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Consagración y servicio - LOS PEQUEÑOS

 ***** (12 opiniones)
Creative Commons Curso gratis de Eliseo Apablaza Fuentealba - 30 de Marzo de 2005
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3. LOS PEQUEÑOS
Galilea de los gentiles
En los tiempos del Señor Jesús había dos grandes provincias judías, en las cuales él desarrolló su ministerio: Judea y Galilea.
Judea, ubicada al sur de Palestina, era la más importante, porque allí estaba Jerusalén y en Jerusalén estaba el templo. Toda la actividad política y religiosa de los judíos se centraba en Jerusalén. En cuanto al territorio, correspondía a la herencia de las tribus de Judá y Benjamín. Nosotros sabemos que éstas eran tribus principales entre los judíos, especialmente Judá, de la que era David, y de la cual vino el Señor en cuanto a la carne.
Galilea, en cambio, ubicada al norte, estaba asentada en el extremo de Palestina, en los territorios de dos tribus menores de Israel: Zabulón y Neftalí. De estas tribus no se dice mucho en las Escrituras. Desde tiempo antiguo, Galilea no tuvo muy buena reputación. Isaías dice de ella: “Galilea de los gentiles”, palabras que Mateo cita en 4:15. Los fariseos, hablando con Nicodemo, le decían que de Galilea nunca se había levantado profeta. Galilea era considerada tierra de tinieblas y de sombra de muerte; sin embargo, Dios visitó esa provincia apartada enviando a su propio Hijo.
Aquí tenemos, pues, dos provincias: Judea, con toda la gloria de ser la cabeza de la nación; y Galilea, en los confines del territorio, donde Israel ya se mezclaba con los gentiles. En Judea estaba la gloria; en Galilea estaban las sombras de la muerte.
Lo más notable de esto es, sin embargo, que el Señor Jesús, siendo de la tribu de Judá, y teniendo, por tanto, todos los derechos de asociarse con la provincia de Judea, se asocia con Galilea, la despreciada. Por eso es llamado Jesús nazareno, es decir, de Nazaret, ciudad galilea. (Hch. 2:22). La opinión que de ella tenían los judíos no era mejor que la que tenían de Galilea en general. “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” – solían decir (Jn. 1:46).
Así pues, el Señor Jesús era galileo, y por esta causa fue muy despreciado en Jerusalén. Pero no sólo el Señor era galileo: también lo eran sus discípulos (Hch. 1:11).
Ahora bien, nosotros podemos dividir el evangelio de Mateo en dos grandes partes, si tomamos como criterio el lugar en donde el Señor desarrolló su ministerio: los primeros 18 capítulos contienen su ministerio en Galilea, y la mayor parte de los restantes, su ministerio en Judea. En Galilea enseñó, resucitó muertos, consoló a los pobres, sanó a los quebrantados de corazón, dio vista a los ciegos. Este fue un ministerio de enseñanza, de sanidad, de buenas nuevas. Allí predicó algunos de sus principales sermones: el sermón del Monte (caps. 5 al 7), el discurso a los doce (cap. 10), el de las parábolas (cap. 13). Allí se regocija el Señor en el Espíritu y dice: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (11:25). Allí el Señor reveló sus misterios a los niños y los usó para predicar el evangelio del reino con poder. En Judea, en cambio, su ministerio estuvo relacionado con la cruz. Aquí se presenta la mayor oposición. Están los fariseos que buscan la ocasión para destruirle. Está el Getsemaní y el Gólgota. Vemos, pues, que hay una diferencia importante entre estas dos provincias en cuanto al ministerio del Señor.
En el capítulo 19 encontramos al Señor saliendo de Galilea con destino a Judea. Luego de su penoso viaje hacia Jerusalén, de su muerte allí y de su resurrección, vuelve a Galilea, donde se manifiesta a sus discípulos (Mt. 28: 10).
Pero el último discurso del Señor a sus discípulos en Galilea, antes de trasladarse a Judea, lo tenemos en el capítulo 18 de Mateo. En este capítulo, unos de los más hermosos de la Biblia, vamos a centrar ahora nuestra atención.
Los pequeños
El capítulo 18 de Mateo tiene un solo y gran tema: los pequeños. Los pequeños son los mismos “niños” a los cuales Dios les revela a su Hijo, y que motivan el regocijo del Señor en Lucas 10:21: “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.”
Vemos aquí, en esta versión Reina-Valera, 1960, varias secciones, encabezadas por subtítulos. Estos subtítulos nos van a ayudar. Si miramos con atención, veremos que todas estas secciones están relacionadas con los pequeños. En la primera: “¿Quién es el mayor?” se habla de los niños; en la segunda: “Ocasiones de caer”, se habla de los tropiezos hechos a los pequeños; en la tercera: “Parábola de la oveja perdida”, de los pequeños que se pierden; en la cuarta: “Cómo se debe perdonar al hermano”, de cómo y cuánto se debe perdonar, fundamentalmente, al hermano pequeño; y en la quinta: “Los dos deudores” se habla acerca de cómo deben ser perdonadas las deudas que los hermanos más pequeños tienen con nosotros.
Así pues, podemos ver que todo este capítulo está enteramente referido a los pequeños.
Reiteramos que este es el último sermón del Señor en Galilea, la despreciada, antes de ir a Judea. El Señor pone aquí, en Galilea, todo el acento en los pequeños, para que nosotros atendamos a lo que Él nos quiere decir.
Revisemos las cinco secciones una a una.
“¿Quién es el mayor?” (versículos 1-5). Aquí se dice que el volverse como un niño es una condición para el reino (3); que el humillarse como un niño es condición para la grandeza en el reino (4); y que el recibir a los niños es recibir al Señor del reino.
De modo que si no nos volvemos como niños, si no nos humillamos como niños y si no recibimos a los niños, no tenemos parte en el reino, ni menos podremos alcanzar en el reino alguna honra, porque estaremos rechazando al Señor del reino. Es una buena lección que nosotros debemos recordar siempre. No importa el grado de conocimiento, ni las verdades espirituales que sepamos; no importa cuántos demonios hayamos echado fuera ni cuánto hayamos predicado. El imperativo es volvernos como niños, humillarnos como niños y recibir a los niños. Y aquí recibir a un niño es recibir a un pequeño en la fe, a uno que es débil.
“Ocasiones de caer” (versículos 6-10). Pocas veces el Señor es tan severo como en este pasaje. Los “¡ay!” que vemos aquí aparecen pocas veces en el Nuevo Testamento. Los encontramos referidos a las ciudades impenitentes (Corazín, Betsaida, Capernaum), a los fariseos, a Judas, a los ricos, a Babilonia, y aquí, a aquellos que hacen tropezar a los pequeños. El Señor le imprime tanta fuerza a esta enseñanza, que llega a decir que es preferible cortarse la mano, o el pie, o sacarse un ojo, y entrar con esa mutilación al reino, antes que ser echado fuera por un tropiezo provocado a los pequeños. ¡Cuidado, pues, con menospreciarlos!
“Parábola de la oveja perdida” (versículos 11-14). La parábola de la oveja perdida está referida a los pequeños. La oveja que se va por los montes dejando el rebaño, representa a los pequeños (vers.14). Hay noventa y nueve que están firmes y seguras, son estables, oyen la voz del pastor y se sujetan a él; pero una, tal vez la más débil, o la más obstinada y rebelde, en su pequeñez espiritual, se descarría. Entonces el pastor va tras ella y la trae, y se regocija más por ella que por las noventa y nueve que no se descarriaron. ¿Cuántos hermanos pequeños hay que, por diversas razones, se han apartado? Cualesquiera de esas razones es una demostración de su pequeñez. No obstante, el pastor va tras ella, la trae y se regocija por ella.
“Cómo se debe perdonar al hermano” (versículos 15-22). La expresión “por tanto”, con que comienza esta sección, sirve para conectarla con la sección anterior. En el versículo 14 se terminó hablando de los pequeños, así que aquí están ellos implícitos en el comienzo. ¿Quiénes suelen pecar muchas veces? Los pequeños. Sin embargo, aunque ellos pueden pecar setenta veces siete, aún así deben ser perdonados. Y esta cantidad no es, en realidad, cuatrocientas noventa veces, sino “siempre”. Setenta veces siete es igual a siempre. Los pequeños tienen que ser perdonados siempre, pero también tienen que ser reprendidos. ¿Cómo? Dice: “... estando tú y él solos”. Esto es así para que no sea avergonzado ante los demás. Después, si él no hace caso, hay que dar otros pasos, pero primero es “solos”. Los que más suelen incurrir en tal cantidad de faltas son los pequeños.
“Los dos deudores” (versículos 23-35). Esta sección comienza con el conectivo “Por lo cual”, que, al igual que el “por tanto” del versículo 15, asocia la sección con la anterior.
Aquí aparecen un rey, un siervo y un consiervo. El siervo está endeudado con el rey, y el consiervo con el siervo. El rey es el Señor y los siervos somos nosotros. El siervo tiene una deuda tan grande, que es literalmente impagable. Y como no puede pagarla, es perdonado; y como es perdonado de una deuda tan grande, tiene que estar dispuesto a perdonar siempre al hermano endeudado con él.
El siervo debe diez mil talentos. Una cantidad considerable. Si traducimos esa cantidad de dinero a nuestra moneda actual, podremos ver más claramente la magnitud de su deuda. Un talento equivale a seis mil dracmas. Una dracma es aproximadamente lo que ganaba en los tiempos del Señor un obrero al día. En Chile, un obrero gana aproximadamente unos $2.500 al día. Si multiplicamos esta cantidad por seis mil, tenemos quince millones de pesos. Ese es el equivalente a un talento. Si multiplicamos quince millones por diez mil, tenemos la no despreciable suma de quince mil millones de pesos. Esa es la equivalencia en pesos chilenos de hoy de los diez mil talentos. Quince mil millones de pesos* .
Para comprender mejor el monto de esta cantidad grafiquemos un poco. Con quince mil millones de pesos podríamos comprar mil quinientas casas de diez millones cada una, o tres mil vehículos de cinco millones. Ahora bien, si tuviésemos que pagar esa deuda a plazos, con cuotas de doscientos mil pesos mensuales, tardaríamos setenta y cinco mil meses en pagar, es decir, seis mil doscientos cincuenta años. Si pudiéramos pagar un poco más, unos quinientos mil pesos mensuales, deberíamos pagar dos mil quinientos años. Si pudiéramos pagar aún un poco más, un millón de pesos al mes, deberíamos estar pagando mil doscientos cincuenta años, es decir, unas diecisiete vidas. Y si alguien dijera: “Yo tengo mucho dinero, yo quiero pagar esa deuda mensualmente de por vida”, (supongamos, setenta años), debería pagar la suma de diecisiete millones ochocientos cincuenta y siete mil ciento cuarenta y dos pesos al mes.
Así, pues, de verdad el siervo no tenía con qué pagar. Por eso, el Señor ordena venderle a él y a sus hijos y todo lo que tenía para que se le pagase la deuda. Es decir, las vidas de toda su familia y sus bienes. Y por eso, como era del todo imposible, cuando el siervo se humilló, el Señor le perdonó la deuda.
Y eso es lo que el Señor nos ha perdonado a nosotros. Así tan grande era la deuda que nosotros teníamos con Él. Nuestros pecados eran tantos y tan horrendos, y nuestra separación con Dios era tan abismante, que sólo la sangre del Señor Jesús pudo tender el puente que nos llevó desde nuestra caída hasta la reconciliación con Dios. ¡Bendito es el Señor Jesucristo! ¡Preciosísima es su sangre! Porque si a cada uno el Señor le perdonó diez mil talentos, al sumar por cada uno de nosotros esa cantidad, tenemos una cantidad que no podemos concebir. No hay en todo el universo dinero ni riquezas suficientes para pagar el precio de nuestra salvación.
Pero, ¿cuánto debía el consiervo? Cien denarios. Un denario es aproximadamente lo mismo que una dracma, o sea, unos doscientos cincuenta mil pesos chilenos de hoy, apenas una vigésima parte de un vehículo de cinco millones (¿una rueda tal vez?). Y es por esa cantidad insignificante que el siervo estrangulaba a su consiervo, y aún más, lo echó en la cárcel hasta que le pagase la deuda.
Parece claro que hay una gran diferencia entre ambos casos. Así que podemos concluir que siempre la deuda que un hermano tiene con nosotros es infinitamente menor que la que nosotros teníamos con el Señor. No importa el tamaño del pecado, no importa la ofensa que nuestro hermano nos haya infligido: todo lo que podamos imaginar, por grave que sea, es menor que lo que el Señor nos perdonó, y de lo cual nos limpió con su preciosa sangre. Por tanto, si fuimos misericordiosamente perdonados, también debemos misericordiosamente perdonar.
De este precioso capítulo también podemos inferir que normalmente son los hermanos más pequeños los que se endeudan con los hermanos más grandes; así como normalmente son los hermanos más grandes los que hacen tropezar a los más pequeños. Que el Señor nos libre a unos y a otros para no obstruir su obra entre los hijos de Dios.
Pensamos que este capítulo 18 de Mateo difícilmente pudo haber sido predicado en Judea. Es un capítulo que tenía que ser predicado en Galilea. Constituye una defensa del Señor a los débiles, a los pequeños, a los menospreciados. Una defensa de los que – en palabras de Pablo – son “menos dignos” y “menos decorosos” en el cuerpo (1ª Cor. 12:23).
“Mis hermanos más pequeños”
En el capítulo 25 de Mateo, versículos 31 al 46 encontramos el pasaje referido al juicio de las naciones, en el cual aparece el Señor en el día del juicio, apartando las ovejas de los cabritos. A las ovejas dirá en aquel día: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. ¿Cuál es la razón de tal bienaventuranza? Es porque cuando ellos hicieron misericordia a “mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” -- dice el Señor. Luego, en los versículos siguientes, dice a los cabritos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. ¿Cuál es la razón de tan terrible juicio? Es porque al no haber hecho misericordia “a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”.
Aquí, cuando el Señor habla de sus hermanos más pequeños no se refiere a los que son del mundo, sino a los hijos de Dios, a los renacidos, a los que tienen su mismo Espíritu, de los cuales El es el primogénito. El Señor puede ser considerado amigo de los pecadores (Mt. 11:19), pero no es hermano de ellos.
¿Vemos aquí el valor que tienen para el Señor los pequeños? Aquí se habla, no de los que tienen un lugar destacado en la iglesia, sino de los que no se notan en ella.
Autor y licencia de 'Consagración y servicio - LOS PEQUEÑOS'
Eliseo Apablaza Fuentealba Extraído de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3

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