Cultura e ilustración - Vehículos de penetración y manifestaciones de las ideas ilustradas

2 - Vehículos de penetración y manifestaciones de las ideas ilustradas


Curso gratis creado por Creative Commons . Extraido de: http://www.geocities.com/unedhistoria/
14 Abril 2005
Los ilustrados concedieron una gran imp. a la educación y a la difusión de la cultura.  La educación era vista como un instrumento fundamental de ref.  Era preciso que llegaran al pueblo los conocimientos y el sentido de una cultura utilitaria y en cierto modo dirigida.  Pero las vías de educación eran muchas, muy diversas y no siempre actuaban en el mismo sentido.

//Libros y periódicos////.-//

El libro es un elemento básico de un mov. intelectual.  En 1757 había unas 180 librerías repartidas entre 40 ciudades.  Algunos impresores desarrollaron una imp actv. intelectual como Antonio Bordázar en Valencia, en la 2ª ½ del siglo.  Madrid, Valencia y Barcelona fueron por este orden las capitales tipográficas de la España ilustrada.  Los ilustrados se dedicaron a reeditar clásicos del Renacimiento español, como Luis Vives, fray Luis de León, Nebrija, etc.  Su esfuerzo bibliográfico fue notable.  Algunos publicaron grandes obras con un elevado nº de volúmenes, como el //Viaje// de Antonio Ponz, etc.

Se ha estudiado especialmente la lucha de los intelectuales con la censura, representada por la Inquisición, por el consejo de Castilla, y por la jurisdicción especial del Juez de Imprentas.  Fue una lucha desigual.  La censura no logró impedir la circulación de una literatura clandestina ni de libros prohibidos.  Al principio la censura inquisitorial condenaba obras con divergencias religiosas de tipo jansenista.  + adelante fueron los grandes títulos de la Ilustración europea, fundamentalmente franceses, pero también italianos.  Estuvieron prohibidos unos 500 títulos franceses que incluían todos los grandes autores del S. XVIII.  Pero los lectores disponían de muchos modos de burlar la censura, entre ellos las traducciones en las que no se indicaba el nombre del autor.

Las librerías y las bibliotecas eran los principales centros de difusión del libro. Acerca de las 1as. sabemos que a mediados del siglo no rebasaban para toda España el nº de las 200 (para 1757 se han cifrado exactamente en 181), es decir, una cifra inf. a la que conocemos para el París de la época, lo que indica claramente la precaria situación de la lectura en España pese a la mejora que se experimentó durante el siglo. La difusión era escasa y los autores se veían obligados a convertirse en sus principales agentes de promoción.  La aparición esporádica de catálogos, con preferencia a finales del siglo, permite adivinar una cierta mejora.

En cuanto a las bibliotecas, no parece que pueda presentarse un panorama mejor, a pesar de que el aumento del nivel de vida y de la alfabetización permitió un cierto avance durante la centuria.  Las bibliotecas públicas eran escasas.  La institución + representativa era la Biblioteca Real, creada por Felipe V en 1712 con fondos procedentes de la denominada Librería de la Reina Madre y con los + de 6 mil volúmenes traídos desde Francia por el propio monarca.  Comandada por un director general, que debía ser el confesor del monarca, y + efectivamente por el bibliotecario mayor, la institución tenía un corto nº de funcionarios y estaba abierta al público 6 horas en los días laborables con prohibición expresa de que entraran las mujeres.

Además, existían otras bibliotecas de carácter semipúblico, como eran las que poseían las diversas universidades y academias, las de los seminarios episcopales y los conventos o las de instituciones como los Reales Estudios de San Isidro, a la que se agregó la biblioteca de los jesuitas madrileños tras su expulsión, o el Real Colegio de Cirugía de Barcelona.

Al margen de los intelectuales, los consumidores + habituales de libros eran un sector de la elite nobiliaria y eclesiástica y una parte de los altos funcionarios.  A la zaga estaban las clases medias urbanas, con la burguesía de negocios en 1er. lugar y + secundariamente los menestrales.  Entre las clases populares el consumo era prácticamente inexistente en ref. al libro culto, mientras que las obras de carácter religioso o la literatura de cordel encontraban en este sector social a sus máximos consumidores.  En cualquier caso, fueran bibliotecas privadas o públicas, lo cierto es que los libros de religión e hª sagrada, los devocionarios y santorales ocupaban un lugar destacado.  Sólo en el caso de las minorías cultas aparecían bibliotecas selectas en las que podían encontrarse títulos de reconocida entidad intelectual

El desarrollo de la prensa fue un fenómeno característico del S. XVIII.  Cierto es que de 781 publicaciones registradas, + de la ½ respondía al género de los //pronósticos// dirigidos a una demanda sin grandes preocupaciones intelectuales.  Cierto es también que la prensa española del S. XVIII tuvo escaso respaldo social.  El público lector era limitado.  Pero reviste interés el hecho de encontrarnos ante unos periódicos de opinión + que de información; en algunos casos eran verdaderas revistas intelectuales.

Carácter oficial o semioficial tuvo el //Diario de los literatos de España// que se publicó de 1737 a 1741.  Distinto carácter y mucha mayor duración tuvo el //Mercurio histórico y político// que comenzó a publicarse en 1738.  El periodismo recibió un fuerte impulso gracias a la labor de Mariano José de Nifo.  De 1762 a 1767 se publicó //El Pensador//, la 1ª revista de crítica social (aún moderada).  Una fuerte expansión de la prensa se registró en el decenio de los 80, sobre todo con //El Censor// (1781), dirigido por Luis Cañuelo, de fuerte matiz crítico, que le valió problemas con la Inquisición.  La prensa periódica no se limitaba a Madrid, como prueban el //Diario Pinciano //de Valladolid (1787), el //Diario de Valencia// (1790) y el //Diario de Barcelona// (1792).  Como consecuencia de la Rev. Francesa, de 1791 a 1792 fueron prohibidas todas las publicaciones periodísticas que no estuvieran controladas por el gobierno.  Aunque se revocó la prohibición, la censura inquisitorial y estatal siempre estuvieron atentas.  A fines de siglo aparecieron 2 publicaciones muy significativas de prensa econ. especializada: el //Correo mercantil de España y sus Indias// (1795) y el //Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos// (1797), destinado a la difusión de conocimientos agronómicos.

La difusión de la prensa no fue espectacular, pero sin duda rindió buenos efectos desde el punto de vista social, cultural y político.  Ello fue así porque la mayoría de las publicaciones, con mayor o menor tino y con + o menos intensidad, apoyaron los planteamientos reformistas que para la sociedad española demandaban los intelectuales y políticos instalados en el entorno real. Y también porque, en gran parte de las ocasiones, adoptaron, al menos los principales diarios privados, una actitud informativa y crítica que ayudó a la penetración de nuevas ideas entre las clases altas y la mesocracia española.

Financieramente, la mayoría de los periódicos, especialmente los privados, fueron ciertamente débiles. Los costes de impresión y difusión, la escasez de compradores fijos, las oscilaciones políticas que endurecían la censura oficial e inquisitorial, no actuaban en favor de la consolidación de una prensa estable. Por eso los proyectos fueron a menudo muy efímeros y por eso la prensa que + perduró fue la de titularidad estatal o la que se alineaba claramente con el oficialismo gubernamental.

//La “otra enseñanza” y formación////.-//

Los nuevos campos de la ciencia, los nuevos métodos, hicieron posible la otra enseñanza y formación: la técnica, la profesional, con independencia de los gremios.  En este sentido, el S. XVIII fue coherente con su obsesión por lo útil.  El que las refiramos sólo catalogalmente no debe mermar la trascendencia de iniciativas e instituciones que ofrecían, aunque a veces con cierta timidez, la formación práctica que no se podía recibir en la Universidad.

De acuerdo con las necesidades de la Armada, del comercio marítimo, es decir, con las precisiones del Estado, se privilegió la Náutica.  Éste fue el sentido del pionero Colegio de San Telmo sevillano, creado antes del S. XVIII y convertido luego (1786) en Escuela Oficial de Náutica para la formación de pilotos.  Ya en 1717 funcionaba en Cádiz la Compañía de Guardias Marinas (luego trasladada a San Fernando) .  Su carácter elitista se compensó con la apertura de Escuelas similares en los astilleros de Cartagena y de El Ferrol con Carlos III. Consulados y Juntas de Comercio estimularon Escuelas de Náutica en Bilbao, Barcelona, Málaga, Santander, Coruña, Alicante y Mallorca entre 1740 y 1802.  La mejor organizada, la + ilustrada, debida a los desvelos de Jovellanos, fue, sin embargo, la del Instituto de Gijón, que compartió la orientación marinera natural con la sección de mineralogía, tan adecuada a su entorno.

El equivalente a Escuelas de Comercio fue atendido igualmente por la Junta de Comercio y consulados portuarios en Málaga y Sevilla (1786), Barcelona (1787), Santander (1790), Bilbao y Cádiz (ya en el S. XIX).  Se dio imp. -y en ello insistían los Discursos de Campomanes y todos los proyectistas- al diseño industrial, al dibujo textil (Barcelona, Valencia), a la arquit., a los idiomas, a algunas enseñanzas + especializadas aún.  En este empeño sobresalió Barcelona, interesada en compensar la carencia de Universidad propia.

Las Sociedades Económicas se preocuparon de establecer enseñanzas especiales, por ej. la de sordomudos -con tradición castellana- en Madrid (1805); y las fábricas intentaron formar a sus aprendices, con ciertas resonancias gremiales todavía (como la de Guadalajara).

Incluso centros tradicionales, reductos de nobleza, se ilustran con disciplinas nuevas, con nuevo estilo.  Fue todo un símbolo lo acontecido en el Seminario de Nobles de Madrid, fundado por Felipe V para ser conducido por los jesuitas, y que tras la expulsión de la Compañía se transformó y secularizó con sus métodos y programas.  El Seminario era el + moderno de los de su clase, con enseñanzas de español, francés, geografía, hª natural, danza, esgrima y otras que se consideraban indispensables para los jóvenes de noble cuna.  Carlos III quiso mantener su alto nivel y acentuar el carácter de preparatorio a la carrera militar; lo dotó ampliamente y lo puso bajo la dirección de Jorge Juan.  Algo parecido ocurría en el Seminario de Vergara, usufructuario por la Sociedad Vascongada en el edificio abandonado por los jesuitas expulsos.  El Colegio Imperial, transformado en Estudios Reales de San Isidro, también fue objeto de la real protección.  Con arreglo al Plan de 1770 se cursarían en él latín, griego, hebreo y árabe.  Las Humanidades comprendían también cátedras de Poesía y Retórica, y el cuadro de las ciencias, enteramente al día, incluía Física y Matemáticas.  Figuraban también en el cuadro académico el Derecho Natural y de Gentes.

La organización del Ejército, con los cambios exigidos y graduales después de la Guerra de Sucesión, exigió la atención de los centros diferenciados de formación de los oficiales de los cuerpos. La Escuela-Academia de Artillería en Segovia contó con personajes de excepción a su frente o como profesores. La Caballería se preparaba en Ocaña, la Infantería en Puerto de Santa María, y los Ingenieros en Alcalá.  Se profesionalizaba la oficialía, se abrían algunas compuertas de ascenso a los no privilegiados, pero los mandos seguían siendo elitistas al mismo tiempo que comenzaban a distanciarse del medio social.

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