Un autor dijo: El hombre que explota la naturaleza, es por todos explotado; cuando el labrador debiera ser el hombre más feliz de la tierra.
La propiedad a nadie le corresponde con más derecho que al hombre del campo: por herencia, por atavismo y por trabajo.
Toda su familia, desde quién sabe qué remotísima edad, ha trabajado fecundando la tierra para bien de otros.
Esos hombres que alimentan a la humanidad, son los más escarnecidos y los más despreciados.
¿Qué pasará el día que los labradores se declaren en huelga?
Que no habrá mercados ni habrá comestibles y el comercio quedará paralizado.
El clero lo explota pidiendo limosnas cuando no llueve; hay que efectuar procesiones para cumplimentar a Santa Casilda o a San Juan Nepomuceno; los gobiernos, en caso de guerra, inmediatamente ocurren a los campos para reclutar hombres y al final cuidan y trabajan las tierras para los hacendados, pero nunca para ellos.
Tienen vestido, fuego y techo, cuando durante cuarenta años de labor han logrado tenerle cariño al pedazo de su bohío, donde han educado hasta tres generaciones y que ha hecho su atmósfera de familia, viene el amo y le arroja de la manera más despiadada para construir allí, en lo que fue pedazo de su alma, una caballeriza.
Brilla la aurora majestuosamente en el horizonte, comenzando a despertar a la tierra de su letargo pesado de obscuridad.
Entra la luz en una choza miserable, donde arrojados como bestias de carga, duermen fatigosamente el peón y su dolorida familia.
Se despierta la mujer y con paso cauteloso comienza a encender el fogón y a calentar el escueto y reducido desayuno que dará fuerzas a su esposo para mantenerse en pie durante doce horas de brutal labor.
El condumbio se compone de piloncillo con agua, una tortilla gruesa y a veces como gran lujo un vaso de leche enviado por algún amigo cariñoso de ranchería cercana.
El peón se desayuna aquello con fruición, coge sus útiles de labranza y se va a campo abierto, bajo el frío crudo de la mañana, hasta el lugar donde tiene su tarea.
Saluda con humildad de esclavo al soberbio capataz, y sumiso y obediente comienza a abrir anchos surcos en la tierra aún húmeda por el rocío de la mañana, mascullando entre sus labios curtídos por la intemperie, maldiciones contra la injusticia de la vida.
Y cuando ve llegar al hacendado, al patrono, en lujoso carricoche, haciendo sonar las briosas jacas, la gerencia de sus cascabeles, entonces siente odio profundo hacia aquel individuo que le paga mísero jornal chupándole su vida, mientras él anda feliz gozándose en la contemplación de sus trabajadores que, como esclavos y como bueyes, aran la tierra.
Ya terminó el día, el sol encendiéndose tras las lejanas montañas, tiñe a la tierra con un colorido de sangre.
El ganado pasa por el camino beatíficamente haciendo sonar el cabresto su esquila.
Ladran los perros en la llanura.
Y nuestro trabajador, cansado, aburrido y lleno de desesperación, analiza en su torpe cerebro el por qué de la injusticia: él trabaja la tierra, él deja su vida en la tierra y los productos son para otros.
Si no fuera por él y sus compañeros, las trojes estarían vacías y el amo en quiebra, luego si todos, indicando con esto muchas familias en la miseria, trabajan para enriquecer a uno ¿por qué los malos tratos? ¿por qué los despotismos? ¿por qué el látigo del capataz? ¿por qué en los días de raya, en lugar de pagar con dinero pagan con mercancías adulteradas?
Renegando llega a su choza, se encuentra a su mujer enferma, con tres pequeñuelos que gimen de hambre, desconsolados en un rincón; entonces siente odio a la vida, odio a la humanidad y odio a todo lo creado.
Ya el peón está resignado; hasta él han llegado las doctrinas salvadoras del Socialismo, ahí está su felicidad y la de sus compañeros, siente consuelo.
Ve brillar ante sí hermosas perspectivas de la igualdad cuando ve pasar al orgulloso amo, enséñale sus robustos brazos en son de amenaza y seguro de sí mismo le grita:
¡Ya nos veremos! Yo soy la fuerza que se va a organizar, soy la savia; y tú eres la debilidad, la miseria, el inútil que pronto caerás por tus vicios y tus egoísmos en brazos de los ahora explotados.
Cúbrese su rostro de alegría, estrecha a sus hijos y murmúrales apasionadamente:
¡Ya llegará el día.