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El ser humano es el justo medio entre los seres angelicales y las plantas y animales. Tiene abierta la posibilidad de ser un ser nimio o superior. Para elevarse a otros estados mayores necesita poner en guerra su vida. Primero, se enfrenta a sus pasiones desordenadas y se organiza mediante la filosofía moral. Luego, el enfrentamiento continúa a fin de limpiarse de la ignorancia, ayudado por la filosofía natural y la dialéctica. Por último, se llena de luz angelical en la contemplación teológica. La perfección en el conocimiento de las cosas tiene tres pasos: la purificación, la iluminación y la perfección
El hombre fue dotado de libertad. Único ser capaz de regenerarse a su gusto, en su libre albedrío. Esto lo hace ser distinto. Es superior a la creación material y un poco inferior a los ángeles. Es capacitado además, para cambiar su aspecto. Puede llegar a ser tan abyecto, que se vera similar a las plantas y bestias, o ascender al nivel de los serafines. Todo depende de su comportamiento y de su lucha por salir del charco viscoso en que se haya.
Purificación. La persona tiene diversas luchas internas que se desarrollan como guerras. Se enfrenta a una continua tensión: con la bestia que le impulsa a las regiones más abyectas y viles del vicio y con su deseo de situarse en un estado mejor. La paz en este primer grado la otorga la ciencia moral. Poco a poco esta ciencia va ordenando los impulsos de la carne hacia una nueva etapa o paso.
La iluminación. Superados los combates morales se dan los intelectuales. Son enfrentamientos propios de la razón que busca conocer con claridad y de las tinieblas de la ignorancia. El alma busca calmar la diversidad de opiniones, palabras, silogismos y toda clase de inquietud del entendimiento. Es una purificación por medio de la dialéctica. Ella ordena la razón a la adquisición de un bien mayor: el siguiente escalón.
Perfección. La contienda es superada en por medio de la teología. Ella pone la verdadera paz. Aquí el hombre se hace semejante a los serafines. Comprende los misterios de Dios y las grandes verdades. No tiene ya que sufrir pues, una vez llegado al pleno conocimiento de la divinidad, el alma no se mueve hacia ningún objetivo que el que ya ha adquirido. Todo su ser es transformado. Así pues el ser humano es libre y de ella depende que llegue a la plenitud del conocimiento.