LA ECONOMIA - Existen variados intentos por definir a la ciencia económica, siendo dificultoso encontrar una defin
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Vanessa
14 de Octubre de 2008
4 - Existen variados intentos por definir a la ciencia económica, siendo dificultoso encontrar una defin
Son muchos los que creen que la Economía política es una ciencia absolutamente nueva, y para algunos el origen y existencia de esta ciencia no se extiende mas allá de los nombres de Quesnay, Smith y Malthus. Nosotros no podemos admitir sin restricciones este modo de apreciar el origen y existencia de la Economía política. Admitimos de buen grado que esta sólo comenzó a presentarse con las formas y condiciones de ciencia, de estudio distinto y separado de la legislación y la política, desde la publicación de las Máximas generales de Gobierno Económico de Quesnay. Admitimos [2] también que desde el último tercio del siglo pasado ha entrado en una nueva fase, adquiriendo notable desarrollo bajo la impulsión de los escritos publicados por Smith, Say, Malthus, Storch, Blanqui, Rossi, Bastiat y tantos otros, cuyos trabajos tienden a constituir la Economía política sobre bases y condiciones propiamente científicas, con sus principios, sus leyes y sus deducciones especiales.
Pero, ¿quiere decir esto que antes de esa época nada se sabia de Economía política? ¿Deberemos decir por eso que esta clase de estudios eran completamente desconocidos en los siglos anteriores?
La historia de los pueblos y su legislación nos enseñan que, antes que apareciera el sistema agrícola de Quesnay, había dominado en las naciones de Europa, y con especialidad durante los siglos XVI y el sistema de las restricciones y privilegios, conocido en Economía bajo el nombre de SISTEMA MERCANTIL, sistema basado sobre la idea de que el oro y la plata constituyen la verdadera riqueza de las naciones.
Sabido es también que durante los expresados siglos, o mejor dicho, en el último tercio del siglo y primero del siglo siguiente, aparecieron ya escritos notables, en que se trataban de una manera más ó menos completa los diferentes problemas de que se ocupa hoy la Economía política. Testigos la República de Bodin y el Discurso sobre la moneda de Scaruffi. Testigos también los escritos publicados a la sazón por [3] Davanzati, Montanari, y especialmente por el napolitano Serra.
Si quisiéramos hacer alarde de erudición, y no lo consideráramos innecesario al objeto principal que nos hemos propuesto al escribir estos artículos, no nos sería muy difícil comprobar con numerosas citas que no pocos escolásticos de los siglos XIII y XIV sabían algo de Economía política. La obra de santo Tomás De Regimine Principum, y la que con título igual escribió el agustiniano Egidio Romano, contienen pasajes notables sobre no pocos de los problemas a que se refiere la ciencia económica de los Estados.
Pero pasemos más adelante en nuestra marcha retrógrada, y llegando hasta la antigüedad pagana, veamos si las naciones cultas anteriores al cristianismo, eran completamente extrañas a las nociones de Economía política.
Cierto, que no encontraremos entre los antiguos, ni tratados especiales y exclusivos de esta ciencia, ni el examen y discusión de todas las doctrinas y problemas que abarca este estudio en nuestro siglo; pero esto no prueba de ninguna manera que sus sabios no meditaron sobre estos problemas.
Si no escribieron tratados especiales de Economía política, fue porque acostumbraban a separar la Economía de la Política. La constitución especial de la familia entre los antiguos, aun con respecto a las naciones más civilizadas, como Grecia y Roma, constitución [4] de condiciones completamente diferentes de las que recibió después bajo la influencia benéfica y regeneradora. del cristianismo hacía necesaria una ciencia especial, a la que apellidaban Económica, y que consideraban como distinta y separada de la Política. Sin embargo, en esa Económica, y sobre todo en la ciencia que apellidaban Política, hacían entrar, bajo una forma u otra, muchos de los principales problemas que hoy se consideran como propios de la Economía política. Testigos la República de Patón la Económica y la Política de Aristóteles, y los libros De officiis de Cicerón, en que se hallan tratadas muchas cuestiones económico-políticas, bien que en relación con las instituciones sociales de aquel tiempo.
Ni es de extrañar tampoco que sus escritos y discusiones sobre esta materia fuesen limitadas, sin abarcar todos los problemas de la ciencia actual. ¿No sería absurdo el pretender que los griegos con sus pequeñas repúblicas, y los romanos con su pensamiento dominante de conquistas, se hubieran ocupado de aquellos problemas económico-políticos que dependen en su mayor parte y se hallan en relación con el inmenso desarrollo del comercio y la industria en las naciones modernas? ¿Podían aquéllos ocuparse de ese crédito moderno, con sus diferentes y multiplicadas formas y aplicaciones, que tan importante papel desempeña en la sociedad de nuestros días, y que tanto influye en la producción y acumulación de las riquezas? [5]
Por otra parte, es preciso tener en cuenta que la organización social de los antiguos era esencialmente diferente de la que han llegado a alcanzar las naciones modernas, formadas sobre las doctrinas e ideas traídas al mundo por el cristianismo, y sujetas por espacio de muchos siglos a su acción lenta, pero segura y esencialmente civilizadora.
Dejando a un lado otras infinitas diferencias, basta recordar la esclavitud que entraba como un elemento constitutivo en la organización de las antiguas sociedades, para convencerse de que la Economía política de Grecia y Roma, no pedía ser la Economía política de la moderna Europa. Uno de los mas difíciles problemas de cuya solución se ocupa la moderna Economía política, es el que se refiere al mejoramiento y bienestar de las clases obreras y a la extinción ó remedios del pauperismo. Pero este problema, o no existía o cuando menos no podía existir con las mismas condiciones en las sociedades en que los esclavos, que constituían entonces la clase obrera, eran considerados como cosas y no eran admitidos a la participación de los derechos civiles, como lo son, si no siempre en la práctica, a lo menos en principio, los obreros de nuestra sociedad.
En conclusión: creemos poco fundada la opinión de los que miran la Economía política como una invención de los últimos siglos, y nos atrevemos a rechazar como apreciaciones superficiales las de aquellos que [6] piensan que esta ciencia nada ha significado en el mundo hasta que se ocuparon de ella los economistas de los últimos tiempos.
Prescindiendo de las ideas emitidas sobre esta materia por los buenos escritores de la edad media, y dejando también a un lado los ensayos más o menos completos, publicados a últimos del siglo XVI y principios del XVII, es incontestable que los filósofos y legisladores de la antigüedad pagana se ocuparon bastante de estas materias. Si no escribieron tratados especiales y exclusivos, fue porque esta ciencia se hallaba entonces como embebida en la Economía y la Política, y si no abordaron todos los problemas de que se ocupa hoy la ciencia, fue porque la organización social de los antiguos, diferente esencialmente de la nuestra, hacia cambiar necesariamente las condiciones de muchos de los problemas que pertenecen a la Economía política. Pero dejemos la Economía política de antiguos tiempos, y volvamos la vista hacia la de nuestra época.
El antiguo sistema mercantil había ido desapareciendo poco a poco de las naciones de la Europa, y sobre sus ruinas levantábase el sistema agrícola de Quesnay, Dupin, Turgot y demás economistas franceses, cuando en 1771, aparecieron las Meditaciones sobre la Economía política del conde Verri, el cual dio un golpe mortal al sistema agrícola de los economistas franceses.
Verri sólo había destruido; faltaba un hombre capaz [7] de edificar. Desgraciadamente realizó esta empresa Adam Smith con sus Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Y decimos desgraciadamente, porque Smith es como el jefe de esa escuela semi-materialista de Economía política, que sólo ve en el hombre un capital y un productor de riquezas; escuela cuyos principios desecantes, y cuyas doctrinas egoístas tienden a hacer más desgraciada la suerte de los pobres, en vez de aliviar su infortunio; escuela, en fin, para la cual casi nada significan y en la cual para nada entran la religión y la moral.
Se ha dicho y repetido a porfía que Smith es el verdadero fundador de la ciencia de la Economía política. Esta afirmación es verdadera hasta cierto punto, si se consideran los trabajos de Smith bajo un punto de vista puramente literario; porque este escritor, abarcando en su obra, bajo procedimientos metódicos, todas las cuestiones de esta ciencia, determinando sus principios y leyes generales, desenvolviendo sus conclusiones y estableciendo teorías más o menos sólidas y verdaderas sobre los diferentes problemas de que ocuparse suele la Economía política, dio a las doctrinas económicas una forma científica completa y más universal que la que hasta entonces habían alcanzado.
Empero, aparte de los defectos y errores en que abunda la doctrina de Smith, aun bajo el punto de vista literario y científico, para nosotros el error grande del sistema económico de Smith y el defecto [8] capital ante el cual desaparecen todas las bellezas y méritos que suponerse quieran en sus escritos, es ese espíritu de egoísmo práctico, y esa indiferencia moral y religiosa que domina su sistema; espíritu de egoísmo y de indiferencia que el cristianismo no puede menos de condenar como opuesto a su enseñanza, a su historia y a su misión divina sobre la tierra en favor del hombre y de la sociedad. En medio de sus extensas teorías sobre la producción y distribución de las riquezas, sobre el consumo de las mismas y sobre las ventajas de la división del trabajo, Smith no halla ni busca nada para impedir la degradación moral del hombre, no parece preocuparle en lo más mínimo la suerte de esa clase infortunada de obreros que caminan rápidamente al embrutecimiento y la inmoralidad, sepultados en las fábricas y talleres; en una palabra, en la teoría de Smith el hombre moral y religioso no significa nada, y desaparece por completo ante el hombre material, ante el hombre máquina, ante el hombre productor de la riqueza. Por eso vemos a los partidarios de su escuela definir al hombre «un capital acumulado, que no tiene valor sino según la masa de este capital en el interés de la producción.» Por eso vemos a Say, principal representante y propagador en el continente de las teorías de Smith, afirmar osadamente que «la equidad no prescribe los socorros públicos.» Por eso vemos, en fin, a esa escuela encerrarse en el estrecho circulo de los intereses materiales, y prescindir enteramente de los intereses morales [9] y religiosos del hombre; investigar sin descanso los medios de llegar a una producción ilimitada de riquezas, sin ocuparse del bien moral de los individuos.
¿Puede avenirse el cristianismo con semejante Economía política? ¿Puede dejar de condenar esas teorías egoístas, esas doctrinas, en que se halla encarnado un materialismo práctico tan desconsolante?
No, mil veces no. El cristianismo, cuya misión divina sobre la tierra es la rehabilitación intelectual y moral del hombre en este mundo, abriéndole de esta suerte el camino para llegar a la consumación de esta doble rehabilitación en el seno de Dios; el cristianismo, que marcha siempre a su objeto y realiza sus destinos en el mundo, apoyándose sobre el gran principio de la caridad divina, no puede avenirse con esas frías teorías, que sólo se ocupan del modo de acumular riquezas sin cuento en las manos del poderoso; que sacrifican la humanidad pobre a la humanidad rica, y que enseñan prácticamente a esta a pasar con indiferencia al lado de aquella. Y es por eso que, bajo la influencia de la enseñanza católica, no tardó en levantarse una nueva escuela de Economía política en oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos. Algunos hombres reflexivos, reconociendo las funestas consecuencias prácticas de las teorías de la escuela inglesa, dieron a la Economía política un carácter más humanitario, más benéfico, más fecundo y más en armonía con la dignidad del hombre, haciendo entrar en la [10] ciencia el principio moral y el principio de beneficencia cristiana.
{Texto tomado directamente de Zeferino González, Estudios religiosos, filosóficos, científicos y sociales, Tomo segundo, Imprenta de Policarpo López, Madrid 1873, páginas 1-121. Transcribimos la Advertencia que figura al inicio de este volumen: «Advertencia. El artículo que lleva por epígrafe La Economía política y el Cristianismo, aunque escrito en Manila en el año que indica su fecha [1862], ha sido refundido y considerablemente añadido para su publicación en estos Estudios.»}
II
Una vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana. Sólo en esta escuela pueden encontrarse las verdaderas teorías de la ciencia, porque sólo el cristianismo puede dar una base sólida, segura y humanitaria a la Economía política. La Economía político-cristiana enseña que no es el fin de la sociedad, aun considerada en el orden puramente natural y civil, la simple producción de las riquezas, sino más bien su mayor difusión posible entre los hombres, pero con subordinación al bienestar moral. La Economía político-cristiana no sacrifica la prosperidad y riquezas de los individuos a la riqueza y prosperidad de las naciones, sino que procura conciliar la prosperidad de las naciones con el bienestar del mayor número posible de individuos; atiende con marcada predilección a las clases indigentes, y enseña que no debe procurarse la prosperidad [11] y la abundancia de algunas clases, en perjuicio de los individuos y del mayor número de indigentes, y mucho menos aun en detrimento de sus intereses morales y religiosos.
Y no es que el cristianismo condene las riquezas y el poder de las naciones, como tampoco condena en principio su legítima adquisición y posesión por parte de los individuos. Lejos de eso, el cristianismo hace del trabajo, principal productor y representante de la riqueza, una condición necesaria al hombre, una ley divina y hasta una virtud de las más recomendables. Lo que el cristianismo condena, porque no puede menos de condenarlo, es que las riquezas se tomen como fin y no como medio. Lo que el cristianismo reprueba son las teorías económicas que subordinan el hombre moral a las riquezas materiales; porque el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre; quiere que aquella no acumule riquezas materiales a expensas del bienestar material, moral y religioso de esta; quiere, sobre todo, que el gran principio de la caridad sea la base de las relaciones entre la primera y la segunda, y que los gobiernos y la legislación se inspiren en ella cuando se trata del mejoramiento de las clases indigentes.
Tal es, en resumen, la enseñanza católica en orden a la ciencia económica; tales son las bases y los principios de la escuela cristiana de Economía política, en [12] oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos.
Porque es preciso no olvidarlo, y es preciso repetirlo muy alto. Si es cierto que el trabajo y la previsión constituyen dos elementos principales de la Economía política; si vienen a ser como los dos factores y generadores más importantes de la producción y distribución de la riqueza, no lo es menos que la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio son las más propias para ejercer influencia tan poderosa como benéfica en la existencia y desarrollo de esos dos grandes elementos de producción, en esos dos grandes factores del movimiento económico. Que si la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio aconsejan, y promueven, y prescriben, y santifican el trabajo, también aconsejan, y fomentan, y prescriben, y santifican la previsión, concediéndole el carácter honroso de la virtud. Porque, a los ojos del evangelio y del cristianismo, es una virtud, y virtud muy importante en el orden moral y religioso, esa previsión, en fuerza de la cual el hombre sin contentarse con el bienestar personal, se preocupa del bienestar de sus allegados y herederos. El hombre previsor ama, es verdad, el trabajo que produce las riquezas, pero al propio tiempo y cuando se trata de su consumo, usa de las mismas con moderación y templanza, sin dar entrada a un lujo devorador, ni a goces materiales inmoderados. La previsión, en fin, cuando se halla [13] inspirada y ennoblecida por el principio cristiano, comunica el espíritu de iniciativa, fecundiza el trabajo, se complace en los ahorros y en la moderación, pero sin matar la benevolencia y la caridad conciliando los caracteres y ventajas de la previsión con el desprendimiento y el amor del prójimo.
Muy diferentes son ciertamente los caracteres y resultados de la imprevisión, la cual se halla en contradicción con el espíritu y las máximas del evangelio, así como también con el interés verdadero del hombre. «Los hombres imprevisores, escribe con razón Mr. Le Play, se reconocen en todas partes por los mismos rasgos característicos. Rara vez se aplican al trabajo con la energía que comunican a las almas de fuerte temple, el sentimiento del deber y las otras convicciones derivadas del orden moral: alguna vez no se sujetan al mismo si no bajo el aguijón de la más imperiosa necesidad. Por el contrario, buscan con ardor las satisfacciones que procura el consumo inmediato de los productos obtenidos por el trabajo: con frecuencia, también, el gasto excede al recibo, y su preocupación es obtener con ayuda del crédito esta anticipación de goces. Se dan prisa a disipar los capitales acumulados por sus abuelos en cuanto pasan a sus manos por medio de la herencia...
Jamás les viene el pensamiento de salir de su quietismo o de imponerse privaciones para asegurar el bien de sus descendientes. Abandonados a su propia [14] iniciativa, los adultos imprevisores se encuentran sumidos en el mayor abandono y escasez desde el momento que un acontecimiento imprevisto viene a perturbar el orden de los trabajos o el curso regular de la existencia, viéndose imposibilitados en semejantes circunstancias para acudir a las necesidades de sus mujeres, de sus hijos y de sus padres viejos o enfermos... Su influencia llega a ser más funesta cuando se encuentra en ellos, no solamente la ausencia de la virtud, sino propensión decidida al vicio y a la intemperancia.»
Este pasaje puede considerarse como una demostración concreta y palpable de lo que antes hemos consignado, a saber, que el cristianismo y las máximas del evangelio, al condenar el vicio y el exceso en los goces materiales, al aconsejar los ahorros y la economía, impidiendo a la vez por medio del espíritu de caridad y de desprendimiento en favor del menesteroso y desvalido, que degeneren en egoísmo y avaricia, al preconizar, en una palabra, ennoblecer y santificar el trabajo y la previsión, contribuye eficazmente a fomentar y desarrollar la producción de la riqueza, así como también su distribución conveniente y justa.
Después de esto, y en presencia de las reflexiones que anteceden, apenas se concibe ciertamente que el racionalismo contemporáneo lance todavía contra el cristianismo y la Iglesia de Cristo la acusación de [15] impedir el movimiento económico de la sociedad y la prosperidad pública de los pueblos a su influencia sometidos, y, lo que es más aun, bastado poner obstáculos a la constitución moral y regeneradora de la familia, considerada como base y elemento fundamental del organismo social y económico. Fíjese la atención en el pasaje que a continuación vamos a transcribir, y se verá una vez mas que el racionalismo de nuestros días, ni ha renunciado a sus preocupaciones y a su odio tenaz contra el cristianismo, ni menos a la práctica, ya histórica, de reproducir contra este los mismos argumentos que desde los antiguos maniqueos y gnósticos hasta los enciclopedistas del pasado siglo, desde Celso hasta Voltaire, vienen alegándose, siquiera hayan llegado a ser lugares comunes, y siquiera hayan sido cien veces contestados victoriosamente por los apologistas cristianos. Pero oigamos ya al representante del racionalismo, a quien hemos aludido, el cual después de asentar, sin aducir pruebas, según costumbre, que «todos los países civilizados, excepto aquellos en donde domina el catolicismo, el acusado y el condenado obtienen garantías de publicidad, imparcialidad y humanidad, añade: «La familia, embrión de una sociedad perfecta en la que todos los miembros están unidos por los lazos del amor, la familia os contará sus dolores y sus miserias en presencia de un clero ha roto toda relación con ella, y que sólo ve en el matrimonio una condición inferior al celibato. La [16] división existe en el seno de la misma por la influencia de las predicaciones y del confesonario. La Iglesia separa lo que debía estar unido, el marido y la mujer, los padres y los hijos, los amos y los criados, y mantiene unido, por medio de la prohibición del divorcio, lo que debía estar separado...
La prosperidad de las familias hace la prosperidad social. La Iglesia romana es tan indiferente a la una como a la otra. Sus intereses, dice, no son de este mundo. En efecto: la historia de la Economía política hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad, sobre el desarrollo de la riqueza pública: el paralelo de los pueblos católicos y de los protestantes bajo el punto de vista del bienestar, no está de ningún modo en favor de Roma, sobre todo en los días de su esplendor. El contraste no puede ser mas lastimoso para la Bélgica bajo Felipe II: lo es todavía para Irlanda, para España, para Italia y para Méjico: la miseria aumenta por todas partes en proporción de la dominación clerical. El diezmo, la mano muerta, los conventos y los monasterios, son instituciones católicas o episcopales condenadas por la ciencia. El desarrollo económico de los tiempos modernos favorecido por los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.» {(1) Tiberghien, Etudes sur la Religion, pág. 12.}. [17]
No se sabe ciertamente qué admirar más en este pasaje, si el cúmulo de errores y de apreciaciones inexactas en él contenidas, o si la imperturbable seguridad del autor al lanzar tan graves acusaciones sin mas prueba que su sola palabra. Se ha dicho en nuestro siglo que de cuarenta años a esta parte, la historia es una conjuración permanente contra la verdad, y Montesquieu había generalizado y hasta exagerado tal vez de antemano este pensamiento cuando escribió que «las historias son hechos falsos arreglados sobre hechos verdaderos o con ocasión de hechos verdaderos.» Sólo así se comprende que en pleno siglo XIX se haga responsable al clero católico de las miserias y dolores del matrimonio, de la división que reina en las familias. No, el clero católico, como representante legitimo de las leyes, ideas e instituciones del cristianismo y de la Iglesia, lejos de ser responsable, ni menos causa determinante de las miserias y dolores del matrimonio, contribuye eficazmente a atenuar esas miserias y dulcificar esos dolores, predicando y ensalzando el honor, el profundo respeto, la aureola de santidad y la alta misión que al matrimonio cristiano y a la familia se deben, y por otra parte derramando el bálsamo de la resignación y de la paciencia, de los consuelos y esperanzas cristianas sobre los dolores y sufrimientos de la familia. Todavía es mas extraña la afirmación de que las predicaciones y el confesonario católico son los que producen [18] la división en las familias. Tanto valdría decir que el ciudadano honrado que defiende su familia y sus bienes contra las agresiones del ladrón, produce la perturbación en la familia de este, y que perjudica sus derechos. ¿Es por ventura que el catolicismo no se hallaba en legitima posesión por espacio de diez y seis siglos en orden a dirigir, moralizar y santificar el matrimonio y la familia en las naciones de Europa? ¿Es el catolicismo el que ha introducido el cisma y la división en las familias, o son más bien el protestante, el racionalista y el solidario los que de tres siglos a esta parte, vienen perturbando la familia y sembrando la división y el antagonismo entre sus miembros?
¿Y qué pensar de la otra acusación por Tiberghien lanzada contra la Iglesia católica a causa y con motivo de la prohibición del divorcio? Suponiendo desde luego que este escritor alude, no al divorcio simple , a la separación quoad thorum et habitationem, divorcio permitido por la Iglesia en muchos casos, sino al divorcio que lleva consigo la disolución perfecta del matrimonio y la facultad para contraer otro nuevo, única especie de divorcio que prohibe la Iglesia, ¿ha reflexionado el racionalista belga sobre el fallo severo que por parte de la historia, de la razón y de la ciencia social merece su tesis? Porque ello es incontestable que la historia nos demuestra en cada una de sus páginas, que la indisolubilidad del matrimonio es origen fecundo de bien para el Estado y la familia; [19] que la inmoralidad pública y privada de una nación se halla en razón directa de la facilidad y frecuencia del divorcio; que la prohibición de este o la proclamación y práctica de la indisolubilidad del matrimonio, fue uno de los valladares más poderosos que el cristianismo opuso al torrente devastador de la corrupción y decadencia espantosa del pueblo romano, a la vez que un elemento importantísimo, un principio fecundo y vital de la nueva civilización europea por la Iglesia iniciada y desarrollada.
Que si del terreno de la historia pasamos al terreno de la razón y de la ciencia, nos dirán estas que la prohibición del divorcio es uno de los fundamentos más sólidos del bienestar material y moral de las naciones, uno de los factores más importantes y fecundos de las costumbres privadas y públicas; y es que cuando existe la indisolubilidad del matrimonio, este reviste un carácter más augusto y sagrado a los ojos de los pueblos y del individuo; madura reflexión acompaña a un contrato cuyos vínculos y consecuencias se sabe que durarán hasta la muerte; los hijos pueden prometerse con toda seguridad que no les faltarán los cuidados y las afecciones de sus padres; los contrayentes se hallan predispuestos, y hasta se ven obligados a atenuar y dulcificar por medio de concesiones recíprocas, los inconvenientes que resultan de las cargas anejas al matrimonio, y de la oposición de caracteres e inclinaciones. Añádase a esto que el divorcio [20] facilita, ensancha y multiplica los caminos y las fuerzas que para realizar el mal posee ya el hombre en la inconstancia y seducción de sus pasiones; que la ley del divorcio es una ley brutal del fuerte contra el débil, porque la mujer rara vez conserva toda su dignidad al someterse a una ley cuya práctica y consecuencias no están en armonía con el respeto y consideraciones que le son debidas. La atmósfera delicada y pura, la corona de gloria y dignidad que la Iglesia católica había formado a la mujer de la civilización cristiana, difícilmente pueden conservar su brillo y esplendor en presencia de una ley que, al permitir y legalizar el divorcio, permite y legaliza una forma más o menos restrictiva, más o menos atenuada y encubierta, pero siempre real y legal de la poligamia.
Luego no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia católica la que mantiene unido lo que debe estar separado, si no que por el contrario, es el racionalismo el que pretende separar lo que debe estar unido. Arrastrado por sus aficiones sensualistas, y más todavía por sus odios y prevenciones contra la Iglesia, el racionalismo aboga en favor del divorcio, sin reparar que al abogar por la disolubilidad del matrimonio, echa por tierra valladar importantísimo contra la invasión de la inmoralidad, establece un principio de corrupción y de muerte, prepara la ruina de las costumbres, de la moral y de la civilización.
Si posible fuera desterrar completamente del corazón [21] y de la atmósfera que rodea a las naciones civilizadas, toda idea cristiana y toda influencia del principio católico, y al propio tiempo alguna de esas naciones, la nación más civilizada de Europa proclamara la ley del divorcio destruyendo la perpetuidad de la unión conyugal, no pasarían muchos años sin que esa nación ofreciera a los ojos del observador espectáculo muy parecido al que presentaba la sociedad romana durante el imperio y los últimos tiempos de la república. A ser posible semejante eliminación completa de toda idea e influencia cristiana, veríase pronto a esa nación decaer rápidamente, y precipitarse y descender hasta últimas gradas del vicio. Y aparecerían de nuevo aquellos hombres que, según el testimonio del rígido Catón, traficaban con el matrimonio y comerciaban con sus mujeres, para elevarse a los altos puestos y dignidades; y aparecerían los más elevados patricios, los jefes de la república, contrayendo a vista del pueblo cuatro o cinco matrimonios, disueltos sucesivamente por causas fútiles; y aparecería hasta el gran Pompeyo repudiando a su esposa encinta, sin más causa que el ser nieta de Sila, para casarse en seguida con la hija de Glabrion, repudiada después para contraer nueva unión con Julia, hija de César, la cual fue repudiada y sustituida a su vez por otra perteneciente a la familia de Escipión. Y aparecerían también aquellas matronas romanas que contaban el número de sus maridos por el de los consulados, cuyo lujo y molicie era [22] preciso sostener a costa de las rapiñas y exacciones de sus amantes y maridos los procónsules y pretores, de cuyos vicios y espantables abominaciones hallamos testimonio auténtico en los escritos de Marcial, de Ovidio, de Juvenal y Persio, vicios y abominaciones cuya extensión y profundidad se descubren acaso más todavía por las sombrías descripciones de Tácito , y por las intencionadas indicaciones de Suetonio. Para convencerse de que el divorcio siempre ha sido rechazado por el instinto moral de la humanidad, bastaría tener presente que los mismos romanos del imperio, en medio y a pesar de su espantosa decadencia y universal corrupción, consideraban la unidad de matrimonio como un rasgo característico de virtud y de gloria, según se desprende de la siguiente inscripción que adornaba con frecuencia el túmulo de las mujeres que se hallaban en este caso: Conjugi piae, inclytae, univirae.
Si fijamos ahora la atención sobre el contenido restante del pasaje que venimos examinando, veremos que las apreciaciones y afirmaciones en el mismo contenidas, son tan inexactas como las hasta aquí examinadas. Y ante todo, bueno será consignar que las reflexiones y datos que se acaban de aducir en orden a la influencia eficaz y moralizadora ejercida por la Iglesia católica sobre el matrimonio, la mujer y la familia, demuestran claramente que el racionalismo se pone en contradicción con la historia y con la ciencia [23] social, al afirmar por boca de Tiberghien, que la Iglesia romana es tan indiferente a la prosperidad de las familias como a la prosperidad social. «En efecto, añade el racionalista krausiano, la historia de la economía hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad , sobre el desarrollo de la riqueza pública.»
Así es en verdad: la historia de la Economía política, basada sobre la observación concienzuda de los hechos; la historia que no ha querido convertirse en una conjuración contra la verdad, solicitada a ello por la preocupación racionalista, sino la que marcha a su objeto bajo las inspiraciones de severa imparcialidad, hace constar que la Iglesia católica, a pesar de no ser esta su misión característica y propia, ejerció no obstante poderosa cuanto benéfica influencia sobre el trabajo, la propiedad y la riqueza pública, por medio de sus leyes, de su doctrina, de sus máximas y de sus instituciones. Porque fueron esas máximas, leyes e instituciones las que rompieron la cadena del esclavo, y las que fomentaron los municipios, y las que hicieron propietario al siervo de la gleba, y las que aboliendo en unas partes y transformando en otras la esclavitud, comunicaron dignidad e independencia, libertad y fecundidad al trabajo, aumento de la riqueza pública como consecuencia natural de la libertad del trabajo, difusión del bienestar moral y material entre las clases sociales. Fueron también esas máximas, leyes e [24] instituciones, las que dieron base incontrastable y sagrada al derecho de propiedad, las que inspiraron esa serie innumerable de asociaciones, desde la que proteje al peregrino y redime al cautivo, hasta las corporaciones de artes y oficios, asociaciones diferentes sí unas de otras por parte de su organismo, de sus elementos y de su objeto especial, pero convergentes todas al mejoramiento, alivio y bienestar de las clases todas de la sociedad, pero principalmente de las más desvalidas y menesterosas. Fueron igualmente esas máximas, leyes e instituciones las que inspiraron a los antiguos monjes y pusieron en movimiento su brazo cuando desmontaban las selvas, secaban los pantanos, construían puentes y caminos, cultivaban los campos, explotaban las minas, ejercían las artes manuales y liberales, y se constituían en centros de poblaciones numerosas a las que educaban para el cielo y para la tierra, inspirándoles, por una parte, hábitos de moralidad y de religión, y aficionándolos por otra, al ejercicio de las artes, de la industria y de la agricultura, inspirándoles a la vez hábitos de previsión y de trabajo. Fueron, finalmente, esas máximas, leyes e instituciones las que por todos estos medios y otros análogos provocaban y mantenían en las antiguas naciones cristianas aquella profunda paz interior de que generalmente disfrutaban, armonizando en lo posible los opuestos intereses de las clases sociales, y conteniendo el desarrollo y manifestaciones perturbadoras [25] de ese sempiterno antagonismo social que amenaza hoy hasta la existencia misma de las naciones civilizadas.
He aquí, en resumen, lo que la historia universal, y la particular de la Economía política, hacen constar acerca de la influencia de la Iglesia de Cristo sobre el trabajo, la propiedad, la riqueza pública de las naciones y su civilización.
Hemos dicho antes que al lanzar contra la Iglesia católica las graves acusaciones que acabamos de discutir y refutar, el krausista belga no aducía pruebas en su favor, y ahora debemos añadir que esto no es completamente exacto, en atención a que nuestro racionalista apoya sus acusaciones con las siguientes pruebas: 1ª la Iglesia misma dice que su reino no es de este mundo: 2ª el paralelo entre los pueblos católicos y protestantes revela la superioridad de los segundos sobre los primeros bajo el punto de vista del bienestar, siendo testigos de esto la Bélgica bajo Felipe II, y en la actualidad la Irlanda, la Italia, la España y Méjico. No sabemos por qué se ha hecho caso omiso de la Francia en esta enumeración; pues suponemos que Tiberghien no contará a la Francia entre los pueblos protestantes. Pero dejando a un lado esta omisión, casual sin duda e insignificante, en concepto del profesor de Bruselas, pero que da derecho a sospechar de su buena fe en esta discusión, nos limitaremos a exponer brevemente, porque otra cosa no [26] permite la índole de este escrito, las siguientes observaciones, que revelan el valor de las pruebas por nuestro escritor aducidas.
lª Es contrario a toda regla de crítica y a todo precepto de lógica, pretender probar la afirmación expresada estableciendo parangón entre la Bélgica actual y la Bélgica de Felipe II. ¿Es por ventura que tres siglos de civilización, de descubrimientos en las ciencias físicas, exactas y naturales, de progresos y aplicaciones en las artes y la industria, pueden pasar en vano sobre los hombres y los pueblos? ¿Es por ventura que la Alemania y la Inglaterra no ofrecen hoy contraste y progresos, bajo el punto de vista del bienestar material, con relación a lo que fueron en tiempo de Felipe II a pesar de ser entonces ya protestantes? El argumento, pues, del racionalista belga es un verdadero sofisma, que revela, o preocupación, ya que no sea mala fe por parte del que le aduce, o la debilidad de una causa que a tales argumentos recurre, una cosa análoga puede decirse con respecto a la Irlanda, puesto que nadie puede desconocer que su pobreza relativa es debida a causas excepcionales y múltiples, algunas de las cuales subsisten hoy todavía.
2ª Dado caso que existiera esa inferioridad relativa de las naciones católicas bajo el punto de vista del bienestar material, para que el argumento tuviera el valor que se le atribuye sería necesario probar que esa inferioridad relativa y concreta no se hallaba [27] contrapesada por ventajas de otro orden, y especialmente por una superioridad relativa de las mismas bajo el punto de vista moral y religioso.
3ª Más todavía: hipotéticamente admitida la inferioridad material de esas naciones, seria preciso demostrar que la causa real de la misma es la Iglesia católica, o sea la dominación clerical, como dice nuestro krausista, sin que proceder pudiera esa inferioridad de otras causas, como por ejemplo, de las vicisitudes históricas, de las revoluciones políticas, del carácter y genio especial, de los hábitos y costumbres, de las condiciones fisiológicas y geográficas, con otras muchas causas y condiciones capaces de influir en la determinación, curso, caracteres especiales y manifestaciones de la civilización de un pueblo.
4ª Concretándonos ahora a nuestra patria y sus antiguas colonias, afirmaremos sin temor de ser desmentidos, que a mediados del siglo pasado, por ejemplo, cuando, no la dominación, sino la influencia clerical era mayor que la actual en España y Méjico, estos países disfrutaban de una prosperidad material superior a la que disfrutan, actualmente, si de esta se excluye la parte inevitable que corresponde al progreso, desarrollo y descubrimientos realizados durante este período en las artes, la industria y el comercio, a pesar de que hoy ha desaparecido esa pretendida dominación clerical. Hay más todavía: el estado de España y de Méjico, bajo el punto de vista de la [28] prosperidad material, es hoy muy inferior, sin duda, al que tenían en 1857, es decir, cuando Tiberghien estampaba su paralelo y sus argumentos en sus Etudes sur la Religion; y, sin embargo, nadie nos negará que en las dos naciones, y determinadamente en España, la dominación clerical es hoy nula en comparación de la que en 1857 ejercía. Esto quiere decir que si el argumento del racionalista belga no fuera un sofisma, o tuviera valor real y lógico, sería preciso inferir de él que la prosperidad, aun material, de los pueblos, decrece y mengua a proporción que decrece y mengua lo que el racionalismo llama dominación clerical. Aquí podemos decir a Tiberghien lo que Jesucristo dijo al siervo infiel: Ex ore tuo te judico.
5ª La superioridad que se atribuye a las naciones protestantes sobre las católicas, es más aparente que real, en atención a que esa superioridad y bienestar material se hallan circunscritos a ciertas clases relativamente poco numerosas, al paso que las más numerosas se hallan sumidas en la más profunda degradación moral y material. Porque sabido es que son precisamente esas naciones a que se alude, las que nos presentan esas grandes aglomeraciones de obreros e industriales en que la miseria física y la moral desgarra y llena de angustia el corazón del observador. Las mujeres, obligadas a pasar la vida fuera del hogar doméstico; los niños, sepultados en las fábricas antes de conocer el nombre de Dios y la santidad de la [29] familia; los padres, gastando en un día de orgía el salario de la semana; el uso de los narcóticos y de las bebidas espirituosas para reparar la fatiga y olvidar los peligros y cuidados de la familia y del porvenir, producen y determinan en los primeros los hábitos de independencia y de promiscuidad, tan perniciosos para el orden moral y material, y en los segundos la imprevisión, la muerte anticipada, el abandono de la familia, la miseria y la desesperación en la enfermedad. Estamos por lo tanto en el derecho de negar el valor de ese argumento, mientras no se nos pruebe que la superioridad que se atribuye a los pueblos indicados, bajo el punto de vista del bienestar, se refiere a todas o a la mayor parte de las clases sociales, y no a algunas solamente, que se trata de una prosperidad o bienestar superior, no solo en intensidad, sino también en extensión. En todo caso, conviene no perder de vista que esta clase de argumentos que tienen por base el parangón o paralelo entre manifestaciones y efectos que pueden traer su origen de causas múltiples, complejas y muy diferentes entre sí, carecen de valor lógico, y se vuelven fácilmente contra producentem. Discutiendo en cierta ocasión con un católico un ministro protestaste, quiso servirse de este manoseado argumento, alegando la prosperidad y riqueza de los protestantes, como señal y prueba de la excelencia y superioridad de la religión protestante sobre la católica. «Cuidado; —le dijo entonces un racionalista que [30] presenciaba la la discusión,— si vuestra religión es mejor que la de los católicos porque los que la practican son más ricos, será necesario decir que la religión de los judíos es mejor que la vuestra, en atención a que generalmente los judíos son más ricos que los protestantes.» Este racionalista tenía mejor sentido lógico que el autor de los Etudes sur la Religión.
Nada hemos dicho, ni creemos necesario decir, sobre la primera razón alegada por Tiberghien de Iglesia sobre bienestar de la sociedad. solamente inexacto, soberanamente negar existencia influencia, porque la Iglesia dice que su reino no es de este mundo. Ciertamente, que la Iglesia dice, y dice con razón, que su reino no es de este mundo, en el sentido y porque el objeto principal y preferente de su institución, la misión más importante que su divino Fundador le confió, no fue la felicidad y bienestar de la vida presente, sino la felicidad y bienestar de la vida eterna futura. Empero esto de ninguna manera impide que, según queda ya indicado y probado, afirme, fomente y consolide la prosperidad pública y privada, la felicidad moral y material del individuo, de la familia y del Estado, por medio de su doctrina, de sus ejemplos, de sus máximas, de sus leyes y de sus instituciones; no sin razón se ha dicho que la religión cristiana que parece destinada solamente a procurar al hombre su felicidad eterna, le [31] procura también la temporal de la vida presente. ¡Cosa notable y por demás peregrina! Cuando se trata de apreciar y determinar la influencia de la Iglesia en la familia y la sociedad bajo el punto de vista económico, se afirma que esta influencia es nula, porque su reino no es de este mundo. Cuando se trata después de desterrar de la familia y de la sociedad su legítima influencia, negándole el agua y el fuego, entonces se alega también como razón y prueba que su reino no es de este mundo, y que, por consiguiente, no debe permitírsele influencia ni intervención alguna en la familia, ni en el estado, ni en la legislación, ni en la enseñanza. ¿Por qué estos dos pesos y estas dos medidas? ¿No indica este proceder que en los ataques del racionalismo contra la Iglesia católica, se descubre y revela una obra de la pasión más bien que una obra de la ciencia?
¿Y qué deberemos pensar en vista de los datos y reflexiones que preceden, de las últimas palabras del profesor de Bruselas en el pasaje citado? «El desarrollo económico, nos dice, de los tiempos modernos, favorecido por los establecimientos de crédito, es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.»
De desear sería que al escribir estas palabras el autor de los Estudios sobre la Religion, hubiera apuntado, al menos, las razones en que se apoya para asentar que los establecimientos de crédito excluyen la influencia de la Iglesia. Nosotros creemos, por el [32] contrario, y seguiremos creyendo, que semejantes establecimientos son perfectamente compatibles con la influencia general de la Iglesia en el movimiento económico de las sociedades cristianas, mientras no se nos presente alguna ley eclesiástica en que se condenen estos establecimientos de crédito. La aserción sería más tolerable, aunque no del todo exacta, si su autor se limitara a decir que esta clase de establecimientos prescinden, por lo general, de la influencia de la Iglesia.
Por lo demás, es ocurrencia propia y digna de un racionalista, formular un cargo contra la Iglesia católica porque es extraña a los establecimientos de crédito, o sea porque no influye directamente en el desarrollo de estos establecimientos. Supongamos que la Iglesia católica, desentendiéndose o descuidando los intereses espirituales y eternos de las almas, se dedicara a fundar, propagar y desarrollar establecimientos de crédito: es bien seguro que de todos los puntos del horizonte se levantaría terrible clamoreo por parte de los racionalistas para condenar a la Iglesia de Cristo, acusándola de prostituirse al lucro y las riquezas, de invadir las atribuciones del poder temporal, de faltar, en fin, a su misión divina y eterna. ¿Qué significan, pues, esas palabras del racionalista belga, cuando dice que el desarrollo de los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia? A juzgar por este pasaje, seria necesario decir que cuando santo Tomás [33] escribía la suma Teológica, hubiera obrado más en armonía con el objeto del Evangelio y con la misión propia de la Iglesia católica, escribiendo el Ensayó de Malthus, o las Contradicciones económicas de Proudhon. Cualquiera diría que, en sentir del racionalismo, la Iglesia de Cristo, en vez de procurar la santificación de las almas, en vez de encargar a sus misioneros que lleven la luz de la fe y los beneficios de la civilización a regiones desconocidas y a naciones salvajes, en vez de promulgar leyes encaminadas a conservar la pureza de la religión y de la moral, en vez de fundar y fomentar instituciones de caridad y beneficencia, debería emplear su actividad y sus fuerzas en escribir tratados y en promulgar leyes y reglamentos sobre la invención y uso de las máquinas, sobre el libre cambio, sobre los sistemas de impuestos y contribuciones, sobre bancos, sobre la balanza de comercio, etc., etc. Pero ya es tiempo de poner término a esta discusión incidental, para proseguir nuestro camino. [34]
III
Antes de exponer sus ideas sobre Economía política, Smith había publicado la Teoría de los sentimientos morales, obra en que el publicista de Kirkaldy pretende cimentar y levantar todo el edificio de la ciencia moral sobre la estrecha base de la simpatía, eliminando, por consiguiente, de la idea de la virtud, el esfuerzo, el sacrificio y la energía de la voluntad. Esto nos explica en parte las tendencias materialistas y el espíritu egoísta que se descubren en su sistema económico-político: la Teoría de los sentimientos morales llama naturalmente, y se halla en armonía con las teorías desenvueltas en las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Si se añade a esto que Smith, lo mismo que Say, principal propagador de sus doctrinas económicas en el continente, vivieron, conversaron y estuvieron en intimas relaciones con los filósofos sensualistas e irreligiosos del pasado siglo, no será difícil darse razón del espíritu que domina en su sistema económico-político. [35]
Ello es cierto, sin embargo, que nadie menos que Smith debiera haber prescindido de la idea cristiana, al exponer sus teorías de Economía política. Puede decirse que todo el sistema económico-político del profesor de Edimburgo se halla basado sobre la teoría del trabajo y su división: esta es la idea fundamental y dominante en su doctrina; es como la teoría madre, a la cual se refieren y subordinan de una manera más o menos directa todas sus ideas sobre esta materia.
Pues bien; si Smith hubiera reflexionado sobre este punto con espíritu imparcial y despreocupado, hubiera reconocido sin duda que el cristianismo es el que ha desarrollado y multiplicado en las sociedades modernas el poder del trabajo, porque el cristianismo, y sólo el cristianismo, es el que ha restituido al hombre la propiedad del trabajo.
Recuérdese sino, lo que era la humanidad antes del cristianismo; recuérdense aquellas manadas de esclavos que marchaban envilecidas en pos de los patricios romanos; recuérdese que Atenas, la ciudad más civilizada, tal vez, de la antigüedad, contaba en tiempo de Demetrio Falerio cuatrocientos mil esclavos para poco más de veinte mil ciudadanos; y se verá que el cristianismo, al proclamar la libertad del hombre, restituyó a las tres cuartas partes del linaje humano la propiedad de su trabajo, y con ella, un elemento el más poderoso para la producción y multiplicación de la riqueza. Pero escuchemos sobre este punto la voz [36] tan autorizada como elocuente del P. Lacordaire; he aquí cómo se expresa el célebre orador de Nuestra Señora de París, al exponer el tránsito operado en la humanidad por la acción del cristianismo, bajo el punto de vista de la propiedad del trabajo:
«El rico se había degradado a sí mismo, había degradado al pobre, y nada común existía entre estos dos miembros vivos, pero podridos, de la humanidad. El rico ni siquiera sospechaba que debiese algo al pobre. Le había arrebatado todo derecho, toda dignidad, todo respeto de si mismo, toda esperanza, todo recuerdo de origen común y de fraternidad. Nadie pensaba en la instrucción del pobre, nadie en sus dolencias, nadie en su suerte. El pobre vivía entre la crueldad de su señor, la indiferencia de todos y su propio desprecio. En este estado le encontró Jesucristo. Veamos qué hizo de él.
»Hay una propiedad inseparable del hombre, una propiedad que él no podría enajenar sin dejar de ser hombre, y cuya enajenación jamás debe ser aceptada por la sociedad: tal es la propiedad del trabajo. Sí, señores; podéis no llegar al dominio de la tierra; la tierra es pequeña, hállase habitada hace muchos siglos, habéis llegado tarde, y para conquistar una sola partícula necesitaréis, tal vez, sesenta años de la vida más laboriosa. Es verdad; pero también, y por contrapeso, os quedará siempre la propiedad del trabajo; jamás seréis desheredados de ella, y ni aun el poseedor de la [37] tierra podrá, sin vuestra concurrencia, obtener del suelo que es suyo, la obediencia de la fecundidad. Vuestro trabajo, si no es el cetro, será por lo menos la mitad de este cetro, y por esta equitativa distribución, dependerá la riqueza de la pobreza, tanto como esta de la riqueza. La transición de una a otra será frecuente, la suerte de las dos será auxiliarse y engendrarse recíprocamente.
»Tal es el orden hoy día; pero ¿era este el orden antes del Evangelio? Ya sabéis que no, señores; sabéis que la esclavitud era la condición general del pobre; es decir, que privado este del dominio general de la tierra, se le había despojado también de todo derecho a su propio trabajo. El rico había dicho al pobre: «Yo soy dueño del suelo; es necesario que lo sea de tu trabajo, sin el cual no produciría nada la tierra. El suelo y el trabajo no forman más que una cosa. Yo no quiero trabajar, porque esto me fatiga; y no quiero tratar contigo, porque esto seria reconocerte igual a mí y cederte una parte de mi propiedad en cambio de tus sudores. Yo no quiero necesitar de ti, yo no quiero reconocer que necesito un hombre para calzarme los pies y para no ir desnudo; tú serás, pues, mío; tú serás cosa de mi pertenencia, lo mismo que la tierra, y en cuanto me convenga, tendré cuidado de que no te mueras de hambre...» Pues bien; Jesucristo ha hecho al hombre propietario de su trabajo para siempre; ha hecho al pobre necesario al rico, partiendo con él [38] la libertad y las fuentes de la vida. Ninguna tierra ha florecido tanto como bajo la mano del pobre y del rico unidos con un convenio y estipulando por su alianza la fecundidad de la naturaleza.»
Si el trabajo es, pues, el gran productor de las riquezas; si el trabajo es el elemento más poderoso y una de las condiciones más esenciales que han influido e influyen en la producción y desarrollo de la riqueza de las naciones modernas; si el trabajo, en fin, es el punto culminante de la Economía política y como la base fundamental de sus teorías y afirmaciones; bien puede decirse que esta ciencia no puede librarse de la nota de ingratitud e inconsecuencia, al prescindir del cristianismo y al renegar de sus máximas. Debiera no olvidar que el cristianismo, al traer al mundo el inestimable don de la propiedad del trabajo, no solo restituyó sus derechos a la humanidad, sino que hizo posibles hasta cierto punto las condiciones de existencia y perfección de la Economía política, introduciendo en el mundo con la propiedad del trabajo un gran poder de producción, el elemento más poderoso de la riqueza de las naciones y de la difusión del bienestar de los individuos. Porque los hombres de la ciencia saben bien cuánta es la diferencia que existe, relativamente a la producción, entre el trabajo del esclavo y el trabajo del hombre libre. Ni es de extrañar, antes sí es muy natural, esta diferencia. El esclavo, oprimido, mal alimentado y envilecido, sabe que sólo trabaja [39] para saciar la codicia de su amo, y que si este le arroja un pedazo de pan, es sólo porque sin este no podría aprovecharse de su trabajo. De aquí es que el esclavo ni desea ni procura el bien de su amo y se halla más bien dispuesto a complacerse en sus desgracias, al paso que el operario libre desea y se interesa en el acrecentamiento de producción y en la prosperidad del establecimiento en que trabaja.
La razón y la experiencia demuestran también que la alegría y la esperanza robustecen las fuerzas del trabajador, haciéndole menos sensibles sus fatigas. Pero estas afecciones sólo pueden tener lugar en el corazón del operario libre, que sabe que trabaja para sí, y que espera el fruto de sus duras faenas. El esclavo, que sabe que sólo trabaja para otro, y que no ve en sus fatigas la esperanza de mejorar su suerte, no puede experimentar estas reparadoras afecciones.
Que si de la cantidad de la producción pasamos a su calidad, no se presentan menos palpables las ventajas de la propiedad del trabajo. El hombre libre puede discurrir, puede adquirir una instrucción más o menos extensa; el esclavo, encorvado siempre bajo el látigo del amo, que se halla interesado hasta cierto punto en su embrutecimiento, puede decirse que no piensa y carece, por consiguiente, de las condiciones físicas y morales necesarias para llegar a la instrucción e inteligencia, que son las que pueden determinar la superioridad en la calidad de los productos. [40]
He aquí por qué hemos dicho que la Economía política se muestra muy ingrata e inconsecuente cuando prescinde de las máximas de Jesucristo y del cristianismo, al exponer sus leyes, sus doctrinas y sus teorías. Cuando Jesucristo moría por todos los hombres indistintamente; cuando decía a todos los hombres, en la persona de sus discípulos: Os doy un mandamiento nuevo; que os améis unos a otros como yo os he amado; cuando decía por boca de san Pablo: Te ruego por mi Onésimo, a quien yo he engendrado en las prisiones... el que te he vuelto a enviar, no ya como esclavo, sino en vez de esclavo, como hermano muy amado, daba al mundo y a las naciones el germen más poderoso para la producción y desarrollo aun de las riquezas materiales, puesto que restituyendo al hombre su libertad, le restituía con ella y por ella la propiedad del trabajo, porque el esclavo es un ser que no tiene tierra ni trabajo propio.
No se nos oculta que todavía existen hombres que, a despecho de los testimonios irrefragables de la razón y de la historia, se empeñan en arrebatar al cristianismo esta gloria, la gloria inmarcesible de haber llevado a cabo la abolición de la esclavitud, de esa institución social que corroía y deshonraba a las naciones anteriores a Jesucristo. Sabemos muy bien que no faltan hombres en nuestros días, que arrastrados por el orgullo racionalista, no menos que por sus prevenciones injustificadas contra el cristianismo, atrévense [41] a negar que este, y que su fundador, Jesucristo, hayan hecho nada para la abolición de la esclavitud. «Oigamos, en prueba de ello, las palabras que escribe uno de los racionalistas contemporáneos que más se distingue por sus apasionados ataques contra la Iglesia católica. «El progreso se manifiesta en todas las fases de la vida humana. Pero el progreso social es el que principalmente hiere nuestra vista... Citamos solamente la esclavitud. El más profundo pensador de la antigüedad, Aristóteles, la consideraba como eterna. Jesucristo no soñó en abolirla, y, sin embargo, bajo la influencia de las razas germánicas, la esclavitud se transformó y acabó por desaparecer.» {(1) Laurent, La Philosophie du XVIII siècle et le Christianisme, pág. 70}.
Apenas se concibe que semejantes palabras se escriban seriamente en pleno siglo XIX; porque no se concibe ciertamente que en nuestros días se consignen afirmaciones que se hallan en contradicción absoluta con la conciencia general de la humanidad civilizada, y más todavía con los testimonios de la historia. Solo teniendo en cuenta la perniciosa cuanto poderosa influencia que ejercer pueden sobre el espíritu humano las pasiones y preocupaciones anticatólicas, se concibe la posibilidad de afirmar en absoluto y rotundamente que Jesucristo no pensó en abolir la esclavitud. ¿Qué hubieran hecho esas razas germánicas, a las que Mr. Laurent atribuye exclusivamente la abolición de [42] la esclavitud y advenimiento de las libertades civiles y políticas, qué hubieran hecho, repito, si no hubieran encontrado en su camino a la religión de Cristo? No cabe negar en buena y racional crítica histórica, no cabe siquiera poner en duda que fue esa religión santa, que fue la Iglesia católica, que fueron las máximas del evangelio las que reformaron, suavizaron y trasformaron los hábitos, los instintos, las costumbres y las instituciones de aquellas razas sometidas a la barbarie. ¿Qué seria hoy la civilización europea, si los germanos, y los godos, y los suevos, y los francos, y tantos otros pueblos, más o menos bárbaros, no hubieran sido fundidos, por decirlo así, y regenerados en el gran molde del cristianismo? Sin negar que las razas germánicas y sus afines aportaron elementos más o menos importantes a la moderna civilización, es incontestable, es a todas luces evidente, que el fondo y la esencia de la misma, que los elementos fundamentales y más fecundos de esa civilización que constituye la fuerza y la gloria de la Europa, pertenecen al cristianismo y son debidos al evangelio de Jesucristo; que no en vano o sin razón lleva el nombre glorioso y característico de civilización cristiana, según en otra parte {(1) Filosofía de la Historia, t. 1.} dejamos ya consignado.
Por lo demás, nos permitiremos rebatirlas afirmaciones [43] de Mr. Laurent, y contestar a sus palabras con las siguientes del citado P. Lacordaire, palabras que se apropian y cuadran perfectamente a nuestro racionalista y a su pensamiento capital en el pasaje arriba transcrito.
«¡Hombres ingratos, que renegáis de Jesucristo y que creéis meditar una obra más profunda que la suya! Vosotros sois bien felices en que la fuerza del evangelio prevalezca contra la vuestra. Cada hora de vuestra dignidad y de vuestra libertad es una hora que se os conserva a pesar vuestro, y que debéis a la potestad de Jesucristo. Si se bajase un día su cruz sobre el horizonte como un astro gastado, producirían infaliblemente de nuevo la servidumbre las mismas causas que la produjeron en otro tiempo; se reunirían en las mismas manos, por una invencible atracción, el dominio de la tierra y el dominio del trabajo, y la pobreza, sucumbiendo bajo la riqueza, presentaría al mundo atónito el espectáculo de una degradación de que no ha salido sino por un milagro siempre subsistente ante nuestros ojos.
Se os hace duro este milagro, y hasta preguntáis ingeniosamente en qué página del evangelio ha sido positivamente reprobada y abolida la esclavitud: ¡ah, Dios mío! en ninguna página, sino en todas a la vez. Jesucristo no dijo una sola palabra que no fuese una condenación de la esclavitud, y que no rompiese un anillo de las cadenas de la humanidad. Cuando se [44] llamaba Hijo del hombre, libertaba al hombre: cuando decía que se amase al prójimo como a sí mismo y libertaba al hombre : cuando elegía a pobres pescadores para apóstoles suyos, libertaba al hombre: cuando moría por todos indistintamente, libertaba al hombre.
Acostumbrados, como estáis, a las revoluciones legales y mecánicas pedís a Jesucristo el decreto con que ha cambiado el mundo; os admiráis de no encontrarlo en la historia, formulado casi en la forma siguiente: «Tal día, a tal hora, cuando el reloj de las Tullerias dé tantos golpes, no habrá ya esclavos en ninguna parte.» Estos son vuestros procedimientos modernos, pero observad también las desmentidas que les da el tiempo; y comprended que Dios, que no hace nada sin el libre concurso del hombre, usa en las revoluciones que prepara de un lenguaje más respetuoso para nosotros y más seguro en su eficacia. San Pablo, iniciado en los secretos de paciencia de la acción divina, escribía: Yo, como Pablo, viejo, y aun ahora prisionero de Jesucristo, te ruego por mi Onésimo, el que yo he engendrado en las prisiones... el mismo que te vuelvo a enviar, no ya como siervo, mas en vez de siervo, como hermano muy amado. {(1) Eptst. ad Philem, v. 9, 1O, 12 y 16.}
Así se ha hecho la restitución evangélica del [45] hombre; así se propaga y se conserva, por una sensible infusión de la justicia y de la caridad, que penetra el alma y la trasforma sin sacudimiento, y que hace que no sea jamás conocida la hora de la revolución. El mundo anterior a Jesucristo no ha sabido que la propiedad del trabajo era esencial al hombre: el mundo formado por Jesucristo lo ha sabido y lo ha practicado; he aquí todo.»
Así es como la palabra y el ejemplo del Salvador del mundo; así es como la palabra, y los ejemplos, y los hechos de sus apóstoles y discípulos, limaron sordamente las cadenas de la antigua esclavitud: así es también, como esas palabras, y esos ejemplos, y esos hechos, encarnándose en las instituciones, en las costumbres y en las leyes de la Iglesia de Cristo, acabaron por fundir los anillos todos de esa cadena que oprimía y deshonraba las antiguas civilizaciones. Y todo esto marchando siempre en el camino del bien, avanzando en la obra de la libertad a través de escollos, de resistencias y dificultades, sin retroceder jamás, pero sin producir tampoco conmociones violentas ni peligrosas revoluciones. Ya hemos dicho en otra parte, que la mayor gloria de Jesucristo y de su Iglesia en esta materia, consiste en haber llevado a cabo esta gran transformación social sin determinar los sacudimientos y perturbaciones desastrosas que suelen acompañar y deshonrar aquellas revoluciones que son la obra del hombre. Hay aquí una gran transformación, y [46] si se quiere, una gran revolución social, que se ha consumado sin que el hombre se apercibiera del día, ni de la hora de su consumación. Es esta la señal de las obras divinas; es el carácter que distingue, ennoblece y afirma las revoluciones que son la obra del dedo del Omnipotente.
Hay más todavía: el cristianismo y la Iglesia dieron pruebas de exquisita previsión y de prudencia consumada en esta obra de libertad, no solamente por haberla llevado acabo sin producir revoluciones desastrosas, sino también, y principalmente por haber comprendido que la abolición de la esclavitud debía comenzar por arriba, es decir, por la parte moral e intelectual del hombre. Antes de romper las cadenas materiales que aprisionaban al esclavo, era conveniente y hasta necesario romper, o por lo menos, aligerar sus cadenas morales: era preciso rehabilitar al que se hallaba profundamente envilecido a los ojos de la sociedad y hasta de sí mismo. Antes de restituir al hombre su libertad natural y civil, era necesario restituirle su personalidad, la conciencia de su propia dignidad. He aquí el camino que emprendió la Iglesia cristiana para realizar la abolición de la esclavitud: y he aquí también por qué esta empresa fue en el cristianismo y por medio del cristianismo, una empresa gigantesca, una gran revolución social, pero revolución pacífica a la vez que fecunda.
Escuchemos sobre esta materia la palabra autorizada [47] de un escritor de bella memoria en la historia de la caridad cristiana. «Sabemos, escribe el malogrado Ozanan, {(1) La Civilisalion au cinquième siécle, pág. 49.} lo que las leyes antiguas habían hecho del esclavo; pero no conocemos bastante lo que había llegado apenas a ser el esclavo en las costumbres, lo que había llegado a ser esta criatura humana, o mejor dicho, esta cosa de que acostumbraban servirse para saciar las pasiones más lúbricas, para ensayar los venenos, como hacia Cleopatra, o para alimentar las lampreas, como Asimo Polion. Mas la humanidad no perdió jamás sus derechos; y Séneca habíase atrevido, en alguna parte, a expresar la opinión temeraria de que los esclavos podían muy bien ser hombres como nosotros. Sin embargo, Séneca poseía veinte mil esclavos, y no vemos que su estoicismo le haya inducido a conceder la libertad a uno solo de ellos. Más todavía; este estoicismo se había introducido en los escrito
Pero, ¿quiere decir esto que antes de esa época nada se sabia de Economía política? ¿Deberemos decir por eso que esta clase de estudios eran completamente desconocidos en los siglos anteriores?
La historia de los pueblos y su legislación nos enseñan que, antes que apareciera el sistema agrícola de Quesnay, había dominado en las naciones de Europa, y con especialidad durante los siglos XVI y el sistema de las restricciones y privilegios, conocido en Economía bajo el nombre de SISTEMA MERCANTIL, sistema basado sobre la idea de que el oro y la plata constituyen la verdadera riqueza de las naciones.
Sabido es también que durante los expresados siglos, o mejor dicho, en el último tercio del siglo y primero del siglo siguiente, aparecieron ya escritos notables, en que se trataban de una manera más ó menos completa los diferentes problemas de que se ocupa hoy la Economía política. Testigos la República de Bodin y el Discurso sobre la moneda de Scaruffi. Testigos también los escritos publicados a la sazón por [3] Davanzati, Montanari, y especialmente por el napolitano Serra.
Si quisiéramos hacer alarde de erudición, y no lo consideráramos innecesario al objeto principal que nos hemos propuesto al escribir estos artículos, no nos sería muy difícil comprobar con numerosas citas que no pocos escolásticos de los siglos XIII y XIV sabían algo de Economía política. La obra de santo Tomás De Regimine Principum, y la que con título igual escribió el agustiniano Egidio Romano, contienen pasajes notables sobre no pocos de los problemas a que se refiere la ciencia económica de los Estados.
Pero pasemos más adelante en nuestra marcha retrógrada, y llegando hasta la antigüedad pagana, veamos si las naciones cultas anteriores al cristianismo, eran completamente extrañas a las nociones de Economía política.
Cierto, que no encontraremos entre los antiguos, ni tratados especiales y exclusivos de esta ciencia, ni el examen y discusión de todas las doctrinas y problemas que abarca este estudio en nuestro siglo; pero esto no prueba de ninguna manera que sus sabios no meditaron sobre estos problemas.
Si no escribieron tratados especiales de Economía política, fue porque acostumbraban a separar la Economía de la Política. La constitución especial de la familia entre los antiguos, aun con respecto a las naciones más civilizadas, como Grecia y Roma, constitución [4] de condiciones completamente diferentes de las que recibió después bajo la influencia benéfica y regeneradora. del cristianismo hacía necesaria una ciencia especial, a la que apellidaban Económica, y que consideraban como distinta y separada de la Política. Sin embargo, en esa Económica, y sobre todo en la ciencia que apellidaban Política, hacían entrar, bajo una forma u otra, muchos de los principales problemas que hoy se consideran como propios de la Economía política. Testigos la República de Patón la Económica y la Política de Aristóteles, y los libros De officiis de Cicerón, en que se hallan tratadas muchas cuestiones económico-políticas, bien que en relación con las instituciones sociales de aquel tiempo.
Ni es de extrañar tampoco que sus escritos y discusiones sobre esta materia fuesen limitadas, sin abarcar todos los problemas de la ciencia actual. ¿No sería absurdo el pretender que los griegos con sus pequeñas repúblicas, y los romanos con su pensamiento dominante de conquistas, se hubieran ocupado de aquellos problemas económico-políticos que dependen en su mayor parte y se hallan en relación con el inmenso desarrollo del comercio y la industria en las naciones modernas? ¿Podían aquéllos ocuparse de ese crédito moderno, con sus diferentes y multiplicadas formas y aplicaciones, que tan importante papel desempeña en la sociedad de nuestros días, y que tanto influye en la producción y acumulación de las riquezas? [5]
Por otra parte, es preciso tener en cuenta que la organización social de los antiguos era esencialmente diferente de la que han llegado a alcanzar las naciones modernas, formadas sobre las doctrinas e ideas traídas al mundo por el cristianismo, y sujetas por espacio de muchos siglos a su acción lenta, pero segura y esencialmente civilizadora.
Dejando a un lado otras infinitas diferencias, basta recordar la esclavitud que entraba como un elemento constitutivo en la organización de las antiguas sociedades, para convencerse de que la Economía política de Grecia y Roma, no pedía ser la Economía política de la moderna Europa. Uno de los mas difíciles problemas de cuya solución se ocupa la moderna Economía política, es el que se refiere al mejoramiento y bienestar de las clases obreras y a la extinción ó remedios del pauperismo. Pero este problema, o no existía o cuando menos no podía existir con las mismas condiciones en las sociedades en que los esclavos, que constituían entonces la clase obrera, eran considerados como cosas y no eran admitidos a la participación de los derechos civiles, como lo son, si no siempre en la práctica, a lo menos en principio, los obreros de nuestra sociedad.
En conclusión: creemos poco fundada la opinión de los que miran la Economía política como una invención de los últimos siglos, y nos atrevemos a rechazar como apreciaciones superficiales las de aquellos que [6] piensan que esta ciencia nada ha significado en el mundo hasta que se ocuparon de ella los economistas de los últimos tiempos.
Prescindiendo de las ideas emitidas sobre esta materia por los buenos escritores de la edad media, y dejando también a un lado los ensayos más o menos completos, publicados a últimos del siglo XVI y principios del XVII, es incontestable que los filósofos y legisladores de la antigüedad pagana se ocuparon bastante de estas materias. Si no escribieron tratados especiales y exclusivos, fue porque esta ciencia se hallaba entonces como embebida en la Economía y la Política, y si no abordaron todos los problemas de que se ocupa hoy la ciencia, fue porque la organización social de los antiguos, diferente esencialmente de la nuestra, hacia cambiar necesariamente las condiciones de muchos de los problemas que pertenecen a la Economía política. Pero dejemos la Economía política de antiguos tiempos, y volvamos la vista hacia la de nuestra época.
El antiguo sistema mercantil había ido desapareciendo poco a poco de las naciones de la Europa, y sobre sus ruinas levantábase el sistema agrícola de Quesnay, Dupin, Turgot y demás economistas franceses, cuando en 1771, aparecieron las Meditaciones sobre la Economía política del conde Verri, el cual dio un golpe mortal al sistema agrícola de los economistas franceses.
Verri sólo había destruido; faltaba un hombre capaz [7] de edificar. Desgraciadamente realizó esta empresa Adam Smith con sus Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Y decimos desgraciadamente, porque Smith es como el jefe de esa escuela semi-materialista de Economía política, que sólo ve en el hombre un capital y un productor de riquezas; escuela cuyos principios desecantes, y cuyas doctrinas egoístas tienden a hacer más desgraciada la suerte de los pobres, en vez de aliviar su infortunio; escuela, en fin, para la cual casi nada significan y en la cual para nada entran la religión y la moral.
Se ha dicho y repetido a porfía que Smith es el verdadero fundador de la ciencia de la Economía política. Esta afirmación es verdadera hasta cierto punto, si se consideran los trabajos de Smith bajo un punto de vista puramente literario; porque este escritor, abarcando en su obra, bajo procedimientos metódicos, todas las cuestiones de esta ciencia, determinando sus principios y leyes generales, desenvolviendo sus conclusiones y estableciendo teorías más o menos sólidas y verdaderas sobre los diferentes problemas de que ocuparse suele la Economía política, dio a las doctrinas económicas una forma científica completa y más universal que la que hasta entonces habían alcanzado.
Empero, aparte de los defectos y errores en que abunda la doctrina de Smith, aun bajo el punto de vista literario y científico, para nosotros el error grande del sistema económico de Smith y el defecto [8] capital ante el cual desaparecen todas las bellezas y méritos que suponerse quieran en sus escritos, es ese espíritu de egoísmo práctico, y esa indiferencia moral y religiosa que domina su sistema; espíritu de egoísmo y de indiferencia que el cristianismo no puede menos de condenar como opuesto a su enseñanza, a su historia y a su misión divina sobre la tierra en favor del hombre y de la sociedad. En medio de sus extensas teorías sobre la producción y distribución de las riquezas, sobre el consumo de las mismas y sobre las ventajas de la división del trabajo, Smith no halla ni busca nada para impedir la degradación moral del hombre, no parece preocuparle en lo más mínimo la suerte de esa clase infortunada de obreros que caminan rápidamente al embrutecimiento y la inmoralidad, sepultados en las fábricas y talleres; en una palabra, en la teoría de Smith el hombre moral y religioso no significa nada, y desaparece por completo ante el hombre material, ante el hombre máquina, ante el hombre productor de la riqueza. Por eso vemos a los partidarios de su escuela definir al hombre «un capital acumulado, que no tiene valor sino según la masa de este capital en el interés de la producción.» Por eso vemos a Say, principal representante y propagador en el continente de las teorías de Smith, afirmar osadamente que «la equidad no prescribe los socorros públicos.» Por eso vemos, en fin, a esa escuela encerrarse en el estrecho circulo de los intereses materiales, y prescindir enteramente de los intereses morales [9] y religiosos del hombre; investigar sin descanso los medios de llegar a una producción ilimitada de riquezas, sin ocuparse del bien moral de los individuos.
¿Puede avenirse el cristianismo con semejante Economía política? ¿Puede dejar de condenar esas teorías egoístas, esas doctrinas, en que se halla encarnado un materialismo práctico tan desconsolante?
No, mil veces no. El cristianismo, cuya misión divina sobre la tierra es la rehabilitación intelectual y moral del hombre en este mundo, abriéndole de esta suerte el camino para llegar a la consumación de esta doble rehabilitación en el seno de Dios; el cristianismo, que marcha siempre a su objeto y realiza sus destinos en el mundo, apoyándose sobre el gran principio de la caridad divina, no puede avenirse con esas frías teorías, que sólo se ocupan del modo de acumular riquezas sin cuento en las manos del poderoso; que sacrifican la humanidad pobre a la humanidad rica, y que enseñan prácticamente a esta a pasar con indiferencia al lado de aquella. Y es por eso que, bajo la influencia de la enseñanza católica, no tardó en levantarse una nueva escuela de Economía política en oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos. Algunos hombres reflexivos, reconociendo las funestas consecuencias prácticas de las teorías de la escuela inglesa, dieron a la Economía política un carácter más humanitario, más benéfico, más fecundo y más en armonía con la dignidad del hombre, haciendo entrar en la [10] ciencia el principio moral y el principio de beneficencia cristiana.
{Texto tomado directamente de Zeferino González, Estudios religiosos, filosóficos, científicos y sociales, Tomo segundo, Imprenta de Policarpo López, Madrid 1873, páginas 1-121. Transcribimos la Advertencia que figura al inicio de este volumen: «Advertencia. El artículo que lleva por epígrafe La Economía política y el Cristianismo, aunque escrito en Manila en el año que indica su fecha [1862], ha sido refundido y considerablemente añadido para su publicación en estos Estudios.»}
II
Una vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana. Sólo en esta escuela pueden encontrarse las verdaderas teorías de la ciencia, porque sólo el cristianismo puede dar una base sólida, segura y humanitaria a la Economía política. La Economía político-cristiana enseña que no es el fin de la sociedad, aun considerada en el orden puramente natural y civil, la simple producción de las riquezas, sino más bien su mayor difusión posible entre los hombres, pero con subordinación al bienestar moral. La Economía político-cristiana no sacrifica la prosperidad y riquezas de los individuos a la riqueza y prosperidad de las naciones, sino que procura conciliar la prosperidad de las naciones con el bienestar del mayor número posible de individuos; atiende con marcada predilección a las clases indigentes, y enseña que no debe procurarse la prosperidad [11] y la abundancia de algunas clases, en perjuicio de los individuos y del mayor número de indigentes, y mucho menos aun en detrimento de sus intereses morales y religiosos.
Y no es que el cristianismo condene las riquezas y el poder de las naciones, como tampoco condena en principio su legítima adquisición y posesión por parte de los individuos. Lejos de eso, el cristianismo hace del trabajo, principal productor y representante de la riqueza, una condición necesaria al hombre, una ley divina y hasta una virtud de las más recomendables. Lo que el cristianismo condena, porque no puede menos de condenarlo, es que las riquezas se tomen como fin y no como medio. Lo que el cristianismo reprueba son las teorías económicas que subordinan el hombre moral a las riquezas materiales; porque el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre; quiere que aquella no acumule riquezas materiales a expensas del bienestar material, moral y religioso de esta; quiere, sobre todo, que el gran principio de la caridad sea la base de las relaciones entre la primera y la segunda, y que los gobiernos y la legislación se inspiren en ella cuando se trata del mejoramiento de las clases indigentes.
Tal es, en resumen, la enseñanza católica en orden a la ciencia económica; tales son las bases y los principios de la escuela cristiana de Economía política, en [12] oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos.
Porque es preciso no olvidarlo, y es preciso repetirlo muy alto. Si es cierto que el trabajo y la previsión constituyen dos elementos principales de la Economía política; si vienen a ser como los dos factores y generadores más importantes de la producción y distribución de la riqueza, no lo es menos que la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio son las más propias para ejercer influencia tan poderosa como benéfica en la existencia y desarrollo de esos dos grandes elementos de producción, en esos dos grandes factores del movimiento económico. Que si la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio aconsejan, y promueven, y prescriben, y santifican el trabajo, también aconsejan, y fomentan, y prescriben, y santifican la previsión, concediéndole el carácter honroso de la virtud. Porque, a los ojos del evangelio y del cristianismo, es una virtud, y virtud muy importante en el orden moral y religioso, esa previsión, en fuerza de la cual el hombre sin contentarse con el bienestar personal, se preocupa del bienestar de sus allegados y herederos. El hombre previsor ama, es verdad, el trabajo que produce las riquezas, pero al propio tiempo y cuando se trata de su consumo, usa de las mismas con moderación y templanza, sin dar entrada a un lujo devorador, ni a goces materiales inmoderados. La previsión, en fin, cuando se halla [13] inspirada y ennoblecida por el principio cristiano, comunica el espíritu de iniciativa, fecundiza el trabajo, se complace en los ahorros y en la moderación, pero sin matar la benevolencia y la caridad conciliando los caracteres y ventajas de la previsión con el desprendimiento y el amor del prójimo.
Muy diferentes son ciertamente los caracteres y resultados de la imprevisión, la cual se halla en contradicción con el espíritu y las máximas del evangelio, así como también con el interés verdadero del hombre. «Los hombres imprevisores, escribe con razón Mr. Le Play, se reconocen en todas partes por los mismos rasgos característicos. Rara vez se aplican al trabajo con la energía que comunican a las almas de fuerte temple, el sentimiento del deber y las otras convicciones derivadas del orden moral: alguna vez no se sujetan al mismo si no bajo el aguijón de la más imperiosa necesidad. Por el contrario, buscan con ardor las satisfacciones que procura el consumo inmediato de los productos obtenidos por el trabajo: con frecuencia, también, el gasto excede al recibo, y su preocupación es obtener con ayuda del crédito esta anticipación de goces. Se dan prisa a disipar los capitales acumulados por sus abuelos en cuanto pasan a sus manos por medio de la herencia...
Jamás les viene el pensamiento de salir de su quietismo o de imponerse privaciones para asegurar el bien de sus descendientes. Abandonados a su propia [14] iniciativa, los adultos imprevisores se encuentran sumidos en el mayor abandono y escasez desde el momento que un acontecimiento imprevisto viene a perturbar el orden de los trabajos o el curso regular de la existencia, viéndose imposibilitados en semejantes circunstancias para acudir a las necesidades de sus mujeres, de sus hijos y de sus padres viejos o enfermos... Su influencia llega a ser más funesta cuando se encuentra en ellos, no solamente la ausencia de la virtud, sino propensión decidida al vicio y a la intemperancia.»
Este pasaje puede considerarse como una demostración concreta y palpable de lo que antes hemos consignado, a saber, que el cristianismo y las máximas del evangelio, al condenar el vicio y el exceso en los goces materiales, al aconsejar los ahorros y la economía, impidiendo a la vez por medio del espíritu de caridad y de desprendimiento en favor del menesteroso y desvalido, que degeneren en egoísmo y avaricia, al preconizar, en una palabra, ennoblecer y santificar el trabajo y la previsión, contribuye eficazmente a fomentar y desarrollar la producción de la riqueza, así como también su distribución conveniente y justa.
Después de esto, y en presencia de las reflexiones que anteceden, apenas se concibe ciertamente que el racionalismo contemporáneo lance todavía contra el cristianismo y la Iglesia de Cristo la acusación de [15] impedir el movimiento económico de la sociedad y la prosperidad pública de los pueblos a su influencia sometidos, y, lo que es más aun, bastado poner obstáculos a la constitución moral y regeneradora de la familia, considerada como base y elemento fundamental del organismo social y económico. Fíjese la atención en el pasaje que a continuación vamos a transcribir, y se verá una vez mas que el racionalismo de nuestros días, ni ha renunciado a sus preocupaciones y a su odio tenaz contra el cristianismo, ni menos a la práctica, ya histórica, de reproducir contra este los mismos argumentos que desde los antiguos maniqueos y gnósticos hasta los enciclopedistas del pasado siglo, desde Celso hasta Voltaire, vienen alegándose, siquiera hayan llegado a ser lugares comunes, y siquiera hayan sido cien veces contestados victoriosamente por los apologistas cristianos. Pero oigamos ya al representante del racionalismo, a quien hemos aludido, el cual después de asentar, sin aducir pruebas, según costumbre, que «todos los países civilizados, excepto aquellos en donde domina el catolicismo, el acusado y el condenado obtienen garantías de publicidad, imparcialidad y humanidad, añade: «La familia, embrión de una sociedad perfecta en la que todos los miembros están unidos por los lazos del amor, la familia os contará sus dolores y sus miserias en presencia de un clero ha roto toda relación con ella, y que sólo ve en el matrimonio una condición inferior al celibato. La [16] división existe en el seno de la misma por la influencia de las predicaciones y del confesonario. La Iglesia separa lo que debía estar unido, el marido y la mujer, los padres y los hijos, los amos y los criados, y mantiene unido, por medio de la prohibición del divorcio, lo que debía estar separado...
La prosperidad de las familias hace la prosperidad social. La Iglesia romana es tan indiferente a la una como a la otra. Sus intereses, dice, no son de este mundo. En efecto: la historia de la Economía política hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad, sobre el desarrollo de la riqueza pública: el paralelo de los pueblos católicos y de los protestantes bajo el punto de vista del bienestar, no está de ningún modo en favor de Roma, sobre todo en los días de su esplendor. El contraste no puede ser mas lastimoso para la Bélgica bajo Felipe II: lo es todavía para Irlanda, para España, para Italia y para Méjico: la miseria aumenta por todas partes en proporción de la dominación clerical. El diezmo, la mano muerta, los conventos y los monasterios, son instituciones católicas o episcopales condenadas por la ciencia. El desarrollo económico de los tiempos modernos favorecido por los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.» {(1) Tiberghien, Etudes sur la Religion, pág. 12.}. [17]
No se sabe ciertamente qué admirar más en este pasaje, si el cúmulo de errores y de apreciaciones inexactas en él contenidas, o si la imperturbable seguridad del autor al lanzar tan graves acusaciones sin mas prueba que su sola palabra. Se ha dicho en nuestro siglo que de cuarenta años a esta parte, la historia es una conjuración permanente contra la verdad, y Montesquieu había generalizado y hasta exagerado tal vez de antemano este pensamiento cuando escribió que «las historias son hechos falsos arreglados sobre hechos verdaderos o con ocasión de hechos verdaderos.» Sólo así se comprende que en pleno siglo XIX se haga responsable al clero católico de las miserias y dolores del matrimonio, de la división que reina en las familias. No, el clero católico, como representante legitimo de las leyes, ideas e instituciones del cristianismo y de la Iglesia, lejos de ser responsable, ni menos causa determinante de las miserias y dolores del matrimonio, contribuye eficazmente a atenuar esas miserias y dulcificar esos dolores, predicando y ensalzando el honor, el profundo respeto, la aureola de santidad y la alta misión que al matrimonio cristiano y a la familia se deben, y por otra parte derramando el bálsamo de la resignación y de la paciencia, de los consuelos y esperanzas cristianas sobre los dolores y sufrimientos de la familia. Todavía es mas extraña la afirmación de que las predicaciones y el confesonario católico son los que producen [18] la división en las familias. Tanto valdría decir que el ciudadano honrado que defiende su familia y sus bienes contra las agresiones del ladrón, produce la perturbación en la familia de este, y que perjudica sus derechos. ¿Es por ventura que el catolicismo no se hallaba en legitima posesión por espacio de diez y seis siglos en orden a dirigir, moralizar y santificar el matrimonio y la familia en las naciones de Europa? ¿Es el catolicismo el que ha introducido el cisma y la división en las familias, o son más bien el protestante, el racionalista y el solidario los que de tres siglos a esta parte, vienen perturbando la familia y sembrando la división y el antagonismo entre sus miembros?
¿Y qué pensar de la otra acusación por Tiberghien lanzada contra la Iglesia católica a causa y con motivo de la prohibición del divorcio? Suponiendo desde luego que este escritor alude, no al divorcio simple , a la separación quoad thorum et habitationem, divorcio permitido por la Iglesia en muchos casos, sino al divorcio que lleva consigo la disolución perfecta del matrimonio y la facultad para contraer otro nuevo, única especie de divorcio que prohibe la Iglesia, ¿ha reflexionado el racionalista belga sobre el fallo severo que por parte de la historia, de la razón y de la ciencia social merece su tesis? Porque ello es incontestable que la historia nos demuestra en cada una de sus páginas, que la indisolubilidad del matrimonio es origen fecundo de bien para el Estado y la familia; [19] que la inmoralidad pública y privada de una nación se halla en razón directa de la facilidad y frecuencia del divorcio; que la prohibición de este o la proclamación y práctica de la indisolubilidad del matrimonio, fue uno de los valladares más poderosos que el cristianismo opuso al torrente devastador de la corrupción y decadencia espantosa del pueblo romano, a la vez que un elemento importantísimo, un principio fecundo y vital de la nueva civilización europea por la Iglesia iniciada y desarrollada.
Que si del terreno de la historia pasamos al terreno de la razón y de la ciencia, nos dirán estas que la prohibición del divorcio es uno de los fundamentos más sólidos del bienestar material y moral de las naciones, uno de los factores más importantes y fecundos de las costumbres privadas y públicas; y es que cuando existe la indisolubilidad del matrimonio, este reviste un carácter más augusto y sagrado a los ojos de los pueblos y del individuo; madura reflexión acompaña a un contrato cuyos vínculos y consecuencias se sabe que durarán hasta la muerte; los hijos pueden prometerse con toda seguridad que no les faltarán los cuidados y las afecciones de sus padres; los contrayentes se hallan predispuestos, y hasta se ven obligados a atenuar y dulcificar por medio de concesiones recíprocas, los inconvenientes que resultan de las cargas anejas al matrimonio, y de la oposición de caracteres e inclinaciones. Añádase a esto que el divorcio [20] facilita, ensancha y multiplica los caminos y las fuerzas que para realizar el mal posee ya el hombre en la inconstancia y seducción de sus pasiones; que la ley del divorcio es una ley brutal del fuerte contra el débil, porque la mujer rara vez conserva toda su dignidad al someterse a una ley cuya práctica y consecuencias no están en armonía con el respeto y consideraciones que le son debidas. La atmósfera delicada y pura, la corona de gloria y dignidad que la Iglesia católica había formado a la mujer de la civilización cristiana, difícilmente pueden conservar su brillo y esplendor en presencia de una ley que, al permitir y legalizar el divorcio, permite y legaliza una forma más o menos restrictiva, más o menos atenuada y encubierta, pero siempre real y legal de la poligamia.
Luego no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia católica la que mantiene unido lo que debe estar separado, si no que por el contrario, es el racionalismo el que pretende separar lo que debe estar unido. Arrastrado por sus aficiones sensualistas, y más todavía por sus odios y prevenciones contra la Iglesia, el racionalismo aboga en favor del divorcio, sin reparar que al abogar por la disolubilidad del matrimonio, echa por tierra valladar importantísimo contra la invasión de la inmoralidad, establece un principio de corrupción y de muerte, prepara la ruina de las costumbres, de la moral y de la civilización.
Si posible fuera desterrar completamente del corazón [21] y de la atmósfera que rodea a las naciones civilizadas, toda idea cristiana y toda influencia del principio católico, y al propio tiempo alguna de esas naciones, la nación más civilizada de Europa proclamara la ley del divorcio destruyendo la perpetuidad de la unión conyugal, no pasarían muchos años sin que esa nación ofreciera a los ojos del observador espectáculo muy parecido al que presentaba la sociedad romana durante el imperio y los últimos tiempos de la república. A ser posible semejante eliminación completa de toda idea e influencia cristiana, veríase pronto a esa nación decaer rápidamente, y precipitarse y descender hasta últimas gradas del vicio. Y aparecerían de nuevo aquellos hombres que, según el testimonio del rígido Catón, traficaban con el matrimonio y comerciaban con sus mujeres, para elevarse a los altos puestos y dignidades; y aparecerían los más elevados patricios, los jefes de la república, contrayendo a vista del pueblo cuatro o cinco matrimonios, disueltos sucesivamente por causas fútiles; y aparecería hasta el gran Pompeyo repudiando a su esposa encinta, sin más causa que el ser nieta de Sila, para casarse en seguida con la hija de Glabrion, repudiada después para contraer nueva unión con Julia, hija de César, la cual fue repudiada y sustituida a su vez por otra perteneciente a la familia de Escipión. Y aparecerían también aquellas matronas romanas que contaban el número de sus maridos por el de los consulados, cuyo lujo y molicie era [22] preciso sostener a costa de las rapiñas y exacciones de sus amantes y maridos los procónsules y pretores, de cuyos vicios y espantables abominaciones hallamos testimonio auténtico en los escritos de Marcial, de Ovidio, de Juvenal y Persio, vicios y abominaciones cuya extensión y profundidad se descubren acaso más todavía por las sombrías descripciones de Tácito , y por las intencionadas indicaciones de Suetonio. Para convencerse de que el divorcio siempre ha sido rechazado por el instinto moral de la humanidad, bastaría tener presente que los mismos romanos del imperio, en medio y a pesar de su espantosa decadencia y universal corrupción, consideraban la unidad de matrimonio como un rasgo característico de virtud y de gloria, según se desprende de la siguiente inscripción que adornaba con frecuencia el túmulo de las mujeres que se hallaban en este caso: Conjugi piae, inclytae, univirae.
Si fijamos ahora la atención sobre el contenido restante del pasaje que venimos examinando, veremos que las apreciaciones y afirmaciones en el mismo contenidas, son tan inexactas como las hasta aquí examinadas. Y ante todo, bueno será consignar que las reflexiones y datos que se acaban de aducir en orden a la influencia eficaz y moralizadora ejercida por la Iglesia católica sobre el matrimonio, la mujer y la familia, demuestran claramente que el racionalismo se pone en contradicción con la historia y con la ciencia [23] social, al afirmar por boca de Tiberghien, que la Iglesia romana es tan indiferente a la prosperidad de las familias como a la prosperidad social. «En efecto, añade el racionalista krausiano, la historia de la economía hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad , sobre el desarrollo de la riqueza pública.»
Así es en verdad: la historia de la Economía política, basada sobre la observación concienzuda de los hechos; la historia que no ha querido convertirse en una conjuración contra la verdad, solicitada a ello por la preocupación racionalista, sino la que marcha a su objeto bajo las inspiraciones de severa imparcialidad, hace constar que la Iglesia católica, a pesar de no ser esta su misión característica y propia, ejerció no obstante poderosa cuanto benéfica influencia sobre el trabajo, la propiedad y la riqueza pública, por medio de sus leyes, de su doctrina, de sus máximas y de sus instituciones. Porque fueron esas máximas, leyes e instituciones las que rompieron la cadena del esclavo, y las que fomentaron los municipios, y las que hicieron propietario al siervo de la gleba, y las que aboliendo en unas partes y transformando en otras la esclavitud, comunicaron dignidad e independencia, libertad y fecundidad al trabajo, aumento de la riqueza pública como consecuencia natural de la libertad del trabajo, difusión del bienestar moral y material entre las clases sociales. Fueron también esas máximas, leyes e [24] instituciones, las que dieron base incontrastable y sagrada al derecho de propiedad, las que inspiraron esa serie innumerable de asociaciones, desde la que proteje al peregrino y redime al cautivo, hasta las corporaciones de artes y oficios, asociaciones diferentes sí unas de otras por parte de su organismo, de sus elementos y de su objeto especial, pero convergentes todas al mejoramiento, alivio y bienestar de las clases todas de la sociedad, pero principalmente de las más desvalidas y menesterosas. Fueron igualmente esas máximas, leyes e instituciones las que inspiraron a los antiguos monjes y pusieron en movimiento su brazo cuando desmontaban las selvas, secaban los pantanos, construían puentes y caminos, cultivaban los campos, explotaban las minas, ejercían las artes manuales y liberales, y se constituían en centros de poblaciones numerosas a las que educaban para el cielo y para la tierra, inspirándoles, por una parte, hábitos de moralidad y de religión, y aficionándolos por otra, al ejercicio de las artes, de la industria y de la agricultura, inspirándoles a la vez hábitos de previsión y de trabajo. Fueron, finalmente, esas máximas, leyes e instituciones las que por todos estos medios y otros análogos provocaban y mantenían en las antiguas naciones cristianas aquella profunda paz interior de que generalmente disfrutaban, armonizando en lo posible los opuestos intereses de las clases sociales, y conteniendo el desarrollo y manifestaciones perturbadoras [25] de ese sempiterno antagonismo social que amenaza hoy hasta la existencia misma de las naciones civilizadas.
He aquí, en resumen, lo que la historia universal, y la particular de la Economía política, hacen constar acerca de la influencia de la Iglesia de Cristo sobre el trabajo, la propiedad, la riqueza pública de las naciones y su civilización.
Hemos dicho antes que al lanzar contra la Iglesia católica las graves acusaciones que acabamos de discutir y refutar, el krausista belga no aducía pruebas en su favor, y ahora debemos añadir que esto no es completamente exacto, en atención a que nuestro racionalista apoya sus acusaciones con las siguientes pruebas: 1ª la Iglesia misma dice que su reino no es de este mundo: 2ª el paralelo entre los pueblos católicos y protestantes revela la superioridad de los segundos sobre los primeros bajo el punto de vista del bienestar, siendo testigos de esto la Bélgica bajo Felipe II, y en la actualidad la Irlanda, la Italia, la España y Méjico. No sabemos por qué se ha hecho caso omiso de la Francia en esta enumeración; pues suponemos que Tiberghien no contará a la Francia entre los pueblos protestantes. Pero dejando a un lado esta omisión, casual sin duda e insignificante, en concepto del profesor de Bruselas, pero que da derecho a sospechar de su buena fe en esta discusión, nos limitaremos a exponer brevemente, porque otra cosa no [26] permite la índole de este escrito, las siguientes observaciones, que revelan el valor de las pruebas por nuestro escritor aducidas.
lª Es contrario a toda regla de crítica y a todo precepto de lógica, pretender probar la afirmación expresada estableciendo parangón entre la Bélgica actual y la Bélgica de Felipe II. ¿Es por ventura que tres siglos de civilización, de descubrimientos en las ciencias físicas, exactas y naturales, de progresos y aplicaciones en las artes y la industria, pueden pasar en vano sobre los hombres y los pueblos? ¿Es por ventura que la Alemania y la Inglaterra no ofrecen hoy contraste y progresos, bajo el punto de vista del bienestar material, con relación a lo que fueron en tiempo de Felipe II a pesar de ser entonces ya protestantes? El argumento, pues, del racionalista belga es un verdadero sofisma, que revela, o preocupación, ya que no sea mala fe por parte del que le aduce, o la debilidad de una causa que a tales argumentos recurre, una cosa análoga puede decirse con respecto a la Irlanda, puesto que nadie puede desconocer que su pobreza relativa es debida a causas excepcionales y múltiples, algunas de las cuales subsisten hoy todavía.
2ª Dado caso que existiera esa inferioridad relativa de las naciones católicas bajo el punto de vista del bienestar material, para que el argumento tuviera el valor que se le atribuye sería necesario probar que esa inferioridad relativa y concreta no se hallaba [27] contrapesada por ventajas de otro orden, y especialmente por una superioridad relativa de las mismas bajo el punto de vista moral y religioso.
3ª Más todavía: hipotéticamente admitida la inferioridad material de esas naciones, seria preciso demostrar que la causa real de la misma es la Iglesia católica, o sea la dominación clerical, como dice nuestro krausista, sin que proceder pudiera esa inferioridad de otras causas, como por ejemplo, de las vicisitudes históricas, de las revoluciones políticas, del carácter y genio especial, de los hábitos y costumbres, de las condiciones fisiológicas y geográficas, con otras muchas causas y condiciones capaces de influir en la determinación, curso, caracteres especiales y manifestaciones de la civilización de un pueblo.
4ª Concretándonos ahora a nuestra patria y sus antiguas colonias, afirmaremos sin temor de ser desmentidos, que a mediados del siglo pasado, por ejemplo, cuando, no la dominación, sino la influencia clerical era mayor que la actual en España y Méjico, estos países disfrutaban de una prosperidad material superior a la que disfrutan, actualmente, si de esta se excluye la parte inevitable que corresponde al progreso, desarrollo y descubrimientos realizados durante este período en las artes, la industria y el comercio, a pesar de que hoy ha desaparecido esa pretendida dominación clerical. Hay más todavía: el estado de España y de Méjico, bajo el punto de vista de la [28] prosperidad material, es hoy muy inferior, sin duda, al que tenían en 1857, es decir, cuando Tiberghien estampaba su paralelo y sus argumentos en sus Etudes sur la Religion; y, sin embargo, nadie nos negará que en las dos naciones, y determinadamente en España, la dominación clerical es hoy nula en comparación de la que en 1857 ejercía. Esto quiere decir que si el argumento del racionalista belga no fuera un sofisma, o tuviera valor real y lógico, sería preciso inferir de él que la prosperidad, aun material, de los pueblos, decrece y mengua a proporción que decrece y mengua lo que el racionalismo llama dominación clerical. Aquí podemos decir a Tiberghien lo que Jesucristo dijo al siervo infiel: Ex ore tuo te judico.
5ª La superioridad que se atribuye a las naciones protestantes sobre las católicas, es más aparente que real, en atención a que esa superioridad y bienestar material se hallan circunscritos a ciertas clases relativamente poco numerosas, al paso que las más numerosas se hallan sumidas en la más profunda degradación moral y material. Porque sabido es que son precisamente esas naciones a que se alude, las que nos presentan esas grandes aglomeraciones de obreros e industriales en que la miseria física y la moral desgarra y llena de angustia el corazón del observador. Las mujeres, obligadas a pasar la vida fuera del hogar doméstico; los niños, sepultados en las fábricas antes de conocer el nombre de Dios y la santidad de la [29] familia; los padres, gastando en un día de orgía el salario de la semana; el uso de los narcóticos y de las bebidas espirituosas para reparar la fatiga y olvidar los peligros y cuidados de la familia y del porvenir, producen y determinan en los primeros los hábitos de independencia y de promiscuidad, tan perniciosos para el orden moral y material, y en los segundos la imprevisión, la muerte anticipada, el abandono de la familia, la miseria y la desesperación en la enfermedad. Estamos por lo tanto en el derecho de negar el valor de ese argumento, mientras no se nos pruebe que la superioridad que se atribuye a los pueblos indicados, bajo el punto de vista del bienestar, se refiere a todas o a la mayor parte de las clases sociales, y no a algunas solamente, que se trata de una prosperidad o bienestar superior, no solo en intensidad, sino también en extensión. En todo caso, conviene no perder de vista que esta clase de argumentos que tienen por base el parangón o paralelo entre manifestaciones y efectos que pueden traer su origen de causas múltiples, complejas y muy diferentes entre sí, carecen de valor lógico, y se vuelven fácilmente contra producentem. Discutiendo en cierta ocasión con un católico un ministro protestaste, quiso servirse de este manoseado argumento, alegando la prosperidad y riqueza de los protestantes, como señal y prueba de la excelencia y superioridad de la religión protestante sobre la católica. «Cuidado; —le dijo entonces un racionalista que [30] presenciaba la la discusión,— si vuestra religión es mejor que la de los católicos porque los que la practican son más ricos, será necesario decir que la religión de los judíos es mejor que la vuestra, en atención a que generalmente los judíos son más ricos que los protestantes.» Este racionalista tenía mejor sentido lógico que el autor de los Etudes sur la Religión.
Nada hemos dicho, ni creemos necesario decir, sobre la primera razón alegada por Tiberghien de Iglesia sobre bienestar de la sociedad. solamente inexacto, soberanamente negar existencia influencia, porque la Iglesia dice que su reino no es de este mundo. Ciertamente, que la Iglesia dice, y dice con razón, que su reino no es de este mundo, en el sentido y porque el objeto principal y preferente de su institución, la misión más importante que su divino Fundador le confió, no fue la felicidad y bienestar de la vida presente, sino la felicidad y bienestar de la vida eterna futura. Empero esto de ninguna manera impide que, según queda ya indicado y probado, afirme, fomente y consolide la prosperidad pública y privada, la felicidad moral y material del individuo, de la familia y del Estado, por medio de su doctrina, de sus ejemplos, de sus máximas, de sus leyes y de sus instituciones; no sin razón se ha dicho que la religión cristiana que parece destinada solamente a procurar al hombre su felicidad eterna, le [31] procura también la temporal de la vida presente. ¡Cosa notable y por demás peregrina! Cuando se trata de apreciar y determinar la influencia de la Iglesia en la familia y la sociedad bajo el punto de vista económico, se afirma que esta influencia es nula, porque su reino no es de este mundo. Cuando se trata después de desterrar de la familia y de la sociedad su legítima influencia, negándole el agua y el fuego, entonces se alega también como razón y prueba que su reino no es de este mundo, y que, por consiguiente, no debe permitírsele influencia ni intervención alguna en la familia, ni en el estado, ni en la legislación, ni en la enseñanza. ¿Por qué estos dos pesos y estas dos medidas? ¿No indica este proceder que en los ataques del racionalismo contra la Iglesia católica, se descubre y revela una obra de la pasión más bien que una obra de la ciencia?
¿Y qué deberemos pensar en vista de los datos y reflexiones que preceden, de las últimas palabras del profesor de Bruselas en el pasaje citado? «El desarrollo económico, nos dice, de los tiempos modernos, favorecido por los establecimientos de crédito, es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.»
De desear sería que al escribir estas palabras el autor de los Estudios sobre la Religion, hubiera apuntado, al menos, las razones en que se apoya para asentar que los establecimientos de crédito excluyen la influencia de la Iglesia. Nosotros creemos, por el [32] contrario, y seguiremos creyendo, que semejantes establecimientos son perfectamente compatibles con la influencia general de la Iglesia en el movimiento económico de las sociedades cristianas, mientras no se nos presente alguna ley eclesiástica en que se condenen estos establecimientos de crédito. La aserción sería más tolerable, aunque no del todo exacta, si su autor se limitara a decir que esta clase de establecimientos prescinden, por lo general, de la influencia de la Iglesia.
Por lo demás, es ocurrencia propia y digna de un racionalista, formular un cargo contra la Iglesia católica porque es extraña a los establecimientos de crédito, o sea porque no influye directamente en el desarrollo de estos establecimientos. Supongamos que la Iglesia católica, desentendiéndose o descuidando los intereses espirituales y eternos de las almas, se dedicara a fundar, propagar y desarrollar establecimientos de crédito: es bien seguro que de todos los puntos del horizonte se levantaría terrible clamoreo por parte de los racionalistas para condenar a la Iglesia de Cristo, acusándola de prostituirse al lucro y las riquezas, de invadir las atribuciones del poder temporal, de faltar, en fin, a su misión divina y eterna. ¿Qué significan, pues, esas palabras del racionalista belga, cuando dice que el desarrollo de los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia? A juzgar por este pasaje, seria necesario decir que cuando santo Tomás [33] escribía la suma Teológica, hubiera obrado más en armonía con el objeto del Evangelio y con la misión propia de la Iglesia católica, escribiendo el Ensayó de Malthus, o las Contradicciones económicas de Proudhon. Cualquiera diría que, en sentir del racionalismo, la Iglesia de Cristo, en vez de procurar la santificación de las almas, en vez de encargar a sus misioneros que lleven la luz de la fe y los beneficios de la civilización a regiones desconocidas y a naciones salvajes, en vez de promulgar leyes encaminadas a conservar la pureza de la religión y de la moral, en vez de fundar y fomentar instituciones de caridad y beneficencia, debería emplear su actividad y sus fuerzas en escribir tratados y en promulgar leyes y reglamentos sobre la invención y uso de las máquinas, sobre el libre cambio, sobre los sistemas de impuestos y contribuciones, sobre bancos, sobre la balanza de comercio, etc., etc. Pero ya es tiempo de poner término a esta discusión incidental, para proseguir nuestro camino. [34]
III
Antes de exponer sus ideas sobre Economía política, Smith había publicado la Teoría de los sentimientos morales, obra en que el publicista de Kirkaldy pretende cimentar y levantar todo el edificio de la ciencia moral sobre la estrecha base de la simpatía, eliminando, por consiguiente, de la idea de la virtud, el esfuerzo, el sacrificio y la energía de la voluntad. Esto nos explica en parte las tendencias materialistas y el espíritu egoísta que se descubren en su sistema económico-político: la Teoría de los sentimientos morales llama naturalmente, y se halla en armonía con las teorías desenvueltas en las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Si se añade a esto que Smith, lo mismo que Say, principal propagador de sus doctrinas económicas en el continente, vivieron, conversaron y estuvieron en intimas relaciones con los filósofos sensualistas e irreligiosos del pasado siglo, no será difícil darse razón del espíritu que domina en su sistema económico-político. [35]
Ello es cierto, sin embargo, que nadie menos que Smith debiera haber prescindido de la idea cristiana, al exponer sus teorías de Economía política. Puede decirse que todo el sistema económico-político del profesor de Edimburgo se halla basado sobre la teoría del trabajo y su división: esta es la idea fundamental y dominante en su doctrina; es como la teoría madre, a la cual se refieren y subordinan de una manera más o menos directa todas sus ideas sobre esta materia.
Pues bien; si Smith hubiera reflexionado sobre este punto con espíritu imparcial y despreocupado, hubiera reconocido sin duda que el cristianismo es el que ha desarrollado y multiplicado en las sociedades modernas el poder del trabajo, porque el cristianismo, y sólo el cristianismo, es el que ha restituido al hombre la propiedad del trabajo.
Recuérdese sino, lo que era la humanidad antes del cristianismo; recuérdense aquellas manadas de esclavos que marchaban envilecidas en pos de los patricios romanos; recuérdese que Atenas, la ciudad más civilizada, tal vez, de la antigüedad, contaba en tiempo de Demetrio Falerio cuatrocientos mil esclavos para poco más de veinte mil ciudadanos; y se verá que el cristianismo, al proclamar la libertad del hombre, restituyó a las tres cuartas partes del linaje humano la propiedad de su trabajo, y con ella, un elemento el más poderoso para la producción y multiplicación de la riqueza. Pero escuchemos sobre este punto la voz [36] tan autorizada como elocuente del P. Lacordaire; he aquí cómo se expresa el célebre orador de Nuestra Señora de París, al exponer el tránsito operado en la humanidad por la acción del cristianismo, bajo el punto de vista de la propiedad del trabajo:
«El rico se había degradado a sí mismo, había degradado al pobre, y nada común existía entre estos dos miembros vivos, pero podridos, de la humanidad. El rico ni siquiera sospechaba que debiese algo al pobre. Le había arrebatado todo derecho, toda dignidad, todo respeto de si mismo, toda esperanza, todo recuerdo de origen común y de fraternidad. Nadie pensaba en la instrucción del pobre, nadie en sus dolencias, nadie en su suerte. El pobre vivía entre la crueldad de su señor, la indiferencia de todos y su propio desprecio. En este estado le encontró Jesucristo. Veamos qué hizo de él.
»Hay una propiedad inseparable del hombre, una propiedad que él no podría enajenar sin dejar de ser hombre, y cuya enajenación jamás debe ser aceptada por la sociedad: tal es la propiedad del trabajo. Sí, señores; podéis no llegar al dominio de la tierra; la tierra es pequeña, hállase habitada hace muchos siglos, habéis llegado tarde, y para conquistar una sola partícula necesitaréis, tal vez, sesenta años de la vida más laboriosa. Es verdad; pero también, y por contrapeso, os quedará siempre la propiedad del trabajo; jamás seréis desheredados de ella, y ni aun el poseedor de la [37] tierra podrá, sin vuestra concurrencia, obtener del suelo que es suyo, la obediencia de la fecundidad. Vuestro trabajo, si no es el cetro, será por lo menos la mitad de este cetro, y por esta equitativa distribución, dependerá la riqueza de la pobreza, tanto como esta de la riqueza. La transición de una a otra será frecuente, la suerte de las dos será auxiliarse y engendrarse recíprocamente.
»Tal es el orden hoy día; pero ¿era este el orden antes del Evangelio? Ya sabéis que no, señores; sabéis que la esclavitud era la condición general del pobre; es decir, que privado este del dominio general de la tierra, se le había despojado también de todo derecho a su propio trabajo. El rico había dicho al pobre: «Yo soy dueño del suelo; es necesario que lo sea de tu trabajo, sin el cual no produciría nada la tierra. El suelo y el trabajo no forman más que una cosa. Yo no quiero trabajar, porque esto me fatiga; y no quiero tratar contigo, porque esto seria reconocerte igual a mí y cederte una parte de mi propiedad en cambio de tus sudores. Yo no quiero necesitar de ti, yo no quiero reconocer que necesito un hombre para calzarme los pies y para no ir desnudo; tú serás, pues, mío; tú serás cosa de mi pertenencia, lo mismo que la tierra, y en cuanto me convenga, tendré cuidado de que no te mueras de hambre...» Pues bien; Jesucristo ha hecho al hombre propietario de su trabajo para siempre; ha hecho al pobre necesario al rico, partiendo con él [38] la libertad y las fuentes de la vida. Ninguna tierra ha florecido tanto como bajo la mano del pobre y del rico unidos con un convenio y estipulando por su alianza la fecundidad de la naturaleza.»
Si el trabajo es, pues, el gran productor de las riquezas; si el trabajo es el elemento más poderoso y una de las condiciones más esenciales que han influido e influyen en la producción y desarrollo de la riqueza de las naciones modernas; si el trabajo, en fin, es el punto culminante de la Economía política y como la base fundamental de sus teorías y afirmaciones; bien puede decirse que esta ciencia no puede librarse de la nota de ingratitud e inconsecuencia, al prescindir del cristianismo y al renegar de sus máximas. Debiera no olvidar que el cristianismo, al traer al mundo el inestimable don de la propiedad del trabajo, no solo restituyó sus derechos a la humanidad, sino que hizo posibles hasta cierto punto las condiciones de existencia y perfección de la Economía política, introduciendo en el mundo con la propiedad del trabajo un gran poder de producción, el elemento más poderoso de la riqueza de las naciones y de la difusión del bienestar de los individuos. Porque los hombres de la ciencia saben bien cuánta es la diferencia que existe, relativamente a la producción, entre el trabajo del esclavo y el trabajo del hombre libre. Ni es de extrañar, antes sí es muy natural, esta diferencia. El esclavo, oprimido, mal alimentado y envilecido, sabe que sólo trabaja [39] para saciar la codicia de su amo, y que si este le arroja un pedazo de pan, es sólo porque sin este no podría aprovecharse de su trabajo. De aquí es que el esclavo ni desea ni procura el bien de su amo y se halla más bien dispuesto a complacerse en sus desgracias, al paso que el operario libre desea y se interesa en el acrecentamiento de producción y en la prosperidad del establecimiento en que trabaja.
La razón y la experiencia demuestran también que la alegría y la esperanza robustecen las fuerzas del trabajador, haciéndole menos sensibles sus fatigas. Pero estas afecciones sólo pueden tener lugar en el corazón del operario libre, que sabe que trabaja para sí, y que espera el fruto de sus duras faenas. El esclavo, que sabe que sólo trabaja para otro, y que no ve en sus fatigas la esperanza de mejorar su suerte, no puede experimentar estas reparadoras afecciones.
Que si de la cantidad de la producción pasamos a su calidad, no se presentan menos palpables las ventajas de la propiedad del trabajo. El hombre libre puede discurrir, puede adquirir una instrucción más o menos extensa; el esclavo, encorvado siempre bajo el látigo del amo, que se halla interesado hasta cierto punto en su embrutecimiento, puede decirse que no piensa y carece, por consiguiente, de las condiciones físicas y morales necesarias para llegar a la instrucción e inteligencia, que son las que pueden determinar la superioridad en la calidad de los productos. [40]
He aquí por qué hemos dicho que la Economía política se muestra muy ingrata e inconsecuente cuando prescinde de las máximas de Jesucristo y del cristianismo, al exponer sus leyes, sus doctrinas y sus teorías. Cuando Jesucristo moría por todos los hombres indistintamente; cuando decía a todos los hombres, en la persona de sus discípulos: Os doy un mandamiento nuevo; que os améis unos a otros como yo os he amado; cuando decía por boca de san Pablo: Te ruego por mi Onésimo, a quien yo he engendrado en las prisiones... el que te he vuelto a enviar, no ya como esclavo, sino en vez de esclavo, como hermano muy amado, daba al mundo y a las naciones el germen más poderoso para la producción y desarrollo aun de las riquezas materiales, puesto que restituyendo al hombre su libertad, le restituía con ella y por ella la propiedad del trabajo, porque el esclavo es un ser que no tiene tierra ni trabajo propio.
No se nos oculta que todavía existen hombres que, a despecho de los testimonios irrefragables de la razón y de la historia, se empeñan en arrebatar al cristianismo esta gloria, la gloria inmarcesible de haber llevado a cabo la abolición de la esclavitud, de esa institución social que corroía y deshonraba a las naciones anteriores a Jesucristo. Sabemos muy bien que no faltan hombres en nuestros días, que arrastrados por el orgullo racionalista, no menos que por sus prevenciones injustificadas contra el cristianismo, atrévense [41] a negar que este, y que su fundador, Jesucristo, hayan hecho nada para la abolición de la esclavitud. «Oigamos, en prueba de ello, las palabras que escribe uno de los racionalistas contemporáneos que más se distingue por sus apasionados ataques contra la Iglesia católica. «El progreso se manifiesta en todas las fases de la vida humana. Pero el progreso social es el que principalmente hiere nuestra vista... Citamos solamente la esclavitud. El más profundo pensador de la antigüedad, Aristóteles, la consideraba como eterna. Jesucristo no soñó en abolirla, y, sin embargo, bajo la influencia de las razas germánicas, la esclavitud se transformó y acabó por desaparecer.» {(1) Laurent, La Philosophie du XVIII siècle et le Christianisme, pág. 70}.
Apenas se concibe que semejantes palabras se escriban seriamente en pleno siglo XIX; porque no se concibe ciertamente que en nuestros días se consignen afirmaciones que se hallan en contradicción absoluta con la conciencia general de la humanidad civilizada, y más todavía con los testimonios de la historia. Solo teniendo en cuenta la perniciosa cuanto poderosa influencia que ejercer pueden sobre el espíritu humano las pasiones y preocupaciones anticatólicas, se concibe la posibilidad de afirmar en absoluto y rotundamente que Jesucristo no pensó en abolir la esclavitud. ¿Qué hubieran hecho esas razas germánicas, a las que Mr. Laurent atribuye exclusivamente la abolición de [42] la esclavitud y advenimiento de las libertades civiles y políticas, qué hubieran hecho, repito, si no hubieran encontrado en su camino a la religión de Cristo? No cabe negar en buena y racional crítica histórica, no cabe siquiera poner en duda que fue esa religión santa, que fue la Iglesia católica, que fueron las máximas del evangelio las que reformaron, suavizaron y trasformaron los hábitos, los instintos, las costumbres y las instituciones de aquellas razas sometidas a la barbarie. ¿Qué seria hoy la civilización europea, si los germanos, y los godos, y los suevos, y los francos, y tantos otros pueblos, más o menos bárbaros, no hubieran sido fundidos, por decirlo así, y regenerados en el gran molde del cristianismo? Sin negar que las razas germánicas y sus afines aportaron elementos más o menos importantes a la moderna civilización, es incontestable, es a todas luces evidente, que el fondo y la esencia de la misma, que los elementos fundamentales y más fecundos de esa civilización que constituye la fuerza y la gloria de la Europa, pertenecen al cristianismo y son debidos al evangelio de Jesucristo; que no en vano o sin razón lleva el nombre glorioso y característico de civilización cristiana, según en otra parte {(1) Filosofía de la Historia, t. 1.} dejamos ya consignado.
Por lo demás, nos permitiremos rebatirlas afirmaciones [43] de Mr. Laurent, y contestar a sus palabras con las siguientes del citado P. Lacordaire, palabras que se apropian y cuadran perfectamente a nuestro racionalista y a su pensamiento capital en el pasaje arriba transcrito.
«¡Hombres ingratos, que renegáis de Jesucristo y que creéis meditar una obra más profunda que la suya! Vosotros sois bien felices en que la fuerza del evangelio prevalezca contra la vuestra. Cada hora de vuestra dignidad y de vuestra libertad es una hora que se os conserva a pesar vuestro, y que debéis a la potestad de Jesucristo. Si se bajase un día su cruz sobre el horizonte como un astro gastado, producirían infaliblemente de nuevo la servidumbre las mismas causas que la produjeron en otro tiempo; se reunirían en las mismas manos, por una invencible atracción, el dominio de la tierra y el dominio del trabajo, y la pobreza, sucumbiendo bajo la riqueza, presentaría al mundo atónito el espectáculo de una degradación de que no ha salido sino por un milagro siempre subsistente ante nuestros ojos.
Se os hace duro este milagro, y hasta preguntáis ingeniosamente en qué página del evangelio ha sido positivamente reprobada y abolida la esclavitud: ¡ah, Dios mío! en ninguna página, sino en todas a la vez. Jesucristo no dijo una sola palabra que no fuese una condenación de la esclavitud, y que no rompiese un anillo de las cadenas de la humanidad. Cuando se [44] llamaba Hijo del hombre, libertaba al hombre: cuando decía que se amase al prójimo como a sí mismo y libertaba al hombre : cuando elegía a pobres pescadores para apóstoles suyos, libertaba al hombre: cuando moría por todos indistintamente, libertaba al hombre.
Acostumbrados, como estáis, a las revoluciones legales y mecánicas pedís a Jesucristo el decreto con que ha cambiado el mundo; os admiráis de no encontrarlo en la historia, formulado casi en la forma siguiente: «Tal día, a tal hora, cuando el reloj de las Tullerias dé tantos golpes, no habrá ya esclavos en ninguna parte.» Estos son vuestros procedimientos modernos, pero observad también las desmentidas que les da el tiempo; y comprended que Dios, que no hace nada sin el libre concurso del hombre, usa en las revoluciones que prepara de un lenguaje más respetuoso para nosotros y más seguro en su eficacia. San Pablo, iniciado en los secretos de paciencia de la acción divina, escribía: Yo, como Pablo, viejo, y aun ahora prisionero de Jesucristo, te ruego por mi Onésimo, el que yo he engendrado en las prisiones... el mismo que te vuelvo a enviar, no ya como siervo, mas en vez de siervo, como hermano muy amado. {(1) Eptst. ad Philem, v. 9, 1O, 12 y 16.}
Así se ha hecho la restitución evangélica del [45] hombre; así se propaga y se conserva, por una sensible infusión de la justicia y de la caridad, que penetra el alma y la trasforma sin sacudimiento, y que hace que no sea jamás conocida la hora de la revolución. El mundo anterior a Jesucristo no ha sabido que la propiedad del trabajo era esencial al hombre: el mundo formado por Jesucristo lo ha sabido y lo ha practicado; he aquí todo.»
Así es como la palabra y el ejemplo del Salvador del mundo; así es como la palabra, y los ejemplos, y los hechos de sus apóstoles y discípulos, limaron sordamente las cadenas de la antigua esclavitud: así es también, como esas palabras, y esos ejemplos, y esos hechos, encarnándose en las instituciones, en las costumbres y en las leyes de la Iglesia de Cristo, acabaron por fundir los anillos todos de esa cadena que oprimía y deshonraba las antiguas civilizaciones. Y todo esto marchando siempre en el camino del bien, avanzando en la obra de la libertad a través de escollos, de resistencias y dificultades, sin retroceder jamás, pero sin producir tampoco conmociones violentas ni peligrosas revoluciones. Ya hemos dicho en otra parte, que la mayor gloria de Jesucristo y de su Iglesia en esta materia, consiste en haber llevado a cabo esta gran transformación social sin determinar los sacudimientos y perturbaciones desastrosas que suelen acompañar y deshonrar aquellas revoluciones que son la obra del hombre. Hay aquí una gran transformación, y [46] si se quiere, una gran revolución social, que se ha consumado sin que el hombre se apercibiera del día, ni de la hora de su consumación. Es esta la señal de las obras divinas; es el carácter que distingue, ennoblece y afirma las revoluciones que son la obra del dedo del Omnipotente.
Hay más todavía: el cristianismo y la Iglesia dieron pruebas de exquisita previsión y de prudencia consumada en esta obra de libertad, no solamente por haberla llevado acabo sin producir revoluciones desastrosas, sino también, y principalmente por haber comprendido que la abolición de la esclavitud debía comenzar por arriba, es decir, por la parte moral e intelectual del hombre. Antes de romper las cadenas materiales que aprisionaban al esclavo, era conveniente y hasta necesario romper, o por lo menos, aligerar sus cadenas morales: era preciso rehabilitar al que se hallaba profundamente envilecido a los ojos de la sociedad y hasta de sí mismo. Antes de restituir al hombre su libertad natural y civil, era necesario restituirle su personalidad, la conciencia de su propia dignidad. He aquí el camino que emprendió la Iglesia cristiana para realizar la abolición de la esclavitud: y he aquí también por qué esta empresa fue en el cristianismo y por medio del cristianismo, una empresa gigantesca, una gran revolución social, pero revolución pacífica a la vez que fecunda.
Escuchemos sobre esta materia la palabra autorizada [47] de un escritor de bella memoria en la historia de la caridad cristiana. «Sabemos, escribe el malogrado Ozanan, {(1) La Civilisalion au cinquième siécle, pág. 49.} lo que las leyes antiguas habían hecho del esclavo; pero no conocemos bastante lo que había llegado apenas a ser el esclavo en las costumbres, lo que había llegado a ser esta criatura humana, o mejor dicho, esta cosa de que acostumbraban servirse para saciar las pasiones más lúbricas, para ensayar los venenos, como hacia Cleopatra, o para alimentar las lampreas, como Asimo Polion. Mas la humanidad no perdió jamás sus derechos; y Séneca habíase atrevido, en alguna parte, a expresar la opinión temeraria de que los esclavos podían muy bien ser hombres como nosotros. Sin embargo, Séneca poseía veinte mil esclavos, y no vemos que su estoicismo le haya inducido a conceder la libertad a uno solo de ellos. Más todavía; este estoicismo se había introducido en los escrito
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