La situación presente aparece definida por un saldo deficitario global por lo que se refiere a la provisión de fuentes de energía. A la escasez de algunos recursos hidrocarburos o a las dificultades de extracción, se suma la creciente apertura de los mercados internacionales. No obstante cualquier diagnóstico exige diferenciar subsectores cuyas estructuras empresariales poco tienen en común.
En el transcurso de los últimas décadas el crecimiento del consumo de energía ha sido ininterrumpido. El inicio de la crisis económica de los años setenta supuso una moderación de esa tendencia. Pese a todo, el nivel actual de consumo por habitante está por debajo del promedio de la Comunidad Europea.
Los datos reflejan la cambiante participación de las diferentes fuentes primarias de energía en la satisfacción del consumo global. Puede considerarse la existencia de tres fases:
– La hegemonía del carbón llena hasta los años 60.
– Sustitución masiva por los hidrocarburos, propiciada por el Plan de Estabilización del Petróleo. La necesidad de frenar el consumo de una energía, menos barata que en el pasado, llevó a la aprobación de sucesivos Planes Energéticos Nacionales (1974, 79, 84, 90).
– En la actualidad, la tímida recuperación del carbón aparece mediatizada por la oscilación del precio de los hidrocarburos en los mercados internacionales. Destaca la creciente importancia del gas natural y la energía termonuclear frente al declive de la hidroelectricidad y la naciente presencia de la energía solar, eólica, geotérmica y la derivada del aprovechamiento de la biomasa.
La producción energética nacional apenas cubre un 40% de la demanda interna. Se observa una mayor diversificación de las áreas de abastecimiento y una reducción de otras potencialmente conflictivas (Próximo Oriente). México y Nigeria son ya en 1991 los principales países proveedores en tanto Arabia Saudita e Irán quedan en un segundo plano.
La distribución del consumo de la energía reproduce los contrastes regionales, concentrándose las mayores cifras en las grandes ciudades o aglomeraciones, si bien se observan participaciones relativas superiores en el litoral Cantábrico, debido a la presencia de industrias pesadas o de cabecera.
El estudio de las fuentes de energía y recursos minerales en España no cuenta con demasiadas obras de conjunto capaces de situar los problemas sectoriales en una perspectiva globalizadora. Puede intentarse una breve panorámica de la situación.
El carbón ocupa el primer lugar. Hegemónico desde el inicio de la 1ª Revolución Industrial en España, hasta hace solo tres décadas, su declive reciente ha sido justificado por:
– Desde el lado de la oferta, los mayores costes de explotación y menor rendimiento energético, junto al agotamiento de algunos de los mejores yacimientos y la mala calidad de los recursos disponibles.
– Desde el lado de la demanda, la crisis de algunos grandes consumidores industriales (siderometalurgia), del consumo doméstico y restricciones impuesta por el impacto medioambiental.
La evolución de los últimos años ofrece perspectivas diversas según se consideren las tendencias de la producción, el empleo, la estructura empresarial o la localización de los recursos explotables:
– Producción: Se evidencia la recuperación que supuso el shock petrolífero de 1973, que nuevamente entró en crisis en la segunda mitad de los 80, cuando los precios de los hidrocarburos bajaron, poniendo de manifiesto la inestabilidad y dependencia del sector. Un aumento en la producción del lignito frente a la de hulla y antracita, con la vinculación de la minería a una treintena de centrales térmicas, complementa lo anterior.
– Laboral: Entre 1959 Y 1974 una primera reconversión destruyó cincuenta mil empleos en la minería del carbón, favoreciendo una concentración empresarial (Hunosa, Endesa). Un pequeño brote de nuevas empresas entre 1975-1985 no alteró la estructura global. Los últimos años están suponiendo el planteamiento de una nueva reconversión forzada por la Comunidad Europea.
– Puede afirmarse que la gravedad de los problemas asociados a un declive que parece irreversible, de no surgir iniciativas que diversifiquen la economía comarcal, alcance límites extremos en la cuenca central asturiana.
En el futuro, el impacto seguirá haciéndose notar en las mismas áreas. El 79% de los recursos explotables siguen concentrados en León, Asturias y Teruel. Muy distinta es la situación de los hidrocarburos. La integración en la Comunidad Europea está suponiendo importantes novedades (desaparición del monopolio comercial de Campsa, formación de nuevos grupos empresariales como Repsol o Gas Natural).
La producción de petróleo en España es un fenómeno reciente y aislado que solo representa el 2,2% del consumo total en 1991, los únicos pozos activos frente a las costas de Tarragona y Bermeo, y los de la Lora burgalesa. Su incidencia es casi nula en contraste con una localización de las refinerías y de otras industrias derivadas en los puertos del litoral mediterráneo (Cartagena, Tarragona, Castellón), del Atlántico (La Coruña, Algeciras, Huelva, Sta. Cruz de Tenerife) y del Cantábrico.
Creciente interés despierta el gas natural, en rápida expansión tras los contratos suscritos con Argelia y Libia.
Muy reciente es el uso de la energía nuclear, iniciada con la inauguración de la central de Zorita en 1969, a la que siguieron otras dos al cabo de tres años. La aprobación del Plan Eléctrico Nacional 1972 supuso su definitiva incorporación en el horizonte energético español.
Resulta evidente el creciente problema que comienzan a generar los residuos radioactivos que por el momento se almacenan en la mina de El Cabril (Córdoba).
La hidroelectricidad encuentra actualmente frenada su expansión por la escasez de nuevas inversiones y las limitaciones debidas a las condiciones climáticas. La red de centrales hidráulicas mantiene la distribución ya característica desde hace varias décadas, con claro predominio de las cuencas de la mitad septentrional, con mayor caudal y menor estacionalidad. Sólo las del norte, Duero y Ebro reúnen 4/5 partes de la producción total. La construcción de minicentrales en áreas de montaña, prevista en el Plan de Energías renovables, resulta una opción interesante.