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La mayoría de personas inconformes con las leyes y el régimen de los pueblos se preguntan ¿De dónde le viene al estado su poder? ¿Por qué deben someterse? Para John Locke es muy claro. La autoridad política radica en la libertad natural del hombre.
La Razón natural y la Revelación son argumentos claros para defender los derechos naturales de los hombres. La primera enseña el derecho a la conservación de la vida y la subsistencia. La segunda dice que Dios dotó al ser humano de señorío sobre todas las criaturas. Las cosas pertenecen al derecho común. Cada uno toma propiedad de algo común por medio de su trabajo. Por ejemplo: el agua es de todos. Cuando alguien la toma en su vasija ya es de su pertenencia. En ese estado natural el humano goza de total libertad.
Todos poseen la misma libertad. Son iguales. Eso puede ser inconveniente. No todos son justos y pueden atropellarse entre iguales. Entonces, un grupo de personas deciden unirse. Forman una comunidad. Renuncian a autorregular la sanción contra la ley natural y a vivir según el parecer individual. Legan su poder en función del bien común. El poder legislativo se encarga de las leyes. El poder ejecutivo regula el castigo. Esa decisión les asegura bienestar, seguridad, propiedad privada y el respeto por los demás. Sólo que deben regirse bajo ciertas normas que a veces anulan su libertad natural.
Resulta claro el fenómeno. Muchos quieren ser entes independientes. Es obvio que cuestionen el poder innato que han cedido. Sobre todo cuando no tiene buenos resultados. Entregar la propia facultad y sufrir las consecuencias para que otros mejoren su vida es ir en contra del primer propósito de la comunidad: Salvaguardar el bienestar y la justicia. Sin embargo, el británico es claro: La función del estado está respaldada por la reunión de la libertad de cada individuo que lo compone.