En los años de posguerra, Gran Bretaña dio los últimos pasos para afirmarse como una verdadera democracia política: la reforma de la Ley Electoral en 1918 concedió el voto a todos los varones mayores de 21 años y a más de 8 millones de mujeres mayores de 30 años.
Las elecciones de 1918 dieron el triunfo a una coalición liberal-conservadora dirigida por David Lloyd George, que negoció la paz de Versalles tras la guerra.
Los grandes sacrificios económicos por la guerra, la pérdida de la hegemonía mundial, unido a las dificultades para exportar, supusieron un rápido crecimiento de precios y un fuerte desempleo que se tradujo en una importante conflictividad social con numerosas huelgas. Presionado, el gobierno tomó importantes medidas en materia de legislación social: comités conjuntos de patronos y obreros, seguro de desempleo...
Otro problema al que tuvo que enfrentarse fue la cuestión irlandesa. El partido nacionalista radical, Sinn Fein, desencadenó una oleada de terror en Irlanda para expulsar del país a los ingleses. Lloyd George les ofreció el reconocimiento del Estado Libre de Irlanda, sin el Ulster, con un estatuto de autonomía, en calidad de dominio de la Corona. Esta solución pacificó el país.
Pero la mala situación económica de Gran Bretaña hundió al partido liberal. Los conservadores le retiraron su apoyo por la solución dada al problema irlandés.
En las elecciones de 1922 los conservadores obtuvieron una compacta mayoría (que gobernaron tras la caída de Lloyd George), pero el hecho más significativo fue el espectacular aumento de los laboristas (desplazando a los liberales como segundo partido del país en las elecciones de 1924).
El encargado de formar gobierno fue Stanley Baldwin, quien impuso una política proteccionista con el objeto de fortalecer la libra.
En las elecciones de 1923, los conservadores, no obstante haber ganado las elecciones, carecían de mayoría absoluta, por lo que el rey encargó al líder laborista Ramsay McDonald la formación de gobierno (por primera vez en la historia).
Que el primer gobierno laborista durase apenas 10 meses; que fuese un gobierno minoritario dependiente del apoyo parlamentario de los liberales; y que por ello no pudiera hacer política socialista (aunque aprobó una ley de viviendas populares, reconoció a la URSS y, distanciándose de la tradicional política imperial británica, participó activamente en la Sociedad de Naciones), todo ello importaba tal vez menos que el hecho mismo de la llegada del laborismo al gobierno. Había cristalizado un nuevo sistema político en el que el partido de los sindicatos aparecía como la principal alternativa al gobierno de las élites tradicionales.
Una coalición de los votos conservadores y liberales derriban al partido laborista, y en las elecciones de 1924 triunfan los conservadores con Baldwin a la cabeza. (? Estas elecciones confirman la desaparición definitiva de la escena política inglesa del partido liberal como partido de turno, papel que hereda el laborismo).
El gobierno de Baldwin (con Churchill como ministro) decidió reducir los salarios, lo que provocó un choque directo con los sindicatos. Baldwin tuvo que hacer frente a la única huelga general de toda la historia de Gran Bretaña en 1926, declarada por los sindicatos en solidaridad con los mineros (que eran a quienes les habían reducido el salario). En esta huelga se comprobó la solidez de la democracia británica, pues no hubo actos de violencia ni el gobierno tomó represalias contra los huelguistas. La democracia salió robustecida, y los gobiernos conservadores se mantuvieron hasta 1929, en que ganó la mayoría del partido laborista, que hubo de hacer frente a la crisis de Wall Street de 1929.
Muy pronto la crisis alcanzó a Gran Bretaña, con sus consecuencias de reducción de exportaciones y descenso de los fondos bancarios; la libra perdió terreno y el número de parados llegó a más de 2 millones. Todo ello obligó a formar un gabinete de Unión Nacional en 1931, que presidió McDonald hasta 1935.
La recuperación económica británica comenzó hacia 1933 gracias a las medidas proteccionistas adoptadas por el gobierno (elevó las tarifas aduaneras, dio preferencia al comercio con países miembros de la Commonwealth (=Comunidad Británica de Naciones)). El paro comenzó a disminuir y comenzaban a cobrar auge una serie de industrias como la construcción o las de fabricación de productos nuevos (radios, automóviles, fibras sintéticas). En cambio, las industrias dedicadas a la exportación estaban estancadas. Los subsidios de desempleo mejoraron en estos años.
La fórmula de la Unión Nacional (coalición de conservadores, laboristas y liberales) dio el poder a partir de 1937 a los conservadores. El resultado no pudo ser más positivo contra la crisis económica, aún con altos costes sociales. Gobiernos nacionales y políticas conservadoras sacaron a Gran Bretaña de la crisis. El fracaso del extremismo político fue patente (ni comunismo, ni fascismo).
§ El problema irlandés
El reconocimiento por los aliados del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de los ex imperios austro-húngaro y otomano reforzó en todas partes las aspiraciones de los movimientos nacionalistas e independentistas. En Gran Bretaña, ello produjo el resurgimiento del nacionalismo irlandés.
En las elecciones de 1918, el partido independentista Sinn Fein (= Nosotros Mismos) obtiene 73 diputados para el Parlamento de Londres pero, imbuidos por el nacimiento de los nuevos estados propiciados por los tratados de paz, deciden no ocupar sus escaños y constituirse en Parlamento irlandés en Dublín y proclamar la independencia de Irlanda. Disueltos el Parlamento irlandés y el Sinn Fein por las autoridades británicas y detenidos (o exiliados) sus principales dirigentes, dos de éstos, Michael Collins y Sean McBride, reorganizaron en la clandestinidad el Ejército Republicano Irlandés (IRA).
A partir de principios de 1920, el IRA desencadenó una violentísima campaña de atentados terroristas contra objetivos ingleses, a la que el ejército inglés respondió con una durísima política de represalias que incluyó atentados y asesinatos igualmente brutales. Irlanda vivió dos años de virtual guerra abierta.
A la vista de la situación y de la creciente oposición de la opinión inglesa a la guerra y a los métodos de las fuerzas auxiliares reclutadas para combatir al IRA (los llamados “Blacks and Tans” -negros y marrones-, por el color de sus uniformes), el gobierno de Lloyd George aprobó una ley (1920) que dividía la isla en dos regiones autónomas: el Ulster (o Irlanda del norte) e Irlanda del sur, cada una con su propio Parlamento y bajo la autoridad de una Consejo de Irlanda. En elecciones separadas, los resultados fueron contradictorios: en el Ulster (norte) se imponen los unionistas, partidarios del mantenimiento de la unión con la Corona; en el sur, ganan por mayoría los del Sinn Fein. Un tratado entre una delegación irlandesa y Londres convierte en Estado Libre de Irlanda a Irlanda del sur, con categoría de dominio equiparable a Canadá, dentro de la Commonwealth. Irlanda del norte quedaba como región autónoma dentro de Gran Bretaña.
Pero una parte del Sinn Fein no aceptó el tratado (estiman que no se ha conseguido la independencia plena ni respetado la unidad nacional de la isla) por lo que continuaron con la resistencia armada. La ruptura entre las dos facciones fue inevitable: la guerra civil se prolongó hasta la primavera de 1923.
Había nacido en Europa otra nación independiente: el Estado Libre de Irlanda, con todos los atributos que reclama la identidad nacional (Parlamento, Ejército, lengua oficial gaélica), pero subsiste el problema de la separación de Irlanda del norte y los lazos que la ligan de su antigua metrópoli dentro de la Commonwealth.