2 - La ciudad industrial


Curso gratis creado por Marta . Extraido de: http://www.geocities.com/CollegePark/Pool/2741/
15 Febrero 2006
El explosivo desarrollo de las fuerzas productivas que acompañó a la Revolución Industrial constituyó un elemento clave en la transformación de la ciudad. Las cercas o murallas que la delimitaban desaparecerían definitivamente y el crecimiento de la ciudad y su explosión tendría lugar hasta límites insospechados.

La importancia del despegue industrial y su relación interdependiente con el desarrollo de los transportes, crecimiento de la población y revolución agraria hicieron que el industrialismo creciera de forma paralela a la urbanización y que la fábrica se convirtiera en el elemento básico del nuevo organismo urbano.

Las leyes de la libre competencia y del mercado fueron imponiendo su peso en la nueva organización urbana de la ciudad. La nueva ciudad industrial iba creciendo, sin embargo, sin un plan funcional y el agrupamiento de las industrias y viviendas tenía lugar sin orden ni concierto. Las familias que abandonaban el campo debían alojarse en las nuevas construcciones erigidas en la periferia, en extensas barriadas carentes de los más elementales servicios urbanísticos. Las condiciones sanitarias e higiénicas llegaron a ser insoportables, lo que invitaba a la sublevación de la clase trabajadora e incluso de la propia burguesía, temerosa de una revolución social.

Surgieron dos líneas de actuación diferenciadas. La primera pretendía aproximarse a los problemas del urbanismo moderno a partir de un modelo ideológico global, con un cambio radical y utópico en las sociedades, mientras que la segunda trataba de enlazar con el propio desarrollo de la ciudad industrial, buscando en la técnica la solución parcial de los defectos observados.




·         Las principales aportaciones del urbanismo utópico

Las aportaciones de los utopistas decimonónicos fueron muy variadas. Una de las de mayor interés fue la de Robert Owen, que esbozó el modelo de ciudad ideal, semirrural, de reducidas dimensiones, susceptible de ser reproducida hasta formar una federación, y lo puso en práctica en 1825 en la colonia Nueva Armonía en el estado de Indiana.

La idea base suponía la creación de una célula urbana autosuficiente, capaz de integrar el mundo del trabajo y la vivienda, y dar respuesta, mediante servicios colectivos, a las diversas necesidades humanas. Esta célula básica podía se trasplantada a cualquier ambiente y formar parte de lo que F. Choay definió como modelo progresista (edificios definidos como prototipos, con barrios autosuficientes).

En una línea semejante se encuentra la aportación de Charles Fourier, cuyas ideas se plasmaron en el proyecto de Falansterio o Palacio Social, donde podrían convivir 400 familias asociadas en la producción, el consumo y la vida familiar, organizadas en común, en torno a los servicios colectivos. El único intento de realizar el mismo, en Francia, constituyó un auténtico fracaso.

Otras soluciones utópicas fueron las de Benjamin W. Richardson que escribió su obra Hygeia, ciudad ideal para 100.000 habitantes, o la de Etienne Cabet, que en su obra Viaje a Icara describe a Icara, como capital de Icaria, lugar semejante a las construcciones utópica anteriores.

La materialización práctica de la mayoría de estas ideas condujeron al fracaso. Su gran error consistió en ofrecer soluciones abstractas y esquemáticas, carentes de una valoración realista sobre los vínculos existentes entre los programas urbanísticos y el desarrollo general de las relaciones económicas y sociales. Su visión utópica les llevó a confundir e identificar el ordenamiento urbanístico y el ordenamiento social. Suponían que la complejidad de la vida social podía ser encorsetada en determinados proyectos urbanísticos, que funcionaban como si se tratara de idílicos monasterios religiosos, donde sus moradores desarrollarían las diversas funciones de la vida humana de forma autosuficiente.

·         Las soluciones reales: las transformaciones urbanísticas de la ciudad decimonónica

La importancia de la ciudad como mercado potencial de consumo explica que no solamente los nuevos centros fabriles o aquellas ciudades sitas en la proximidad de yacimientos mineros crecieran, sino que incluso lo hicieran las mismas ciudades antiguas.

La congestión y precariedad de las condiciones de vida en los cascos de las ciudades obligó a las autoridades a plantearse soluciones drásticas. En unos casos los esfuerzos se dirigieron a mejorar las condiciones higiénicas y sanitarias mediante la construcción de alcantarillado, provisión de agua, limpieza urbana, pavimentación o traslado de cementerios a las afueras. Otras soluciones parciales fueron la reforma interior de las ciudades, destinada ala ampliación de la anchura de las vías principales que permitiera una mayor fluidez del tráfico, así como la construcción en altura.

La gran contribución de la burguesía al urbanismo del siglo XIX fue la edificación de los Ensanches. Las cercas y murallas que hasta entonces encorsetaban la ciudad fueron demolidas, y un nuevo área planificada sería construida, enlazando con el casco antiguo anterior.

Un ejemplo característico sería el de la ciudad de Nueva York. El plan de extensión de 1811 preveía establecer, sobre el conjunto de la isla de Manhattan, una inmensa red cuadrangular de avenidas y calles, cruzándose perpendicularmente. Una solución similar fue utilizada en Europa, mediante la planificación y posterior edificación de un conjunto de Ensanches en las capitales de mayor renombre, Destacan los de Atenas, Amsterdam, Madrid y Barcelona. En unos casos, la solución adoptada era el puro damero rectangular, mientras en otros, como en Barcelona, la retícula ortogonal era atravesada por dos diagonales. De gran interés es el urbanismo parisino de la época de Napoleón III. El resultado fue la creación de una vasta re de arterias que configuraban el territorio de la ciudad, tanto en el centro como en la nueva zona periférica en expansión.

Los Ensanches hicieron posible la materialización de grandes negocios inmobiliarios, al calificar como suelo urbanizable grandes extensiones de terrenos, que llegaron a producir enormes plusvalías. Además, estos nuevos barrios residenciales sufrieron una excesiva especulación, que originó una densificación muy superior a la definida en la planificación. El caso de Madrid puede resultar paradigmático. Concebido su Ensanche para la acomodación de clases de variado nivel social, la falta de control urbanístico produjo fuertes abusos, con el resultado de marginación para las clases trabajadores, que fueron expulsadas al exterior de la ciudad. Se produjo así la segregación de la población en dos áreas, una planificada, la del Ensanche, lugar de residencia de la clase burguesa, y otra de edificación espontánea en el extrarradio, de barrios obreros.

·         El modelo cultural y la Ciudad Jardín. La aportación española de Arturo Soria: la Ciudad Lineal

El segundo modelo urbanístico que aparece como oposición al modelo progresista de los utopistas fue el denominado modelo naturalista, que concibe la ciudad sin prototipos ni estándares definidos de antemano. Cada edificio debe ser diferente a los demás, para expresar así su carácter único. La clave del modelo no era ya el concepto de progreso, sino el se cultura. El modelo cultural surge así como una reacción a la pretendida homogeneización urbanística característica del industrialismo.

Ebenezer Howard aportó un nuevo modelo de ciudad que se mantenía en un lugar intermedio entre ambas líneas de pensamiento urbanístico, compartiendo puntos de ambas. La ciudad jardín era concebida como una célula viva, aislada y rodeada de un cinturón verde, capaz de albergar un número limitado de habitantes. En este sentido, el modelo enlaza con las ideas del modelo progresista. Sin embargo, la ciudad jardín de Howard pertenece también al modelo culturalista, a causa de la preeminencia que en ella se concede a los valores comunitarios de la relación de las personas.

La concepción de E. Howard era realista y factible de ser construida. La ciudad estaba limitada a una población de 32.000 habitantes y se extendía sobre una superficie de 2.400 Has., de las que 2.000 se dedicaban a la agricultura, alrededor de un núcleo residencial de 400 Has. Este núcleo si disponía en anillos concéntricos, alrededor de un centro cívico, en el que se reunían los edificios públicos rodeados de un parque militar. El anillo siguiente al parque correspondía a la zona residencial y estaba subdividido en dos por una avenida circular, en cuyo centro se situaban iglesias, escuelas y otros edificios comunes. La industria estaba emplazada en el último anillo, servida por un ferrocarril periférico. El triunfo de las ideas de Howard se hizo patente con la constitución de compañías encargadas de construir estas ciudades.

A partir de ese momento, la primitiva idea de ciudad jardín fue evolucionando según dos líneas de desarrollo diferentes. La primera, teórica y de investigación, contribuyó a la aportación de modelos abstractos que fueron utilizados en la planificación urbana. La otra línea sería la de las realizaciones prácticas, sobre trazados generalmente informales e irregulares al estilo del jardín inglés. La idea cristalizaría en el urbanismo anglosajón, de grandes barrios residenciales de viviendas unifamiliares.

Mención especial merece la decisiva aportación de Arturo Soria y Mata realizada en Madrid a finales del siglo pasado y comienzos del presente. Pretendía ofrecer un tipo de ciudad integradora, donde ricos y pobres pudieran vivir juntos, dentro del planteamiento utopista de la época.

La solución establecía los principales servicios urbanos a lo largo de una vía de transporte lineal. La ciudad lineal estaba constituida por una franja urbanizada, que uniría dos ciudades antiguas, centrada sobre un eje formado por una calle de 500 m de anchura. Esta vía central albergaría en el subsuelo todas las conducciones de servicios urbanos y en su superficie exterior se establecerían los centros de vida común.

A ambos lados del eje central se dispondrían unas bandas de terreno edificable, divididas en manzanas rectangulares por vías secundarias perpendiculares a la principal. Dos bandas más extensas de bosque servirían de transición entre la ciudad y el terreno natural. El resultado final sería la triangulación del espacio mediante cintas urbanizadas que unirían entre sí las ciudades preexistentes.

Siguiendo las tendencias naturalistas del momento, de acercamiento al campo y de oposición a la ciudad industrial, A. Soria planteaba que la edificación fuera dispersa y las viviendas unifamiliares, aisladas en medio de la vegetación.

Autor y licencia de 'El hecho urbano. El proceso de urbanización'


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