Los acuerdos de París al finalizar la I Guerra Mundial fueron recibidos como un gran triunfo de los valores democráticos (alternancia en el ejercicio del poder, prensa libre, libertad, igualdad ante la ley, pluralismo político...) y como el preludio de una nueva era de paz y prosperidad para el mundo. Y en efecto, en más de un sentido, la I Guerra Mundial significó el triunfo de la democracia. A esa interpretación contribuyeron hechos como: 1º) la desaparición de los imperios autocráticos de los Romanov, los Habsburgo, los Hohenzollern, y del Imperio otomano; 2º) la proclamación de repúblicas democráticas en Alemania, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Turquía, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia; 3º) la concesión del sufragio femenino en Gran Bretaña, Holanda, Suecia y EEUU, y la introducción de fórmulas de representación proporcional en países como Francia e Italia; 4º) la constitución de la Sociedad de Naciones sobre el principio de una nación, un voto.
Pero aquel triunfo de la democracia tuvo mucho de ilusorio. La guerra había destruido el optimismo y la fe en la idea de progreso y en la capacidad de la sociedad occidental para garantizar de forma ordenada la convivencia y la libertad civil. Una parte cada vez más numerosa de la opinión confiaría en adelante en soluciones políticas de naturaleza autoritaria.
Por un lado, el nuevo régimen comunista ruso actuó como revulsivo de la conciencia revolucionaria, al tiempo que provocaba la reacción de alarma de las clases conservadoras del mundo occidental (? El comunismo, en todo caso, visto no ya sólo como una forma igualitaria de organización de la sociedad sino como una nueva moral, ejerció en los años de la posguerra una fascinación innegable).
De otra parte, los acuerdos de paz provocaron una reacción ultranacionalista en los países derrotados (Alemania) o decepcionados por los tratados (Italia), sobre todo entre los excombatientes (de mentalidad patriótica y militarista identificada con el recuerdo de la guerra, con abierta hostilidad a la democracia). (? El reconocimiento por los aliados del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades de los ex imperios austro-húngaro y otomano reforzó en todas partes las aspiraciones de los movimientos nacionalistas e independentistas).
El nuevo orden internacional creado por la I Guerra Mundial se cargaba así de inestabilidad y conflictos. Además, por otra parte, las esperanzas que había suscitado la creación de la Sociedad de Naciones se desvanecieron pronto (? Ya nació con grandes limitaciones: la Rusia soviética y Alemania habían quedado excluidas. Tampoco lo hizo EEUU -el Senado norteamericano votó por el tradicional ‘aislacionismo’ del país-. Además carecía de autoridad para imponer sus decisiones).
Las nuevas democracias del centro y este de Europa nacieron condicionadas por el peso de la herencia de la guerra: gravísimos daños materiales, desajustes económicos, fuerte endeudamiento exterior, pago de indemnizaciones (en el caso de los países derrotados)... El legado de la guerra hipotecó decisivamente el futuro de la democracia en aquella región de Europa.
A pesar de estos peligros, mientras en varias naciones se instauran regímenes autocráticos, Francia, Inglaterra y EEUU no renuncian a sus instituciones y a su pluralismo.