El Recto Pensamiento - El elemento trabajo en el problema de la enfermedad
Curso gratis creado por MANLY PALMER HALL. Extraido de: http://elbuscador.tresuvesdobles.com/?q=
01 de Abril de 2005
Psicología, Desarrollo personal
5 - El elemento trabajo en el problema de la enfermedad
Cierto amigo mío, médico de fama, al discutir el problema de un tipo peculiar que esta contaminando nuestra estructura social, decía: "Creo haber descubierto la causa patológica del anarquista radical y del anarquista de salón; es simplemente una cuestión de eliminación de los pobres. Muy rara vez estos individuos están empleados en un trabajo activo; pasan su tiempo sentados por ahí, desacreditando el sistema, y es natural que cuando los individuos no trabajan sus funciones se adormezcan. Casi todas estas personas podrían curarse y ser redimidas para la sociedad por medio de un vigoroso físico y una ocupación saludable".
Esto nos conduce a otro importante punto; es decir, el elemento trabajo en el problema de la enfermedad. Un individuo que tiene poco que hacer es más susceptible a las enfermedades crónicas que la persona permanentemente ocupada en alguna tarea de responsabilidad. "El perro ocioso se volverá sarnoso", dice un antiguo proverbio, y "Un terreno baldío se cubrirá de cizañas". Una vez afectada, la persona ociosa tiene poca oportunidad de recuperación. Quien tiene tiempo para condolerse por sus enfermedades muy rara vez se recobra de las mismas. Al demorarse en la consideración de los achaques, la mente refuerza continuamente las dolencias, que aumentan en proporción directa de los temores del paciente, y los miedos (como afirmaba Agrippa), son una incitación para los males. Es bien conocido el hecho de que muchas personas han muerto de enfermedades que jamás tuvieron. Conocemos perfectamente al tipo de individuo que, después de leer los síntomas enumerados en la etiqueta de un frasco de medicina, inmediatamente siente todos los malestares allí puntualizados. Estos dolores, naturalmente, se "curan" consumiendo uno o dos frascos del elixir, el fabricante recibirá una nueva comprobación patética de los beneficios de su medicina, lo que a su vez derivara en infinitas curas de enfermos que jamas han sufrido los síntomas que promete eliminar la medicina en cuestión.
El viejo médico de familia del siglo pasado reconocía en la píldora de pan uno de sus más potentes medicamentos, pues cuando fracasaban las drogas legítimas y la sangría no era conveniente, la inofensiva píldora de miga, suministrada con toda seriedad, tocaba el punto psicológico del mal, produciendo una cura casi milagrosa.
Los médicos también saben que aproximadamente todos los enfermos tienen un relato de infortunios para contar. "Contemplé un mar tan inmenso de dificultades que atravesarlo a nado parecía imposible". (Eurípides). Este relato de calamidades abarca el catálogo completo de males, reales o imaginarios, que si bien no son considerados por el gremio médico como causas verdaderas de la enfermedad, ciertamente se les reconoce su índole de factores contribuyentes. Por lo tanto, el médico se resigna a este interminable relato, y puede prescribir algún remedio sencillo que ejerza efecto psicológico. Inmediatamente el paciente se siente mejor, no por la cucharada de agua coloreada que toma después de cada comida, sino por el alivio o descarga que le significa el dar expresión a los pensamientos y emociones reprimidos que son la causa verdadera de la enfermedad. Puede el médico agonizar por la prueba a la que lo somete el enfermo, pero es indudable que el paciente mejorará. Es acertado el adagio que afirma que abrirse a la confesión resulta beneficioso para el alma, y un crónico hepático puede ensayar esta fórmula con éxito.
Si analizamos una persona consumida por un mal insidiosamente devorador, descubriremos que su mente y su corazón han sido corroídos por un oculto pesar real, o imaginario: un amor no correspondido, un agravio que quedó sin venganza. Una vida ocupada en alimentar rencores, o simplemente en recordarlos, es una vida perdida para mejores causas. No hay corazón más bloqueado que aquél torturado por los remordimientos o consagrado a buscar venganza, y, sin embargo, cuan común es incluso entre los llamados sabios, hallar esta lamentable intemperancia. Muchos consideran que la vida es tan endeble que no puede sobrevivir al más simple contratiempo, y frustrados por algún detalle, se martirizan echándose cenizas en el pelo y entregándose a lamentos inútiles. Tampoco debemos engañarnos pensando que hemos superado totalmente los errores de la gente común, ya que es raro el hombre que no alimente algún rencor interno o que no le permita a su memoria hacer estragos en la paz de su mente. Desdichado de aquel que, en su ascenso hacia las estrellas, olvide - aunque sólo sea por un instante - que es todavía un mortal sujeto a todas las imperfecciones del hombre; pues, a medida que ascienda, un dardo disparado por algún oculto arquero lo derribará de pronto, y ni los dioses mismos podrán convencer al vencido que él mismo ha inventado el proyectil y lo ha disparado.
Durante mi larga práctica de labor pública he recibido y gozado de las confidencias de numerosas personas, muchas de las cuales se consideraban superiores de alguna manera. Por supuesto que nos es común a todos la insignificante egolatría, pero, son tan pocas las cosas que hacemos bien, que quizás tengamos el derecho a engreírnos cuando accidentalmente logramos algo plausible. La mayoría eran personas escrupulosas, abnegadas, y de acuerdo con las normas convencionales, sumamente plausibles, si bien resultaba difícil convivir con ellas. Estaban consagradas a sus ideales, y eran consecuentes con sus alcances cognocitivos. Desgraciadamente, sin embargo, sus mentes les hacían trampas, incapacitándolas para hacer una estimación exacta de su propia integridad. Entre estas valiosas personas que conocí, había escasamente una sola que no tuviera su talón de Aquiles. Todas tenían alguna secreta pena, algún salvaje impulso, contra el que constantemente debían luchar, algún odio profundamente arraigado, negado pero dolorosamente evidente; y, finalmente, todos se habían desarrollado a imagen de su idea obsesiva. Algunos lograban ocultar su secreto al común de la gente, pero pese a sus esfuerzos no estaban bien ni eran felices, y no lograban acercarse a la meta por la que luchaban. Lloran diciendo: "Oh, ¿por qué busco en vano?", pero al decir esto se sonrojan porque en su fuero interno se han contestado su propia pregunta. Unos pocos, por supuesto, se han atrincherado tan fuertemente en sus ideas, que desafían sus propias mentes retándolas a indagar el hecho. Pero llegado el momento, incluso estas personas resultan humilladas al tener que enfrentarse, por fin, cara a cara consigo mismas y conocerse en la justa medida de lo que son. Con toda seguridad, el temor mismo de este inevitable reconocimiento es de por si, un poderoso alimento para las enfermedades. ¿No han observado ustedes cuán pocos individuos gozan de la soledad? ¿Y no se han preguntado ustedes el por qué? Casi todos nosotros no buscamos la soledad, porque ella nos enfrenta con la honestidad que, incluso para quienes el mundo considera justos, es, frecuentemente una molesta visitante.
Si usted esta enfermo, entonces busque los motivos ocultos detrás de cada pensamiento y detrás de cada acto. Si no lo está, lo mismo analice su personalidad interna para prevenir la aparición de tales enfermedades. El odio y la salud no pueden coexistir dentro del mismo organismo; la normalidad es irreconciliable con la anormalidad, y el conflicto resultante incapacitará al miembro físico para el cumplimiento de sus funciones. El orden del mundo se mantiene en virtud de la armonía con su esfera divina. A través de la felicidad del plano racional, los dioses sostienen el globo terrestre, preservando las generaciones e impidiendo la perpetuación de las monstruosidades.
Lo que sucede en el Macrocosmo, acontece en el Microcosmo, porque lo de arriba y lo de abajo están ligados tan estrechamente como lo están los huesos craneanos por medio de sus suturas. Si la naturaleza superior del hombre (el alma y las facultades racionales) conviven en la verdad y la belleza, y cooperan al servicio del bien supremo, entonces la naturaleza inferior (el cuerpo) también vivirá en paz, reflejando la sabiduría y armonía del alma. Partiendo de esta premisa los filósofos antiguos encaraban la cura de las enfermedades, no de acuerdo con los sutiles métodos de la metafísica, sino con medios tan simples que pudiera emplearlos todo aquel que buscara la salud, y que anhelara cambiar las angustias del exceso por las comodidades de la moderación.
Esto nos conduce a otro importante punto; es decir, el elemento trabajo en el problema de la enfermedad. Un individuo que tiene poco que hacer es más susceptible a las enfermedades crónicas que la persona permanentemente ocupada en alguna tarea de responsabilidad. "El perro ocioso se volverá sarnoso", dice un antiguo proverbio, y "Un terreno baldío se cubrirá de cizañas". Una vez afectada, la persona ociosa tiene poca oportunidad de recuperación. Quien tiene tiempo para condolerse por sus enfermedades muy rara vez se recobra de las mismas. Al demorarse en la consideración de los achaques, la mente refuerza continuamente las dolencias, que aumentan en proporción directa de los temores del paciente, y los miedos (como afirmaba Agrippa), son una incitación para los males. Es bien conocido el hecho de que muchas personas han muerto de enfermedades que jamás tuvieron. Conocemos perfectamente al tipo de individuo que, después de leer los síntomas enumerados en la etiqueta de un frasco de medicina, inmediatamente siente todos los malestares allí puntualizados. Estos dolores, naturalmente, se "curan" consumiendo uno o dos frascos del elixir, el fabricante recibirá una nueva comprobación patética de los beneficios de su medicina, lo que a su vez derivara en infinitas curas de enfermos que jamas han sufrido los síntomas que promete eliminar la medicina en cuestión.
El viejo médico de familia del siglo pasado reconocía en la píldora de pan uno de sus más potentes medicamentos, pues cuando fracasaban las drogas legítimas y la sangría no era conveniente, la inofensiva píldora de miga, suministrada con toda seriedad, tocaba el punto psicológico del mal, produciendo una cura casi milagrosa.
Los médicos también saben que aproximadamente todos los enfermos tienen un relato de infortunios para contar. "Contemplé un mar tan inmenso de dificultades que atravesarlo a nado parecía imposible". (Eurípides). Este relato de calamidades abarca el catálogo completo de males, reales o imaginarios, que si bien no son considerados por el gremio médico como causas verdaderas de la enfermedad, ciertamente se les reconoce su índole de factores contribuyentes. Por lo tanto, el médico se resigna a este interminable relato, y puede prescribir algún remedio sencillo que ejerza efecto psicológico. Inmediatamente el paciente se siente mejor, no por la cucharada de agua coloreada que toma después de cada comida, sino por el alivio o descarga que le significa el dar expresión a los pensamientos y emociones reprimidos que son la causa verdadera de la enfermedad. Puede el médico agonizar por la prueba a la que lo somete el enfermo, pero es indudable que el paciente mejorará. Es acertado el adagio que afirma que abrirse a la confesión resulta beneficioso para el alma, y un crónico hepático puede ensayar esta fórmula con éxito.
Si analizamos una persona consumida por un mal insidiosamente devorador, descubriremos que su mente y su corazón han sido corroídos por un oculto pesar real, o imaginario: un amor no correspondido, un agravio que quedó sin venganza. Una vida ocupada en alimentar rencores, o simplemente en recordarlos, es una vida perdida para mejores causas. No hay corazón más bloqueado que aquél torturado por los remordimientos o consagrado a buscar venganza, y, sin embargo, cuan común es incluso entre los llamados sabios, hallar esta lamentable intemperancia. Muchos consideran que la vida es tan endeble que no puede sobrevivir al más simple contratiempo, y frustrados por algún detalle, se martirizan echándose cenizas en el pelo y entregándose a lamentos inútiles. Tampoco debemos engañarnos pensando que hemos superado totalmente los errores de la gente común, ya que es raro el hombre que no alimente algún rencor interno o que no le permita a su memoria hacer estragos en la paz de su mente. Desdichado de aquel que, en su ascenso hacia las estrellas, olvide - aunque sólo sea por un instante - que es todavía un mortal sujeto a todas las imperfecciones del hombre; pues, a medida que ascienda, un dardo disparado por algún oculto arquero lo derribará de pronto, y ni los dioses mismos podrán convencer al vencido que él mismo ha inventado el proyectil y lo ha disparado.
Durante mi larga práctica de labor pública he recibido y gozado de las confidencias de numerosas personas, muchas de las cuales se consideraban superiores de alguna manera. Por supuesto que nos es común a todos la insignificante egolatría, pero, son tan pocas las cosas que hacemos bien, que quizás tengamos el derecho a engreírnos cuando accidentalmente logramos algo plausible. La mayoría eran personas escrupulosas, abnegadas, y de acuerdo con las normas convencionales, sumamente plausibles, si bien resultaba difícil convivir con ellas. Estaban consagradas a sus ideales, y eran consecuentes con sus alcances cognocitivos. Desgraciadamente, sin embargo, sus mentes les hacían trampas, incapacitándolas para hacer una estimación exacta de su propia integridad. Entre estas valiosas personas que conocí, había escasamente una sola que no tuviera su talón de Aquiles. Todas tenían alguna secreta pena, algún salvaje impulso, contra el que constantemente debían luchar, algún odio profundamente arraigado, negado pero dolorosamente evidente; y, finalmente, todos se habían desarrollado a imagen de su idea obsesiva. Algunos lograban ocultar su secreto al común de la gente, pero pese a sus esfuerzos no estaban bien ni eran felices, y no lograban acercarse a la meta por la que luchaban. Lloran diciendo: "Oh, ¿por qué busco en vano?", pero al decir esto se sonrojan porque en su fuero interno se han contestado su propia pregunta. Unos pocos, por supuesto, se han atrincherado tan fuertemente en sus ideas, que desafían sus propias mentes retándolas a indagar el hecho. Pero llegado el momento, incluso estas personas resultan humilladas al tener que enfrentarse, por fin, cara a cara consigo mismas y conocerse en la justa medida de lo que son. Con toda seguridad, el temor mismo de este inevitable reconocimiento es de por si, un poderoso alimento para las enfermedades. ¿No han observado ustedes cuán pocos individuos gozan de la soledad? ¿Y no se han preguntado ustedes el por qué? Casi todos nosotros no buscamos la soledad, porque ella nos enfrenta con la honestidad que, incluso para quienes el mundo considera justos, es, frecuentemente una molesta visitante.
Si usted esta enfermo, entonces busque los motivos ocultos detrás de cada pensamiento y detrás de cada acto. Si no lo está, lo mismo analice su personalidad interna para prevenir la aparición de tales enfermedades. El odio y la salud no pueden coexistir dentro del mismo organismo; la normalidad es irreconciliable con la anormalidad, y el conflicto resultante incapacitará al miembro físico para el cumplimiento de sus funciones. El orden del mundo se mantiene en virtud de la armonía con su esfera divina. A través de la felicidad del plano racional, los dioses sostienen el globo terrestre, preservando las generaciones e impidiendo la perpetuación de las monstruosidades.
Lo que sucede en el Macrocosmo, acontece en el Microcosmo, porque lo de arriba y lo de abajo están ligados tan estrechamente como lo están los huesos craneanos por medio de sus suturas. Si la naturaleza superior del hombre (el alma y las facultades racionales) conviven en la verdad y la belleza, y cooperan al servicio del bien supremo, entonces la naturaleza inferior (el cuerpo) también vivirá en paz, reflejando la sabiduría y armonía del alma. Partiendo de esta premisa los filósofos antiguos encaraban la cura de las enfermedades, no de acuerdo con los sutiles métodos de la metafísica, sino con medios tan simples que pudiera emplearlos todo aquel que buscara la salud, y que anhelara cambiar las angustias del exceso por las comodidades de la moderación.
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