Las expresiones “sociedad de consumo” o “civilización de consumo” han evolucionado desde ser unas nociones abstractas de la economía hasta tener uso en el lenguaje diario, y generalmente con alcance peyorativo. El hombre de nuestro tiempo, sobre todo en las sociedades industriales occidentales, pero no exclusivamente en ellas, se considera impulsado al consumo de productos –y más sutilmente, de personas, de ideas, de modos de vida- por encima de su voluntad, mediante unos medios de presión que reconoce, y va intercambiando para ello un exceso de trabajo que de otra manera podría ahorrase. Ese reconocimiento no le impide continuar actuando como se espera de él dentro de la sociedad de consumo, por un fenómeno paralelo, por ejemplo al de las modas y, ejercitando en todo caso la protesta contra los estamentos superiores y poco discernibles para él que le refuerzan a formar parte de esa sociedad, pero sin abstraerse él mismo de su colaboración.