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Consagración y servicio - TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO: el primero

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Creative Commons Curso gratis de Eliseo Apablaza Fuentealba - 30 de Marzo de 2005
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7. TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO: el primero
Primero:------ABUNDANCIA EN LA ESCASEZ
(Mt. 14:13-21; 15:32-38; 16:5-12; Lc. 12:1)
Al leer estos pasajes, tenemos un panorama más o menos completo del significado que tuvo la multiplicación de los panes y los peces. Nos damos cuenta de que en dos ocasiones el Señor hizo este milagro, y luego extrajo una enseñanza que se resume en el capítulo 16 de Mateo.
El propósito del Señor no era solamente alimentar a la multitud que en ese momento tenía hambre, sino que, además, quería dejarnos una enseñanza muy importante, la cual se asocia con la levadura de los fariseos. La enseñanza aquí tiene que ver con nuestra consagración y con nuestro servicio al Señor.
Lo primero que salta a la vista al confrontar estos pasajes es que cuando había menos panes y peces, el Señor sació a una multitud más grande, y hubo más cestas con pedazos. Esto es algo importante de destacar. Y cuando –por el contrario– había más panes y peces, el Señor pudo multiplicar menos, ya que sólo fueron alimentados cuatro mil y sobraron siete cestas. ¿Qué significa esto?
Esto significa que cuando hay poco, cuando nosotros tenemos poco, entonces se da al Señor la oportunidad para que él haga un milagro mayor. Esto se puede decir también de la siguiente manera: “El poder de Dios se perfecciona en la debilidad” (2ª Cor. 12:9).
El ejemplo del Señor
Si miramos al Señor en los días de su carne, lo vemos rodeado de debilidad. El Señor no aprendió letras, para que nadie pudiera decir que la sabiduría que Él tenía la había aprendido de algún sabio. No fue instruido – como Pablo – a los pies de un Gamaliel, o por alguno de los doctores de la ley, para que así pudiera resaltar en Él la sabiduría de Dios. El Señor se asoció con Nazaret de Galilea, una ciudad despreciada, para que la gloria del Señor no procediera de la alcurnia de una ciudad prestigiosa, y para que nadie pudiera decir: “Este profeta viene de Jerusalén: tenemos que oírlo”. Su apariencia era sin atractivo como para atraer a las multitudes (Is. 53:2), tuvo hambre y sed, lloró, y seguramente también padeció frío en las heladas noches a la intemperie; “fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3).
Por tanto, vemos que en la debilidad del hombre Jesús de Nazaret, el hijo de María, se encarnó el mismo Hijo de Dios, quien creó todas las cosas con la palabra de su poder. ¡Qué abundancia hubo en la escasez, en la limitación y debilidad del hombre Jesús! Y su gloria se manifestó en toda la limitación de un cuerpo semejante al nuestro.
El ejemplo de Pablo
El Señor le dijo a Pablo: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Pablo confirmaba eso mismo diciendo: “De buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.” Y añadía: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2ª Cor. 12:10).
Nuestra escasez y debilidad no son un obstáculo para el Señor, sino más bien son la ocasión que Él busca para mostrar su poder y su gloria. He aquí la oportunidad para los que somos débiles y limitados. Dios nos busca para poder expresar a través de nosotros su abundante e inefable gloria. Por tanto, ninguno de nosotros, por muy débil o pequeño que sea, está excluido de un servicio, si es que nos ponemos en las manos del Señor.
Al ver a un siervo que da mucho fruto quizá tú pienses que su fructificación se debe a que tiene muchos panes que ofrecer al Señor. Pero no es así. Si te acercas a él y le preguntas, seguramente te dirá: “Hermano, soy el más débil y el más inútil de los hombres”. Como Pablo, que decía que era menos que el más pequeño de todos los santos. ¿Es verdad eso referido a Pablo, el apóstol por excelencia, el que recibió la revelación más grande, aquél ante quien Dios descubrió el velo que ocultaba el misterio de Cristo y la iglesia? Sí, tiene que haberlo sido. Dios conocía la debilidad y pequeñez de Pablo. A nosotros nos parece que es un grande, pero Dios le conocía de verdad.
De modo que no importa si tienes poco, lo que importa es si lo poco que tú le ofreces al Señor es tu todo. Si tu todo es poco, el Señor recibirá mayor gloria cuando haya multiplicación.
La necesidad de ser partido
No obstante, sea que tengas cinco panes o tengas siete, hay una condición básica para la fructificación. Y esa condición es que seas partido. Nuestro ser interior debe ser quebrantado. Debe haber una separación del alma y el espíritu. Nuestros afectos más íntimos deben ser puestos delante del Señor y ser negados para que haya una verdadera multiplicación.
Los doscientos denarios que los discípulos suponían que se gastarían en alimentar a la multitud, no eran suficientes. El dinero no puede saciar ninguna necesidad verdadera, y nunca será suficiente. Por eso el Señor no multiplicó denarios, sino panes. La mayor necesidad en el pueblo de Dios hoy no es de dinero para saciar las necesidades de la gente, sino de hombres y mujeres que estén dispuestos a ser partidos para que otros coman.
En Juan 6 aparece un relato de este mismo hecho, en que se mencionan dos elementos nuevos: primero, que los panes son de cebada y no de trigo; y segundo, que los panes los trajo un niño. ¿Qué nos dice esto? La cebada vale la mitad que el trigo (2 R. 7:16), y a veces sólo un tercio (Ap. 6:6); y un niño es muy poca cosa cuando hay muchos hombres reunidos. Entre cinco mil hombres, un niño no es nada.
Así, pues, en la pequeñez y en la humildad de lo que se le ofrece, el Señor encuentra la ocasión para mostrar su gloria.
En ambos pasajes se dice, además, que el Señor tuvo compasión de la gente. Las necesidades de ellos tocaban su corazón. El Señor hoy día sigue teniendo compasión de la gente, y nos quiere usar a nosotros para darles de comer. El Señor dio los panes a los discípulos y éstos a la multitud. La gente recibió el alimento de manos de los discípulos. También Él quiere hacer así hoy. Él quiere que pase a través de nosotros la bendición para los muchos que tienen necesidad.
La levadura de los fariseos
Luego dice que el Señor les dijo estas cosas a sus discípulos para que se guardasen de la levadura de los fariseos y los saduceos. En Lucas 12:1 se señala que esta levadura es la hipocresía.
¿Por qué de este pasaje el Señor extrae una enseñanza relativa a la hipocresía?
La hipocresía consiste en hacerse ver, en aparentar externamente algo que no es real en lo interior. Es una fachada. El hipócrita no tiene intimidad con el Señor. No soporta que lo alumbre la luz de Dios en lo íntimo. Él quiere mostrar un brillo que no procede del quebrantamiento. El ama la gloria de una resurrección que no ha pasado por el Getsemaní, y que no conoce la cruz. La hipocresía hace imposible la multiplicación, porque ésta requiere que el pan sea partido. La multiplicación no procede de una justicia exterior, de una apariencia; la hipocresía, por el contrario, es un asunto que se ventila hacia afuera, es la justicia que se hace delante de los hombres. La hipocresía es estéril, no es del Espíritu; en cambio, la multiplicación es un asunto que se decide en el interior del hombre, es un grano de trigo que cae en la tierra y muere, olvidado por los hombres, pero que luego da mucho fruto.
Quien quiera prestar un servicio delante de los hombres, tiene que primero ministrar delante del Señor. Nadie puede comenzar realizando cosas externas, primero debe haber una entrega del corazón, una aceptación de la cruz. Luego el Señor podrá usar a esa persona para un ministerio público, para servir a los hermanos o a los que están afuera. Siendo la multiplicación un asunto que se manifiesta en lo exterior; sin embargo, su suerte se decide en lo interior. La multiplicación que habrá mañana se decide hoy. El servicio que tú prestarás mañana, se está decidiendo ahora. De la misma manera que el servicio que tú estás prestando hoy se decidió ayer, cuando determinaste el grado de tu entrega y de tu consagración.
La multiplicación se decide cuando uno se propone en lo secreto de su corazón ponerse en las manos de Dios para ser partido.
La máxima recompensa de un hipócrita es la alabanza de los hombres. Eso es todo lo que busca y en eso se complace. En cambio, la máxima recompensa de uno que se ha ofrecido delante del Señor es que Él pueda utilizarle para suplir las necesidades de otros.
El Señor espera que nosotros hoy tomemos una decisión más radical que la que tomamos ayer, habiendo ya caminado un tramo, habiendo sido instruidos, habiendo sido socorridos por el Señor de tantas maneras. Hoy día se requiere de nosotros una consagración un poco mayor.
“¿Cómo aún no entendéis?”
En este pasaje de Mateo 16 vemos que los discípulos se olvidaron de traer pan; entonces el Señor les advirtió acerca de la levadura de los fariseos. ¿Por qué el Señor les dijo eso? Sin duda que había un problema con los discípulos. Si vamos al evangelio de Marcos (8:17-21), leemos que el Señor les dijo: “¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aun tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis?”. Luego de recordarles la cantidad de gente que había sido alimentada y la cantidad de cestas que habían recogido con pedazos, el Señor concluye diciendo: “¿Cómo aún no entendéis?”
Los discípulos estaban incapacitados todavía para poder entender los principios que se derivan de estos milagros. Para el Señor era evidente que las cantidades de los panes y peces, de la gente alimentada y de las cestas con pedazos sobrantes, hablaban por sí solas. La lección de estos pasajes se obtiene relacionando ambos milagros, y obteniendo conclusiones a partir de las cantidades. Nuestro Dios es Dios que provee abundantemente en medio de la escasez, y más abundancia otorga cuando hay más escasez. Ellos, sin embargo, aún tenían sus ojos velados.
Los discípulos tenían que ver, además, que ellos no podían presumir del milagro que el Señor había obrado recién. No podían conservar como trofeo los panes que el Señor había multiplicado. No podían exhibir un hecho que no procedía de un quebrantamiento presente. Cada vez que se espera suplir la necesidad del pueblo de Dios, tenemos que ser partidos de nuevo. Cada vez que se bendice a una persona, es porque hubo una renuncia, una pérdida del yo, es porque la cruz tuvo efecto en el corazón de quien fue usado por el Señor. Ellos lamentaban no haber conservado algunos panes de los que el Señor había multiplicado, pero Él les dice: “¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?”. Ellos tenían que ver que, al producirse la necesidad, ellos tendrían que ser partidos de nuevo, y entonces habría pan.
Cuando el Señor multiplicó para los cinco mil no guardó para los cuatro mil. Cada vez tuvo que obrarse un nuevo milagro. Cada vez tuvo que producirse un nuevo partimiento y siempre va a ser así. Por eso nuestra consagración, si bien se decide en un momento crucial, se debe ir renovando día a día.
Lo verdaderamente peligroso para los siervos de Dios es la hipocresía. Los que desean servir a Dios no deben temer por la escasez de sus recursos, sino por la semilla de la hipocresía que pueda albergarse en su corazón. Por eso el Señor dijo: “Guardaos de la levadura de los fariseos”, es decir, la doctrina de ellos, que se resume en aquella lacónica expresión: “Ellos dicen, y no hacen.” (Mt. 23:3b). Esto sí atenta contra el servicio de un hijo de Dios, e impide la multiplicación.
Renovando nuestra consagración
En la Escritura se habla de que hay una puerta estrecha y un camino angosto. La puerta estrecha es ese acto de consagración único y definitivo, cuando tú pones la oreja junto al poste para que sea horadada, y así vienes a ser siervo para siempre (Ex. 21:5-6). El camino angosto es una sucesión ininterrumpida de actos de consagración y de renunciamiento, cada día.
De manera que no podemos vivir de experiencias pasadas. Si bien ellas marcan hitos en nuestra historia de fe, y nos enseñan y nos alientan, se requiere un nuevo acto de consagración hoy, si es que queremos que las necesidades de otros sean hoy suplidas a través de nosotros.
¿Podemos decir que nuestra consagración hoy es más completa que ayer? Si la respuesta es positiva, preguntémonos ahora: ¿Hemos mirado hacia adelante para ver cuánto el Señor espera que le consagremos a él? ¿Cuánta renuncia de nosotros mismos y de lo que poseemos espera el Señor hoy?
Puede haber abundancia en la escasez. No pensemos que es muy poco lo que tenemos; más bien asegurémonos de que lo poco que tenemos lo hemos puesto todo delante del Señor. En nuestra debilidad, en nuestra pequeñez, el Señor tiene la ocasión para mostrar lo poderoso que es, de modo que después puedan decir algo así como lo que dijeron de El: “¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?” (Mr. 6:3). Entonces podrán decir de ti: “¿Quién es este hombre? ¿De dónde aprendió estas cosas? ¿No es éste el que yo vi en otro tiempo lleno de problemas, esclavizado de tantas cosas, frustrado, amargado, y cómo es que ahora está dando este fruto?
Tienen que notarse en nosotros las huellas de la gracia de Dios y de su mano poderosa. Pablo dice que somos grato olor de Cristo en los que se salvan. Ese grato olor es la huella que deja el Espíritu Santo en un hombre cuando se ha consagrado enteramente al Señor.
Así que, la multiplicación mayor se produjo cuando hubo menos panes. Más gente fue saciada con los menos panes y más cestas con pedazos sobraron entonces. Esto no significa, sin embargo, que tenemos que ofrecerle poco al Señor para que en eso poco exprese su gloria. Más bien quiere decir que aunque nosotros tengamos poco, aunque nuestro todo sea poco, eso es suficiente para el Señor.
Autor y licencia de 'Consagración y servicio - TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO: el primero'
Eliseo Apablaza Fuentealba Extraído de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3

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