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El apogeo del nacionalismo (1848-1870) - La unificación italiana: el Risorgimento

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CopyLeft Curso gratis de Creative Commons - 15 de Febrero de 2006
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3. La unificación italiana: el Risorgimento
~- Orígenes de la conciencia unificadora

De los países europeos, Italia fue, junto con Alemania, el último que llevó a cabo su unificación política, entre 1859 y 1870. El movimiento de afirmación nacional ha sido denominado “Risorgimento” (= Resurgimiento), por analogía con el Renacimiento artístico y cultural del s. XVI.

A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras: estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona de Aragón, de la monarquía española y de Austria.

El Risorgimento nació por una convergencia de causas. La más antigua fue la lenta afirmación de una identidad cultural, aglutinada en torno a la lengua toscana, que se cargó de contenido sociopolítico durante el período de la Ilustración del s. XVIII. Para tratar de paliar la falta de adecuación de las estructuras del Antiguo Régimen al desarrollo demográfico y a las reivindicaciones sociales, los soberanos del despotismo ilustrado realizaron una serie de reformas que pusieron de manifiesto la necesidad de transformaciones políticas: los inconvenientes de la fragmentación política (Italia estaba dividida en pequeños estados), los arcaísmos económicos y el peso social de grupos retrógrados, estimula a los intelectuales a la exaltación de las ventajas de la unidad.

La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815) prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesía liberal, imbuida de la mentalidad de la Ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.

El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia y, en 1815, los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba Metternich, la palabra Italia sólo era una simple “expresión geográfica”, desprovista de cualquier connotación nacional.

Así, el ideal unitario se expresa desde 1815 a 1848 en tres planos: literario (los escritores románticos cantan la grandeza perdida de la patria italiana), político (sociedades secretas, sobre todo los carbonarios, que solicitan la creación de un estado nacional y democrático) y económico (los comerciantes y fabricantes de los estados del norte son conscientes de la necesidad de la unidad para acometer la industrialización).

Frente a este triple impulso pueden distinguirse tres obstáculos: la división territorial consagrada por el Congreso de Viena, la presencia austriaca en el norte y centro de la península y la cuestión romana (un Estado que se resistirá a ser absorbido en el proceso de unificación).

  • La unidad italiana

Los problemas más serios que debía afrontar Italia para concretar la unidad se vinculaba a la estructura territorial existente: la península italiana se mantenía dividida en siete Estados, restaurados tras el hundimiento napoleónico, oponiéndose a su unificación la ocupación austriaca y el problema de los Estados Pontificios (® recordemos que el papa Pío IX, que había sido elegido sumo pontífice en 1846, gozó de fama de progresista, pero tras la revolución en Roma de 1848 se mostró claramente reaccionario y acabó oponiéndose a la política unificadora).

El Reino de Piamonte-Cerdeña, con capital en Turín, será el que impulse su unidad. Carlos Alberto y Víctor Manuel II de Saboya serán quienes tengan más posibilidades de éxito porque cuentan con el ministro Cavour, cuya actividad puede resumirse en tres ámbitos: político, económico y diplomático. En el ámbito político hace del Piamonte un Estado moderno y liberal: nuevo código, cuerpo de funcionarios, marina de guerra anclada en La Spezia, laicización del Estado con disolución de las órdenes religiosas contemplativas y nacionalización de sus bienes. En el orden económico, ante la falta de capitales en Piamonte, Cavour no duda en recurrir a la Banca extranjera para crear una infraestructura ferroviaria y una red de canales. En el dominio diplomático, Cavour piensa que debe situarse la cuestión italiana en un contexto europeo (intervención del Piamonte en la Guerra de Crimea junto con Francia e Inglaterra contra los rusos, con el objeto de conseguir el apoyo de las grandes potencias en una hipotética guerra contra Austria).

La eficacia y el dinamismo del Piamonte-Cerdeña concitaron en torno suyo a todos los exiliados políticos, que eran generosamente acogidos y recibían la nacionalidad sarda. Turín fue, desde entonces, el foco más activo de la vida cultural y política de Italia y la cuna del despertar nacional.

El Reino Lombardo-Veneto, con capitales en Milán y Venecia, respectivamente, estaban bajo dominio austriaco.

Los Ducados de Toscana, Módena y Parma, aunque independientes, estaban bajo influencia austriaca.

Los Estados Pontificios tenían su capital en Roma, y el Reino de las Dos Sicilias, con capital en Nápoles, estaba bajo la soberanía de los Borbones.

Estos siete Estados sufrirán movimientos revolucionarios que se extienden desde la Restauración (1815) hasta su unidad en 1870, con raíces tanto en las Revoluciones atlánticas (® idea de independencia) como en la Revolución francesa (® idea de ruptura con el Antiguo Régimen).

  • Proceso de unificación

El fracaso del movimiento revolucionario de 1848 en la península italiana traerá consigo dos ideas fundamentales que se extenderán por todo el territorio: la idea de unidad y la idea de expulsión de Austria. Será Cavour quien represente esas ideas recurriendo tanto a medios políticos internos italianos como a una calculada política exterior europea.

En cuanto a política interior, Cavour consigue que todos los movimientos revolucionarios italianos acepten la propuesta de unidad en torno al Reino de Piamonte-Cerdeña. Consigue el apoyo de Mazzini (fundador de la “Joven Italia” en 1831 que propugnaba la formación de una república con capital en Roma), Garibaldi (antiguo miembro de los carbonarios) y de los patriotas refugiados en el Piamonte huyendo de la represión desencadenada en 1848-49.

Para fortalecer más la unión de las diversas corrientes crea, en 1857, la “Sociedad Nacional Italiana”.

En cuanto a política exterior, Cavour convierte la cuestión de la unificación italiana en un problema internacional: el Reino del Piamonte participa en la Guerra de Crimea (1854) como aliado de Francia e Inglaterra contra Rusia y, aprovechando el atentado de Orsini (1858) contra Napoleón III, se reúne con él en Plombières donde acuerda con el emperador ceder Saboya y Niza a Francia a cambio de ayuda francesa ante un ataque de Austria al Reino de Piamonte-Cerdeña.

La declaración de guerra por parte de Austria no se hace esperar (® había exigido el desarme del Piamonte) y en abril comienzan las movilizaciones. Las campañas en la Lombardía estuvieron jalonadas por las victorias franco-italianas. En Magenta y Solferino son vencidas las tropas austriacas, que pierden Lombardía. Pero antes de ser ocupado el Véneto, Napoleón III firma, ante la sorpresa general, un armisticio con Austria (Paz de Villafranca). ¿Por qué? Varias teorías: por sentimientos humanitarios ante el alto número de víctimas en las batallas, por las crecientes reticencias de la opinión pública francesa y por un avance de las tropas prusianas hacia el Rin. Así, Piamonte obtuvo Lombardía (Milán) pero Venecia quedó en manos de los austriacos (® ello provocó el odio de los italianos hacia un aliado que les había abandonado en un momento crítico).

Sin embargo, el proceso de unificación continuó a cargo de los italianos y abarca de agosto de 1859 a febrero de 1861. Al no haberse alcanzado los objetivos de Plombières, Francia renunció a reclamar Saboya y Niza. Pero, también según lo convenido en Plombières, con Toscana y los ducados de la Italia central se tenía que formar un reino para un primo de Napoleón III. Ante esta situación, los toscanos pedían la anexión al Piamonte por lo que Cavour reanudó las negociaciones con Napoleón III para anexionar al Piamonte los ducados de Toscana, Parma y Módena (Italia central) a cambio de Saboya y Niza. A continuación, varios plebiscitos confirman la unión con Piamonte de Parma, Módena y Toscana, así como el traspaso de nacionalidad de Saboya y Niza.

La cesión de Niza y Saboya se había tratado en marzo de 1860, y en mayo de este mismo año, el antiguo carbonario Giuseppe Garibaldi, a la cabeza de un cuerpo de voluntarios (los ‘Mil’ o los ‘camisas rojas’) reclutado entre los exiliados refugiados en Turín (intelectuales, médicos, periodistas, abogados...), desembarcó en Sicilia y se apoderó de Palermo, Messina y Nápoles (1860). Simultáneamente, fuerzas piamontesas procedentes del norte atravesaron los Estados Pontificios (con permiso de Napoleón III) y completan la derrota del rey de Nápoles. El encuentro entre Garibaldi y Víctor Manuel tuvo lugar en Teano, provincia de Nápoles. Durante esta entrevista, el líder republicano rindió acatamiento a Víctor Manuel como rey de Italia y le cedió la soberanía de los territorios que había conquistado.

Finalmente, en febrero de 1861 se reunió en Turín una asamblea integrada por diputados de todas las nuevas regiones incorporadas; a dicha asamblea se la denominó Parlamento Italiano, proclamó la existencia de Italia y reconoció como su rey a Víctor Manuel II.

Así, a comienzos de 1861 toda Italia estaba unida al Piamonte, excepto Venecia y los Estados Pontificios. A partir de este año, el proceso de unificación italiana se vio frenado durante una década. Cavour había muerto en 1861 y sus sucesores tuvieron que enfrentarse con los enormes problemas causados por lo laborioso de la fusión administrativa de los antiguos estados, por el marasmo económico y financiero y por el bandidaje que asolaba el sur de la península. Francia, que mantenía su cuerpo de ocupación para proteger a Pío IX, bloqueaba el sueño italiano de “Roma capital”.

Italia obtuvo a Venecia como consecuencia lejana del convenio de Plombières. En 1866, Italia se alió con Prusia en la Guerra Austro-Prusiana, sufriendo varios reveses (Custozza y Lissa); pero Austria, vencida en Sadowa, pidió a Napoleón III que intercediera cerca de Bismarck para obtener mejores condiciones de paz, y ofreció Venecia como premio. A su vez, Napoleón III cedió Venecia a Víctor Manuel II.

Para Roma se tuvo que esperar a que Francia pasara por la crisis del año 1870. Desde 1849 Napoleón III estableció una división de su ejército en los Estados Pontificios para defensa del Papa. Los italianos deseaban que Roma fuera la capital del nuevo Estado establecido. Los católicos franceses presionaban a su emperador para que las tropas francesas permanecieran en Roma e incluso la propia emperatriz manifestaban “antes los prusianos en París que los italianos en Roma”, por lo que la situación era extremadamente difícil. Mediante negociaciones diplomáticas entre Víctor Manuel II y Napoleón III se llegó a la transacción de la retirada de las tropas francesas de Roma ante la promesa formal que Víctor Manuel II respetaría el Estado Pontifical. Evacuado el territorio romano, Garibaldi intentó ocuparlo violando el compromiso italiano ante los franceses, siendo derrotado por una nueva intervención francesa en 1867.

La situación internacional solucionará el conflicto: la guerra franco-prusiana obligó a Napoleón III a retirar las tropas. Las tropas italianas invadieron Roma en 1870 y se convirtió en capital de Italia pese a las protestas de Pío IX. La situación del Papa después de la toma de Roma por los italianos debía quedar reglamentada con la llamada ‘Ley de Garantías’, que el Papa no quiso aceptar. Según la Ley de Garantías, se asignaba al Papa un importante subsidio en concepto de indemnización y se le aseguraba libre comunicación con el mundo católico; el Papa conservaba en Roma cinco edificios (el Vaticano, el Letrán, la Cancillería, el Santo Oficio y la Propaganda). Dentro de ellos el Papa tenía los honores de soberano. Según la Ley de Garantías, su categoría de monarca reinante no había disminuido, sólo que su dominio quedaba reducido a aquellos cinco palacios. Estaban éstos en distintos barrios de Roma, y como quiera que para ir de uno a otro tenía que pisar territorio italiano, y sus idas y venidas hubieran ocasionado dificultades, prefirió quedar prisionero voluntario dentro del Vaticano. La incómoda situación, aunque se suavizara poco a poco a partir de 1905, no se resolvió hasta el Tratado de Letrán de 1929, que dio origen al Estado de la Ciudad del Vaticano.

La unidad italiana quedaba organizada sobre la base de una monarquía constitucional similar a la inglesa enfrentándose con el problema de lograr la unidad económica y moral entre la Italia del norte (industrial) y la Italia del sur (atrasada).
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