Introducción a la teoría de la ciencia - PRIMERA INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA CIENCIA
Curso gratis creado por Johann Gottlieb Fichte. Extraido de: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/fichte/fichte.html
10 de Mayo de 2005
Filosofía
2 - PRIMERA INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA CIENCIA
Advertencia preliminar
En cuanto a la cosa de que se trata, pedimos que los hombres piensen que no es una mera opinión, sino una obra seria, y que tengan por cierto que no ponemos los fundamentos de ninguna secta, ni dogma, sino el bienestar y las grandezas humanas. Y, por ende, que, atentos a sus propios intereses, piensen en el bien común y tomen parte en la obra.
Baco de Verulamio
El autor de la Teoría de la Ciencia, hecho un escaso conocimiento con la literatura filosófica desde la aparición de las Críticas de Kant, se convenció muy pronto de que a este gran hombre le ha fracasado totalmente su propósito de transformar de raíz el modo de pensar de su época en materia de filosofía y con él en toda ciencia, puesto que ni uno sólo entre sus numerosos seguidores advierte de qué se habla propiamente. El autor ha creido saber esto último, ha resuelto dedicar su vida a hacer una exposición del gran descubrimiento totalmente independiente de la de Kant y no cejará en esta resolución. Si ha de irle mejor en hacerse entender de su época, el tiempo lo enseñará. En todo caso sabe que nada verdadero y útil se pierde una vez aparecido en la humanidad; supuesto también que únicamente la posteridad remota sepa aprovecharlo.
Influido por mi profesión universitaria, escribí ante todo para mis oyentes, respecto de los cuales tenía en mi poder el explicarme verbalmente hasta ser entendido.
No es pertinente aquí testimoniar cuántos motivos tengo para estar contento con ellos y abrigar sobre muchos las mejores esperanzas para la ciencia. La obra aludida ha llegado a ser conocida también en el extranjero y hay variadas ideas sobre ella entre los doctos. Un juicio en que se hayan siquiera pretextado razones no lo he leído ni oído fuera de mis oyentes, pero sí chanzas, desórdenes y el universal testimonio de que se repugna esta teoría de todo corazón, como también de que no se la entiende. por lo que toca a esto último, quiero cargar yo solo con toda la culpa hasta que se conozca por otro lado el contenido de mi sistema y se encuentre que no está expuesto de un modo tan incomprensible. O la tomaré sobre mi incluso sin condición alguna y para siempre, si es que puede darle gusto al lector entrar en la presente exposición, en la cual me esforzaré por conseguir la mayor claridad. Yo proseguiré está exposición en tanto no esté convencido de que escribo totalmente en vano. pero, en vano, escribiré, si nadie profundiza en mis razones.
Todavía soy deudor de las siguientes advertencias a los lectores. He dicho desde siempre, y lo repito aquí, que mi sistema no es otro que el kantiano. Esto quiere decir que contiene el mismo modo de ver el asunto, pero que es en su modo de proceder, totalmente independiente de la exposición kantiana. He dicho esto, no para cubrirme con una gran autoridad, ni para buscarle a mi teoría un apoyo fuera de ella misma, sino para decir la verdad y ser justo.
Demostrado podrá serlo acaso dentro de veinte años. Kant es hasta ahora, descontado un indicio de data reciente, al que me referiré bastante más tarde, un libro cerrado, y lo que se ha leído en él es justamente aquello que no se ajusta dentro de él y que él quiso refutar.
Mis obras no quieren explicar a Kant ni ser explicadas por él. Ellas mismas han de sostenerse por sí y Kant queda totalmente fuera de juego. No se trata para mí -lo diré en esta ocasión francamente- de corregir ni complementar los conceptos filosóficos que estén en circulación, llámense antikantianos o kantianos; se trata para mí de extirparlos totalmente y de invertir por completo el modo de pensar sobre estos puntos de la meditación filosófica, de suerte que con toda formalidad, y no meramente por decirlo así, el objeto esté puesto y determinado por la facultad de conocimiento por el objeto. Mi sistema sólo puede ser juzgado, según esto, por él mismo, no por las proposiciones de ninguna filosofía. Sólo debe concordar consigo mismo. Sólo puede ser explicado por él mismo, sólo por él mismo demostrado o refutado. Es menester admitirlo totalmente o rechazarlo totalmente.
Si este sistema fuese verdadero, no podrían sostenerse ciertas suposiciones, no dice aquí nada, pues no es, en absoluto, mi opinión que deba sostenerse lo que por el sistema está refutado.
No entiendo esta obra, no significa para mí más que lo que dicen las palabras, y tengo una confesión como ésta por altamente falta de interés y altamente exenta de consecuencias. Se puede no entender mis obras, y se debe no entenderlas, si no se las ha estudiado; pues no contienen la repetición de una lección ya anteriormente aprendida, sino, después de no haber sido entendido Kant, algo totalmente nuevo para la época.
Censura sin razones no me dice nada más sino que esta teoría no agrada, y esta confesión es, una vez más, una confesión absolutamente sin importancia. La cuestión no es si os agrada o no, sino si está demostrada. En esta exposición, y para facilitar el juicio razonado, añadiré por todas partes donde el sistema tendrá que ser atacado. Escribo sólo para aquellos en quienes mora todavía un sentido interno para la certeza o la dubitabilidad, para la claridad o la confusión de su propio conocimiento, para quienes la ciencia y la convicción valen algo y se sienten impulsados por un vivo afán de buscarla. Con aquellos que por obra de una larga servidumbre de espíritu se han perdido a sí mismos y consigo mismos han perdido su sentido para la propia convicción y su fe en la convicción de los demás; con aquellos para los que es locura que alguien busque independientemente la verdad, que en las ciencias no ven nada más que un modo más cómodo de ganarse el pan y que ante cada ensanchamiento de ellas se espantan como ante un nuevo trabajo; con aquellos para quienes ningún medio es vergonzoso si se trata de someter al que echa a perder el negocio, con ninguno de ellos tengo nada que hacer.
Me resultaria penoso que éstos me entendieran. Hasta aquí me ha ido con ellos a medida de mis deseos, y espero también al presente que este prefacio les confunda hasta el punto de que de ahora en adelante no vean nada más que letras, ya que lo que en ellos ocupa la plaza del espíritu anda arrastrado acá y allá por el ciego furor interno.
1
Fíjate en tí mismo. Desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior. He aquí la primera petición que la filosofía hace a su aprendiz. No se va a hablar de nada que esté fuera de tí, sino exclusivamente de tí mismo.
Aun en el caso de la más fugaz auto-observación, percibira cualquiera una notable diferencia entre las varias determinaciones inmediatas de su conciencia, las cuales podemos llamar también representaciones. Unas nos parecen por completo dependientes de nuestra libertad, siéndonos imposible creer que les correspondan algo fuera de nosotros sin nuestra intervención. Nuestra fantasía, nuestra voluntad, nos parece libre. Otras las referimos, como a su modelo, a una verdad que debe existir independientemente de nosotros; y dada la condición de que deben concordar con esta verdad, nos encontramos ligados en la determinación de estas representaciones. En el conocimiento no nos tenemos, tocante a su contenido, por libres. Podemos decir en suma: algunas de nuestras representaciones van acompañadas por el sentimiento de la libertad, otras por el sentimiento de la necesidad.
No puede racionalmente surgir esta cuestión: ¿por qué las representaciones dependientes de la libertad están determinadas justamente de tal modo y no de otro? Pues por lo mismo que se supone que son dependientes de la libertad, se rechaza toda aplicación del concepto de fundamento. Son de tal modo, porque yo las he determinado de tal modo, y si yo las hubiese determinado de otro, serían de otro.
Pero hay ciertamente una cuestión digna de meditación: ¿cuál es el fundamento del sistema de las representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad y de este mismo sentimiento de la necesidad? Responder a esta cuestión es el problema de la filosofía, y no es, a mi parecer, nada más la filosofía que la ciencia que resuelve este problema. El sistema de las representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad llámase también la experiencia, interna tanto como externa. Según esto, y para decirlo con otras palabras, la filosofía ha de indicar el fundamento de toda experiencia.
Contra lo acabado de afirmar sólo pueden objetarse tres cosas. En primer término, podrá negar alguien que se presenten en la conciencia representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad y referidas a una verdad que deba estar determinada sin nuestra intervención. Tal sujeto, o negaría en contra de una mayor autoridad, o estaría constituído de otro modo que los demás seres humanos. Pero entonces tampoco existiría para él nada de lo que negase, ni ningún negar, y nosotros podríamos hacer simplemente caso omiso de su protesta. Por otro lado, podría decir alguien que la cuestión planteada es por completo imposible de responder; que sobre este punto nos hallamos en una invencible ignorancia y en ella hemos de seguir. Empeñarse en una serie de argumentos y contra-argumentos con tal sujeto es totalmente superfluo. La mejor manera de refutarle es responder realmente a la cuestión, porque entonces no le queda nada más que juzgar de nuestro ensayo e indicar dónde y por qué no le parece satisfactorio. Finalmente, podría alguien tomar en cuenta la denominación y afirmar: la filosofía es, en general, o es, además de lo indicado, otra cosa. A éste sería fácil mostrarle que desde siempre y por todos los conocedores ha sido considerado como filosofía justamente lo aducido; que todo lo que él pudiera proponer en cambio tiene ya otro nombre; que si esta palabra debe designar algo determinado, tiene que designar justamente la ciencia determinada.
Pero, como no tenemos ganas de empeñarnos en esta discusión, en sí infructífera, sobre una palabra, hemos, por nuestra parte, abandonado hace ya largo tiempo este nombre y llamado a la ciencia encargada de resolver el problema apuntado teoría de la ciencia.
2
Solo tratándose de una cosa que se juzga contingente, es decir, de la cual se supone que pudiera ser también de otro modo, pero a la vez de una cosa que no deba estar determinada por la libertad, puede preguntarse por un fundamento. Y justamente porque el que pregunta, pregunta por su fundamento, viene a ser la cosa para él una cosa contingente. El problema de buscar el fundamento de una cosa contingente significa esto: mostrar otra cosa por cuya naturaleza se deje comprender por qué lo fundado tiene, entre las múltiples determinaciones que podrían convenirle, justamente aquellas que tiene. por el mero hecho de pensar un fundamento, éste cae fuera de lo fundado. Ambas cosas, lo fundado y el fundamento, en tanto son tales cosas, se oponen una a otra, se refieren una a otra, y así es cómo la primera se explica por la última.
Ahora bien, la filosofía tiene que indicar el fundamento de toda experiencia. Su objeto está necesariamente, según esto, fuera de toda experiencia. Esta proposición vale para toda la filosofía, y ha valido también universalmente, en realidad, hasta la época de los kantianos y de sus hechos de la conciencia y, por ende, de la experiencia interna.
Contra la proposición aquí establecida no puede objetarse absolutamente nada, pues por la primera premisa de nuestro raciocinio es el mero análisis del concepto establecido de la filosofía y de ella se infiere la conclusión. Si por acaso alguien intenta inducir que el concepto de fundamento debe explicarse de otro modo, no podemos, ciertamente, impedirle figurarse por esa expresión, cuando la use, lo que quiera. Pero nosotros declaramos, con nuestro buen derecho a ello, que nosotros no queremos que se entienda por ella en la anterior definición de la filosofía nada más que lo indicado. Por consiguiente, si no se admitiese esta significación, tendría que negarse toda posibilidad de la filosofía en la significación indicada por nosotros, y sobre esto ya nos hemos pronunciado antes.
En cuanto a la cosa de que se trata, pedimos que los hombres piensen que no es una mera opinión, sino una obra seria, y que tengan por cierto que no ponemos los fundamentos de ninguna secta, ni dogma, sino el bienestar y las grandezas humanas. Y, por ende, que, atentos a sus propios intereses, piensen en el bien común y tomen parte en la obra.
Baco de Verulamio
El autor de la Teoría de la Ciencia, hecho un escaso conocimiento con la literatura filosófica desde la aparición de las Críticas de Kant, se convenció muy pronto de que a este gran hombre le ha fracasado totalmente su propósito de transformar de raíz el modo de pensar de su época en materia de filosofía y con él en toda ciencia, puesto que ni uno sólo entre sus numerosos seguidores advierte de qué se habla propiamente. El autor ha creido saber esto último, ha resuelto dedicar su vida a hacer una exposición del gran descubrimiento totalmente independiente de la de Kant y no cejará en esta resolución. Si ha de irle mejor en hacerse entender de su época, el tiempo lo enseñará. En todo caso sabe que nada verdadero y útil se pierde una vez aparecido en la humanidad; supuesto también que únicamente la posteridad remota sepa aprovecharlo.
Influido por mi profesión universitaria, escribí ante todo para mis oyentes, respecto de los cuales tenía en mi poder el explicarme verbalmente hasta ser entendido.
No es pertinente aquí testimoniar cuántos motivos tengo para estar contento con ellos y abrigar sobre muchos las mejores esperanzas para la ciencia. La obra aludida ha llegado a ser conocida también en el extranjero y hay variadas ideas sobre ella entre los doctos. Un juicio en que se hayan siquiera pretextado razones no lo he leído ni oído fuera de mis oyentes, pero sí chanzas, desórdenes y el universal testimonio de que se repugna esta teoría de todo corazón, como también de que no se la entiende. por lo que toca a esto último, quiero cargar yo solo con toda la culpa hasta que se conozca por otro lado el contenido de mi sistema y se encuentre que no está expuesto de un modo tan incomprensible. O la tomaré sobre mi incluso sin condición alguna y para siempre, si es que puede darle gusto al lector entrar en la presente exposición, en la cual me esforzaré por conseguir la mayor claridad. Yo proseguiré está exposición en tanto no esté convencido de que escribo totalmente en vano. pero, en vano, escribiré, si nadie profundiza en mis razones.
Todavía soy deudor de las siguientes advertencias a los lectores. He dicho desde siempre, y lo repito aquí, que mi sistema no es otro que el kantiano. Esto quiere decir que contiene el mismo modo de ver el asunto, pero que es en su modo de proceder, totalmente independiente de la exposición kantiana. He dicho esto, no para cubrirme con una gran autoridad, ni para buscarle a mi teoría un apoyo fuera de ella misma, sino para decir la verdad y ser justo.
Demostrado podrá serlo acaso dentro de veinte años. Kant es hasta ahora, descontado un indicio de data reciente, al que me referiré bastante más tarde, un libro cerrado, y lo que se ha leído en él es justamente aquello que no se ajusta dentro de él y que él quiso refutar.
Mis obras no quieren explicar a Kant ni ser explicadas por él. Ellas mismas han de sostenerse por sí y Kant queda totalmente fuera de juego. No se trata para mí -lo diré en esta ocasión francamente- de corregir ni complementar los conceptos filosóficos que estén en circulación, llámense antikantianos o kantianos; se trata para mí de extirparlos totalmente y de invertir por completo el modo de pensar sobre estos puntos de la meditación filosófica, de suerte que con toda formalidad, y no meramente por decirlo así, el objeto esté puesto y determinado por la facultad de conocimiento por el objeto. Mi sistema sólo puede ser juzgado, según esto, por él mismo, no por las proposiciones de ninguna filosofía. Sólo debe concordar consigo mismo. Sólo puede ser explicado por él mismo, sólo por él mismo demostrado o refutado. Es menester admitirlo totalmente o rechazarlo totalmente.
Si este sistema fuese verdadero, no podrían sostenerse ciertas suposiciones, no dice aquí nada, pues no es, en absoluto, mi opinión que deba sostenerse lo que por el sistema está refutado.
No entiendo esta obra, no significa para mí más que lo que dicen las palabras, y tengo una confesión como ésta por altamente falta de interés y altamente exenta de consecuencias. Se puede no entender mis obras, y se debe no entenderlas, si no se las ha estudiado; pues no contienen la repetición de una lección ya anteriormente aprendida, sino, después de no haber sido entendido Kant, algo totalmente nuevo para la época.
Censura sin razones no me dice nada más sino que esta teoría no agrada, y esta confesión es, una vez más, una confesión absolutamente sin importancia. La cuestión no es si os agrada o no, sino si está demostrada. En esta exposición, y para facilitar el juicio razonado, añadiré por todas partes donde el sistema tendrá que ser atacado. Escribo sólo para aquellos en quienes mora todavía un sentido interno para la certeza o la dubitabilidad, para la claridad o la confusión de su propio conocimiento, para quienes la ciencia y la convicción valen algo y se sienten impulsados por un vivo afán de buscarla. Con aquellos que por obra de una larga servidumbre de espíritu se han perdido a sí mismos y consigo mismos han perdido su sentido para la propia convicción y su fe en la convicción de los demás; con aquellos para los que es locura que alguien busque independientemente la verdad, que en las ciencias no ven nada más que un modo más cómodo de ganarse el pan y que ante cada ensanchamiento de ellas se espantan como ante un nuevo trabajo; con aquellos para quienes ningún medio es vergonzoso si se trata de someter al que echa a perder el negocio, con ninguno de ellos tengo nada que hacer.
Me resultaria penoso que éstos me entendieran. Hasta aquí me ha ido con ellos a medida de mis deseos, y espero también al presente que este prefacio les confunda hasta el punto de que de ahora en adelante no vean nada más que letras, ya que lo que en ellos ocupa la plaza del espíritu anda arrastrado acá y allá por el ciego furor interno.
1
Fíjate en tí mismo. Desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior. He aquí la primera petición que la filosofía hace a su aprendiz. No se va a hablar de nada que esté fuera de tí, sino exclusivamente de tí mismo.
Aun en el caso de la más fugaz auto-observación, percibira cualquiera una notable diferencia entre las varias determinaciones inmediatas de su conciencia, las cuales podemos llamar también representaciones. Unas nos parecen por completo dependientes de nuestra libertad, siéndonos imposible creer que les correspondan algo fuera de nosotros sin nuestra intervención. Nuestra fantasía, nuestra voluntad, nos parece libre. Otras las referimos, como a su modelo, a una verdad que debe existir independientemente de nosotros; y dada la condición de que deben concordar con esta verdad, nos encontramos ligados en la determinación de estas representaciones. En el conocimiento no nos tenemos, tocante a su contenido, por libres. Podemos decir en suma: algunas de nuestras representaciones van acompañadas por el sentimiento de la libertad, otras por el sentimiento de la necesidad.
No puede racionalmente surgir esta cuestión: ¿por qué las representaciones dependientes de la libertad están determinadas justamente de tal modo y no de otro? Pues por lo mismo que se supone que son dependientes de la libertad, se rechaza toda aplicación del concepto de fundamento. Son de tal modo, porque yo las he determinado de tal modo, y si yo las hubiese determinado de otro, serían de otro.
Pero hay ciertamente una cuestión digna de meditación: ¿cuál es el fundamento del sistema de las representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad y de este mismo sentimiento de la necesidad? Responder a esta cuestión es el problema de la filosofía, y no es, a mi parecer, nada más la filosofía que la ciencia que resuelve este problema. El sistema de las representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad llámase también la experiencia, interna tanto como externa. Según esto, y para decirlo con otras palabras, la filosofía ha de indicar el fundamento de toda experiencia.
Contra lo acabado de afirmar sólo pueden objetarse tres cosas. En primer término, podrá negar alguien que se presenten en la conciencia representaciones acompañadas por el sentimiento de la necesidad y referidas a una verdad que deba estar determinada sin nuestra intervención. Tal sujeto, o negaría en contra de una mayor autoridad, o estaría constituído de otro modo que los demás seres humanos. Pero entonces tampoco existiría para él nada de lo que negase, ni ningún negar, y nosotros podríamos hacer simplemente caso omiso de su protesta. Por otro lado, podría decir alguien que la cuestión planteada es por completo imposible de responder; que sobre este punto nos hallamos en una invencible ignorancia y en ella hemos de seguir. Empeñarse en una serie de argumentos y contra-argumentos con tal sujeto es totalmente superfluo. La mejor manera de refutarle es responder realmente a la cuestión, porque entonces no le queda nada más que juzgar de nuestro ensayo e indicar dónde y por qué no le parece satisfactorio. Finalmente, podría alguien tomar en cuenta la denominación y afirmar: la filosofía es, en general, o es, además de lo indicado, otra cosa. A éste sería fácil mostrarle que desde siempre y por todos los conocedores ha sido considerado como filosofía justamente lo aducido; que todo lo que él pudiera proponer en cambio tiene ya otro nombre; que si esta palabra debe designar algo determinado, tiene que designar justamente la ciencia determinada.
Pero, como no tenemos ganas de empeñarnos en esta discusión, en sí infructífera, sobre una palabra, hemos, por nuestra parte, abandonado hace ya largo tiempo este nombre y llamado a la ciencia encargada de resolver el problema apuntado teoría de la ciencia.
2
Solo tratándose de una cosa que se juzga contingente, es decir, de la cual se supone que pudiera ser también de otro modo, pero a la vez de una cosa que no deba estar determinada por la libertad, puede preguntarse por un fundamento. Y justamente porque el que pregunta, pregunta por su fundamento, viene a ser la cosa para él una cosa contingente. El problema de buscar el fundamento de una cosa contingente significa esto: mostrar otra cosa por cuya naturaleza se deje comprender por qué lo fundado tiene, entre las múltiples determinaciones que podrían convenirle, justamente aquellas que tiene. por el mero hecho de pensar un fundamento, éste cae fuera de lo fundado. Ambas cosas, lo fundado y el fundamento, en tanto son tales cosas, se oponen una a otra, se refieren una a otra, y así es cómo la primera se explica por la última.
Ahora bien, la filosofía tiene que indicar el fundamento de toda experiencia. Su objeto está necesariamente, según esto, fuera de toda experiencia. Esta proposición vale para toda la filosofía, y ha valido también universalmente, en realidad, hasta la época de los kantianos y de sus hechos de la conciencia y, por ende, de la experiencia interna.
Contra la proposición aquí establecida no puede objetarse absolutamente nada, pues por la primera premisa de nuestro raciocinio es el mero análisis del concepto establecido de la filosofía y de ella se infiere la conclusión. Si por acaso alguien intenta inducir que el concepto de fundamento debe explicarse de otro modo, no podemos, ciertamente, impedirle figurarse por esa expresión, cuando la use, lo que quiera. Pero nosotros declaramos, con nuestro buen derecho a ello, que nosotros no queremos que se entienda por ella en la anterior definición de la filosofía nada más que lo indicado. Por consiguiente, si no se admitiese esta significación, tendría que negarse toda posibilidad de la filosofía en la significación indicada por nosotros, y sobre esto ya nos hemos pronunciado antes.
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