La primera mitad del siglo actual en España se caracteriza por un comportamiento dispar, dado que, frente a coyunturas expansivas, se suceden otras represivas, de modo que en conjunto se asiste a una ligera modernización del país, que sólo a partir de los años cincuenta comienza a superar el atraso y los problemas surgidos a raíz de la crisis del 29 y de la guerra civil. Esta etapa termina en 1959, cuando el Plan de Estabilización puso las bases para un cambio estructural del espacio y sociedad españoles.
La atonía industrial que acompaña la crisis finisecular de la economía española y la pérdida de las últimas colonias, se prolongó en el comienzo del siglo actual y ahondo la distancia que nos separaba de los países centrales del sistema, embarcados ya en una segunda revolución industrial. En la década siguiente a la primera guerra mundial se reinició un proceso de crecimiento sostenido, que permitió situar las tasas anuales de aumento de la producción industrial por encima del 5% durante más de una década, pese al declive de la exportación. Se incorporaron de forma progresiva algunos símbolos de la revolución tecnológica del momento, como el automóvil, el avión, el teléfono, la radio.
El paréntesis que supusieron la recesión económica iniciada en 1929 y sobre todo, la guerra civil, volvió a interrumpir el proceso expansivo, registrándose una tasa media anual de -1,8% para la producción industrial durante el decenio 1931/1940. El aislamiento exterior, la burocratización y los errores de una imposible política autárquica que pretendía basar exclusivamente el desarrollo español en los insuficientes recursos endógenos, retrasaron la recuperación económica posterior, con lo que solo en 1950 volvió a alcanzarse el PIB logrado 20 años antes. La guerra civil debilito a España y el nuevo régimen la apartó del mundo por varios lustros.
Fue en este medio siglo cuando se consolidaron toda una serie de rasgos estructurales que han marcado la evolución del sistema industrial español en años posteriores, identificados como un modelo de sustitución de importaciones orientado a satisfacer la demanda interna y con fuertes barreras defensivas frente a la competencia exterior.
Frente a la debilidad mostrada por la burguesía industrial, salvo en casos como el catalán, la presencia de la banca privada, y más tarde, del capital público en la propiedad de las empresas, aumentó de forma general, en coherencia con los rasgos propios de un país de desarrollo medio.
Si en el primer caso la banca vasca fue pionera en su vinculación a la industria, en el segundo la participación directa se produjo con la creación del Instituto Nacional de Industria en 1941. Los objetivos del INI se centraron en el control de los sectores estratégicos y la industria militar, junto a la sustitución de la iniciativa privada en aquellos otros que exigían cuantiosas inversiones de capital fijo, sólo amortizables a largo plazo.
Ante el proceso de nacionalización económica, la presencia de empresas multinacionales resultó bastante marginal salvo en los sectores mas avanzados (Siemens, Standard Eléctrica, General Eléctrica Española). La dependencia exterior estuvo mas bien vinculada en este período a la importación de tecnología y bienes de equipo.
En lo referente a la distribución territorial de la capacidad productiva, el crecimiento parece asociado a los contrastes entre los tres vértices dominantes (Cataluña, País Vaso y Madrid) y el resto, entre las regiones litorales e interiores y finalmente, entre las áreas urbanas y rurales.
Finalmente la incipiente expansión de algunos servicios sociales y del turismo, así como de los empleos en la administración civil y militar, elevaron de forma apreciable el peso relativo de los servicios hasta situarlos en una cuarta parte de la población activa total al final del período. La progresiva concentración en las ciudades, en comparación con los importantes déficit que padecían las áreas rurales, fue uno de los factores que incidieron sobre la aceleración del éxodo rural, aunque menor que las transformaciones producidas en la actividad agraria esos años.
En la superación de la crisis de principios de siglo tuvo una importancia destacada la parca recuperación y modernización del campo, con todas sus implicaciones económicas, sociales y espaciales. Se observa una clara recuperación y progreso agrarios desde los últimos años del siglo pasado hasta el inicio de la década de los treinta, en que, a consecuencia de la crisis del 29, se produjo una inflexión a la baja, a ello se sumó la coyuntura recesiva de la guerra civil, que colapsó la evolución positiva precedente, de modo que hasta los años 50 no se consiguieron los niveles técnicos y productivos de preguerra. Solo a partir de finales de los 50 comenzó una nueva etapa que cambió radicalmente el espacio y la sociedad rural.
Los años cincuenta pueden ser considerados como la etapa dorada de la agricultura tradicional a partir del nombramiento de Rafael Cavestany como ministro de cultura en 1951 y comenzó una fase liberalización de precios y de apoyos y subvenciones a la producción agraria que, unida a la sobreabundante y barata mano de obra, logró reequilibrar las producciones básicas, antes de entrar en la etapa desarrollista; todo ello acompañado de importantes transformaciones técnicas infraestructurales.
Los sesenta primeros años de este siglo, a pesar de que mantengan viva la agricultura tradicional, introducen avances técnicos significativos, a pesar de que haya un claro atraso en la utilización de maquinaria agrícola y en el consumo de insumos modernos, abonos y semillas seleccionadas sobre todo.
El incremento del consumo de abonos y la tímida incorporación de maquinaria facilitan el crecimiento de las producciones agrarias a lo largo del siglo, pero junto a estos factores, no se puede olvidar la expansión considerable que alcanzan las infraestructuras hidráulicas, pues es precisamente en estos decenios cuando se construyen, organizan y ponen en funcionamiento el mayor número de embalses, canales y zonas regables del país.
En suma, durante los años cincuenta hubo un progreso generalizado de la agricultura española, que se acompañó de otras transformaciones importantes, como la repoblación forestal de mas de 1 millón de Ha. Asimismo, durante estos años se potenció la cabaña ganadera, que había sufrido un retroceso enorme en la crisis finisecular. Es evidente que la evolución comentada no afectó por igual a todas las regiones, pues ni las condiciones ecológicas ni las sociales y económicas eran análogas.
Los desequilibrios estructurales se centraban en el Sur y en el Oeste, donde el cortijo y la dehesa constituían los tipos de explotación predominante. No sucedió lo mismo en Asturias, Cantabria o País Vasco, donde la actividad agraria se pudo combinar con la industria de modo que la agricultura a tiempo parcial favoreció la capitalización de las explotaciones. Por el contrario, las regiones del interior peninsular, mantuvieron una explotación familiar media predominante, basada en los cultivos típicos de los secanos. Finalmente, la España mediterránea cálida, desde Cataluña pasando por Valencia, hasta Murcia, se consolidó en esta etapa como el dominio de la explotación agraria intensiva, apoyada por los cultivos de exportación, principalmente cítricos y hortalizas.
POBLACIÓN Y EL POBLAMIENTO
La evolución de la población es un buen indicador de los cambios económicos y sociales experimentados en cualquier etapa histórica, lo ocurrido en España durante la primera mitad de nuestro siglo viene a reforzar esta teoría.
En primer lugar, se produjo una notable, caída de la mortalidad, cuya tasa anual llegó a reducirse en esos sesenta años a menos de una tercera parte, pese a la epidemia de gripe de 1918 y la guerra civil. Esta tendencia, que se fue afirmando lentamente se vio acompañada por un retroceso de la natalidad, lo que hizo posible elevar las tasas de crecimiento natural hasta valores en torno al 1% anual.
El excedente de brazos del campo, la creación de empleo en las ciudades y en las obras públicas o la mejora en los medios de comunicación, intensificaron el éxodo rural y los flujos migratorios interregionales. Los tres focos de atracción principales fueron: Madrid, Barcelona y Vizcaya. Así mediante el recurso al método del balance (diferencia entre crecimiento total y crecimiento vegetativo) se estimó de manera aproximada los saldos migratorios provinciales.
La emigración exterior experimentó una desaceleración al aumentar las restricciones en los países de acogida. La suma de factores que han venido apuntándose intensificó el trasvase de población en favor de las ciudades, que por vez primera en 1950 reunieron un volumen de residentes mayor que los municipios con menos de 10.000 habitantes.
Como es lógico suponer, el proceso urbanizador resultó mas intenso en aquellas regiones afectadas por un mayor impulso industrial, lo que explica que las mayores tasas de 1960 se situaran en la cornisa cantábrica, Cataluña y Madrid, siendo también elevadas en la Andalucía occidental, costa mediterránea y valle del Ebro. La aceleración del movimiento urbanizador planteó una creciente necesidad de ordenación del espacio interno de la ciudad.
El primer tercio de siglo fue especialmente fértil en innovaciones teóricas y normativas. La incorporación de algunas propuestas del urbanismo, como las ciudades jardín según el modelo Howard, y el planteamiento regional de corte anglosajón son las más destacadas. Sobresale como aportación autóctona la propuesta de "ciudad lineal" realizada por Arturo Soria, que con el objetivo de lograr para cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín, pretendía la urbanización de espacios de baja densidad e interclasistas, articulados por un eje de comunicación (tranvía urbano), en estrecho contacto con el campo circundante, de los que tan solo llegó a realizarse un tramo de apenas 6 Km. en la periferia nororiental de Madrid.