Consagración y servicio - TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO: el segundo
Curso gratis creado por Eliseo Apablaza Fuentealba. Extraido de: http://estudios.iglesia.net/leer.php?id=126_0_1_50_M3
30 de Marzo de 2005
Religión
8 - TRES PRINCIPIOS PARA EL SERVICIO: el segundo
Segundo:------DEJAR PARA RECIBIR
“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29.)
Para una mejor comprensión de lo que compartiremos a continuación, vamos a resaltar algunas palabras de este versículo: “Y cualquiera que haya dejado ... recibirá.” Esto tiene que ver, pues, con el dejar y con el recibir.
Muchas veces nos parece que no podemos servir al Señor, porque no tenemos qué poner delante de los demás: nos vemos vacíos. Nuestro corazón y nuestras manos están vacíos ¿Qué compartiremos con otros? ¿Qué les diremos? Nos parece que ni siquiera hemos recibido un talento con el cual poder servir al Señor.
Pero acá vemos un principio: “Quien haya dejado, recibirá”. Esto parece ser una relación proporcional. Tanto dejas, tanto recibes. Ahora bien, apliquemos este recibir no como buscando algo para nosotros. No vamos a dejar cosas para recibir nosotros, ni vamos a negociar con el Señor para ganar nosotros. Tomémoslo en este otro sentido. Pensemos en que necesitamos recibir primero para tener qué poner delante de otros cuando haya necesidad. Queremos tener el corazón lleno, las manos llenas y la boca llena de bendición, para entregar cuando haya necesidad. Es en este sentido que necesitamos recibir.
Mira por un momento tu corazón. ¿Qué afectos hay en él? ¿Qué preocupaciones? ¿Qué planes tiene para el futuro inmediato? ¿Qué ambiciones secretas? Mira tu corazón. Ve si estás dispuesto a dejar hoy algo de eso que llena tu corazón para que el Señor pueda poner en su lugar algo que puedas ofrecer a los demás, algo con que saciar la necesidad de los demás. Si lo haces, habrá entonces alguna gracia, alguna virtud, alguna vislumbre de la gloria del Señor, algún destello de su amor que El te dará para bendición de otros.
Ahora, mira tus manos. Por un momento mira tus manos. ¿Qué cosas están aferrando tus manos? El Señor no puede poner nada en ellas, porque están ocupadas. Si sueltas lo que tienes, Él podrá llenarlas de bendición. Y podremos cantar con verdad esa antigua canción: “Tengo mis manos llenas de bendiciones, y estas son para ti”. Necesitamos tener las manos llenas de bendiciones para que, al tocar al hermano, él sea bendecido.
Tal vez hay alguna cosa que el Señor te ha demandado desde hace mucho tiempo, y tú, una y otra vez has argumentado con Él. A veces te parece que has logrado convencerlo. Pero de pronto te das cuenta de que no lo has convencido. El Señor, tierna y firmemente, te hace ver que la demanda está en pie y que esa cosa –cualquiera sea– tiene que ser dejada o quitada de en medio, porque te está trayendo peso y aflicción, y el Señor quiere verte libre. Así que tus muchos argumentos y tu esmerada persuasión no le han convencido.
¿Qué tienes hoy respecto de aquello? Tal vez este sea el día de dejarlo para que puedas recibir la abundancia del Señor. Si el Señor sigue insistiendo todavía, entonces tienes que dejarlo. Cuando hay este tipo de controversias con el Señor, no sirve de mucho aumentar la oración, ni la lectura de la Biblia, ni el ayuno. El Señor bien podría decirte: “¿Por qué redoblas la oración y el ayuno, cuando tú sabes que no es eso lo que te estoy pidiendo? No veré el ayuno, ni oiré tu oración.” Si ese punto no es solucionado, no va a quedar nunca claro en tu corazón que verdaderamente Él es el Señor y que tú eres su siervo. Mientras ese punto no se solucione, habrá siempre un forcejeo. Tú podrás decirle: “Tú eres el Señor, y yo quiero hacer tu voluntad”, pero eso te va a sonar hueco y no te va a dejar tranquilo. Así tú no puedes servir. Lo único que vale en una situación como esa es ceder a lo que el Señor te está demandando.
De los varios años que algunos de nosotros hemos caminado, hemos aprendido que la capacidad de servicio que podemos tener en un momento dado, nos viene cuando estamos dispuestos a dejar algo de lo nuestro para recibir del Señor. Luego que hemos entendido una demanda podemos evadirla por mucho tiempo, pero llega a sernos tan aguda que por fin tenemos que decir: “Señor, quiero hablarte acerca de este asunto. Hoy quiero renunciar a esto de una vez y para siempre. Nunca más lo mencionaré. Está absolutamente muerto y enterrado para mí.”
Desde ese día algo cambiará en tu relación y en tu servicio al Señor. Tal vez orarás lo mismo, leerás lo mismo la Biblia: nada externo aparentemente habrá cambiado. Pero el aprovechamiento será distinto. El Señor sabe que algo cambió. Y el Señor, que ve en lo secreto, te recompensará en público por aquello que fuiste capaz de dejar por amor a Él. Entonces habrá multiplicación y habrá provisión suficiente para tener siempre algo qué poner delante de los hermanos en caso de necesidad.
“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29.)
Para una mejor comprensión de lo que compartiremos a continuación, vamos a resaltar algunas palabras de este versículo: “Y cualquiera que haya dejado ... recibirá.” Esto tiene que ver, pues, con el dejar y con el recibir.
Muchas veces nos parece que no podemos servir al Señor, porque no tenemos qué poner delante de los demás: nos vemos vacíos. Nuestro corazón y nuestras manos están vacíos ¿Qué compartiremos con otros? ¿Qué les diremos? Nos parece que ni siquiera hemos recibido un talento con el cual poder servir al Señor.
Pero acá vemos un principio: “Quien haya dejado, recibirá”. Esto parece ser una relación proporcional. Tanto dejas, tanto recibes. Ahora bien, apliquemos este recibir no como buscando algo para nosotros. No vamos a dejar cosas para recibir nosotros, ni vamos a negociar con el Señor para ganar nosotros. Tomémoslo en este otro sentido. Pensemos en que necesitamos recibir primero para tener qué poner delante de otros cuando haya necesidad. Queremos tener el corazón lleno, las manos llenas y la boca llena de bendición, para entregar cuando haya necesidad. Es en este sentido que necesitamos recibir.
Mira por un momento tu corazón. ¿Qué afectos hay en él? ¿Qué preocupaciones? ¿Qué planes tiene para el futuro inmediato? ¿Qué ambiciones secretas? Mira tu corazón. Ve si estás dispuesto a dejar hoy algo de eso que llena tu corazón para que el Señor pueda poner en su lugar algo que puedas ofrecer a los demás, algo con que saciar la necesidad de los demás. Si lo haces, habrá entonces alguna gracia, alguna virtud, alguna vislumbre de la gloria del Señor, algún destello de su amor que El te dará para bendición de otros.
Ahora, mira tus manos. Por un momento mira tus manos. ¿Qué cosas están aferrando tus manos? El Señor no puede poner nada en ellas, porque están ocupadas. Si sueltas lo que tienes, Él podrá llenarlas de bendición. Y podremos cantar con verdad esa antigua canción: “Tengo mis manos llenas de bendiciones, y estas son para ti”. Necesitamos tener las manos llenas de bendiciones para que, al tocar al hermano, él sea bendecido.
Tal vez hay alguna cosa que el Señor te ha demandado desde hace mucho tiempo, y tú, una y otra vez has argumentado con Él. A veces te parece que has logrado convencerlo. Pero de pronto te das cuenta de que no lo has convencido. El Señor, tierna y firmemente, te hace ver que la demanda está en pie y que esa cosa –cualquiera sea– tiene que ser dejada o quitada de en medio, porque te está trayendo peso y aflicción, y el Señor quiere verte libre. Así que tus muchos argumentos y tu esmerada persuasión no le han convencido.
¿Qué tienes hoy respecto de aquello? Tal vez este sea el día de dejarlo para que puedas recibir la abundancia del Señor. Si el Señor sigue insistiendo todavía, entonces tienes que dejarlo. Cuando hay este tipo de controversias con el Señor, no sirve de mucho aumentar la oración, ni la lectura de la Biblia, ni el ayuno. El Señor bien podría decirte: “¿Por qué redoblas la oración y el ayuno, cuando tú sabes que no es eso lo que te estoy pidiendo? No veré el ayuno, ni oiré tu oración.” Si ese punto no es solucionado, no va a quedar nunca claro en tu corazón que verdaderamente Él es el Señor y que tú eres su siervo. Mientras ese punto no se solucione, habrá siempre un forcejeo. Tú podrás decirle: “Tú eres el Señor, y yo quiero hacer tu voluntad”, pero eso te va a sonar hueco y no te va a dejar tranquilo. Así tú no puedes servir. Lo único que vale en una situación como esa es ceder a lo que el Señor te está demandando.
De los varios años que algunos de nosotros hemos caminado, hemos aprendido que la capacidad de servicio que podemos tener en un momento dado, nos viene cuando estamos dispuestos a dejar algo de lo nuestro para recibir del Señor. Luego que hemos entendido una demanda podemos evadirla por mucho tiempo, pero llega a sernos tan aguda que por fin tenemos que decir: “Señor, quiero hablarte acerca de este asunto. Hoy quiero renunciar a esto de una vez y para siempre. Nunca más lo mencionaré. Está absolutamente muerto y enterrado para mí.”
Desde ese día algo cambiará en tu relación y en tu servicio al Señor. Tal vez orarás lo mismo, leerás lo mismo la Biblia: nada externo aparentemente habrá cambiado. Pero el aprovechamiento será distinto. El Señor sabe que algo cambió. Y el Señor, que ve en lo secreto, te recompensará en público por aquello que fuiste capaz de dejar por amor a Él. Entonces habrá multiplicación y habrá provisión suficiente para tener siempre algo qué poner delante de los hermanos en caso de necesidad.
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