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Consagración y servicio - Las abominaciones

(18 opiniones)
Curso gratis creado por Eliseo Apablaza Fuentealba. Extraido de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3
30 de Marzo de 2005
Religión

13 - Las abominaciones

Las abominaciones de Israel
En Ezequiel capítulo 8 aparecen por lo menos tres tipos de abominaciones que el pueblo de Israel cometía en secreto. Aquí aparecen tres tipos de personas de Israel: Los ancianos, las mujeres y los varones. Cada uno estaba cometiendo un tipo distinto de abominación. Los ancianos, que eran los encargados de administrar las cosas espirituales, estaban ofreciendo incienso a ídolos abominables; las mujeres, lloraban a Tamuz, un ídolo babilónico; y los varones estaban postrados ante el sol. Todos ellos pensaban que Dios no los veía: “No nos ve Jehová; Jehová ha abandonado la tierra” – decían (vers.12). Eran pecados secretos.
Así también hoy día hay abominaciones que alejan muchas veces al Señor de su santuario. Hay pecados ocultos que traen muerte al cuerpo.
Las abominaciones del siglo XX
La Escritura dice que tenemos que redimir el tiempo, porque los días son malos. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo libre? Hay tiempo que legítimamente podemos dedicar a descansar. Pero ¿cuánto tiempo vacío hay, en que, por decirlo así, ofrecemos incienso a los ídolos de hoy? ¿Podremos decir: “el Señor no nos ve”, o “Los ancianos no nos ven”, o “Nadie me ve”, o “Dios no me ve”?
Veamos algunas de las abominaciones del siglo XX.
Hay muchas imágenes que entran por nuestros ojos y que están afectando tremendamente no sólo nuestra alma y nuestro espíritu – que tienen que ser santificados – sino también, y lo que es más grave, la vida de la iglesia. Me refiero a las películas, y a la televisión, principalmente la que es suministrada por cable.
Hace años atrás, por ahí por el 75, leímos “La Visión” de David Wilkerson, en que él anunciaba que en años venideros cualquier persona iba a poder tener un aparato de cine, instalarlo en su casa y ver películas (de acuerdo a la censura de los EE.UU.) doble X o triple X, es decir, para mayores. En su propia casa y como si estuviera en el cine. En ese tiempo no imaginábamos que una cosa así podía llegar a suceder tan pronto, ni cómo sería este invento tan prodigioso. Sin embargo, no han pasado muchos años y ya es una realidad. Cualquier persona puede tener un equipo de vídeo en su casa, y puede ver la película que quiera, y si se conecta al cable podrá ver películas de trasnoche, para mayores.
Últimamente ha habido incluso controversias públicas, por lo subido de tono que son esas películas. Y eso es algo que está al alcance de todos hoy en día. Para el mundo es normal y legítimo, y ya forma parte de sus hábitos de vida. El problema es si para nosotros resulta normal.
Los estudiosos de la comunicación identifican un cierto tipo de experiencias producidas por los medios, que son las “experiencias vicarias”. Estas experiencias son las que uno vive, no directamente de la realidad, sino a través de los medios, pero con tal realismo, que es como si uno de verdad las estuviera viviendo*. Lo que allí se muestra es como si nosotros mismos lo estuviéramos viviendo, sea un film, un documental, una carrera, etc. Viéndolas, participamos y sentimos lo que ahí sienten, sea alegría u horror. De tal manera que el adulterio que aparece en un film, de alguna manera, también lo vivimos, y el asesinato que, dentro de la trama de la película aparece como justo, también lo aprobamos. Hay películas, cuyos directores son tan hábiles, que pueden llevarnos a tomar partido a favor del asesino, del adúltero, del corrupto, y del degenerado. Este asunto no es tan banal como uno pudiera pensar en una primera instancia, porque en ello está involucrada el alma, y trae un caudal de muerte para nuestro espíritu y para la vida de la iglesia. Es tan letal que afecta el gozo, la vida y el crecimiento de la iglesia.
A través de esas películas nos introducimos en burdeles, y en antros de corrupción. ¿No son las películas sobre temas homosexuales las que están hoy más en boga? Es como entrar a Sodoma, ver lo que hay ahí y consentir con ello. ¿No se vindica la homosexualidad en ellas? Por otro lado, el hombre que ve cómo se le hace violencia a una mujer, ¿no se identifica, de alguna manera, con el violador? ¡Qué terrible es dar lugar a la carne! Eso es proveer para los deseos de la carne. Ahora vemos con espanto las propagandas que anuncian las nuevas teleseries: hay ahí escenas cada vez más atrevidas. Todo en aras del ‘rating’. Nosotros, los hijos de Dios, ¿nos sumaremos a los miles y millones de telespectadores de este país seducidos por las concupiscencias de la carne? No apoyaremos ni participaremos en estas abominaciones.
Ahora bien, ¿llegaremos a prohibirlas entre nosotros? ¿Llegaremos a establecer leyes como: “No hagas, no toques, no veas”? Creemos que ninguna prohibición da fruto permanente. Esas son cosas que se destruyen con el uso. Si pusiéramos un decálogo: “No hagas esto, no hagas esto otro”, lo único que haríamos es avivar el deseo de cometer ese tipo de cosas. La solución para esto, hermanos, es que nosotros tengamos revelación y tengamos luz para ver delante del Señor – por amor al Señor y por amor a los hermanos – qué conviene y qué no conviene. No porque haya una ley externa que se me impone, sino porque aquí adentro hay un Espíritu que es santo, y que no puede participar en espectáculos en que se hiere la santidad del Señor y mi dignidad como hijo de Dios. No es un asunto de restricción externa, sino de aceptar la amonestación del Espíritu por amor al Señor y a los hermanos.
Estas son algunas de las abominaciones del siglo XX. Están rodeadas de un manto de legitimidad: todos lo hacen, por tanto, son normales. Se ha cauterizado la conciencia. Se ha borrado el límite –o al menos está muy difuso– entre lo que es santo y lo que es profano, entre lo que edifica y lo que no edifica, entre lo que conviene y lo que no conviene. Pidámosle al Espíritu Santo que nos aclare esos límites. Que nos muestre lo que sí podemos y lo que no; lo que conviene y lo que no conviene. No vamos a tomar los televisores y venderlos. Pero tiene que haber una administración responsable de este asunto y de todos aquellos que tienen que ver con nuestra vida. Hasta las lecturas. Las revistas, incluso los diarios. En el día de hoy, hermano, prácticamente tú no puedes leer cualquier diario. También tienes que seleccionar qué diario vas a leer. No en función de una tendencia política o de una corriente de opinión, sino para escapar de toda la inmundicia que ahí suele aparecer. Asimismo, hay revistas que no pueden caer en manos de nuestros hijos. Nosotros no podemos proveer alimento para ese tipo de sexualidad, de consejos corruptos, de modelos y hábitos, de formas de ser y de actuar de personas que con toda seguridad están llenos de demonios de lascivia y de perversidad. No nos haremos partícipes con los demonios.
Al tocar estos asuntos podemos caer en el legalismo, por eso lo hacemos con temor. No es bueno que el esposo le prohíba a la esposa, y le diga qué puede ver y qué no. No es bueno que la esposa le diga al esposo qué puede ver y qué no. Cada uno tiene que saber. Sobre los hijos sí – sobre todo si no son convertidos – tenemos que velar nosotros, y poner una restricción. En lo posible, no con una forma de ley externa, sino más bien como encauzando las inquietudes y energías de los hijos hacia otro lado. “En vez de ver esta película, hijo, te propongo esto otro”. Y tal vez convenga, en ese caso, participar con ellos de otra actividad, de tal manera que, con sabiduría, los apartemos de las cosas que no les convienen. Es bueno proveerles de otras actividades que ellos puedan hacer y que les traigan edificación o que, al menos, no les contaminen.
¡Cuántas horas en una semana desperdiciamos! Sumemos los minutos, las medias horas, en una semana, en un mes, en un año. ¿Cuánto hace que no leemos un libro de la Biblia completo? No hay tiempo. Si nos programáramos un poco, tal vez en un año, o en dos, aprovechando esos retazos de tiempo inútiles, podríamos leer la Biblia completa.
Todo esto se refiere, principalmente, a lo que hacemos en secreto, privadamente.
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Autor y licencia de 'Consagración y servicio - Las abominaciones'
Eliseo Apablaza Fuentealba Extraído de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3

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