Cultura e ilustración - La aparición del pensamiento reaccionario

7 - La aparición del pensamiento reaccionario


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14 Abril 2005
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La reacción de 1791 -parecida a la de 1559- fue un episodio efímero, pero revelador y bien explotado por quienes estaban convencidos de las nefastas consecuencias de la «moderna filosofía» de la Ilustración, que, desde sus balbuceos, tuvo que debatirse con el otro frente, agresivo, y que, por definirlo de alguna manera, puede llamarse antiilustración. Integrada ésta por sectores sociales aristocráticos que, reflexiva e institivamente, perciben la amenaza al régimen señorial, al sist. de valores que lo sustenta, los formuladores serían clérigos clarividentes ante el proceso secularizador que intenta disolver la ordenación sacralizada de la sociedad y el sustentáculo ideológico de su predominio. Los antiilustrados, por tanto, incorporan un discurso capaz de enfrentarse con el de los ilustrados.

Al igual que éstos, disponen de medios e instrumentos de acción para afianzar y generalizar su universo mental: centros tradicionales como la Universidad, los Colegios Mayores hasta su extinción; cartas pastorales obligatoriamente leídas en las iglesias, como lo eran los edictos y anatemas de la Inquisición; prensa periódica y libros apologéticos.  Puede decirse, incluso, que contó la antiilustración con sistematizaciones, en contraste con la penuria ilustrada en este particular: no se acababa de sintetizar lo que era la Filosofía, pero, entre otros, el Padre Zeballos pudo ofrecer ya en 1775 el manual voluminoso de la //Falsa Filosofía//.  Estas y otras refutaciones prestaron materiales e ideas con virtualidades multiplicadoras a través del medio + resonante y del que los ilustrados laicos carecieron: el púlpito.  En no pocas ocasiones, la sátira, clandestina y violenta, se convertiría en mediadora entre reacción y opinión popular.

Los recursos de la antiilustración se fabricaron con sagacidad y con garantías de eficacia en mentalidades conducidas por inveterados y simples dualismos: lo bueno era lo de siempre, lo «español», lo ortodoxo, identificado todo en un mismo complejo misoneísta y xenófobo.  Éstos fueron los fantasmas que se lanzaron contra los ilustrados desde sus orígenes.  Los «novatores» tuvieron que enfrentarse -y lo hicieron- a la acusación de estar introduciendo doctrinas «modernas, cartesianas, parafísicas»; de ser «monstruos de novedades» llegadas de fuera y «practicadas sólo por herejes» (descendientes de Lutero y Calvino) de la mano de Bacon con su «máquina heretical» de la filosofía experimental, enemiga del Estagirita, considerado como eterno y como catolicísimo.

Porque Aristóteles -la escolástica-, en efecto, se convirtió en el soporte ideológico del universo mental dominante y amenazado.  El Padre Vicente Calatayud acusa a Piquer de utilizar autores extranjeros, es decir, herejes.  El Conde de Peñaflorida recurre a la ironía para ridiculizar a quienes ven en Newton, Descartes, Leibniz, Galileo, «unos perros herejes, ateístas y judíos», y rezan el padrenuestro ante «el cristiano viejo Aristóteles». Por 1766, sátiras jesuíticas presentan una España toda ella jansenista.  A las Sociedades Económicas de Amigos del País se las transfigura en «madre y norma del error y libertad», como decía de la zaragozana en sus sermones el Padre Diego José de Cádiz y circulaba en los coplones distribuidos por la ciudad. Todas las asociaciones mentales misoneístas, xenófobas y ortodoxas se agolparon en la guerra contra la Convención: se hablará de contubernios, de guerras santas, y el obispo de Santander, Menéndez de Luarca (su voz no fue la única), culpará al «atheísta, diabólico, infernal Filosofismo, llamado el siglo de las luces, de haber convertido la tierra entera en el lugar de tinieblas que es el infierno».

Algunos historiadores han probado que el «reaccionarismo» se acogió a tópicos esgrimidos en Francia y en Italia -importados, por tanto- para combatir una Ilustración que poco o nada tenía que ver con la española. Pero una cosa fue la realidad histórica y otra sería la recepción de esta realidad ilustrada, desfigurada por los antiilustrados, después por los antiliberales, luego por los descendientes integristas, que se encargaron de transmitir una imagen tan incorrecta de la Ilustración como difícil de desmontar.

Los antiilustrados supieron manejar los vacíos de una Ilustración muy minoritaria, demasiado elitista (no podía ser de otra forma), menospreciadora del “vulgacho”, + necesitada de lectores que de analfabetos, y poco dispuesta a entender la llamada cultura popular, inconmensurablemente mayoritaria y, a su vez, incapacitada -o sorda- para sintonizar con el discurso ilustrado.

En cierto modo, esta última aseveración no está fuera de lugar.  Los ilustrados fueron una minoría escueta y contrastante con las actitudes inmensamente mayoritarias, aferradas a su «cultura popular», omnipresente a pesar del acoso de las elites.  Casi todos los españoles siguieron con sus hábitos heredados, que, si se quiere simplificar, deben interpretarse con la clave de la sacralización de su universo mental.
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