Lo público y lo privado son los dos ambientes en los cuales siempre nos estamos moviendo. De estas dos esferas, la que más nos interesa ver hoy es la de lo privado.
Normalmente, uno tiende a guardar las palabras y la conducta pública para no herir u ofender al hermano. Pero ¿qué pasa en lo secreto? Tenemos que ver que tanto las acciones piadosas realizadas en secreto, como los pecados cometidos en secreto, afectan a todos los miembros del cuerpo, las unas para bien y los otros para mal. Nadie puede pecar impunemente en la iglesia, aunque sea el pecado más secreto, y aunque sea un pecado menor. Así también, ninguna acción justa deja de bendecir al cuerpo aunque se haga en la cámara más secreta, donde nadie ve y nadie sabe, ni siquiera la esposa o el esposo. Porque el esposo aprovechó el momento en que la esposa no estaba en la casa, ni los hijos, para impartir vida al cuerpo. Y la esposa, cuando estaba sola, por causa de que ama al Señor y ama la iglesia, aprovechó ese tiempo para impartir vida al cuerpo.
¿Cuánto pecado secreto ha aplastado innumerables reuniones de la iglesia? ¿Cuántos pecados y faltas cometidas en estos días, influirán para que el próximo partimiento del pan no tenga la gloria que debiera tener? Ofensas y pecados no confesados, que no habrán sido purificados por la preciosa sangre del Señor Jesús.
No importa la magnitud de los pecados. No es necesario llegar a cometer un pecado vergonzoso para impartir muerte al cuerpo. Puede ser simplemente un comentario, una murmuración, una crítica amarga, una maledicencia, un juicio que no procede del amor, o bien, palabras deshonestas de nuestra boca. Todas estas cosas producen efectos de muerte en el cuerpo, aunque nadie las escuche. También toda palabra de bendición y toda acción de gracias, desatarán salud, poder, libertad y gozo en el cuerpo, aunque se digan en secreto. Esa oración en tu cámara íntima, en que tú bendices al hermano aquél que tiene un problema, en que tú lo guardas y lo cubres en la sangre de Jesús, traerá bendición al hermano y vida al cuerpo.
Tenemos que entrar en una corriente de palabras de bendición, de perdón, de manera que sea como un tejido, un tramado de bendiciones que van y vienen de uno a otro miembro, para liberación de vida en el cuerpo. Entonces, de cada miembro irá saliendo hacia otros – con nombres, si es que sabemos de la necesidad que hay entre los hermanos, o sin ellos, para bendecir a todos – , la vida abundante. Así, el diablo no podrá penetrar y la muerte chocará con el poder glorioso de la vida de resurrección que fluirá de las palabras de tu boca. Toda acción piadosa hecha delante de Dios genera una corriente de vida en el cuerpo.
En Mateo 6 tenemos tres acciones que son realizadas en secreto delante de Dios, y que producen vida al cuerpo: la limosna, la oración y el ayuno. Aquí se habla de la recompensa pública que se recibe por estas acciones. Este es un aspecto importante que el Señor enseñó aquí. Pero si somos un cuerpo – como lo somos – , y todos los miembros están unidos entre sí por coyunturas que se ayudan mutuamente; si somos miembros los unos de los otros – como somos – , entonces, inevitablemente, toda acción piadosa hecha en secreto, no sólo redundará en que el Padre nos va a honrar públicamente, sino en que esa honra va a traer edificación y vida a todo el cuerpo.
Sea de hecho, sea de palabra, podemos suministrar vida al cuerpo. Y para esto no hay nadie que esté descalificado. No hay nadie que sea demasiado pequeño como para no poder aportar vida al cuerpo. Así como tampoco hay nadie, por grande que sea, que no esté expuesto a introducir muerte al cuerpo, si es que sus palabras o sus obras son pecaminosas. De tal manera que esto es un aliento para los pequeños, y es también una advertencia para los mayores.
Uno de los actos de mayor bendición y vida para el cuerpo es aquel en que un miembro, en lo íntimo de su corazón, en lo secreto de su aposento, hace un acto de renunciación de sí mismo o de algo suyo por causa del Señor. También puede ser un acto de obediencia que trae consigo el quebrantamiento del alma. Tales cosas implican una aceptación de la cruz de Cristo sobre el yo, y son actos de los más nobles y vivificantes que puede realizar un miembro. No sólo para su propio beneficio espiritual, o para la gloria de Dios, sino que además redundará en la edificación de la iglesia, y en bendición para todos los miembros.
Todas las cosas que llegan a ser públicas en un momento, han tenido su comienzo en el corazón. De tal manera que, por ejemplo, un pecado, primero fue concebido como un deseo concupiscente y luego, cuando se dio a luz y se llevó a cabo, produjo el pecado, y su consecuencia es la muerte. De manera que la vida exterior de la iglesia, la gloria de la iglesia (que se puede ver, por ejemplo, cuando las reuniones son llenas de testimonio, de alabanza y adoración), es una consecuencia de la vida íntima de cada uno de los miembros del cuerpo. Lo que pasa con las reuniones es una consecuencia de lo vivido por cada miembro, principalmente en lo privado. Si una reunión no está todo lo gloriosa que debiera estar, nosotros no tenemos que buscar soluciones a la reunión, (“faltó alabanza”, “faltó oración”), porque cualquier explicación que tú sugieras no es lo suficientemente profunda como para descubrir el problema de fondo, que es la vida íntima de cada miembro del cuerpo.
Suele haber un doble estándar en nuestra vida: una conducta pública y una conducta privada. Aunque los hermanos no oigan ni sepan las malas palabras proferidas en secreto, el Señor las oye. Aunque los hermanos no vean ni sepan las malas acciones cometidas en secreto, el Señor las ve. Respecto de esto, veremos un pasaje muy ilustrativo en el libro de Ezequiel.