal manera que las obras muertas y la fe no se avienen, ni se pueden hermanar. “En el evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe.” (Rom. 1:17). Las obras muertas no proceden de la fe y son incompatibles con ella. Las buenas obras, en cambio, proceden de la fe y van hermanadas con la fe.