5. Despedir a un montón de abogados
Yo soy abogado. Me gano la vida formando abogados. Creo en las leyes. Creo en la ley de copyright. De hecho, he dedicado mi vida a trabajar en el campo del derecho, no porque al final haya aquí mucho dinero, sino porque hay ideales con los que me encantaría vivir.
Sin embargo, gran parte de este libro es una crítica a los abogados o al papel que los abogados han tenido en este debate. La ley habla de ideales, pero en mi opinión nuestra profesión ha llegado a sintonizar demasiado con los clientes. Y en un mundo en el que los clientes ricos tienen una opinión muy firme, la falta de voluntad a la hora de cuestionar esta opinión o contrarrestarla con otras desvirtúa las leyes.
La prueba de esta desviación es convincente. Muchos en mi profesión me atacan tachándome de «radical» y sin embargo las posturas que defiendo son precisamente las posturas de algunas de las figuras más moderadas y significativas en la historia de esta rama del derecho. Muchos, por ejemplo, piensan que es una locura que desafiemos la Ley de extensión del plazo del copyright.
Y sin embargo hace treinta años, al estudioso y practicante más prominente en el campo del copyright, Melville Nimmer, le pareció algo obvio.
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No obstante, mi crítica al papel que los abogados han tenido en este debate no concierne solamente a la ausencia de imparcialidad profesional.
Trata, de un modo más importante, acerca de nuestro fracaso a la hora de medir los costes de la ley.
Se supone que los economistas han de ser buenos en calcular costes y beneficios. Pero en la mayoría de los casos, los economistas, sin tener ni idea de como funciona de verdad el sistema legal, asumen que los costes del sistema son pequeños.
15 Consideran un sistema que ha estado funcionando
durante cientos de años y asumen que funciona de la misma forma en la que se lo enseñaron en su clase de Educación Cívica en la escuela primaria.
Pero el sistema legal no funciona. O, por decirlo con mayor exactitud, no funciona para nadie excepto para aquellos que tienen el máximo de recursos.
No porque el sistema esté corrompido. No creo en absoluto que nuestro sistema legal (al menos a nivel federal) esté corrompido. Quiero decir, simplemente, que debido a que los costes son tan asombrosamente altos, prácticamente nunca puede conseguirse justicia alguna.
Estos costes distorsionan de muchas maneras la cultura libre. En los bufetes más importantes la hora de abogado supera los cuatrocientos dólares.
¿Cuánto tiempo puede dedicar un abogado semejante a leer casos con cuidado o a investigar oscuras líneas de jurisprudencia? La respuesta es la realidad cada vez frecuente: muy poco. Las leyes dependen de la articulación cuidadosa y del desarrollo de una doctrina legal, pero todo esto depende de una labor también cuidadosa. Y sin embargo esa cuidadosa labor cuesta demasiado, excepto en los casos más caros y de mayor visibilidad.
El alto precio, la torpeza y la arbitrariedad de este sistema se ríen de nuestra tradición. Y los abogados, igual que los académicos, deberían considerar que su deber es cambiar la forma en que las leyes funcionan —o mejor, cambiar las leyes de modo que funcionen. No es bueno que el sistema funcione bien sólo para el 1% de los clientes. Se podría hacer que la ley fuera radicalmente más eficiente y menos costosa, y por lo tanto radicalmente más justa.
Pero hasta que se haya completado esa reforma, nosotros como sociedad debemos mantener las leyes bien lejos de áreas en las que sabemos que sólo produce daños. Y eso es precisamente lo que las leyes harán con demasiada frecuencia si una parte excesivamente grande de nuestra cultura se abandona a su escrutinio.
Piensa en todas las cosas que podría hacer o construir tu hijo con la tecnología digital —cine, música, páginas web, blogs. O piensa en todas las cosas que tu comunidad podría facilitar con la tecnología digital —un wiki,
barn raisings o fiestas para ayudar a un vecino, activismo con el fin de cambiar algo. Piensa en todas estas cosas creativas y luego piensa en melaza fría derramada sobre las máquinas. Esto es lo que produce cualquier régimen que exija permiso.
Por decirlo otra vez, ésta es la realidad de la Rusia de Breznev.
Las leyes deberían regular ciertas áreas de la cultura —pero deberían regular la cultura solamente allí donde la regulación produce algo bueno. Y sin embargo los abogados raramente examinan su poder, o el poder que promueven, a la luz de esta sencilla pregunta pragmática: «¿Producirá algo bueno?» Cuando se los desafía en relación al creciente ámbito de acción de las leyes, responden «¿por qué no?»
Deberíamos preguntar «¿por qué?» Demuéstrame que hace falta regulación de la cultura. Demuéstrame que produce un bien. Y mientras no puedas demostrarme estas dos cosas que tus abogados no se acerquen.