Para diagnosticar una enfermedad física nos servimos de la sintomatología. El dolor es el más piadoso benefactor del hombre pues a menudo le revela su estado crítico a tiempo para aplicar un remedio. Sin embargo, cuando enferma la razón debido a alguna actitud anormal, el afectado es el último en ver los síntomas, y demasiado frecuentemente, es otra persona la que sufre el dolor de la enfermedad Cuando la mente se descarrila, pierde su propio sentido de la proporción y se vuelve incapaz de reconocer sus propias inseguridades. Atadas como a una rueda por los cálculos falsos, da vueltas y vueltas en torno al eje de su idea, ciega a los errores de su perspectiva. Una persona así perturbada puede ver las faltas de cualquiera otro, pero, respecto de las propias, goza de feliz ignorancia, incluso voluntariamente. Cuándo sus propósitos irracionales comienzan a dar frutos en la forma de variadas. enfermedades, le achaca la culpa a cualquier otra persona, menos a si mismo.
Más de un exterior apacible y aparentemente sereno cobija un alma infectada por los gérmenes de alguna locura. Gracias a la fuerza de voluntad, las manos y los pies se someten a una apariencia de serenidad, mientras el corazón puede estar colmado de destructora inquietud. Sin embargo, los estados internos no pueden ocultarse tan fácilmente, y aunque no se expresen a través de palabras o lagrimas, se manifestarán como enfermedades crónicas o dolor torturante. Los males escondidos en el interior son, para decirlo con palabras de Crisóstomo "un gusano envenenado que devora cuerpo y alma". No puede negársele expresión a la personalidad interna. El alma estampa su marca en el cuerpo, pues la materia es sólo arcilla sin forma hasta el momento en que los impulsos de la mente la modelan. Si bien el cuerpo no disminuye su estatura porque el alma se debilite, ni aumenta su tamaño porque el alma haya adoptado una modalidad jupiteriana, con todo, el aspecto del cuerpo se ajustara, en general, al impulso interno. Así, si el alma se contrae, el cuerpo claramente se debilitará, para armonizar con ella, y su aspecto marchito revelará el encogimiento interno; o, por el contrario, impondrá un aspecto más noble como consecuencia de un aumento de la capacidad de raciocinio interno. Es un hecho conocido que llevamos puesta el alma en nuestros rostros, y que cada cabello atestigua nuestro temperamento. La ciencia está descubriendo últimamente hasta qué punto cada parte representa, la totalidad. Cada gota de sangre registra cada peculiaridad; una gota de saliva revela todas nuestras debilidades. Soplad sobre un vaso de agua y éste captará la imagen del alma de modo tan firme que años más tarde se la podrá descubrir a través de un reconocimiento del cristal.
Paracelso se refería a la enfermedad como a un organismo con sus raíces en la índole invisible del hombre, que, como una planta parásita o un mamífero, succionara la sangre de su alma. Afirmaba que, así como los leones y los tigres atacan a los seres humanos y también se atacan y devoran entre sí, las enfermedades son bestias voraces desprendidas de la matriz de los impulsos perversos, y deben ser tratadas como tales; no como simples agregados de malignidades irracionales. Una enfermedad es un relato o diario, generalmente, un documento bastante comprometedor. Expone aquello que no diríamos a hombre alguno, pues es una confesión forzada. Cuando el hombre no puede ser derribado de manera alguna, resulta humillado por la enfermedad. Pero incluso la dolencia puede resultar una bendición disfrazada, pues por medio de ese aviso, frecuentemente nos protegemos de nosotros mismos. Un dolor menor nos previene de cometer un error mayor.
Antiguamente la enfermedad se dividía en dos categorías: aguda y crónica. Las enfermedades agudas irrumpen repentinamente, desarrollan su curso en un período relativamente breve, y al alcanzar una crisis súbita, el enfermo moría o se salvaba. Si bien dichas enfermedades pueden tener origen en actitudes mentales repentinas o extremas, son, en su mayoría, de origen físico. Derivan de algún exceso físico, del contagio, o de algún quebranto del sistema. Son agentes de un inminente Karma, y deberían ser enfrentadas por el filósofo con la mejor voluntad posible y soportadas pacientemente. Dichas enfermedades enseñan mucho, pues en la mayoría de los casos su causa es clara o puede descubrirse con poco esfuerzo reflexivo. Por supuesto que una enfermedad aguda puede ser consecuencia de una acumulación de circunstancias, pues cada hombre tiene su punto débil. Los animales no tienen otro remedio que soportarla. Por el contrario, el hombre soporta y al mismo tiempo reflexiona, y si bien la reflexión es posterior, resulta mejor que nada. Las circunstancias están tan íntimamente ligadas que podemos prevenirlas por un acto de reflexión y reflexionar por anticipado.
Por el contrario, las enfermedades crónicas, casi invariablemente se originan en el temperamento, incluso cuando son aparentemente de índole contagiosa, ya que los iguales se atraen, y una enfermedad sólo persiste y prospera allí donde la alimentan similitudes mentales. Por tanto podemos afirmar que la mente es, o el origen de la enfermedad, o bien, que infecta el cuerpo al punto de convertir a la naturaleza física en terreno fértil para el arraigo y florecimiento de la enfermedad. Las enfermedades de larga duración, que aumentan con los años, y que finalmente absorben, por así decirlo, al individuo, hasta el extremo de que la enfermedad, y no el hombre, es quien continúa viviendo, casi siempre afectan a las personas mental o emocionalmente desequilibradas. Se cuenta que hubo una vez un gran filósofo con una mente tan equilibrada que no podía morir, hasta que se supo que tuvo que suicidarse para no tener que vivir eternamente.
Recordemos el famoso "Coche de un caballo, construido el día del terremoto de Lisboa". Este inolvidable coche fue hecho sin un solo punto débil, y debido a que cada parte era igualmente fuerte, la carroza duró cien años y un día, al término del cual toda la estructura se deshizo al mismo tiempo. ¿Acaso no simboliza esto la trayectoria del sabio? Puesto que no posee debilidades desiguales, muere de golpe y de una sola vez, mientras que la mayoría de las personas mueren gradualmente a lo largo de la mitad mejor de sus vidas.
Hasta cierto punto, la duración de la existencia física depende de la constitución. Tampoco podemos dejar de tener en cuenta las tendencias hereditarias, que en la mayoría de los casos perduran solamente como tendencias a menos que alguna indiscreción traicione a la naturaleza.
Las enfermedades crónicas generalmente atacan después que ha transcurrido la mitad de la vida, pues se necesitan muchos años para que la corrupción mental consiga arraigar dichas enfermedades. Salvo casos excepcionales, las mentes de los jóvenes son demasiado flexibles y se recuperan con demasiada facilidad como para ser dominadas y limitadas por alguna idea perversa. Además, hasta la mitad de la vida, la vitalidad innata del cuerpo le permite soportar con relativa impunidad, las insidiosas corrosiones del alma. Pero así como la lluvia termina por desgastar la piedra, también el tiempo debilita todas las estructuras. A través de la repetición, se establece un ritmo desintegrador, y el cuerpo comienza a quebrarse por efecto de su monotonía.
Muchas de las enfermedades crónicas son una suerte de decadencia. Advierten al individuo que la vida interior ha comenzado a retirarse, desalojada de su centro por circunstancias adversas. De manera que aquél que sufre alguna interminable enfermedad, debería comprender que, o utilizó sus facultades racionales tan equivocadamente, o actuó con tanta imprudencia, que puso en peligro los valores internos, y que, a menos que corrija el mal, no llegará a los setenta años. El médico puede poner muchas objeciones a esta idea, pero con todo, el hecho subsiste, y el sentido común apoya esta tesis. La mente puede controlar el destino del cuerpo, así como esta comprobado que el individuo puede, en virtud de una tiranía intelectual, hacer estallar su cerebro o estropearse, también el cuerpo, como el más indefenso servidor de la mente, debe soportar, con la mayor tolerancia posible, los excesos de su parte soberana.