El día que se falló Eldred el destino quiso que tuviera que viajar a Washington,
D.C. (El día que la petición de una nueva vista para Eldred fue rechazada--lo que
significaba que el caso estaba definitivamente cerrado--el destino quiso que
tuviera que dar un discurso a tecnólogos en Disney World). Éste era un vuelo
particularmente largo a la ciudad que menos me gusta. El trayecto en coche
desde el aeropuerto duró una eternidad debido al tráfico, así que abrí mi
computadora y escribí un artículo de opinión.
Era un acto de contrición. Durante toda la duración del vuelo desde San
Francisco a Washington, había oído una y otra vez en mi cabeza el mismo
consejo de Don Ayer: tienes que hacer que vean por qué es importante. Y
alternando con esa orden estaba la pregunta del juez Kennedy: "Durante todos
estos años la ley ha impedido el progreso de las ciencias y las artes útiles.
Simplemente no veo ninguna prueba empírica de esto". Y así, habiendo
fracasado con un argumento sobre un principio constitucional, finalmente me
volví a un argumento político.
The New York Times publicó el artículo. En él, proponía una solución
sencilla: cincuenta años después de la publicación de una obra, al dueño del
copyright se le exigiría que registrara la obra y pagara una pequeña tarifa. Si
pagaba esa tarifa, obtenía el beneficio del plazo completo del copyright. Si no lo
hacía, la obra pasaba al dominio público.
A esto lo llamamos la Ley de Eldred, pero eso era sólo para llamarla de
alguna forma. Eric Eldred fue tan amable de permitir que se usara su nombre
una vez más, pero como dijo al principio, nunca se aprobaría hasta que se le
diera otro nombre.
U otros dos nombres. Porque dependiendo de tu perspectiva, esto es bien
"La Ley del Aumento del Dominio Público" o "La Ley de la Desregulación del
Plazo del Copyright". En cualquiera de los dos casos, la esencia de la idea era
clara y evidente: eliminar el copyright de allí donde no está haciendo nada salvo
bloquear el acceso y la difusión del conocimiento. Déjalo tanto tiempo como el
Congreso permita para esas obras para las que valga la pena pagar al menos un
dólar. Pero para todo lo demás deja a los contenidos en libertad.
La reacción a esta idea fue sorprendentemente entusiasta. Steve Forbes la
respaldó en un editorial. Recibí una avalancha de e-mails y cartas expresando
apoyo. Cuando centras el asunto en la creatividad perdida, la gente puede ver
que el sistema del copyright no tiene sentido. Como diría un buen republicano,
aquí la regulación del gobierno está simplemente metiéndose en el camino de la
innovación y la creatividad. Y como diría un buen demócrata, aquí el gobierno
está bloqueando el acceso y la difusión del conocimiento por ninguna buena
razón. De hecho, no había diferencias entre demócratas y republicanos en esta
cuestión. Cualquiera puede reconocer el daño estúpido del sistema actual.
De hecho, muchos reconocieron los beneficios obvios del requisito del
registro. Porque una de las cosas más difíciles del sistema actual para la gente
que quiere licenciar contenidos es que no hay ningún lugar obvio para buscar al
dueño actual del copyright. Como no se exige el registro, como no se exige
marcar los contenidos, como no se exige ninguna formalidad en absoluto, a
menudo es imposiblemente difícil localizar a los dueños del copyright para
pedirles permiso para usar o licenciar su obra. Este sistema disminuiría estos
costes, estableciendo al menos un registro en el que se pudiera identificar a los
dueños de copyright.
Como describí en el capítulo 10, en 1976 se eliminaron las formalidades
en la ley de copyright, cuando el Congreso siguió a los europeos abandonando
cualquier requisito legal antes de que se conceda un copyright1. Se dice que los
europeos ven el copyright como un "derecho natural". Los derechos naturales no
necesitan formalidades para existir. Los europeos pensaban que las tradiciones,
como la tradición anglo-americana que exigía que los dueños de copyright
siguieran las formalidades si querían que se protegieran sus derechos, no
respetaban la dignidad del autor de una forma apropiada. Mi derecho como
creador gira en torno a mi creatividad, no al favor especial del gobierno.
Ésa es gran retórica. Suena maravillosamente romántico. Pero es una
política de copyright absurda. Es absurda especialmente para los autores, porque
un mundo sin formalidades daña a los creadores. La capacidad de difundir la
"creatividad Walt Disney" queda destruida cuando no hay una manera sencilla de
saber qué está protegido y que no lo está.
La lucha contra las formalidades logró su primera victoria de verdad en
Berlín en 1908. Abogados del copyright internacional enmendaron la Convención
de Berna en 1908, para exigir plazos de copyright de por vida más cincuenta
años, junto a la abolición de las formalidades del copyright. Las formalidades
eran odiadas a causa de que cada vez eran más frecuentes las historias de
pérdidas debidas a distracciones. Era como si un personaje de Charles Dickens
dirigiera todas las oficinas de copyright, y el olvido de ponerle el punto a una i o
el palito a la t resultara en la pérdida de los únicos ingresos de una viuda.
Estas quejas era reales y sensatas. Y lo estricto de las formalidades,
especialmente en los Estados Unidos, era algo absurdo. Las leyes siempre
deberían tener formas de perdonar errores inocentes. No hay motivo para que la
ley del copyright tampoco lo hiciera. En lugar de abandonar las formalidades por
completo, la respuesta en Berlín debería haber sido abrazar un sistema de
registro más equitativo.
Incluso habría que haber resistido esto, no obstante, debido a que el
registro en los siglos XIX y XX era todavía caro. Era también un incordio. La
abolición de las formalidades prometía no sólo la salvación de viudas famélicas,
sino también aligerar una carga innecesariamente regulatoria impuesta sobre los
creadores.
Además de las quejas prácticas de los autores en 1908, había también
una reclamación moral. No había razón alguna para que la propiedad creativa
debiera ser un tipo de propiedad de segunda clase. Si un carpintero construye
una mesa, los derechos sobre la mesa no dependen de presentarle un formulario
al gobierno. Tiene "naturalmente" un derecho a la propiedad sobre la mesa, y
puede afirmar ese derecho contra cualquiera que quiera robar la mesa, sin que
importe si ha informado o no al gobierno de su propiedad sobre la mesa.
Este argumento es correcto, pero sus implicaciones son erróneas. Porque
el argumento a favor de las formalidades no depende de que la propiedad
creativa sea una propiedad de segunda clase. El argumento a favor de las
formalidades gira en torno a los problemas especiales que la propiedad creativa
representa. La ley de formalidades responde a la física especial de la propiedad
creativa, para asegurar que pueda difundirse de un modo eficaz y justo.
Nadie piensa, por ejemplo, que la tierra es propiedad de segunda clase
porque tú tengas que registrar las escrituras en el juzgado si quieres que la
venta de tu tierra tenga efecto. Y pocos pensarían que un coche es propiedad de
segunda clase sólo porque tienes que registrarlo y ponerle una matrícula que lo
identifique. En ambos casos, todo el mundo ve que hay una razón importante
para obtener el registro--en ambos casos porque hace que los mercados sean
más eficientes y porque asegura de una mejor manera los derechos del
propietario. Sin un sistema de registro, los dueños de tierras tendrían que
guardar sus terrenos a perpetuidad. Con un registro, simplemente le enseñan la
escritura a la policía. Sin un sistema de registro para los coches, el robo de
coches sería mucho más fácil. Con un sistema de registro, al ladrón le cuesta
más vender un coche robado. Al propietario se le impone una pequeña carga,
pero esas cargas producen un sistema de protección de la propiedad que es en
general mucho mejor.
Igualmente, es su física especial lo que hace que las formalidades sean
importantes en las leyes de copyright. A diferencia de la mesa de un carpintero,
no hay nada en la naturaleza que haga relativamente obvio quién posee un
determinado ejemplar de propiedad creativa. Una grabación del último álbum de
Lyle Lovett puede existir en un billón de sitios sin que haya nada que
necesariamente la vincule con un propietario en particular. Y como un coche, no
hay forma de comprar y vender con confianza propiedad creativa, a menos que
haya una manera sencilla de verificar quién es el autor y qué derechos tiene. Las
transacciones sencillas quedan destruidas en un mundo sin formalidades. Las
transacciones complejas, caras y con abogado ocupan su lugar.
Ésta era la comprensión del problema con la Ley de Sonny Bono que
intentamos demostrarle al Tribunal. Ésta fue la parte que no "pilló". Como
vivimos en un sistema sin formalidades, no hay una manera fácil de usar o
basarse en la cultura de nuestro pasado. Si los plazos del copyright fueran, como
el juez Story dijo que deberían ser, "cortos", entonces esto no importaría mucho.
Durante catorce años, bajo el sistema original, una obra estaría presuntamente
controlada. Después de catorce años, estaría presuntamente sin control.
Pero ahora que los copyrights pueden durar cien años, la incapacidad de
saber qué está protegido y qué no lo está se convierte en una carga enorme y
evidente para el proceso creativo. Si la única forma en la que una biblioteca
puede ofrecer una exhibición en Internet sobre el New Deal es contratar un
abogado para obtener los derechos de cada imagen y sonido, entonces el
sistema de copyright está imponiendo cargas a la creatividad de una manera que
nunca había visto antes porque no hay formalidades.
La Ley Eldred fue diseñada para responder a exactamente este problema.
Si vale un dólar para ti, entonces registra tu obra y puedes conseguir el plazo
más largo. Otros sabrán cómo contactarte y, por tanto, cómo conseguir tu
permiso si quieren usar tu obra. Y tú obtendrás el beneficio de un plazo
extendido de copyright.
Si para ti no vale la pena registrarla para obtener el beneficio de un plazo
extendido, entonces para el gobierno tampoco debería valer la pena defender tu
monopolio sobre ella. La obra debería pasar al dominio público donde cualquiera
puede copiarla, o construir archivos con ella, o crear una película basándose en
ella. Debería volverse libre si para ti no vale un dólar.
Algunos se preocupan de la carga para los autores. ¿No significará la
carga de registrar la obra que un dólar es de verdad algo erróneo? ¿No vale el
incordio más de un dólar? ¿No es ése el verdadero problema con el registro?
Lo es. El incordio es terrible. El sistema que existe ahora es horroroso.
Estoy totalmente de acuerdo en que la Oficina de Copyright ha hecho un trabajo
terrible (sin duda porque están terriblemente faltos de financiación) a la hora de
hacer posibles los registros simples y baratos. Una solución real al problema de
las formalidades debe ser enfrentarse al problema real de los gobiernos que se
halla en el centro de cualquier sistema de formalidades. En este libro ofrezco una
solución semejante. Esa solución esencialmente reforma la Oficina de Copyright.
De momento asumamos que fuera Amazon quien dirigiera el sistema de registro.
Asumamos que fuera un registro con un solo click. La Ley Eldred propondría un
sencillo registro con un click cincuenta años después de que se publicara una
obra. Basándonos en nuestros datos históricos, ese sistema movería hasta un
98% de las obras comerciales, obras comerciales que ya no tendrían una vida
comercial, al dominio público en cincuenta años. ¿Qué te parece?
CUANDO STEVE FORBES respaldó la idea, algunos en Washington empezaron a
prestar atención. Mucha gente se puso en contacto conmigo señalando a
congresistas que podrían estar dispuestos a presentar la Ley Eldred. Y yo tenía
unos pocos que directamente sugirieron que estarían dispuestos a dar el primer
paso.
Una congresista, Zoe Lofgren de California, llegó hasta el punto de hacer
un borrador. El borrador resolvía cualquier problema con las leyes
internacionales. Imponía el requisito más sencillo posible sobre los dueños de
copyright. En mayo de 2003 parecía que se presentaría el proyecto. El 16 de
mayo, publiqué en el blog de la Ley Eldred que "estamos cerca". Hubo una
reacción general en la comunidad de blogs de que podría pasar algo bueno.
Pero en este estadio fue cuando los grupos de presión empezaron a
intervenir. Jack Valenti y el consejo general de la MPAA fueron a la oficina de la
congresista para darle la opinión de la MPAA. Ayudado por su abogado, como me
dijo Valenti, Valenti le dijo a la congresista que la MPAA se opondría la Ley
Eldred. Las razones son vergonzosamente flojas. De un modo más importante,
esta debilidad muestra algo claro sobre la verdadera naturaleza de este debate.
La MPAA argumentó primero que el Congreso había "firmemente
rechazado el concepto central de la ley propuesta"--que se renovaran los
copyrights. Eso era verdad, pero irrelevante, ya que el "firme rechazo" del
gobierno había ocurrido mucho tiempo antes de que Internet hiciera usos
posteriores mucho más probables. Segundo, argumentaron que la propuesta
dañaría a los dueños de copyright pobres--aparentemente aquellos que no
podrían permitirse la tarifa de un dólar. Tercero, argumentaron que el Congreso
había determinado que extender el plazo de copyright animaría el trabajo de
restauración. Quizá en el pequeño porcentaje de obras cubiertas por la ley del
copyright que todavía es comercialmente valioso, pero de nuevo esto era
irrelevante, ya que la propuesta no recortaría el plazo extendido a menos que no
se pagara la tarifa de un dólar. Cuarto, la MPAA argumentaba que la ley
impondría costes "enormes", ya que el sistema de registro no era gratuito.
Verdad, sí, pero esos costes son ciertamente menores que los costes de obtener
los derechos para un copyright del que no se conoce el dueño. Quinto, estaban
preocupados por los riesgos si el copyright de una historia en la que se basaba
una película había de pasar al dominio público. ¿Pero qué riesgo es ése? Si está
en el dominio público, entonces la película es uso derivado perfectamente válido.
Finalmente, la MPAA argumentó que la ley actual les permitía a los dueños
del copyright hacer esto si lo deseaban. Pero la idea era precisamente que hay
miles de dueños de copyright que ni siquiera saben que tienen un copyright que
pueden dar. Tengan o no la libertad de regalar su copyright--una afirmación
controvertida en todo caso--si no saben de su copyright, no es probable que lo
hagan.
AL PRINCIPIO DE este libro conté dos historias sobre la forma en la que la ley
reacciona a los cambios tecnológicos. En una prevalecía el sentido común. En la
otra el sentido común quedaba a un lado. La diferencia entre las dos historias
era el poder de la oposición--el poder de la parte que luchaba por defender el
status quo. En ambos casos, la nueva tecnología amenazaba intereses viejos.
Pero sólo en un caso tenían esos intereses el poder para protegerse contra esta
nueva amenaza de competencia.
Usé esos dos casos como una forma de enmarcar la guerra sobre la que
ha tratado este libro. Porque aquí también hay una nueva tecnología que está
forzando a que la ley reaccione. Y aquí también, deberíamos preguntarnos, ¿está
la ley siguiendo o resistiéndose al sentido común? Si el sentido común apoya a la
ley, ¿qué explica este sentido común?
Cuando la cuestión es la piratería es correcto que la ley respalde a los
dueños de copyright. La piratería comercial que describí está mal y es dañina, y
las leyes deberían esforzarse para eliminarla. Cuando la cuestión es el
intercambio p2p, es fácil entender por qué la ley todavía respalda a los
propietarios: gran parte de ese intercambio está mal, aunque mucho sea
inofensivo. Cuando la cuestión es los plazos del copyright para los Mickey Mouse
del mundo, todavía es posible comprender por qué las leyes favorecen a
Hollywood: la mayoría de la gente no se da cuenta de las razones para limitar los
plazos del copyright; por tanto es posible ver buena fe en su resistencia.
Pero cuando los dueños del copyright se oponen a una propuesta como la
Ley Eldred, entonces, finalmente, hay un ejemplo que desenmascara el puro
egoísmo que impulsa esta guerra. Esta ley liberaría una extraordinaria gama de
contenidos que de otra forma están sin usar. No interferiría con los deseos de
ningún dueño de copyright de continuar ejerciendo control sobre sus contenidos.
Simplemente liberaría lo que Kevin Kelly llama la "Materia Oscura de Contenidos"
que llena archivos en todo el mundo. Así que cuando los guerreros se oponen a
un cambio como éste, deberíamos hacer una simple pregunta:
¿Qué es lo que realmente quiere esta industria?
Con muy poco esfuerzo los guerreros podrían proteger sus contenidos. Así
que el esfuerzo para bloquear algo como la Ley de Eldred no es realmente sobre
proteger sus contenidos. El esfuerzo para bloquear la Ley de Eldred es un
esfuerzo para asegurar que el dominio público nunca será competencia, que no
habrá ningún uso de contenidos que no esté comercialmente controlado, y que
no habrá ningún uso comercial de contenidos que no exija su permiso primero.
La oposición a la Ley Eldred revela hasta qué punto es extremista la otra
parte. El grupo de presión más poderoso y sexy y más querido de todos
realmente tiene como su objetivo no la protección de la "propiedad" sino el
rechazo de una tradición. Su meta no es simplemente proteger lo que es suyo.
Su meta es asegurarse de que todo lo que hay es suyo.
No es difícil entender por qué los guerreros adoptan esta opinión. No es
difícil ver por qué se beneficiarían si de alguna forma se pudiera aplastar la
competición del dominio público vinculado a Internet. Igual que la RCA temía la
competencia de la FM, ellos temen la competencia de un dominio público
conectado a un público que ahora tiene los medios para crear a partir de él y
para compartir su propia creación.
Lo que es difícil de entender es por qué el público adopta esta opinión. Es
como si la ley hiciera de los aviones allanadores de moradas. La MPAA está del
lado de los Causby y exige que sus remotos e inútiles derechos de copyright
sean respetados, de manera que estos remotos y olvidados dueños de copyright
puedan bloquear el progreso de otros.
Todo esto parece resultar fácilmente de esta tranquila aceptación de la
"propiedad" en la propiedad intelectual. El sentido común la apoya, y mientras lo
haga lloverán los asaltos contra las tecnologías de Internet. La consecuencia será
cada vez más una "sociedad del permiso". El pasado puede cultivarse sólo si
puedes identificar el dueño y ganar su permiso para basarte en su obra. El futuro
estará controlado por esta mano muerta (y a menudo inencontrable) del pasado.