El golpe de estado frustrado en 1923 apartó a Adolf Hitler de la idea de acceder al poder mediante la violencia o cualquier otro tipo de presión al estilo italiano. Lo que no abandonó Hitler fue su idea de destrucción de los mecanismos constitucionales o institucionales que le impidiesen implantar la dictadura en Alemania.
Elevado al poder dentro de la legalidad constitucional de la República de Weimar, los propósitos de Hitler se encaminaban hacia la consecución de la dictadura mediante el decreto de suspensión de garantías constitucionales y la Ley de Plenos Poderes, que le fue concedida tras las elecciones de 1933 el día 24 de marzo (? en ausencia de los comunistas -el Partido Comunista fue disuelto tras el incendio del Reichstag en febrero del mismo año-, sólo el partido socialdemócrata se había opuesto a ello).
A partir de entonces estaba abierto el camino para la destrucción de todas las fuerzas políticas y sindicales. El Partido Nacionalsocialista fue elevado al rango de partido único. Para que no le entorpecieran el camino hacia la presidencia del país, Hitler hizo asesinar a los jefes de las SA (el cuerpo paramilitar del partido nazi), que habían contribuido en gran medida a abrirle el acceso al poder, en la “noche de los cuchillos largos” (30 de junio de 1934) y aprovechar este ajuste de cuentas para hacer desaparecer a diversas personalidades conservadoras o que habían desaprobado el establecimiento de su dictadura. Tras la muerte de Hindenburg, Hitler se convirtió en el Reichsführer.
En adelante, Hitler ejerció el poder absoluto. Los nazis hicieron un uso excepcionalmente intensivo de los mecanismos totalitarios de control social (policía, propaganda, educación, producción cultural).
Más que formas más o menos autoritarias de coerción, impusieron un verdadero régimen de terror policial. La creación de los campos de concentración supuso un instrumento definitivo de control del pueblo (? el primero se abrió antes de los dos meses de la llegada de Hitler al poder). En la Alemania nazi se abrieron unos 40 campos de concentración, en los que fueron internados comunistas, socialistas, pacifistas e individuos asociales, y cuya vigilancia estaba asociada a las SS. Ya en 1929, Hitler había nombrado a Himmler jefe de su guardia personal, de las SS, que hacían, además, las veces de servicio de seguridad. En 1934 le dio el control de la Gestapo (la policía secreta), que reorganizó como una subdivisión de las SS. En 1936, con la integración de todas las fuerzas policiales y parapoliciales (SS, Gestapo, policía de seguridad, policía criminal, policía política) bajo el mando de Himmler, la Alemania hitleriana se convirtió en un estado policíaco. El poder de las SS y de la Gestapo, que controlaban también los campos de concentración y los servicios de espionaje, fue inmenso, un Estado dentro del Estado.
Pero junto al terror, la propaganda era el segundo pilar en que se apoyaba el sistema nacionalsocialista. Los nazis hicieron un uso excepcional de la propaganda y la cultura como formas de manipulación de las masas, de movilización social y de doctrinamiento colectivo. Goebbels, nombrado ministro de Ilustración y Propaganda en marzo de 1933, con control sobre prensa, radio y todo tipo de manifestación cultural, hizo de la propaganda el instrumento complementario del terror en la afirmación del poder absoluto de Hitler y su régimen. Las bibliotecas fueron depuradas de libros “subversivos” (quemados en inmensos autos de fe), junto con las universidades (? conocidos escritores y artistas no nazis -Thomas Mann, Brecht, Gropius, Lang, ...- y centenares de intelectuales, científicos, profesores, etc. tuvieron que exiliarse). El arte expresionista y de vanguardia fue considerado como un “arte degenerado”; en su lugar, el arte nacionalsocialista exaltó el clasicismo greco-romano, la grandeza y los mitos alemanes, el heroísmo y el trabajo. Goebbels cuidó especialmente el cine y los grandes espectáculos (? la producción de documentales y de films de ficción que por lo general glorificaban el pasado alemán y el régimen hitleriano aumentó considerablemente y su proyección se hizo obligatoria. Los espectáculos de masas en grandes estadios, en explanadas al aire libre, con uso abundante de recursos técnicos novedosos (luz, sonido, rayos luminosos), alcanzaron una perfección efectista sin precedentes. Los grandes desfiles de Berlín y Nuremberg, entre mares de svásticas y de estandartes nacionales, fanatizaban al pueblo alemán. En el mismo espíritu, Goebbels hizo de los JJ.OO. de 1936, celebrados en Berlín, una verdadera exaltación de la raza aria, de Alemania y de Hitler).
En 1936, se hizo obligatoria la afiliación de los jóvenes a las Juventudes Hitlerianas, donde se inculcaba la convicción de pertenecer a una raza superior.
Un elemento clave en la Alemania nazi fue el antisemitismo. El 1 de abril de 1933 se decretó el boicot a los comercios judíos. Seis meses después, una ley excluyó a los judíos de toda función pública. El 15 de septiembre de 1935, el Partido proclamó las Leyes de Nuremberg, leyes racistas que privaban a los judíos de la nacionalidad alemana y les prohibían el matrimonio y aún las relaciones sexuales con los alemanes. El atentado de un judío contra un diplomático alemán en París fue el pretexto para que la noche del 7 al 8 de noviembre de 1938 (“la noche del cristal”), sinagogas, comercios y propiedades judías fueran asaltadas e incendiadas en toda Alemania (91 personas fueron asesinadas aquella noche) y para la exclusión de los judíos de todas las profesiones y lugares públicos. De este modo se trataba de provocar la emigración masiva de los judíos (en 1939 habían emigrado la mitad de los judíos alemanes, que habían comprendido la amenaza que pesaba sobre ellos). Luego, en 1941, comenzó el horror, una nueva fase de represión que culminaría en la ejecución de unos 6 millones de judíos en los campos de concentración, como “solución final” al problema.
El sistema judicial, también depurado, quedó subordinado al poder arbitrario de la policía. Al tiempo que son creados multitud de tribunales especiales, la judicatura pierde totalmente su autonomía, para convertirse en un simple órgano auxiliar del gobierno. La utilización masiva de la detención preventiva hará posible el más absoluto estado de inseguridad jurídica para la población.
En el terreno religioso, los nazis, cuya ideología era paganizante y atea, sometieron a las iglesias protestantes al control del Estado y del Partido, lo que indispuso contra el régimen a muchos creyentes (que fueron duramente represaliados). El Concordato que la Alemania nazi firmó con la Santa Sede en 1933 les hizo ser más tolerantes con los católicos. Pero la animadversión de los nazis al catolicismo -una religión no nacional- era manifiesta. Las violaciones del Concordato hicieron que el papa Pío XI condenara el nacionalsocialismo como doctrina fundamentalmente anticristiana.
Una política social intervensionista prodigó sus atenciones sobre la familia y sobre la natalidad, fin último de un Estado lanzado hacia la expansión territorial. En cuanto a la organización laboral, los sindicatos existentes fueron prohibidos y se crearon en su lugar sindicatos oficiales, el Frente de los Trabajadores Alemanes, que supuso el control gubernamental directo de todo el cuerpo social trabajador (las huelgas y la negociación colectiva fueron prohibidas).
§ La política económica
El descenso del número de parados (se consigue el pleno empleo en 1936 al aumentar de manera vertiginosa la actividad de las industrias de guerra y ampliar el número de soldados) y el relanzamiento económico eran los grandes logros del régimen. La renta per cápita se elevó en un 40 % y los salarios en un 20 %. Las condiciones de trabajo y la vivienda mejoraron notablemente.
Sin el apoyo de la gran industria, este programa económico no habría sido posible (? la gran industria fue la base de la sustentación del nazismo). Los empresarios conservan la propiedad, dirección y beneficios de las empresas, pero el Estado controlaba los precios, salarios, el mercado de trabajo y el comercio exterior. Se aunaron esfuerzos para conseguir la máxima autarquía (? En 1936 se pusieron en marcha planes cuatrienales destinados a garantizar la total independencia con respecto al extranjero de la economía alemana que, sin embargo, se encontraba en un círculo vicioso: el rearme necesitaba materias primas, la obtención de éstas exigía la guerra y la guerra requería a su vez nuevos armamentos).
El régimen económico nacionalsocialista reservó a las grandes empresas grandes beneficios que no dejaron de aumentar. En cambio, la concentración industrial y bancaria perjudicaba a los pequeños patronos, a los artesanos y comerciantes que, sin embargo, encontraban en el dirigismo burocrático una amplia compensación. En cuanto al mundo obrero, que perdió la libertad sindical y cuyo ritmo de trabajo aumentó considerablemente, aunque se benefició de los elevados salarios en las industrias de armamento, se vio fuertemente gravado por las cotizaciones y deducciones que le imponía el Frente de los Trabajadores. La clase campesina, se mantenía, como consecuencia de su endeudamiento, en una situación precaria, como lo atestigua el éxodo masivo a las ciudades.
En resumen, el régimen económico y social era el de una nación cínicamente explotada por el Estado.